El Fratricida 12. El Ceremonioso #3
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12. El Ceremonioso #3

—Alteza, respecto a vuestro deseo de nombrar heredera a vuestra hija, dicen que el dictamen que conseguisteis de los letrados de Poblet es contrario a la tradición y los fueros.

Sentencian que una mujer no puede ser reina, sino que sólo puede transmitir el derecho de sucesión.

Por lo tanto, vuestro hermano el conde de Urgel sigue siendo el heredero hasta que vuesa merced no consiga engendrar hijo varón.

Nada nuevo que el rey no se esperase. En realidad, había enviado a los enésimos mensajeros para dilatar la respuesta y ganar tiempo. Se volvió hacia los nobles que componían su reducido consejo.

—Como sabéis, mi hermano Jaime se ha rebelado y ha llamado a nuestros medio hermanos, los hijos de doña Leonor de Castilla. ¡De Castilla, no olvidéis eso! No son aragoneses de pro.

—Querido sobrino, aquí nadie lo olvida —dijo el tío paterno del rey, un barcelonés que era lugarteniente y senescal del reino—. Pero han revivido la Unión de Aragón, la misma liga que le impuso el Privilegio General de Aragón a nuestro antepasado el rey Pedro III el Grande.

La situación en Aragón era complicada. Sólo Huesca, Teruel, Calatayud y Daroca permanecían fieles en una Fraternidad Realista que formaron para la defensa de la realeza. Sin embargo, en otras partes crecía también el descontento.

—Tenemos otra liga creada en Valencia. ¡Menos mal que reaccionasteis a tiempo evitando que los imitaran en Cataluña, majestad! —dijo el vizconde de Cabrera, que era mayordomo real.

—Sí. Como bien dice el vizconde, Cataluña es fiel... por ahora, querido sobrino. Las presiones fiscales para vuestras campañas han sido caldo de cultivo para que las ciudades apoyen a los nobles rebeldes, alteza. Eso puede suceder en cualquier momento con los condados catalanes.

El rey se quedó en silencio mientras sus consejeros seguían debatiendo.

Como en todo, confiaba en el procedimiento.

Una obra de la que estaba sumamente orgulloso era su Libro de las Ordenaciones de la Casa Real de Aragón.

En él fijaba de modo escrupuloso la ceremonia real, la organización y funcionamiento de la cancillería, así como la creación de cargos generales de la Corona en cada uno de sus estados para lograr la efectividad real del poder del monarca en ellos.

Salió al balcón y se dejó acariciar por la brisa marina.

Mientras miraba distraído las atarazanas y el puerto, donde gran parte de su poderosa flota se fletaba y guardaba, en su cabeza bullía la memoria de su primera mujer, una princesa navarra de la que había enviudado hacía escasos meses tras dar a luz a un varón que murió a las pocas horas de nacer.

«¡Si aquel niño hubiera vivido, no estaría en este aprieto!»

Ya andaba en tratos con el rey de Portugal para unirse en matrimonio con la menor de sus infantas, pero, por si acaso esta futura esposa tampoco le daba hijos varones, tenía que mantener a su primogénita Constanza en la sucesión. Sí, necesitaba tiempo. Regresó junto a sus consejeros.

—Convocaré esas Cortes en Zaragoza, señores. Pero antes firmaré un documento secreto que vosotros custodiaréis: en él declararé nula cualquier concesión que haga a los unionistas si es contraria a los fueros que ya tenemos, al igual que cualquier modificación que logren imponer en un consejo real.

—Pero, Pedro... Sabes que eso es meterse en la guarida del lobo —dijo su tío, que, ante la dura mirada de su sobrino, retomó el tratamiento—. Como vuestro lugarteniente, majestad, os aconsejo que no lo hagáis. ¿Qué ganaríais acudiendo?

—Tiempo. Y puede que logre disensiones y traiciones entre esos unionistas. —Miró al vizconde de Cabrera—. ¿No es eso lo que vos opináis, señor vizconde?

El de Cabrera asintió.

Noviembre y diciembre de 1347 Barcelona (condado de Barcelona) y Bétera (reino de Valencia), Corona de Aragón

Las Cortes celebradas en Zaragoza en el mes de agosto no habían ido bien.

Tras enconadas disputas, los unionistas, con su hermano Jaime y sus medio hermanos Fernando y Juan, apoyados por muchos nobles, clero y síndicos de algunas ciudades, llegaron a amenazar al rey con deponerlo y nombrar a otro, aduciendo uno de los privilegios que la primera Unión de Aragón arrancó a los monarcas aragoneses.

Si bien esa radicalidad hizo que algunos de los grandes nobles se pasaran al bando del rey, animados por ciertas promesas del vizconde de Cabrera, mayordomo real, al final los unionistas se salieron con la suya.

El cabecilla, su hermano Jaime, fue restituido en su condición de procurador general, cargo que solía ir ligado a la sucesión al trono, lo que pareció aplacarlo.

Se había llegado a producir un motín del pueblo, que entró en la sala de reuniones del Convento de San Francisco —donde en esta ocasión se celebraban las sesiones por el gran número de asistentes— para defender las pretensiones del infante.

Pedro cedió, cerró las Cortes y se marchó aprisa a Cataluña, en lo que muchos vieron una huida.

