El Fratricida 11. La victoria del rey #5
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11. La victoria del rey #5

—Que no se toque un pelo a su familia ni a los suyos. Al resto, sometedlos sin miramientos, don Henestrosa.

El grueso de las fuerzas de don Pedro se había desplazado media legua en completo silencio.

Aprovechando la caída de la noche, ese 15 de enero avanzaron desde las huertas al otro margen del Duero hasta la zona nororiental de la muralla.

Don Fadrique fue testigo de cómo las huestes reales penetraban en la ciudad matando a diestro y siniestro y se dio cuenta de que sólo la bonhomía de Henestrosa y la suerte de un paseo por el río lo habían salvado de una muerte cierta.

A la mañana siguiente sucedieron los funestos sucesos del 16 de enero.

En la empalizada delante del alcázar se encontraba un hidalgo navarro, don Martín Abarca, acompañado por un medio hermano del rey, otro de los hijos bastardos, un adolescente de quince años llamado Juan, el séptimo de Alfonso XI y Leonor de Guzmán.

—Señor —dijo el navarro—, si vuestra alteza me perdona, iré para vos y os llevaré a don Juan, vuestro hermano.

—A don Juan mi hermano lo perdono yo; pero a vos, Martín Abarca, no os perdono y si venís a mí, os mataré —respondió don Pedro, la mirada dura de siempre.

El caballero, sin inmutarse, tomó en sus brazos al joven y le dijo al rey:

—Majestad, haced conmigo como os plazca.

Y así, el navarro cruzó el puente de la puerta del alcázar y se llegó hasta don Pedro.

Lo rodearon los ballesteros y escuderos, que esperaron a recibir órdenes.

Los caballeros del séquito real contuvieron la respiración.

Arriba, desde el adarve, la reina madre y sus nobles observaban la escena con el alma encogida.

De pronto, el rey hizo un gesto displicente.

—Que su vida sea respetada. Lleváoslos de aquí.

A pesar de este acto de magnanimidad, la reina madre no se fiaba y quería escuchar a su hijo asegurar el perdón a los nobles que con ella estaban.

—¡Abre la puerta, madre!

—¡Jura primero, Pedro! ¡Jura que, si rendimos la torre, estos caballeros que me acompañan tendrán la misma misericordia que has dado a don Martín Abarca!

—¡Venid conmigo, madre, que ya sabré yo qué hacer con esos caballeros! —respondió alzando la voz el rey.

Arriba de la torre, los rebeldes aconsejaban a la reina que saliera.

—Mi reina, no hay nada que hacer. Los gemelos nos han abandonado. Fadrique ayer, ¡traidor! Y Enrique no acude con las fuerzas gallegas a socorrernos.

Quien así hablaba era un caballero que había negociado pleitesía con el rey en secreto, don Rui de Castañeda. Pero el resto tampoco estaban convencidos de resistir y habían visto el gesto con Martín Abarca. Si no abrían rápido, el rey podía enfurecerse más y ser inclemente.

No muy convencida, la reina madre aceptó, a pesar de que no podía quitarse de la cabeza lo sucedido en Medina del Campo y Toledo.

—Mis señores, ya no reconozco a mi hijo. Pero si todos estáis de acuerdo, sea. Intercederé por vuesas mercedes en el proceso ante el justicia mayor.

Los señores alzados acompañaron a la reina afuera, con Rui y otro de ellos llevándola del brazo, seguidos por la condesa Juana Manuel, por aquel que se decía maestre de Calatrava y por el mayordomo de la reina, el portugués don Telo de Meneses.

El chirrido del portón provocó un escalofrío a los presentes.

Ya estaban en el exterior, ahora todo quedaba sujeto a la voluntad del rey.

—Aquí llevo el aval con el perdón real —dijo don Rui, levantando la mano bien en alto con el documento—, que su majestad enviárame de su puño y letra.

Los ballesteros y escuderos se abrieron y flanquearon a los nobles y la reina madre a la altura del pequeño puente. Entonces el rey don Pedro miró al cielo, donde el sol luchaba por salir de entre las nubes, y dijo:

—Un poco tarde para eso, don Rui de Castañeda. Sabéis bien que ese perdón tenía un plazo que venció hace tiempo.

Sin necesidad de nada más, un escudero de los que servía a Diego Padilla asestó un golpe en la cabeza al que se nombraba maestre de Calatrava, derribándolo al suelo.

La sangre salpicó la cara de la reina madre que, estupefacta, no lograba articular palabra.

La escena se sucedió con rapidez. Antes de que pudieran reaccionar, otro escudero atravesó con un cuchillo la garganta de don Rui de Castañeda, que hincó las rodillas con el aval del rey arrugado en sus manos, aferrándose a la vida que se le escapaba sin remedio.

