13. Los dos Pedros y su guerra
Los dos Pedros y su guerra
Le estaba cogiendo el gusto a un placer nuevo.
Amén de la caza, el rey don Pedro de Castilla había descubierto que la navegación lo fascinaba.
A bordo de una galera, frente a las costas de Cádiz, observaba a los marinos afanarse en los aparejos y pensaba en la necesidad de contar con una auténtica flota real.
Se habían dado avances desde las Cortes de Valladolid y, gracias a su impulso, el porcentaje de barcos que eran de realengo había aumentado.
Pero no era suficiente. Depender de armadores privados le retraía su parte de las capturas, pues sólo le tenían que satisfacer el quinto real.
Si eso era engorroso, lo peor, lo que le molestaba, era la dependencia de unos barcos que podrían negarse a participar en una empresa.
—Reforzaré los trabajos en las atarazanas sevillanas. Lo que hicieron Fernando el Santo y mi padre será mero remedo de lo que yo conseguiré.
El capitán de la galera miró a su rey y vio en él a un joven de veintiún años que no conocía la dificultad de la marina: no sólo se trataba de construir los barcos, había que adiestrar tripulaciones.
—Mi rey, ojalá eso logréis, Dios quiera. Vuestro padre llegó a acumular hasta ochenta naves para el sitio de Algeciras, pero la gran mayoría eran contratadas a catalanes y genoveses.
En los astilleros del puerto de Sevilla, sito sobre el río Guadalquivir, Alfonso X el Sabio continuó la tradición iniciada por su padre, Fernando III el Santo, el conquistador de la ciudad gracias a, precisamente, el uso de marina que los castellanos del Cantábrico le suministraron.
Con orgullo indisimulado, la ciudad de Santander lucía una Giralda en el escudo del concejo por su participación en el bloqueo y asalto por el río, rompiendo las cadenas que los moros habían colocado de orilla a orilla en las márgenes sevillanas.
Allí, en las atarazanas que databan de época almohade, empezó a fraguarse una tímida flota real castellana.
—El almirante Bocanegra, don Egidio, que lo era también en tiempos de mi padre, lo ve posible y me asegura que entonces seremos dueños del Mediterráneo.
El capitán prefirió soslayar la conversación.
Los Bocanegra, porque también había otro marino hijo del anterior, eran antiguos corsarios genoveses que ahora medraban a la sombra de los reyes de Castilla.
Les reconocía su pericia, pero él, andaluz y por tanto castellano, no podía dejar de sentir cierto resquemor al ser mandado por extranjeros.
—¡Atentos, se acerca un esquife! —dijo a sus hombres y, cambiando de tema, le dijo al rey—: Será un mensaje urgente, majestad.
Desde luego que su rey era animoso y valiente, aunque el capitán pensaba que lo que había ordenado era una imprudencia. Voceando instrucciones a sus remeros, navegaban lo más aprisa que podían en una peligrosa cacería.
—Pero ¿qué se ha creído ese catalán, atacando naves en un puerto neutral y sin mi aquiescencia?
—Son diez galeras y un leño lo que comanda, majestad. ¿Cómo podremos enfrentarlos si se resisten a vuestra autoridad?
Don Pedro no quería escuchar. Había enviado al capitán aragonés un ultimátum: o devolvía las naves de Piacenza que había apresado con la excusa de que estaban en guerra con Génova, o tomaría represalias contra los mercaderes asentados en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda.
El catalán no hizo caso y zarpó rumbo a su destino, que no era otro que el reino de Francia para ayudar en la guerra que mantenía el rey francés contra los ingleses.
La persecución fue infructuosa. El rey de Castilla ordenó regresar a su nave, navegó hasta Sevilla y decretó la confiscación de los bienes de los mercaderes aragoneses, medida que luego extendió a sus otros reinos.
A cambio de volver a la normalidad, escribió al rey de Aragón pidiendo que le entregase al capitán responsable de aquellos hechos, pero el Ceremonioso contestó dilatando el asunto, asegurando que ya lo castigaría él mismo cuando su marino regresara.
—¡Anotad, aprisa! Ese rey menudo no me va a tomar el pelo con sus artimañas.
Don Pedro estaba enrabietado. Doña María de Padilla prefirió salir de la sala y dejar a su amante a solas con sus notarios y funcionarios.
—«Al rey don Pedro de Aragón» y bla, bla, bla... Poned todos sus títulos. «... y por las afrentas a nuestros comunes parientes, mi tía la reina viuda de Aragón y vuestros hermanos, los mis primos..., de aquí en adelante non nos tendréis por amigo vuestro, mas por vuestro enemigo manifiesto».
Don Pedro había encontrado su casus belli . Pero no todo era tan fácil.
—Mi rey, los procuradores concejiles están descontentos, no quieren meterse en una costosa guerra.
—Y los letrados, tras repasar los acuerdos pactados por vuestros antepasados con los de Aragón, aconsejan negociar.
Pedro de Castilla miró a sus consejeros.
¿Acaso no veían que se trataba de asegurar para la Corona de Castilla la salida al mar Mediterráneo por Alicante, ciudad sobre la que tenía derechos puesto que su tía doña Leonor se la ofreció, junto con Orihuela, en ofrenda por el perdón a ella y sus hijos los infantes de Aragón tras la traición de Toro?
