El Fratricida 11. La victoria del rey #6
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11. La victoria del rey #6

—Yo no voy a ceder, don Castro.

—Hay que solicitar el perdón real, don Enrique. Palenzuela ha caído. Y lo peor es que el rey ha contado con la ayuda de nuestros anteriores aliados: los infantes de Aragón, el De la Cerda, vuestro gemelo Fadrique...

—Al menos Tello no acudió.

—Vos sabéis que no podemos contar con él. Tello puede que recelase del rey después de las ejecuciones de Toledo y Toro y por eso no fuera al llamado real, pero sí que ha pedido el perdón, manteniéndose en sus tierras a salvo, eso sí.

Nadie podía prever los movimientos del rey.

Tras tomar Palenzuela y viendo que no llegaba don Tello, don Pedro ordenó ejecutar a unos santiaguistas al servicio de don Fadrique, a quien se lo explicó con excusas vanas y confusas.

Había quien decía que, si don Tello hubiera ido, teniendo reunidos a sus primos y medio hermanos, el monarca los hubiera ejecutado a todos de una vez, pero sólo eran rumores infundados.

Lo que estaba claro era que el rey no se fiaba de los que hacía poco lo habían atraído a una encerrona y humillado, gobernándolo como si de un niño se tratara.

—Y luego está Cuenca —recordó Enrique—. Esa plaza ha quedado abandonada al rey por los Albornoz..., que han huido a Aragón en el nuevo asalto de los realistas.

—Llevando con ellos a vuestro hermano pequeño Sancho. Bastante hicieron aguantando la primera embestida de don Pedro aquella vez que inundaron los arrabales.

Enrique se quedó pensativo. No quería dar su brazo a torcer, pero las cosas eran las que eran; también en Uclés se producía una desbandada hacia la Corona aragonesa de los santiaguistas que mataron a Villagera. Vio acercarse a su hermana, que se llamaba igual que su mujer, Juana.

—¿Qué sabes de tu mujer, Enrique, mi hermano?

Juana era una mujer bonita y bien proporcionada, digna hija de una pareja agraciada como fueron sus padres Alfonso XI y la hermosa Leonor de Guzmán.

La chica, que no había cumplido todavía los catorce, abrazó a su hermano mayor con ternura.

No era extraño que Fernán de Castro hubiera insistido en casarse con ella.

—Juana Manuel está viva y la tratan con respeto, hermanita. Retenida en Toro. Pero no sé cuánto durará la benevolencia de don Pedro.

El «hermanita» le sonó por primera vez extraño a Juana; ella era ya toda una mujer casada. No dijo nada y sonrió complacida.

—Pide el perdón, Enrique. Haz lo que dice mi esposo, pedidlo ambos, te lo ruego.

A su pesar, era el momento de tragarse el orgullo. Ambos nobles pidieron volver a la merced real. Pero Enrique solicitó también marcharse de la Corona de Castilla, a Francia, donde se libraba una guerra y él era un guerrero, dijo.

La respuesta llegó días más tarde de la mano de Carrillo, caballero de la más estrecha confianza del Trastámara, que se quedó en Gijón con doña Juana en la primera rebelión. Tendió la misiva a su señor, que la abrió y leyó en silencio antes de dirigirse a Fernán de Castro.

—Mirad, cuñado. Don Pedro me autoriza a partir a Francia y me da salvoconducto.

—Pero hay algo más, ¿no es así?

—Uno de mis parciales ha interceptado esta otra carta del rey: ha mandado varias así, en secreto, ordenando a las fortalezas de los pasos para que no hagan caso de su propio aval. ¡Fillo de puta!

—Os ayudaré a llegar a Asturias, cuñado. A partir de allí, es cosa vuestra —le dijo Fernán de Castro dándole un espaldarazo.

Al día siguiente, el conde de Trastámara, con sus hombres más cercanos, emprendió una rápida huida, una más, por Asturias y Vizcaya.

En ésta última logró barco para La Rochela y escapó de la justicia del reino.

Allí varios caballeros huidos de otros lados de Castilla se le unieron y se pusieron a las órdenes del rey de Francia en su lucha contra los ingleses.

La liga nobiliaria desbrozada, varios nobles traidores presos, ejecutados o autoexiliados, y el conde Trastámara en un país extraño sin apoyos.

Don Pedro se sentó en el palco que habían erigido en la ribera sur del Duero, con la estampa de la villa de Tordesillas a lo lejos.

Lo acompañaban María de Padilla y sus tres hijas.

Miró con satisfacción a su alrededor a la masa de asistentes que esperaba a que su monarca hiciera la señal.

Bajó la mano, sonaron los clarines y comenzó el torneo.

Varios caballeros se embestían mientras el pueblo los vitoreaba.

Todo volvía a la normalidad, salvo que ahora tenía encerradas a tres damas: a su madre la reina María, a la cual obligaba a que lo acompañase y presenciase la aplicación de su justicia mientras ella le suplicaba que la dejara marchar para siempre a Portugal; a la reina doña Blanca, retenida en Castrojeriz; y a la condesa Juana de Trastámara, encerrada en Toro.

La victoria del rey era completa. Apaciguado el interior de su reino, enseguida pondría su atención en la situación exterior y en el antiguo sueño de una Hispania reunida de nuevo bajo un solo gobierno, como en los tiempos de sus lejanos antepasados los visigodos.