12. El Ceremonioso #2
—No estamos en Castilla —intervino el padrino y antiguo preceptor del infante, tratando de dar un poco de sosiego—, aquí los fueros de los reinos tienen mucho peso, mi señor. Esperemos el veredicto del jurado. Mirad, ahí sale el jurat encap , oigamos las palabras del portavoz.
Los presentes guardaron un silencio expectante mientras esperaban a que el prócer llegara hasta su sitial y el resto de jurados lo flanquearan en sus respectivos escaños en el estrado.
Pedro miró pacientemente al techo de la cámara en la que se encontraban reunidos.
Se entretuvo en divisar las figurillas y formas que colmaban el cielo raso con una impresionante ornamentación de madera tallada y dorada, de la cual le venía el nombre a la estancia: la Cambra Daurada .
Por fin, tras carraspear un par de veces, el jurat en cap pronunció el veredicto.
—En virtud de los Furs de València y del poder otorgado por el generál del regne de València , procedemos a emitir una amonestación formal a su alteza don Alfonso IV, rey de Aragón, Valencia y Cerdeña y conde de Barcelona, por las donaciones de las villas y poblaciones de...
—Ya está, ya lo tenemos —dijo el infante don Pedro.
—Os lo dije, mi señor.
—Siempre me aconsejáis bien, querido padrino.
—Ahora, ese dinero que me habéis dado surtirá su efecto. Sólo para animar un poco el ambiente, que ya de por sí está tenso.
—La diplomacia, la paciencia, el disimulo... Como siempre me habéis enseñado. —Se sonrió el infante, que vio confirmadas ese día muchas de las lecciones que primaban la inteligencia a la fuerza.
Varios asistentes, estratégicamente colocados en la sala y las puertas, comenzaron a caldear el ambiente.
Los valencianos no tardaron en marchar con el jurat encap y el resto de los jurados al frente hasta las puertas del palacio, en una muchedumbre que aumentaba a cada paso y, tras cruzar el río Turia y dirigirse extramuros hasta la residencia real en uso desde tiempos de Jaime I el Conquistador, ya se había convertido en una turba a punto de descontrolarse.
—¡Escuchad, rey nuestro, Valencia morirá antes de permitir el despedazamiento del reino!
Y con ese grito y ese revuelo del pueblo, el infante don Pedro, sin enfrentarse abiertamente, se impuso a su padre y a su madrastra. Algo que ésta no perdonaría. Despechada y colérica, la reina no tuvo reparo en reprender a su marido ante su consejo:
—Nunca en Castilla osarían los castellanos hacer algo como esto y, si así fuera, ten por seguro que mi hermano Alfonso XI no lo consentiría y aplicaría su justicia.
1335 Jaca, Huesca (reino de Aragón), Corona de Aragón
Por fin llegó el momento largamente esperado.
En el patio del castillo veía a sus hombres preparar la impedimenta.
Su padre el rey había enfermado y a él lo requería en Barcelona para ejercer el cargo de procurador general de Aragón.
Recordaba grabados a fuego los años en que se vio apartado por influencia de su madrastra, cuyas intrigas hicieron que tanto él como su hermano Jaime, el conde de Urgel, tuvieran que refugiarse junto al arzobispo de Zaragoza, acompañados por varios nobles que temieron por la vida de los dos infantes.
«Pues al final, gracias a Dios, no ha sido necesario cruzar los Pirineos», se decía Pedro mientras veía empacar a sus hombres.
—Mi príncipe, ha merecido la pena. Ser represaliado por vuestra madrastra, haber perdido cargos, ¡pero aquí estáis, sano y salvo de sus garras!
Pedro miró con gratitud al noble que le hablaba.
Era uno de los de su bando, de los fieles que lo llevaron al Alto Aragón para protegerlo de la alargada sombra de la reina.
Muchos de sus partidarios se vieron sometidos a tal presión de la loba —como la llamaba el infante— que abandonaron sus cargos o directamente fueron despojados de ellos para ser ocupados por los afines de la castellana.
El cerco se había cerrado poco a poco en esos años.
Una lucha soterrada de la que aprendió mucho el infante don Pedro de Aragón y en la que, hasta entonces, iba perdiendo.
—Sí, amigo mío. Lo que no contó mi madrastra fue con que mi padre, todavía joven a los treinta y siete, pudiera ser requerido tan pronto para rendir cuentas al cielo.
En esos momentos llegó acompañado de una numerosa hueste otro de sus nobles de confianza, el que había sido su preceptor desde siempre. Ot de Montcada se apeó de su montura y fue directo hasta el infante, saludándolo con efusividad.
—Aquí me tenéis, alteza, para lo que haga falta. ¿Cuál será nuestro próximo movimiento?
—Querido padrino, ya no habrá ningún miramiento. Vos me veréis coronar en Zaragoza en cuanto mi padre fallezca, si las noticias sobre la gravedad de su dolencia son ciertas.
—Allí estaré compartiendo vuestra dicha, mi señor, pero no nos precipitemos.
