El Fratricida 13. Los dos Pedros y su guerra #2
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13. Los dos Pedros y su guerra #2

—A vuestra voluntad, mi rey. Al menos, las atarazanas no han sido afectadas. Podremos mantener el ritmo de nuevas galeas según lo previsto.

El rey se sonrió. Le iba a dar una buena sorpresa a su rival aragonés.

Entraron en el salón donde los nobles aguardaban para exponer sus cuitas. Don Pedro los necesitaba para lo que se avecinaba, así que los agasajó con un ágape donde, de paso, quería demostrar que su mandato estaba más firme que nunca, aunque la tierra se sacudiese.

—¿Dónde está vuestra sobrina, Henestrosa?

—La escoltan hombres de mi confianza por los arrabales. Creo que cerca del río. Está repartiendo ayuda a los afectados por el desastre. ¿La mando traer?

El rey vio entre la nobleza a dos de las Coronel, hijas del ejecutado rebelde en Aguilar.

Mujeres hermosas, que lo estaban aún más de lo que recordaba.

Casadas con sendos nobles que lo servían, a pesar de ser uno de ellos un Guzmán, pariente de la Favorita de su padre, y el otro un De la Cerda, un linaje que reclamaba derechos al trono.

—No, mi buen Henestrosa. Dejad que el buen corazón de la dulce María se comparta con el pueblo.

Don Pedro se acercó a las damas y, sin ningún reparo, empezó a cortejarlas.

La mayor se alejó con una excusa en cuanto pudo, pero la menor, Aldonza de nombre, siguió hablando con el rey.

Henestrosa no se sorprendió. El gusto por las mujeres de don Pedro era conocido de sobra.

Mientras sólo fueran pasatiempos pasajeros, no había de qué preocuparse.

Su sobrina era sin lugar a dudas la preferida del monarca, una mujer cálida y hermosa que, además, era discreta y querida por el pueblo.

Final del verano de 1356 Corona de Aragón

Habían pasado ocho años en los que su reinado discurrió sin mayores contratiempos.

El poder real cada vez más asentado, con los nobles y los mercaderes bajo control, aunque había tenido que ceder en algunas cosas, como incrementar las potestades del justicia de Aragón, un cargo que dirimía los conflictos entre el soberano y los nobles, ya que estos eran aforados respecto a la justicia real ordinaria.

El dichoso sistema de pactismo aragonés, pensó, que le daba desventaja frente a su rival castellano, mucho más libre de ataduras en sus reinos.

«¿Cómo la empiezo?... A su majestad don Pedro I de Castilla y León, que Dios guarde... No, no. Vamos a usar el trato familiar entre monarcas, aunque no seamos parientes. Que ese jovencito rey castellano se confíe...»

—Tomad nota, escribano. «Querido primo, soberano de Castilla y León, que ceñís una corona igual que la mía. He recibido vuestra carta, en la que me solicitáis...

»... siento no poder satisfacer vuestras peticiones...

»... por lo que respondemos que vos mismo non nos tengáis tampoco por vuestro amigo».

Cuando terminó de dictar, Pedro el Ceremonioso hizo salir a los escribas y a sus consejeros. No pintaba bien la cosa, el rey Pedro de Castilla lo amenazaba con la guerra, pero era el momento de poner freno a las ambiciones castellanas y de reclamar derechos aragoneses tanto tiempo postergados.

Los recuerdos fueron acudiendo a su memoria.

No había permanecido ocioso tras los convulsos años de la guerra de la Unión.

Remató a su cuñado Jaime III de Mallorca en 1349, cuando éste desembarcó en la isla con una fuerza mercenaria.

Lo derrotó en la batalla de Lluchmajor, donde el mismo pretendiente acabó siendo uno de los que murieron.

Un poco antes, tras mucha diplomacia con el papado, logró que lo dispensasen para casarse con su prima segunda, también llamada Leonor, ¡dichoso nombre!

, que era hermana del rey de Sicilia. Otra isla que pretendía que dejara de ser vasallática para integrarla plenamente en la Corona.

Su matrimonio apuntaba a eso, y no sólo le aportó el beneficio de los derechos dinásticos sicilianos, sino que, al año siguiente, por fin nacía de esa unión el tan ansiado varón, de nombre Juan: su heredero.

—Y para él creé exprofeso el título de duque de Gerona. Hubo protestas de los catalanes, ¡claro!

—Disteis un golpe de autoridad, alteza. Sin tener en cuenta los señoríos territoriales tradicionales, habéis agrupado a varios de los condados.

—Gerona, Besalú, Ampurias y Osona..., todos bajo un ducado para mi heredero. Como tiene que ser, una muestra de que he logrado fortalecer el poder regio.

—No debemos olvidar otras partes de la Corona, majestad. Con vuestro permiso y si podéis prescindir de mí, regreso a Cerdeña. No me fío de esos Doria.

—Querido tío, admiro vuestra diligencia, pero os necesito aquí por lo que pueda suceder con Castilla. Esa isla ya quedó pacificada a principios de año tras tomarles Casteldoria a esos pertinaces sardos.

Su tío, un infante de Aragón también llamado Pedro, era el regente de Cerdeña y lugarteniente del reino.