«No sé si hice bien en seguir el consejo de Cabrera —hablaba consigo mismo Pedro el Ceremonioso—. Aunque en mi firma hice constar que lo hacía a la fuerza y con la esperanza de que mis partidarios den un vuelco a la situación.»

«No quedaba otra. Lo sabes —se replicaba—. Tuvimos que rechazar a nuestro maldito cuñado mallorquín que había atacado desde Montpelier el Rosellón. Y luego esos puercos genoveses de los Doria que rebelaron parte de Cerdeña. Muchos frentes, demasiados frentes abiertos.»

«Sí, sí..., paciencia. Toca esperar. Ahora concentrémonos en mi nueva boda y en las Cortes Catalanas.»

En ese mes de noviembre, Pedro IV de Aragón casó con una infanta venida desde Portugal.

La novia arribó en barco, pues el viaje se hizo por mar para evitar cruzar territorio castellano.

Ya tenía nueva reina. Se puso de inmediato a cumplir en el lecho conyugal en busca del heredero varón que acabase con la causa que enarbolaban los unionistas de Aragón y Valencia.

«¡Esos hipócritas! No sólo se rebelan por haber hecho heredera a mi hija...

¡Lo que piden son más y más privilegios!

Los aragoneses piden excluir a catalanes y roselloneses del consejo real, los valencianos que les conceda privilegio y fuero como el que tiene Aragón, y en cuanto a los catalanes...

, no me fío de los catalanes, que aún me reprochan, ¡rencorosos!

, que jurase los fueros en Zaragoza como rey antes que los de Cataluña en Barcelona como conde. »

—Deberíamos estar en Lérida y no aquí —dijo un procurador de Cortes.

—El rey no quiso hacerlo tan cerca de las posesiones de su hermano el conde de Urgel. Al menos, a pesar de que recela por lo sucedido en Zaragoza, lo ha invitado a venir.

—Sí, una muestra de reconciliación fraterna.

—¡Pues ya ves las calles de la ciudad condal cómo rebosan de alegría por eso!

—La plebe es fácil de convencer. Se regocijan por ver juntos otra vez a los hijos del añorado Alfonso IV el Benigno.

—Y no lo olvidemos: hay nueva reina y su majestad la ha traído exprofeso.

—Y con ella la tan ansiada estabilidad: una reina que pueda engendrar herederos. Seguro que las Cortes le dan su apoyo.

Tras cerrarse las sesiones de esas Cortes Catalanas, Pedro el Ceremonioso estaba satisfecho.

Se garantizó el apoyo de los ricoshombres catalanes, que eran los que sufragaban la mitad de la poderosa flota aragonesa.

Barcelona, la ciudad más rica de la Corona, permanecía a su lado.

Pero, además, aquellos días de noviembre de 1347 sucedió algo que lo favoreció inmensamente.

Tanto fue así que muchos lo acusarían de haberlo provocado.

—¡El infante Jaime, el procurador general del reino, ha muerto!

—¿Cómo, si era aún joven y sano? ¡Lo han envenenado! ¿Qué has hecho, Ceremonioso?

Eso era lo que se oía por los zocos y las callejas barcelonesas. El rey mandó llamar a sus médicos y consejeros. Tenía que acallar rumores. Tanto se esmeraría que, años más tarde, cuando ordenó escribir su Crònica de don Pere el Cermoniós , incluyó lo que preparó con los galenos.

—Quiero que describáis los síntomas que sufrió mi hermano, los de esa nueva enfermedad, esa peste. Y quiero que se cuente por el pregonero.

Aprovechando las noticias de una nueva pestilencia que había por Sicilia y de la que ya había casos por Mallorca, el astuto rey aragonés quería disipar cualquier duda.

Nadie pudo probar otra cosa, a pesar de que su hermano no había estado en las islas recientemente y que aún no se conocían casos en Barcelona.

Pero la enfermedad no tardaría en tocar tierra en la península ibérica con trágicas consecuencias, algo que ni las medidas del rey, que prohibiría bajar de los barcos a los que tuvieran síntomas, evitarían.

Y cuando llegó la epidemia, nadie se acordó más de si la muerte del hermano del rey lo fue antes o después, salvo sus familiares y más fieles seguidores.

Primavera de 1348 Valencia, Corona de Aragón

Mientras giraba sobre sí mismo y sonreía con cara alelada, llevando de la mano a su atribulada reina Leonor de Portugal, el rey Pedro de Aragón no dejaba de maldecir a su medio hermano y sus unionistas.

—Sonríe, querida, no dejes de sonreír ni pares de bailar. Ya reiremos nosotros a su tiempo.

—Esto... esto es un ultraje inmenso. Y... tengo miedo, mi señor.

—Baila, baila... No nos pasará nada. Confía en mí. Acabará antes de que te des cuenta y te prometo...

En ese momento alguien chocó con ellos. La reina que vino de Portugal trataba de hacerle caso y disimular el infinito desprecio y asco que le producían los plebeyos que los rodeaban, provistos de tambores y trompetas, gentuza estridente y maloliente.

De esa guisa habían penetrado hasta la mismísima cámara regia sin que hiciera nada por impedirlo su cuñado, el infante don Fernando, medio hermano del rey, que había sustituido al fallecido don Jaime en el liderazgo de los unionistas y ahora tenía el cargo de procurador general que el monarca no pudo negarle.