El Fratricida 12. El Ceremonioso #5
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12. El Ceremonioso #5

Los castellanos llevaban a toda prisa al infante don Fernando, herido, rumbo al reino de Castilla.

Resistió hasta el final, junto a los nobles unionistas más comprometidos.

Lograron montar un frente de batalla con el que pretendían aguantar hasta la caída de la noche, pero entonces las tropas encerradas en Épila salieron en tromba a unirse al resto de realistas y la matanza fue grande.

El señor de Híjar, el señor de Pina, el noble de Tramacet, el señor de Urrea el mayor...

Todos muertos. Urrea hijo cayó prisionero, como muchos otros nobles y caballeros, pero el infante don Fernando logró escapar y había desaparecido.

—Quiero una explicación, don Lope, exijo una explicación —dijo el rey Pedro con calma contenida y fría mirada.

—Son mercenarios, majestad. Y castellanos, además. Eso no hubiera pasado con mis hombres.

El Ceremonioso se contuvo; tenía que admitir que el artífice de la victoria no mentía; después de todo, las tropas mercenarias que tan bien resultaron en la lucha se pagaron con fondos reales, las contrató él.

Con lo que no contaba era con que los castellanos que al final pusieron a su medio hermano fuera de su alcance fueran justo esas tropas y no las de la escolta del infante.

—Desde luego, señor conde —sorprendió al tratar así a don Lope de Luna—, nunca se puede estar seguro de un mercenario.

Zaragoza, Corona de Aragón

Primero ordenó trece ejecuciones entre los prisioneros rebeldes y otros nobles que había en Zaragoza simpatizantes de la Unión de Aragón, y hecho esto el rey convocó unas Cortes, donde se leyeron los nombres y cargos de los ejecutados.

Estaba entre ellos Urrea el menor, capitán unionista que había dirigido el ataque a Épila y al que su padre salvó en batalla.

Sus bienes y rentas, como las del resto de sentenciados a muerte, fueron confiscados y pasaron al realengo.

Acto seguido, el rey otorgó prebendas a sus fieles, siendo la más destacada la del título de conde para el señor de Luna.

De ese modo, el señorío de Luna, que la familia tenía sólo en calidad de tenente, pasó a ser un condado, lo que implicaba la propiedad entera y la posibilidad de dejarlo en herencia, sin que el monarca pudiera designar a otro noble.

Don Lope de Luna se convertía en el primer noble ajeno a la familia real que recibía un título semejante.

Por último, decretó la disolución de la Unión.

—Escriba, alcanzadme esos legajos —dijo con desdén.

Pedro el Ceremonioso se colocó ante la congregación, tomó los documentos fundacionales con grandilocuencia, los mostró bien alto y se llevó la mano al puñal.

Con lentitud deliberada, fue rasgando hoja a hoja el Privilegio de la Unión con el afilado acero.

De pronto, se cortó un dedo y la sangre comenzó a brotar, manchando el documento y goteando hasta el suelo.

—Privilegio que tanta sangre ha costado, no se debe romper sino derramando sangre a su vez —sentenció.

Con Zaragoza rendida sin casi resistencia, la disolución de la liga unionista y los nobles rebeldes muertos o encarcelados, el rey don Pedro IV de Aragón daba un primer paso para fortalecer el poder real.

Verdad era que no pudo suprimir el privilegio general de Aragón que pactaron sus antepasados —y que era el fundamento del fuero de Aragón—, pero había contenido a los magnates y, con la inercia ganada por la victoria, aprovecharía para impulsar cargos generales por el reino, para establecer títulos sin aprobación de las Cortes y para decretar más medidas que incrementasen el poder real.

Pero, se dijo, todavía quedaba algo por hacer.

Finales de otoño de 1348 Mislata y Valencia (reino de Valencia), Corona de Aragón

—Por favor, majestad, pasad al carruaje. Vais a coger frío.

—Me recordáis a mi querida madre... ¡No, más bien a mi aya, señor conde!

