El Fratricida 12. El Ceremonioso
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12. El Ceremonioso

El Ceremonioso

Paralelamente a lo que ocurría en Castilla, en la Corona de Aragón también los reyes intentaban ganarle terreno a la nobleza y fortalecer el poder real.

La diferencia consistía en que, además de con los señores y nobles, tenían que lidiar con unos reinos que mantenían costumbres bien diferenciadas, con cortes propias e incluso aranceles entre los distintos territorios.

Esas medidas las respaldaba un estamento de comerciantes y mercaderes que se enriquecía gracias al comercio por el Mediterráneo, que en su vertiente occidental había sido ocupado por la Corona desde las Baleares a Sicilia, pasando por Cerdeña e incluso llegando a Grecia, y, con ello, gozaban de gran poder y preeminencia.

En ese entorno político y social, había nacido un niño sietemesino y enfermizo que, para sorpresa de todos, gobernaría largo tiempo y lo haría con gran determinación, diplomacia e inteligencia.

—Ha sido un niño, mi señor esposo. Vuestro tercer hijo y el segundo varón. Ruego a Dios que éste sobreviva para ser vuestro heredero —dijo la condesa de Urgel y reina consorte, con la cara aún marcada por el esfuerzo del parto.

—Recuperaos ahora y no penséis en eso, mi reina —dijo el rey, que observaba preocupado cómo las matronas reanimaban a su bebé, lo envolvían en paños y se lo llevaban a la parte más cálida de palacio.

Ya habían tenido un varón, que murió sin llegar a cumplir dos años.

Y había una niña nacida el año anterior, que por ahora estaba sana y gateaba en la estancia contigua.

El rey cerró los ojos y, mirando al cielo, rezó pidiendo la gracia de que el pequeño sobreviviese.

Luego se santiguó, acarició con ternura a su esposa y se dispuso a salir de la estancia.

—¿Qué nombre le pondréis, mi señor? —dijo ella.

—Pedro. Y será el cuarto de su nombre en este gran reino, como yo soy el cuarto del mío.

Diez años después 5 de febrero de 1329 Tarazona (reino de Aragón), Corona de Aragón

Su padre, el rey, volvía a casarse. No habían pasado ni dos años desde la muerte de su madre, que aún guardaba grabada a fuego en la memoria.

El luto en el reino, la tristeza que lo invadió y llevó en silencio, el llanto de su hermana mayor, los sollozos de su hermano pequeño, el sonido de las campanas tocando a muerto y los berridos de un bebé recién nacido que no había traído a la casa real sino la desgracia.

A él lo habían tenido protegido siempre, con sumo cuidado para que no recayera en las dolencias que tan frecuentemente lo asaltaban.

Su constitución, sabía desde pequeño, no era fuerte, pero a cambio su mente era muy despierta.

Su padre el rey lo amaba, era el escogido sin dudas para sucederlo en el trono.

—Infante don Pedro, sé que es cansado, pero tenéis que manteneros quieto durante la ceremonia —le dijo su aya en un susurro—. ¡Recordad que ya vais a cumplir diez años!

—Sí, doña.

No era por cansancio ni aburrimiento. Le gustaba ir a misa, ver la liturgia, disfrutaba de todo el boato y parafernalia que iban unidos a los actos, ya fueran eclesiásticos o palaciegos.

Aquel orden y procedimiento le brindaban una sensación de seguridad, de lo conocido por venir.

Lo que lo tenía inquieto era que, por su pequeña estatura, no llegaba a ver bien toda la escena.

Miraba con una mezcla de curiosidad y aprensión a la novia castellana, una princesa de la Corona del país vecino, que se desposaba con su padre. Leonor de Castilla se llamaba, y era la hermana mayor del rey castellano, uno que se llamaba como su padre, Alfonso, y que también se hallaba presente.

«Estaría gracioso que mi padre se negase a dar el consentimiento y esa castellana se quedase en Aragón por segunda vez plantada en un altar.»

Ése era su deseo, que su padre no tuviera otra mujer, aunque sabía que los reyes debían casarse y engendrar más hijos, por si los que tenía no sobrevivían, como él mismo había visto.

De los siete que engendró su madre, sólo tres vivían: su hermana Constanza, él mismo y un hermano un año menor, al que llamaron Jaime, como el glorioso Jaime I el Conquistador, y a quien su padre había nombrado conde de Urgel tras el fallecimiento de su madre la condesa.

No quedaban más hijos vivos del matrimonio.

Hubo cuatro más: el primogénito, un niño y una niña que apenas alcanzaron los tres años de edad y vio morir enfermos, y el bebé que había matado a su madre al nacer y que no llegó ni a cumplir un año antes de reunirse con ella.

Y con él siempre estaban en vilo por sus toses y catarros.

El pensamiento de que Leonor de Castilla fuera otra vez rechazada en el altar, como ya le ocurrió años atrás con su tío, el infante heredero aragonés que huyó en el momento de la boda renunciando a sus derechos sucesorios y metiéndose a monje, hizo que se le escapase una risa que, en vano, tapó con la mano.

—Don Pedro, ¡comportaos! —le susurró al oído su preceptor y padrino.