Detrás de ellos, más escuderos daban cuenta del mayordomo de la reina y del otro noble, abatiendo sus cuerpos sobre la condesa de Trastámara y la reina y tiñendo de rojo sus ricas vestiduras.

Doña María cayó sin sentido del espanto mientras Juana la acogía en sus brazos y ocultaba su rostro entre las ropas de la reina para no presenciar la matanza.

El gorrito con el que cubrían su deforme cabeza se le había descolocado, como siempre que el niño correteaba por el monasterio. Una monja trataba de pillarlo, pero el chiquillo, a pesar de una ligera cojera, era rápido y avispado.

—¡Señora, señora..., don Pedro ha vuelto a coger sin permiso los dulces de la cocina! —decía la hermana superiora, que venía tras el niño remangándose el hábito.

—Estaban sobre la mesa, madre. ¡Esta vez no he abierto el armario!

—Pedro, hijo mío, aun así, tienes que pedir permiso a las hermanas.

El niño se quedó muy quieto ante su madre, la reina. Sin rechistar, se rebuscó en los ropajes y devolvió hasta el último pastelito que había escondido.

—Promete que no volverás a hacerlo —le dijo la reina, a la vez que le daba dos dulces en retorno.

—Te lo prometo, madre. Eres la mejor, ¡te querré siempre!

Las palabras de aquel niño que se perdió hace mucho tiempo aún conservaban su eco cuando María volvió en sí.

Creyó despertar en su lecho, pero, ya antes de abrir los ojos, una sensación atroz le recorrió el cuerpo.

Notó las tiernas manos de doña Juana Manuel, que la ayudaron a incorporarse.

Entonces miró a su alrededor y el horror se hizo cierto.

Las dos damas continuaban en medio del puente, rodeadas de los cadáveres ya desnudos de los nobles que las acompañaron en la resistencia de Toro.

A duras penas reconoció el rostro deforme, machacado a mazazos por su mitad, del que fue su mayordomo, el portugués Telo de Meneses.

—¡Martim Afonso! ¡Decid algo! Nooo, nooo...

Desde su caballo, el rey don Pedro contemplaba impasible la escena. Le indicó con un gesto a la condesa de Trastámara que acabara de incorporar a su madre. Dos escuderos se acercaron para llevárselas.

—¡Qué has hecho, Pedro, qué has hecho! Yo te maldigo, ¿me oyes? ¡Te maldigo! ¡Ordena que una de esas cuchillas acabe también conmigo!

—Si estás viva, y así seguirás, lo es sólo porque eres mi madre. A nadie más perdonaría la traición de abrir estas puertas a mis enemigos ni las palabras que ahora profieres. —Miró hacia sus hombres—. ¡Conducidla a sus habitaciones de palacio!

Los ballesteros se llevaron a la reina madre, que no dejaba de lanzar improperios. Unos escuderos tomaron del brazo a la condesa doña Juana de Trastámara y la encerraron en otra parte del alcázar.

En la plaza de la villa ya se escuchaban los serruchos y martillazos de los carpinteros preparando el cadalso. Don Pedro tenía mucha justicia que impartir.

Mientras para la mayoría del pueblo bajo aquello no eran sino las justicias del rey conforme a derecho contra quienes se alzaban, el horror que habían contemplado los toresanos indignó a algunos, que consideraban que la matanza del puente del alcázar, sin proceso ante el justicia real y con las dos desdichadas damas de por medio, había sido una atrocidad.

El maestre don Diego de Padilla disolvió en persona varios corrillos cuchicheantes y, en uno de ellos, un papel se deslizó al suelo y los reunidos salieron corriendo.

—¡Eh, tú! ¡Quieto ahí! —Trató de agarrar a uno del sayo, pero su brazo herido le recordó con un dolor lacerante que no estaba para tal alarde.

Llegó a la carrera uno de sus escuderos para ayudarlo, pero el maestre lo frenó.

—¡No! Déjalos estar. —Diego señaló al empedrado—. Alcánzame esa nota.

Al leerla vio unas palabras garabateadas aprisa y de forma tosca que enojarían a su monarca. Siete letras que se le clavarían en el alma.

Monforte de Lemos (Galicia), Corona de Castilla, alzada contra el rey

—No queda otra, cuñado. Estamos solos en nuestra causa.

Alrededor de una mesa, con varios mapas extendidos sobre ella, estaban don Fernán Ruiz de Castro, conde de Lemos, y don Enrique, conde de Trastámara, parientes por afinidad porque el primero se había casado con la hermana del segundo.