13. Los dos Pedros y su guerra #3
El Ceremonioso escuchó esas palabras muy satisfecho. El conde Enrique de Trastámara se había dejado convencer sin mucho esfuerzo para la firma de una concordia y lo que él le cedía a cambio era relativamente poco.
«La mayor parte de lo que le concedo en reciprocidad por el vasallaje y ayuda en la guerra contra don Pedro de Castilla no son sino las heredades que ahora están en poder enemigo, a nombre del infante Fernando de Aragón.»
Enrique juraba vasallaje sabiendo esto. Puso la mejor de sus caras.
«Alicante y Orihuela serán mías en cuanto venza a mi medio hermano —se dijo—, así como las otras plazas de mi tía Leonor y de mi otro primo infante de Aragón.»
—Y vos contáis con mi amparo y protección, señor conde. Aquí, en Aragón, y en Castilla si fuere necesario. Ahora sois el capitán máximo de todos mis ejércitos.
«En cuanto este bastardo se marche, he de mandar emisarios a las villas menores que también le cedo.
Presentarán recelos porque no querrían pasar del realengo aragonés a convertirse en territorio solariego de un bastardo extranjero.
Con prometerles en secreto que son de mi realengo, bastará para tenerlo todo controlado y al conde de Trastámara ignorante», se complacía en su astucia el rey aragonés.
Para cerrar el homenaje procedieron a besarse en la boca y a colocar las manos del vasallo, Enrique, entre las del monarca.
—Necesitaré más dinero llegado el año nuevo si queréis que traiga tropas mercenarias francesas para reforzar mis castellanos.
—¡Francia, Francia! ¡Qué revés más inesperado! Tengo una alianza con ellos contra Castilla y están deseosos de escarmentar a don Pedro por los agravios contra doña Blanca, pero tras ese nuevo desastre de su caballería, no pueden enviar ayuda.
«Y si yo no hubiera recibido esta proposición y viajado a España —pensaba Enrique—, ahora podría contarme entre los muertos. —Un escalofrío le recorrió el espinazo—. Está claro que esto es un signo de la Providencia.»
Ambos pensaban en la batalla de Poitiers, que en septiembre de ese año de 1356 supuso otra debacle para el reino de Francia.
Su rey, como su padre diez años antes en Crécy, fue derrotado.
Si el padre fue herido y hubo de huir, Juan II fue hecho prisionero junto a varios de sus más nobles caballeros, entre los que estaba su hijo más pequeño, de tan sólo catorce años, además de otros muchos que perecieron.
La élite de la nobleza francesa devastada por los arqueros ingleses y las estrategias del que llamaban el Príncipe Negro, el heredero al trono inglés, que esta vez se bastó él solo para tal hazaña.
—Me temo que el delfín no pueda controlar el reino francés en ausencia de su padre, alteza. Pero en el caos que se desate, seguro que hallamos soldados de fortuna.
—¿Habéis pensado ya en cómo os presentaréis ante vuestros paisanos castellanos? Ahora me servís a mí, a Aragón, y lucháis contra el que era vuestro legítimo rey... Y si esto acaba como queremos, cometeréis un regicidio; la propaganda en la guerra es tan necesaria como el acero.
El Ceremonioso tenía razón. Matar a un rey no sólo era un delito, sino que al ser el monarca un elegido de Dios, su asesinato era lo más horrendo, un crimen religioso.
—Ya lo he pensado, mi señor. Ese rey es un déspota, un mal rey. Y de todos es sabido que tiranicidio y regicidio son cosas distintas. Yo seré el enviado de la Providencia para librar al reino del malvado tirano.
«Tirano» era una de las acusaciones que ya el texto legal castellano de Las Partidas justificaba para alzarse contra un rey y definía hasta ocho comportamientos posibles de un monarca que lo convertirían en tal.
En el caso de don Pedro había varias de esas conductas, pero lo que callaban el conde y el rey aragonés era que en el Trastámara también.
Eso no era relevante. Ambos sonrieron. Luego rubricaron los pormenores del acuerdo que días antes habían redactado sus hombres de confianza, porque don Enrique se hizo valer y no acudió a Aragón hasta que su mano derecha tuvo un preacuerdo concreto.
Al despedirse del Ceremonioso, el conde de Trastámara se sentía pletórico: los señoríos aragoneses que recibía eran más extensos y ricos que sus tierras confiscadas en Galicia y Asturias; además, como hombre que gustaba de la guerra, el puesto de adalid de las tropas aragonesas le daba el prestigio de un príncipe.
«Esta vez será muy diferente, rey don Pedro el tirano.»
Febrero de 1357 Tierras de Castilla
Los dos yernos del ejecutado Alonso Coronel, señor de Aguilar, huían a sabiendas de que si el rey los atrapaba correrían la misma suerte que su suegro años atrás.
—Don Guzmán, no podéis daros por vencido tan rápido. Lleguemos a Andalucía, la levantaremos en armas y, con la ayuda prometida por el Ceremonioso...
—No sé qué os prometió ese rey a vuesa merced, señor De la Cerda, pero tras nuestra derrota no creo que pueda ayudarnos.
—No me lo prometió sólo a mí, no tuve ningún otro trato —contestó molesto por la insinuación—. El emisario de Trastámara trajo una carta del propio rey aragonés que iba dirigida a ambos.