—No bromeéis, alteza. Sentimos mucho lo de su majestad la reina, mi señor.

—Si no uso el humor en estos casos, ¿cuándo, don Lope?

El rey se subió al carruaje y se envolvió en unas pieles.

Recordó que allí, a su lado, hasta hacía bien poco viajaba con él su esposa.

La virulenta pestilencia que arrasaba con todos los reinos europeos, la que ya conocían como «peste negra», se había llevado la vida de su mujer portuguesa, dejándolo viudo por segunda vez en menos de año y medio.

La tristeza lo embargaba, añoraba a su segunda mujer, de la que le gustaba todo menos su nombre, Leonor, como el de su maldita madrastra.

Ahora tenía la obligación de buscar otra: una Corona no podía estar sin reina y, mucho menos, sin heredero varón.

—Hemos llegado, mi rey.

Quien le abría la puerta era su escudero. El hombre iba acompañado por dos pajes que portaban la armadura y armas del monarca.

—Traed mi caballo de guerra —pidió, al tiempo que se dejaba encastrar la loriga y las grebas.

—Pero, majestad, el conde Lope de Luna no lo considera preciso. Vos no debéis arriesgaros.

Un paje le ajustaba la coraza mientras otro ataba hombreras, coderas y brazaletes. El escudero no le acababa de dar el yelmo, esperando a que su señor recapacitase.

—Haced lo que os digo. Traed mi montura. Nunca se sabe lo que puede ser necesario —le dijo, señalando el barbote que protegía la parte inferior de la cara y el cuello.

Un paje se apresuró a coger el yelmo de las manos del escudero y a encajarlo en aquella pieza. El otro criado se afanaba en sujetarle el faldar, las musleras, las rodilleras y las espinelas.

—Perdonad, alteza, ahora mismo. —El escudero le alcanzó las manoplas y se fue corriendo a preparar al animal con la testuz, los frontales y demás defensas que lo hacían un caparazón andante.

Montado en su destrero, con las armas de la Casa de Aragón refulgiendo en la gualdrapa del animal y en el pendón de su alférez real, el rey don Pedro IV de Aragón cabalgó hasta un alto, donde fijó su real y su estandarte.

Al otro lado estaba la llanura de Mislata y el río Turia.

Allí era donde la Unión de Valencia había plantado sus haces, cerrando el paso a la ciudad de Valencia, cuya puerta de poniente, de la época musulmana, Bab-al-Hanax, no distaba ni una legua.

Esa puerta se llamaba De la Morería, porque a sus afueras se habían asentado los mudéjares tras la conquista cristiana.

A los judíos, sin embargo, se les permitió tener la judería intramuros.

La ciudad seguía creciendo, por lo que fuera de sus murallas ya había arrabales cristianos.

«Quieren pararme antes de llegar a Valencia. Saben lo que le haré a esa maldita ciudad que tanta humillación me hizo sufrir», se dijo el rey, observando el despliegue de sus mesnadas.

Un heraldo acudió desde la línea del frente.

—Majestad, el señor conde os informa de que está listo y sólo aguarda vuestra señal.

El Ceremonioso, al que ahora también apodaban «el del Punyalet» por su gesto ante las cortes aragonesas, miró a su alférez y asintió.

La Senyal Reial , un blasón de oro con los cuatro palos de gules característicos aragoneses en sentido vertical, se balanceó de un lado a otro.

Abajo sonaron las trompetas y el conde don Lope de Luna lanzó a sus hombres, mayoritariamente catalanes y aragoneses, con unos cuantos valencianos leales, contra las filas de los rebeldes valencianos de la Unión.

La escenificación posterior a rendir Valencia fue similar a la que cinco meses antes hizo en Zaragoza, aunque no rasgó ningún documento con su pequeño puñal.

La Unión de Valencia, que se había formado tan sólo un año antes reclamando privilegios similares a los que ya gozaban en el reino aragonés, fue disuelta.

Hubo ejecuciones e imposición de tributos, en este caso con más dureza que en Aragón.