El Fratricida 12. El Ceremonioso #4
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12. El Ceremonioso #4

—... te prometo que lograremos nuestra más que merecida satisfacción por esto —dijo el rey, abrazando con fuerza a su reina.

«¿Cómo he llegado a encontrarme en esa situación?», se preguntaba.

En diciembre, lo que parecía encauzarse se trastocó para el soberano.

La Fraternidad de ciudades leales fue derrotada en sendas batallas en el reino de Valencia, cerca de las localidades de Puebla Larga y Bétera.

En respuesta, el Ceremonioso salió en enero de Barcelona con una gran fuerza hacia el sur, pero, al llegar a Murviedro, 1 la villa los traicionó.

El mayordomo real, Bernat de Cabrera, y otros nobles hubieron de salir con premura, quedando retenidos los reyes hasta que llegó la primavera.

Los unionistas lograron forzar en ese tiempo la cesión a sus pretensiones.

Cuando se confiaron, el rey Pedro trató de huir por el camino hacia Teruel, donde tenía a sus afectos, pero lo descubrieron y, para evitar más intentos, lo trasladaron a la ciudad del Turia.

Y allí lo estaban humillando de mala manera.

A mi queridísima madre, la reina viuda de Aragón, doña Leonor Alfónsez de Castilla:

¡Oh, madre, deberíais haber estado aquí!

¡Cómo lo hubierais gozado! Verme ante las puertas de esta ciudad que fue principado del más afamado guerrero, esperando con mis huestes unionistas y castellanas la llegada de tu hijastro, mi medio hermano el rey Pedro, al que ya llaman el Ceremonioso por su obsesión por los detalles y rituales, ¡ese necio!

Su cara era todo un poema cuando, custodiado por los saguntinos, lo condujeron hasta mi presencia.

Yo, rodeado de los ochocientos castellanos que vuestro hermano, mi querido tío el rey de Castilla, Alfonso el Justiciero, me otorgó como escolta para esta empresa, era la viva imagen del mismísimo Cid Campeador.

La ciudad de Valencia está rendida a mis pies, nadie cuestiona mi gobierno y la mejor noticia es la causa de ello.

Tengo la alegría de contaros que vuestro hijo está donde con tanto esfuerzo y tesón luchasteis por ello. Muerto mi medio hermano Jaime, el cargo de procurador general es mío, y, por tanto, soy el heredero al trono de la Corona de Aragón.

Dios os guarde, querida madre.

Fernando Alfónsez, infante de Aragón, marqués de Tortosa, señor de Albarracín y procurador general del reino

Tras acabar de redactar la carta, el infante don Fernando se dirigió a los aposentos donde tenía a su medio hermano el rey y su reina. Se asomó a ver el espectáculo de la plebe mofándose de sus altezas. El bajo pueblo había sacado a los reyes hasta la calle y seguían haciéndolos danzar.

—«Mal haya quien se marchara; no todavía, no todavía» —le canturreaba a la cara uno de ellos, de profesión barbero, que hacía danzar su cuchilla entre los dedos y acercaba su rostro al del monarca de forma chulesca.

Cuando don Fernando se cansó de ver la humillación de don Pedro y su esposa, ordenó a sus hombres que pusieran fin a la chanza.

El Ceremonioso lo vio alejarse y guardó esa imagen en el recuerdo. Llevó la mano instintivamente al cinto, donde siempre guardaba un pequeño puñal. Lo tenía desde joven y no era muy grande, quedándole así más proporcionado a su estatura. No lo encontró, se lo habían requisado.

Aquel día, el hijo mayor de la loba firmó su propia sentencia de muerte.

Pero el Ceremonioso se tomaría las cosas con calma, con la paciencia de la que siempre hacía gala.

Él no era un hombre robusto, al contrario, y había aprendido que con astucia se podía aparecer en el momento más inesperado y vencer al enemigo más fuerte.

Lo primero era conseguir de algún modo salir de aquella maldita Valencia.

La peste, que para mediados de la primavera ya se había desatado por las ciudades costeras, entre ellas la misma capital valenciana, le dio una idea.

Verano de 1348 Teruel, Épila y Zaragoza (reino de Aragón), Corona de Aragón

No consiguió convencer a la Unión apelando a los rumores que llegaban desde el reino de Francia de que su cuñado, el depuesto Jaime III de Mallorca, había vendido el señorío de Montpelier al rey francés y, con ese dinero, reclutaba un ejército de provenzales para su regreso a las islas.

Sin embargo, cuando hizo correr el rumor por las calles de que los unionistas no cuidaban de sus reyes, exponiéndolos a la peste que diezmaba sin piedad a los valencianos, y los acusó de querer para ellos tan triste final como el del infante don Jaime, los nobles accedieron a que el rey marchara a Teruel.

Un error de cálculo que pagarían muy caro.

—Mi rey, es una maniobra arriesgada prescindir de parte de nuestras fuerzas. No sabemos...

—Si los rebeldes toman Épila, nos cortarán el paso hacia Zaragoza. A nosotros y a don Lope de Luna, que ya le he dicho que cese el asedio de Tarazona y reúna allí sus fuerzas.