—Sí... «Ser tenentes en nombre del rey de Aragón de Sevilla, Córdoba, Jaén, Cádiz, Algeciras y Tarifa, y ganar en propiedad cualquier otro señorío andaluz que quisiéramos.» Podéis quedaros con todo, si lo ganáis, estimado cuñado.
—¿Olvidáis que nuestras mujeres están en el convento de Santa Clara de Sevilla esperándonos? No las podemos dejar en manos del rey.
—La vuestra quizá merezca el esfuerzo. La mía...
—No digáis eso, don Guzmán. Son habladurías. La vuestra es la más joven de las hermanas, no supo cómo esquivar al rey, pero me consta que no pasó nada.
—Ya es malo que no lo dejase con la palabra en la boca como sí que hizo vuestra mujer.
—No todos tenemos la fortaleza de carácter al enfrentar situaciones incómodas ni usamos las mismas armas para salir de ellas.
—Quizá, De la Cerda, quizá..., pero yo marcho a Aragón. Os deseo suerte en la empresa andaluza, de corazón.
Los dos concuñados, que además eran primos lejanos, se abrazaron. Sólo uno tomó el camino del sur, hacia los feraces valles de la tierra que los musulmanes llamaban al-Ándalus.
A unas cuantas leguas de distancia, el rey don Pedro cesaba en la persecución.
«Mi buen Henestrosa tiene razón. No puedo hacerlo yo todo. He de confiar en mis hombres. Que el señor de Marchena se encargue de esto, aunque sea un Ponce de León... Veremos si de verdad es leal tras la implicación familiar en aquel golpe en Algeciras.»
—Enviad mensaje urgente al almirante Bocanegra en Sevilla: que prepare las milicias concejiles y requiera al señor Ponce de Marchena para que una sus huestes y atrapen a ese traidor De la Cerda.
—Respecto del Guzmán, alteza, mi consejo es que no perdamos tiempo ni malgastemos un solo hombre con él. Va a refugiarse con el enemigo..., pues allí deberíamos ir.
—Explicaos, camarero mayor.
—Mi rey, sugiero que nos centremos en tomar Tarazona; los informantes avisan de que hay un caballero al frente que puede convencerse, pero eso puede cambiar si se entera el monarca aragonés.
—Un golpe que nadie esperaría.
—Un movimiento que sólo un osado líder haría, majestad.
Don Pedro miró a su valido, el siempre pausado y amable don Henestrosa. El mismo que, hacía un mes, le trajo la noticia de que su madre, doña María de Portugal, la reina viuda, había muerto en su exilio en el reino vecino.
Voló la mente a ese recuerdo, a las palabras del valido:
—Majestad, necesito veros, a solas.
La gravedad de su gesto, y tan inusual petición sin formas protocolarias le indicaron que era algo importante, y no buenas noticias.
—Todo el mundo fuera —ordenó de inmediato.
—Vuestra madre, la reina doña María...
—¿Qué trama? Porque si no, no estaríais aquí con esa cara, Henestrosa.
—Ha fallecido, mi rey. Lo siento.
Sintió una punzada en el corazón, pero inmediatamente sobrepuso su conocida dureza como defensa y, como si cavase un cortafuegos, hizo un esfuerzo por recordar lo que sintió cuando su madre lo traicionó en Toro y que fue la causante de la humillación más grande que había soportado en su vida.
—Déjame solo.
—Alteza, debéis saber algo más.
Don Pedro miró a don Henestrosa intentando guardar sus emociones.
—¡Habla! No te guardes nada.
—Hay rumores de que su muerte ha sido de forma extraña, incluso dicen que ha podido ser envenenada por orden de su propio padre, vuestro abuelo el rey Alfonso IV de Portugal.
Cuando el rey se quedó a solas, lo asaltó el recuerdo de su amor por ella, por la madre que tanto lo quiso y protegió de pequeño.
Mandó llamar de nuevo a su camarero mayor y le pidió que enviase una embajada para recuperar sus restos y enterrarla en Sevilla, en la cripta de los reyes castellanos, el lugar que le correspondía como la auténtica reina que su padre siempre ninguneó.
Lo que no imaginaba era que costaría mucho esfuerzo conseguirlo y que hasta que no hubiera un nuevo rey portugués no vería cumplida su voluntad.
—¿Mi rey? ¿Qué hacemos? ¿Tarazona o el Guzmán?
Don Pedro borró de su mente tan aciagos recuerdos. Tenía una guerra que ganar.
—Como siempre, tenéis razón, don Henestrosa: hay que centrarse en Tarazona. Además, la venganza que he pensado contra ese Guzmán será más placentera que si lo atrapo ya.
Desde aquel momento, don Pedro redobló su interés hacia la mujer del noble huido. En sus sueños, ya se imaginaba yaciendo con ella. La próxima vez que la viera, doña Aldonza Coronel sería suya.
—Y no sólo haremos eso, mi buen consejero. Tenemos que devolver el golpe a ese aragonés que se tiene por tan listo. Si él fomenta deserciones, haremos lo mismo.
—No os sigo, mi rey. ¿Cómo pretendéis...?
—Llamad al infante don Fernando: quiero que resucite esa Unión de Valencia con la que casi gana su ansiada Corona.
—Vuestro primo, majestad, ansía cualquier Corona, también la vuestra. Y tiene derechos a ella, como también a la aragonesa. No os fieis de él.