El Fratricida 11. La victoria del rey #4
33%

11. La victoria del rey #4

Por la tarde, un caballero con varios escuderos salió de los muros portando una bandera blanca hasta un punto previamente acordado. El mismo don Pedro, escoltado por igual número de escuderos, cabalgó hasta quedar a distancia de voz.

—¿Qué ofrecéis, señor don Pedro? —dijo el Albornoz, sin dar el trato de realeza.

—Levantaré el sitio si nos aseguráis que Cuenca dejará de asaltar tierras castellanas fieles a mi Corona.

El caballero, que había estado en la boda del rey, pues era uno de los que recibieron a doña Blanca en la frontera aragonesa a su venida de Francia, hizo unas señas con la bandera hacia su hermano, que permanecía atento en las murallas. Tras un cruce de señales, asintió.

—Sea, don Pedro.

El rey ya volvía su caballo cuando lo refrenó y le habló de nuevo al caballero.

—Don Albornoz, ¿no os gustaría entregarme a vuestro fiado? Podríamos zanjar esta disputa y a cambio Nos os retornaríamos a la merced real junto a vuestro hermano. Así no acabaréis exiliados como el otro, el que le sujeta las faldas al papa.

El de Albornoz se rio con ganas. Luego, alzándose sobre los estribos, le dijo a don Pedro:

—¿Incluiríais en ese acuerdo un juramento de hacer vida marital y como Dios manda con nuestra reina doña Blanca, señor?

El rey se volvió sin decir nada más. Marchó contrariado porque aquel insolente se atrevía a cuestionar su vida con María Padilla cuando era hermano del arzobispo, ahora cardenal, que había callado tantos años la relación pecaminosa de su padre Alfonso con Leonor de Guzmán.

«Toda una falsedad, toda una mascarada. Como su impostada preocupación por doña Blanca. No importa, paciencia, Pedro, paciencia, virtud que todos los libros nombran como una de las tres esenciales que ha de poseer un rey. Ya volveremos a Cuenca. Y ese nombre y esa cara no los olvidaré.»

Cuenca no sólo era importante por su valor estratégico. Allí estaba refugiado, fiado al cuidado de los Albornoz, otro de los hermanos pequeños de los bastardos de la Favorita. Uno de nombre Sancho, de sólo trece años y llamado a ser parte importante en esta historia.

Octubre y noviembre de 1355 Toro, Corona de Castilla en manos de la nobleza alzada

Si su adelantado no hubiera sido tan ineficaz, podría haber cercado a todas las alimañas en un mismo cubil, pero tuvo que desviarse a ayudar a su hombre a tomar la plaza de Rueda.

El conde de Trastámara, como ya hiciera en Gijón, aprovechó para escapar de Toro y refugiarse en tierras gallegas con su cuñado el magnate de Castro.

Tendría que conformarse con atrapar a su gemelo, que se había quedado en la villa toresana junto a la reina madre, la condesa Trastámara y numerosos nobles en rebeldía.

—El cerco está completado, mi rey.

—Pues empecemos ya por ese puente, don Diego.

El rey contaba con mil doscientos jinetes y una numerosísima tropa de peones.

Además, mandó construir cinco máquinas de asedio.

El primer punto que forzar era la torre que defendía el Puente Viejo, el mismo por el que, envuelto en la niebla, logró huir diez meses atrás.

Sólo diez meses que le parecían toda una vida.

El ataque sobre el puente fue distinto al que hizo en Toledo.

Si allí rebasó el Tajo sirviéndose de las presillas y cuerdas, aquí, teniendo que cruzar el Duero y someter una fuerte atalaya de defensa, don Pedro utilizó cinco bastidas y una arremetida para quebrar la resistencia.

El maestre de Calatrava, Diego de Padilla, y sus hermanos calatravos lideraron el asalto.

Con gran arrojo y desprecio por su vida, el hermano de la amante real saltó desde una de las torres de asalto y logró poner pie en la torre defensiva seguido por un puñado de caballeros.

Fueron recibidos con una lluvia de piedras y a don Diego lo alcanzaron en un brazo.

Notó cómo el hueso se partía y le quedó el miembro colgando.

Aun así, se mantuvo firme liderando a sus hombres y dándoles coraje.

Esa tarde, con el puente tomado, el rey felicitó públicamente al maestre y al grupo de asalto.

—Habéis luchado bien, don Diego. Recuperaos, que ahora me sois todavía más necesario —le dijo en la tienda donde habían apartado al herido.

El monarca llevaba en la mano un mensaje que acababa de llegar.

—¿Qué ocurre, mi señor rey? Conozco vuestra cara. Ha pasado algo.

—Siento lo que tengo que decir. Vuestro medio hermano Juan de Villagera, mi maestre de Santiago, ha perecido intentando tomar la sede santiaguista en Uclés, que se mantiene fiel a ese bastardo de don Fadrique, al que tenemos a mil pasos ahí, oculto tras esos muros de Toro.

Don Diego se quedó callado; lances de la guerra, se dijo aguantando la emoción.

Pensó en su hermana, a la que la noticia partiría el corazón.

María de Padilla estaba encinta por tercera vez y el embarazo iba ya muy avanzado.

La habían dejado atrás, en Tordesillas, a buen recaudo, ilusionada porque estaba segura de que por fin le daría un varón al rey.