Los consejeros del rey se miraron preocupados. Si los de la Unión de Aragón los localizaban con una fuerza menguada, no podrían defender con garantías a su monarca.

—¿A qué esperáis? Ahora no es tiempo de ceremonias —los azuzó don Pedro.

El infante don Fernando, heredero nombrado de Aragón, llegó con las huestes unionistas a la vista de Épila.

Muchos nobles y señores aragoneses lo seguían, así como su escolta de jinetes castellanos.

Con fastidio, vio a una mesnada real posicionándose en la villa. Los realistas se les habían adelantado.

—Señores, son muchos menos, los cuadriplicamos. A por ellos, hay que expulsarlos de ahí.

—No tenemos máquinas... No será empresa fácil, señor procurador general —dijo el señor Ximénez de Urrea, que acudía acompañado por su hijo.

—Nuestros exploradores nos avisan de que las fuerzas del señorío de Luna están levantando el sitio de Tarazona. Tenemos tiempo, pero sólo si actuamos ahora.

—¡Padre, déjame cargar ya! —exclamó Ximénez Urrea hijo.

El resto de los caballeros asintieron. El padre pidió la bendición al clérigo para los suyos y dio un espaldarazo a su vástago, que momentos después se lanzaba al galope hacia la villa.

El asalto fue duro y causaron muchas bajas, pero los realistas lograron atrincherarse y mantener sus posiciones.

Los peones rebeldes, venidos de Zaragoza, se unieron a la lucha, cruzaron el río Jalón y empezaron a quemar los campos y arrabales.

El humo se dirigía hacia los que estaban encerrados en la villa, que veían arder sus cosechas.

—¡De aquí no sale nadie! Eso es lo que esperan, ¡pero no! —se desgañitaba el señor de Jérica—. No podemos enfrentarlos en campo abierto.

Este noble que, paradojas de la política, había favorecido la huida de la reina Leonor y sus niños, ahora luchaba del lado de quien entonces fuera el perseguidor y, precisamente, contra uno de aquellos niños huidos que ya había crecido.

Sólo la lealtad y disciplina de sus tropas valencianas frenó a los epilenses de hacer una salida temeraria.

Las tropas catalanas que los acompañaban siguieron su ejemplo y cerraron filas con ellos, a la espera de que los aragoneses realistas del señor de Luna apareciesen en su auxilio.

Al mediodía, la lucha proseguía. Épila resistía a duras penas.

—He mandado exploradores para encontrar a ese enano maldito —dijo el infante Fernando.

Los unionistas se rieron. El rey Ceremonioso sólo era grande en inteligencia, como demostraría a lo largo de su reinado.

—Si lo encontráramos... —Cerró el puño Urrea el mayor.

—Sí, señores. No sería necesario tomar esa villa. No debe tener más de un tercio de sus fuerzas junto a él. Ahí resiste ese veleta de Jérica con otro tercio. Y el resto está por Tarazona con el traidor Lope de Luna.

Los caballeros unionistas refunfuñaron y maldijeron. Lope de Luna fue uno de los que en las Cortes de Zaragoza desertaron de la Unión, convencidos por el rey.

—Mi señor infante, mi señor padre... Permiso para volver a la carga.

Urrea hijo había estado relevándose en el asalto con otros caballeros.

Descansada su mesnada, ardía en deseos de reanudar la lucha, convencido de que serían los suyos los que romperían la resistencia.

Se repitió la escena. Bendición del sacerdote del ejército, espaldarazo del padre y galopada del joven caballero con sus jinetes.

Lo vieron perderse entre la polvareda y el humo del alfoz en llamas.

Entonces llegó un jinete a toda prisa desde el camino de Tarazona con una saeta clavada en la espalda.

—¡Mi señor infante, ya vienen, ya vienen! —dijo antes de caer del caballo.

El propio infante don Fernando descabalgó hasta él y le sujetó la cabeza.

—¿Quién viene? ¿De qué hablas?

No hizo falta escuchar la respuesta. Aparecieron a lo lejos los pendones de los aragoneses leales al rey junto a los de una hueste mercenaria de castellanos.

Los peones unionistas reaccionaron yendo hacia el puente sobre el Jalón para cerrarles el paso.

Los caballeros y la reserva de la Unión, sin embargo, se quedaron paralizados y, al ver que los realistas también lanzaban un haz contra ellos, varios nobles emprendieron la fuga.

—¡Todos quietos! ¡Volved, volved! Formemos una línea y carguemos —se desgañitó el infante mientras, ayudado por su escudero, subía pesadamente a su montura.

—¡Mi hijo, mi hijo! —gritó Urrea el mayor—. ¡Urreanos, por Urrea y la Unión!

Sin esperar a que el resto estuviera listo, el señor de Urrea lanzó su mesnada a la carga hacia Épila, donde los expertos y bien armados mercenarios castellanos estaban arrollando a los peones zaragozanos. El amor de un padre, que salvaría a un hijo, pagando con su vida el gesto.