El caballero intentó que su orden no se escuchara, pero los muros del sagrado edificio hacían eco al menor sonido. Por un instante, Pedro vio la cara de doña Leonor volverse y clavar sus ojos en él. Y sintió miedo.

Una vez fuera de la iglesia de San Miguel, se procedió a un desfile por la villa de Tarazona, con el rey y la reina a la cabeza, seguidos de cerca por el rey castellano y por el resto de ilustres de Aragón, entre los que destacaban tres tíos y una tía del infante don Pedro, todos ellos hermanos de su padre y que ahora estaban detrás de él, su sobrino, en el orden sucesorio.

Pedro disfrutó del desfile y de todos los actos más de lo que lo haría un niño de su edad.

Las ceremonias, se dijo, eran tan importantes como las tradiciones, y las primeras debían de ser fiel reflejo de las otras.

—Con esta boda, infante don Pedro, vuestro padre se asegura la frontera occidental de la Corona y así podrá centrarse en la lucha con pisanos y genoveses, que...

—... que no dejan de entorpecer nuestro comercio y poner en contra a los nativos de Cerdeña —terminó la frase por su preceptor.

Justo entonces su padre los llamó a él y sus hermanos a su presencia. Quería presentarles a su madrastra y empezó por su heredero.

—¿Así que éste es el infante Pedro? Es un placer conoceros —le dijo Leonor de Castilla con una amplia y forzada sonrisa—. Demasiado abrigado, ¿no creéis? —dijo mirando al aya.

—En la iglesia hacía frío, mi señora reina, y el infante estuvo con tos ayer mismo.

—¡Oh! ¡Vaya! Pues entonces hay que tenerlo abrigadito, no queremos que enfermes, ¿verdad, Pedro? —le dijo a la vez que le daba un pellizco maternal en la mejilla.

Pedro sonrió e hizo una reverencia, con diplomacia, pero dio un paso atrás para que ella no lo tocase más.

—Muchas gracias por vuestra preocupación, alteza.

Cuando se quedaron a solas, los hermanos intercambiaron opiniones de la madrastra que les había tocado. Pedro se sintió solo, era el único que no había estado cómodo a pesar de las sonrisas y buenas palabras de la nueva reina que tanto agradaron a los otros. Él tenía un mal presentimiento.

1333 Ciudad de Valencia (reino de Valencia), Corona de Aragón

Pedro ya tenía catorce años, mayoría de edad también en la Corona de Aragón, y ese mismo año tuvo que enfrentarse a su padre. En realidad, sabía que se enfrentaba a su madrastra, a aquella castellana que intrigaba y tenía bajo su influencia al soberano.

Alfonso IV de Aragón era un hombre humilde, sencillo y bondadoso.

Su cercanía en el trato y su actitud afable le harían merecedor del sobrenombre el Benigno.

Eso lo aprovechaban muchos, y aún más la nueva y joven esposa que compartía su lecho, ocho años menor que él.

Su madrastra ya había dado a luz a dos niños: el primero tan pronto como en el mismo año de la boda, 1329, al que llamaron Fernando, nombre de ilustres reyes castellanos, y al segundo, que nació al año siguiente, le pusieron Juan.

Al ser hijos del rey aragonés, automáticamente tenían el título de infantes de Aragón.

—El rey no puede hacer eso, ¡no puede! Va contra nuestros fueros. Y, además, al casarse hizo promesas de mantener el statu quo .

—Recapacitará, no os preocupéis. Es un buen hombre y un buen rey.

—Y si no lo hiciera —dijo un tercer ricohombre—, espero, compadres, que toméis las armas en defensa de la integridad del reino.

En los jurados de Valencia, que se reunían en la llamada Casa de la Ciutat , un gran edificio gótico que era el centro de la actividad municipal, se debatía la conducta del rey, que había otorgado grandes concesiones y tierras a sus nuevos hijos, fundamentalmente al mayor que, gracias a la influencia de la reina Leonor, recibió la villa de Tortosa, con el título de marqués, y en el sur del reino valenciano obtuvo las de Alicante, Novelda, Orihuela, Guardamar, Elche, Crevillente, Aspe y Elda.

—¡Mi padre desmiembra el reino! Eso es como crear una marca, un estado aparte, en la frontera sur con Castilla y Granada —le decía el infante don Pedro a sus partidarios.

—Sin contar con que también le ha otorgado Albarracín en Aragón y Tortosa en Cataluña —añadió el freire comendador de Montalbán, sede de la Orden de Santiago en Aragón—. ¡Ya sólo eso lo haría el señor más importante de todos los reinos!

—¿Y ese último intento de conceder las cinco principales villas valencianas? Esa arpía tiene mucho que ver, pero si hace falta, espero que me sigáis, aunque eso sea levantarnos contra mi padre.

Los nobles que acompañaban al infante don Pedro corearon lo dicho por este y recordaron que, en ciertos lugares de las nuevas donaciones —como en Játiva, Sagunto, Morella, Burriana y Castellón—, se había recibido a los enviados de la reina Leonor a pedradas. El pueblo valenciano estaba revuelto.