Llevaban una década con intermitentes insurrecciones, apoyadas siempre por los tradicionales enemigos genoveses, lo que llevó al rey Pedro de Aragón a aliarse con los venecianos, con un éxito parcial tras una primera derrota muy sonada al enviar sus barcos hasta el mismísimo Bósforo.

«Mi flota no volverá a pasar de Cerdeña.

Es tan poderosa o más que las de esas repúblicas marineras.

Y ésa, junto a diplomacia e inteligencia, son mis bazas frente a una Castilla que nos supera en población cinco a uno», cavilaba el rey mientras visitaba a su mujer siciliana y a su hijo en sus estancias.

Al niño, de cinco años y medio, lo encontró jugando con unos barcos de madera en un estanque.

—¡Padre! ¡Soy el almirante Cabrera! ¡Mirad cómo hundo a esas ratas genovesas!

—¡Muy bien, hijo mío! ¡No dejes ninguno a flote!

El fiel don Bernat de Cabrera, camarero mayor del rey, que había participado en sus victorias sobre los unionistas rebeldes y los levantiscos mallorquines, era ahora almirante y, además, el preceptor del príncipe heredero.

El rey ceremonioso confiaba plenamente en él.

Siguiendo la meticulosidad del propio rey, el almirante había redactado las Ordinacions sobre lo fet de la mar , dando una normativa clara y precisa a la armada aragonesa y haciendo de ésta un arma más eficaz que antaño.

—Mejor sería que te compares a tu padre, Juan —dijo la reina, que mantenía una relación distante con el vizconde.

—Deja al niño, Leonor. Que sueñe con ser almirante ahora, porque rey será de todos modos.

Dicho esto, se arrodilló junto a su hijo y le indicó cómo se debían colocar los barcos para evitar las maniobras enemigas.

Otoño de 1356 La Gascuña, reino de Francia, envuelto en la guerra de los Cien Años

Sus huesos, doloridos de tantas jornadas a caballo, y la humedad calada hasta el tuétano, no le habían dejado pegar ojo.

Se había levantado una mañana neblinosa en las márgenes del Adur y su afluente el Midouze donde estaban acampados, no muy lejos del pueblo de Mont-de-Marsan, en el condado de Armañac.

Bostezó a la vez que se echaba a un lado el faldar y aliviaba su vejiga contra un árbol.

«Por más botín que logre, con lo que he de apartar para el rey francés, no llegaré nunca a tener suficiente para asaltar el trono de Castilla y León», se decía un apesadumbrado Enrique de Trastámara.

El día anterior habían hecho una razia en una villa controlada por los ingleses.

Lo que en España se llamaban aceifas, aquí eran cabalgadas.

Un tipo de guerra de saqueo rápido, tierra quemada y huida de la zona con botín, ganado y rehenes antes de que el enemigo enviara refuerzos.

Nada que no se hiciera también en Castilla y el resto de la península.

El futuro no asomaba dichoso para su señor, el rey de Francia.

El año anterior se produjo lo que llamaron la Gran Cabalgada del príncipe heredero de Inglaterra, Eduardo de Woodstock, un gran caballero que iba siempre con una armadura toda de negro y que ya a los dieciséis años había participado decisivamente en la aplastante victoria inglesa sobre la caballería francesa en Crécy en 1346.

—Señor conde, estamos en el bando perdedor, otra vez... —dijo uno de los caballeros castellanos que se exiliaron para unirse al conde de Trastámara.

Eran muchos caballeros, todos a sueldo del monarca francés, mercenarios. Pero no eran suficientes como para invadir Castilla y echar del trono a don Pedro I.

—Así es la vida, así es la guerra —dijo don Enrique, que se recolocó la entrepierna—. No nos pagan para opinar. Tras el paso de ese príncipe inglés por aquí, hay muchas villas que ya no respetan al rey francés, así que hay carta blanca para saquearlas si se niegan a volver a la obediencia real.

—Dicen que los franceses intentarán tomar la revancha de lo de Crécy. Aún no han recuperado sus fuerzas, y eso que ha pasado una década; sólo cuentan con un cuarto tras aquel desastre, pero, a pesar de ello, su rey concentra las mesnadas en el condado de Poitiers.

—Eso queda lejos de aquí... Sea como sea, querrá resarcirse de la derrota que sufrió el anterior monarca, su padre.

—Derrota en la que él, como duque de Normandía, tuvo que ver: no acudió a tiempo, a pesar de los llamados de su rey.

En esas llegó un mensajero de más allá de los Pirineos. Les contó que había empezado una guerra en España, con don Pedro de Castilla atacando de improviso, y que Pedro el Ceremonioso pedía reunirse con el conde de Trastámara en la localidad de Pina, sita en el curso del río Ebro.

—¿Acudiremos, mi señor?

Los caballeros exiliados contuvieron la respiración, mirando expectantes a su jefe.

—Acudiremos a esa cita. Veamos qué propone el pequeño aragonés —guiñó un ojo Enrique.

Los que lo seguían se regocijaron, puesto que llevaban más de medio año en país extraño.

Invierno de 1356 Pina (Zaragoza, reino de Aragón), Corona de Aragón

—Contáis con mi espada, mis hombres y mi eterna lealtad, majestad.