—A los letrados decidles que argumenten los derechos de mi tía doña Leonor, que ahora son míos —dijo el rey—. Y en cuanto a los concejos... Buscaremos el apoyo en otro sitio.
—¿La nobleza, majestad? —dijo don Henestrosa.
—Mis «pares» —dijo con sorna— siempre gustan de una oportunidad para enriquecerse con un buen conflicto bélico. No los culpo, es su modo ancestral de vida.
—Aun así, alteza, mi consejo es convencer a los concejos y villas.
—Eso lo dejo en vuestras manos, canciller. Y que les quede claro que lo que mueve a su rey por la gracia de Dios es más que la mera rapiña. ¡El comercio florecerá si aseguramos la salida al Mediterráneo por esa costa y nos enriquecerá a todos!
Una vez a solas con el canciller, le confió sus pensamientos.
—Don Henestrosa, sé que iniciamos una guerra. La afrenta de las naves...
—Sí, mi rey. Tarde o temprano, el aragonés iba a maniobrar para recuperar esas villas, que ha considerado tradicionalmente suyas a pesar de los pactos ratificados entre ambas coronas cuando se conquistaron a los moros.
—Así es. Y, además, está el reino de Murcia... Ese siempre lo ha deseado el Ceremonioso. He de adelantarme a él.
—Y éste es el mejor momento, con el reino pacificado en su interior, majestad. Estamos con vos.
Agosto de 1356 Sevilla, Corona de Castilla
El rey don Pedro esperaba la respuesta de su homólogo aragonés, aunque sólo en apariencia, porque ya tenía preparado el plan para asestar el primer golpe, cuando el vaivén del mar se extendió Guadalquivir arriba y a tierra firme.
—¿Qué es eso? —dijo doña María de Padilla.
—¿El qué, mi señora? —respondió su dama de compañía.
—¿No lo has notado?
Se quedaron calladas. Quietas. María miraba hacia la taza de té moruno que había en la mesilla y vio el líquido vibrar como cuando se lanza una piedra a un estanque.
—¡Ahí está otra vez!
No dio tiempo a más. De pronto, las paredes del alcázar se movían de un lado a otro como juncos al viento. La dama de compañía cayó al suelo entre alaridos.
—¡Dios mío, Dios mío! ¡Ten piedad de nosotras!
—¡Las niñas, mis niñas! —dijo la Padilla mientras era lanzada de un lado a otro de la pared en sus intentos por alcanzar la habitación de sus hijas.
Se escuchó un estruendo que venía desde la zona de la iglesia catedral. Por encima de los gritos, el ruido del desplome de algo muy pesado retumbó con fuerza.
—¡Es la ira de Dios! —exclamaban los criados, que corrían despavoridos hacia fuera, temiendo que el techo de palacio también se viniera abajo.
Entonces, tras unos instantes que parecieron interminables, la tierra dejó de temblar.
Era 24 de agosto, San Bartolomé. El día en que uno de los mayores terremotos sentidos en toda Andalucía azotó varias poblaciones, entre ellas una Sevilla que se había recuperado de las riadas no hacía mucho.
Las noticias que llegaron después informaban que todo empezó en el cabo San Vicente y el Algarve portugués, sacudiendo en dos direcciones: hacia el norte, hasta Lisboa, y hacia el este, hasta pasar la ciudad del Guadalquivir y causar daños en Córdoba.
Perecieron muchos hombres, mujeres y niños, cuyas moradas se convirtieron en sepulturas.
Recuperada del susto, que los asaltaba cada vez que se producía una pequeña réplica, doña María de Padilla volvió a sus labores caritativas, mientras el rey pasaba más tiempo en la corte.
—Mi rey, los daños han sido enormes. ¡Las manzanas sobre la torre de Santa María han caído y causado gran destrozo y estrépito!
—Que se recoloquen enseguida esos soberbios pomos, Henestrosa. No privemos a los sevillanos de ver el atardecer del sol refulgir en ellos. El pueblo ha de conservar sus símbolos.
Don Pedro quería acallar cuanto antes las habladurías de la plebe, que de seguro achacaría esta calamidad a un castigo del Señor por sus propios pecados y por los de su rey.
—Con todos los respetos, no creo que se puedan reparar, alteza.
Quizá sería buen momento para elevar una gran cruz y una espadaña con unas buenas campanas cristianas.
—Henestrosa se quedó a la espera de la reacción del monarca que, de todos era sabido, gustaba de la arquitectura islámica—.
Quizá podamos decir que nuestro Señor Padre no quería esa estructura infiel —insistió, al ver que don Pedro no hablaba.
—No prometo nada. Lo meditaré. ¿Qué más tenemos?
—También han sufrido daños la iglesia de San Román, la de San Miguel, la de Santa Marina, la de... —La lista comprendía seis iglesias, además del propio palacio alcázar.
Don Pedro se llevó la mano a la cara y se limpió la mirada.
—Dad prioridad al palacio. En cuanto a esas iglesias, valorad qué necesita cada una. Haremos alguna donación, y que lo vean los feligreses, pero presionad al clero para que también sacudan sus bolsas... Necesitamos dinero para la guerra que se avecina.