12. El Ceremonioso #6
—Mi rey, los herreros han acabado su trabajo. Todo está dispuesto, como ordenasteis.
—Que traigan a los traidores.
En la sala de la Casa de la Ciutat donde se reunían los miembros de la Unión había un gran recipiente de piedra del tamaño de una tumba. De su interior surgía una luz resplandeciente y mucho calor.
—Mis queridos señores valencianos, disculpad que os haya avisado sin ceremonia alguna. Sé que debía haber tañido vuestras campanas.
Situaron a dos docenas de ricoshombres y señores del reino enfrente del receptáculo. Los llevaban encadenados e iban sujetos por dos hombres cada uno de ellos.
—Pero no os preocupéis, que campanas tendréis. ¡Líbreme Dios de saltarme las normas y vuestra tradición!
El horror se reflejó en las caras de los prisioneros. Su rey, un taimado hombrecillo, los miraba con una sonrisa fría.
—Y lo haremos ordenadamente. Como debe ser. De menor rango nobiliario a mayor. Así los mayores podrán contemplar cuán errados fueron sus actos con los que arrastraron a los demás.
El primer noble, un simple hidalgo, un caballero de la baja nobleza, fue conducido al lado del pilón y vio lo que había en su interior. Su mueca de espanto no pasó desapercibida al resto.
—Como en cualquier ceremonia, habremos de brindar —dijo el rey, al que un paje sirvió vino en una copa de oro—. Me permitiréis que yo, vuestro rey por la gracia de Dios, lo haga en el más preciado metal. Vuesas mercedes, nobleza de sangre pero no realeza, lo harán en bronce.
Uno de los herreros, usando unas tenazas de hierro, introdujo una copa en el pilón mientras el desdichado hidalgo empezó a gritar e intentó alejarse.
Lo agarraron con fuerza y le vertieron el bronce fundido por la garganta.
El resto de unionistas, horrorizados, empezaron a rezar.
Se miraron, los dientes apretados, manteniendo el silencio para no dar mayor satisfacción al monarca y murieron con dignidad.
Cuando el último de ellos expiró, el rey dio su copa a un paje y salió de la sala.
—No más vino por hoy, o si no, ¡no sé qué podría hacer!
—Majestad —dijo el conde de Luna—, los sentenciados a muerte del pueblo llano ya están esperando su hora en la plaza de la Seu.
—Que corra la voz de lo que ha pasado aquí. Que los valencianos sepan qué les ocurre a los traidores, sean nobles o plebeyos.
—A vuestra voluntad, mi rey.
—A la plebe la haremos esperar. Que sientan el paso de sus últimas horas frente a la catedral. ¿Qué mejor lugar, si no? Esto es justicia real, por tanto, justicia de Dios.
El conde ya salía a cumplir con lo ordenado cuando don Pedro le dijo algo más:
—El barbero. A ése que lo traigan ya a mi presencia. Decidle que ahora sí es momento de chanzas y que su rey lo invita a bailar.
El hombre entró con la cara descompuesta.
Ya no quedaba ningún atisbo de la desfachatez mostrada cuando hizo bailar su cuchilla ante el rostro del monarca.
El rey ordenó que lo subieran a una tarima cuyo suelo se había montado de manera que no soportase el peso parado de un hombre.
Para que no se venciese, el sujeto debía moverse de lado a lado sin descanso.
Si se detenía, caería a un foso erizado de cuchillas dispuestas para prolongar la agonía.
—¿No os gustaba la danza, señor de las barbas? Danzad para mí, os lo ruego.
El barbero resistió hasta lo imposible. Sus súplicas no encontraron un gesto en el Ceremonioso, que observaba paciente cómo las fuerzas iban abandonando poco a poco al pobre desdichado.
Finalmente, el hombre se detuvo, exhausto, y la tarima se abrió de golpe.
Sus gritos de agonía en el fondo del foso estremecieron a los presentes, menos al monarca, que pidió que le alcanzaran la navaja del barbero.
—Ayudadme a descender —ordenó a sus sirvientes.
Una vez abajo, encaró al moribundo y le puso la cuchilla en la cara.
—Hoy seré yo quien os afeite, maese barbero —dijo mientras le despellejaba el rostro.
Tras completar la ejecución, el Ceremonioso se encontró mejor. Se dirigió a su trono, aún con las manos llenas de sangre ante la mirada atónita del personal de su casa, se sentó y cerró los ojos, aquietando su mente. Luchaba contra una voz que, recurrente, no lo dejaba en paz.
«Pedro, rey de la ilustre Corona de Aragón, no has acabado. Valencia debe ser quemada y destruida... ¡Árala en sal para que nadie jamás vuelva a habitar ahí!»
Volvió a respirar hondo, conteniendo el aliento y, cuando ya no podía más, lo soltó de golpe.
—¡Suerte tienen estos valencianos de que no soy romano, ni esto Cartago!
—¿Decíais, mi rey?
—Nada importante. Vamos a dar un paseo. Veamos si los valencianos se ganan a partir de ahora mi total perdón.
Y ése era el rey Pedro de Aragón, el cuarto con ese nombre de la Corona de Aragón, que gobernaba con mano de hierro.
Ese era el rey que regía con astucia el único reino que podía oponerse a Castilla.
Era el otro Pedro reinante en la península.
Y a ese rey, paciente y temible, era al que Pedro I de Castilla, el primero con ese nombre en esa Corona, quería disputar la hegemonía ibérica.