—¿Tenéis noticias de otros frentes, majestad? —El maestre intentó aparentar fortaleza.

—Nada nuevo. Por esta comarca, lo que ya sabéis. Ganamos algunas plazas, otras se resisten y siguen proclamas de ese felón de don Enrique.

—Y vuestro primo, el infante Juan de Aragón, ¿cómo va por Vizcaya? ¿Cumple esta vez como alférez real, alteza?

El rey recordó que la última vez los infantes de Aragón permitieron que sus enemigos penetraran por el río Tormes. La escasa resistencia que mostraron se reveló como un adelanto de lo que luego sería su traición uniéndose a la liga nobiliaria.

—Esta vez tiene motivos egoístas para estar motivado. —Hizo una mueca el rey—. Si derrota a su concuñado don Tello, el señorío y las Encartaciones vizcaínas serán suyas.

Ante la mirada cauta de don Diego, añadió:

—No te preocupes, Diego. No me fío de él, de ninguno de ellos. Por el momento, dejemos que se maten entre mis primos y mis hermanos. Ya nos ocuparemos luego de los que queden en pie.

Finalmente, llegó la noticia de que María Padilla había dado a luz y, tanto ella como su nueva hija, la tercera que alumbraba, estaban sanas.

A Beatriz y Constanza se les unía Isabel de Castilla.

Se separaban unas de otras por sólo un año.

Los amores del monarca con su fértil amante seguían los pasos de su padre, aunque Alfonso XI lo que trajo al mundo eran muchos varones, esos mismos que le estaban dando tantos quebraderos de cabeza.

Pero, aun así, las cosas mejoraban para el rey.

—El legado papal está aquí, majestad —le anunció su privado—. Es un príncipe de la Iglesia.

—Un cardenal. Bien, bien. Guiadlo hasta el reservado de las huertas, don Henestrosa. Y quiero que estéis presente. No me fío de la versión que luego vaya contando ese nuncio.

La reunión fue tensa, como todas las que mantenía don Pedro con el clero, especialmente si estaban en la obediencia del papa.

Al final, el rey consiguió que se levantasen la excomunión y el interdicto sin ceder a las pretensiones pontificias de que viviera en matrimonio con la reina doña Blanca.

A cambio, tuvo que liberar al obispo de Sigüenza y restituirle el señorío y los bienes que había confiscado.

El castillo y el alfoz seguntino dejaron de estar en manos de su privado.

—Os compensaré por esto, Henestrosa.

—Con que no me apartéis de vuestro lado, mi rey, más honra no me hace falta.

Enero de 1356 Toro, Corona de Castilla en manos de la nobleza alzada

Avanzó el invierno hasta comenzar el nuevo año.

En una gélida mañana de enero, el rey inspeccionaba con Henestrosa las defensas toresanas.

En las murallas seguían ondeando los pendones de la urbe, un orgulloso león y un toro bravo, ambos rampantes y enfrentados.

Casualmente, en el otro lado de la orilla, estaba don Fadrique acompañado por seis escuderos y caballeros, revisando las posiciones de los atacantes.

—Don Fadrique, maestre, volved a la merced de don Pedro —voceó don Henestrosa.

El maestre miró hacia la otra orilla y vio al buen caballero, que además había sido su vasallo. Conocía bien la honradez del hidalgo don Henestrosa.

—¿Cómo podría hacerlo? Las cosas han ido demasiado lejos.

—Vos lo tratasteis con respeto en las casas del obispo durante su injusto encierro. Señor maestre, sed cierto que de no venir para la merced del rey mi señor, vuestro hermano, estáis en peligro de muerte. Y no os puedo apercibir más; son testigos todos los que me oyen.

—Y bien, don Henestrosa, ¿cómo me aconsejáis de ir a la merced del rey sin tener un seguro de él?

Entonces, de entre las filas de los que acompañaban al privado, se adelantó el propio rey don Pedro.

—Hermano —dijo el rey—, don Juan Fernández os aconseja bien; venid para mi merced, que yo os perdono, y os aseguro a vos y a esos caballeros y escuderos que os acompañan. He dicho y todos aquí son testigos.

No había duda de que se trataba del monarca. Un hombre grande, con un ceceo en el habla. Don Fadrique miró a sus compañeros y espoleó su montura. Los otros lo imitaron y cruzaron el río. Desde las almenas de Toro se escuchó el alboroto al vislumbrar la escena.

—¡Muertos somos, que el maestre se ha pasado al rey!

—¡Estamos desamparados!

Los defensores se prepararon para el asalto, que creían inminente, pero no ocurrió nada durante todo el día. La reina doña María, con Juana Manuel, esposa del conde Trastámara, y los nobles y caballeros, se refugiaron en el alcázar al caer el sol.

Ya habían pasado las Vísperas y la noche envolvía la villa entera.

Una figura sigilosa se movía hacia la Puerta de Santa Catalina que cerraba la muralla junto a la iglesia del mismo nombre, al este de la ciudad.

Tenía que conseguirlo; su vida, la de su familia y compadres iban en ello.

Logró colarse y desbloquear el portón con la ayuda de unos amigos.

Con sumo cuidado la entreabrieron un poco, lo justo para hacer la seña convenida.

—Mi rey, ése es maese Trigueros. A la hora prometida, como juró.