Los vástagos de la castellana, aunque todavía unos niños de cinco y seis años, poseen tierras y dinero, y muchos hay en su bando, y aún otros que podrían comprar.
Vuestra madrastra es una mujer peligrosa, no hace falta que os lo recuerde.
—Sí, mi buen Ot de Montcada, iremos con cautela. Y todo ello, sin olvidar a mis tíos, los también infantes. Seguro que hacen algún movimiento.
El padrino de don Pedro miró con orgullo a su antiguo pupilo, que había seguido formándose junto al arzobispo de Zaragoza, un noble de la familia López de Luna.
Ya con dieciséis años, el futuro rey daba muestras de un sentido de Estado y una astucia admirables.
Como bien apuntaba, debían vigilar a los hermanos del rey moribundo, que tenían también a varios nobles de su parte a la espera de ser favorecidos si uno llegara al trono.
El infante don Pedro fue quien se adelantó al resto de pretendientes. Ya por tierras de Játiva, sus partidarios atacaron a su medio hermano el infante Fernando. Su guardia llevó al pequeño marqués de Tortosa a la fortaleza, donde repelieron el intento.
La reina doña Leonor vio claro que las tornas cambiarían muy rápidamente si su marido fallecía, como le adelantaron los médicos.
Gracias a un noble de confianza, que estaba resentido porque acababa de perder unas prebendas, logró huir con sus hijos y gran parte del tesoro a tierras de Castilla, y lo hizo antes de que Alfonso IV falleciera.
—¿Cómo que se os han escapado? Iba cargada de tesoros y con unos niños, mucho más lenta.
—Mi señor, yo...
—Fue muy astuta —dijo otro de los caballeros que habían perseguido a la reina—. O lo fue el de Jérica que la ayudaba. Fingieron ir hacia un punto de la frontera mientras en realidad escaparon por otro.
—Entonces esa pécora estará ya refugiada en la corte de su hermano el rey Alfonso XI de Castilla —intervino Ot de Moncada.
—Sí, padrino. ¿Y sabes lo que eso significa? ¡Problemas! Porque la conozco... Esperará pacientemente a que sus hijos crezcan.
Ya en la seguridad de la corte castellana, Leonor se enteró de la muerte de su marido, acaecida el 27 de enero de 1336 en Barcelona, y de la jura de los fueros ante los distintos reinos de su hijastro, que se convertía en el rey Pedro IV de Aragón.
Las noticias que llegaban de las ceremonias, desfiles y festejos narraban un esmerado cuidado en las reglas, la etiqueta y un estricto procedimiento; algo que no extrañó a quienes conocían al nuevo soberano de la Corona aragonesa.
1347 Barcelona (condado de Barcelona), Corona de Aragón
No hacía mucho tiempo de su exitosa campaña contra el reino de Mallorca, con la que recuperó las islas Baleares para la Corona aragonesa tras quitárselas a su cuñado Jaime III de Mallorca, un primo lejano que estaba casado con su hermana.
Les había permitido quedarse como señores de Montpelier, en la costa francesa, donde muy pronto su hermana Constanza moriría.
«He de estar atento a ver con quién se casa de nuevo mi excuñado. Estoy seguro de que intentará complotar para retomar Mallorca...»
—Aquí están los mapas que me habéis pedido, majestad —dijo un escriba que se marchó de la sala tan rápido como había llegado.
Pedro de Aragón miró los documentos y los extendió por la mesa.
Confirmó satisfecho que su poderosa flota controlaba el mar.
Y respecto a las fronteras terrestres, eran estables, ya que años antes había pactado con la Castilla del hermano de su madrastra un acuerdo para evitar una guerra, de modo que le devolvió a ésta y a sus hijos las rentas confiscadas y se firmó una alianza por la que la flota aragonesa ayudaba a bloquear el Estrecho de Gibraltar para frenar la invasión de los norteafricanos benimerines, lo que se logró en la batalla del Salado.
Sin la ayuda de la marina de Aragón no habría sido posible la victoria de los reyes de Castilla y Portugal frente a esa embestida del islam.
«Va para más de una década desde que comenzó mi reinado. Tregua con Génova, recuperación de Mallorca para la Corona, como siempre debió ser, freno a los musulmanes en el sur de mis reinos. Ahhhh, ¡si sólo hubiera conseguido atrapar a esa loba y sus cachorros!»
Se apoyó en el alféizar del Palacio Real Mayor que se abría en la antigua muralla romana y miró el azul del mar, de su mar.
El Mediterráneo iluminaba con sus vívidos colores la ciudad condal e inundaba de salitre y múltiples olores sus calles en un día más en que los catalanes, afanosos, aprovechaban para hacer lo que mejor se les daba: comerciar.
Escuchó voces tras él, en el salón. Vio que regresaba uno de sus embajadores, que venía desde Zaragoza.
—Majestad, no ha habido manera. Los nobles de la Unión de Aragón siguen con sus exigencias y piden convocar Cortes.
El emisario esperó autorización para seguir informando, dado que había varias personas presentes. Pedro de Aragón le hizo un gesto para que continuase.