11. La victoria del rey #3
Sus hombres lo miraban desconcertados y avergonzados.
—¡A caballo! ¡Los que estén con su rey, que me sigan!
No dio tiempo a que alguien le aconsejara sosiego. Espoleó su montura y cruzó como una centella el puente. Unos centenares de jinetes se apresuraron tras su rey.
Al caer la noche, don Pedro recapacitó sobre lo arriesgado de su cabalgada.
Regresó a Toledo, donde se encontró el saqueo que llevaban a cabo sus tropas.
Lo detuvo hasta tener claro quiénes estaban por el rey y quiénes habían ayudado a los bastardos.
Luego Samuel ha-Leví lo condujo hasta el Arrabal Alto, donde los sefardíes lo aclamaron e hicieron todo tipo de reverencias.
Tras eso, bajaron hasta la alcaná , donde contempló desolado la destrucción del barrio y los cientos de muertos.
—Se han ensañado con ellos por mi culpa, Samuel, por mi culpa —dijo mientras pasaba entre los cadáveres que ya estaban apilando.
—No, mi señor rey. Se ha hecho lo de siempre cuando la ira contenida de la plebe se suelta. Pero, en este caso, quien la ha instigado ha sido un señor en concreto y tiene nombre: vuestro medio hermano el conde Enrique de Trastámara.
—Le haré pagar por esto. Y a esta ciudad también. Que no caiga en el olvido, maese Leví. Haced un recuento y que den ayudas a los supervivientes. —Se volvió a un criado—. Avisad a don Henestrosa, que los alguaciles empiecen los apresamientos.
A la mañana siguiente informaron al rey del número de judíos muertos: mil doscientos, de toda edad y condición; ancianos, mujeres e infantes.
El favorito de don Pedro, don Juan Fernández de Henestrosa, rindió el alcázar, donde estaban los últimos rebeldes, y allí mismo dejó confinada a la reina doña Blanca por orden real.
Esta vez, a pesar de ser un caballero bondadoso, endureció el trato por el engaño con el que la joven francesa lo había puesto en entredicho meses antes con su jugada en la catedral.
—Otra vez seréis mi carcelero, don Henestrosa. Me alegro de que salieseis con bien de Toledo. Nunca fue mi intención que sufrierais ningún daño.
El noble hidalgo permaneció callado. La reina continuó hablando:
—Y me regocijé cuando supe que la reina madre os liberó del encierro en Toro y pudisteis reuniros con... con nuestro rey.
Doña Blanca, a pesar de todo, llamaba su rey al causante de sus desdichas.
Parecido fue lo que hizo doña María de Portugal con el rey Alfonso XI, del que no renegó el trato de rey nunca.
Esa mujer, esa madre, que todavía intentó apaciguar a su hijo liberando a su favorito, a Henestrosa, con la promesa de este de que mediaría ante don Pedro.
A cambio, se quedó con cuatro caballeros como rehenes.
Henestrosa lo intentó de veras, pero sus tentativas dieron ya con un don Pedro lleno de rencor por la humillación sufrida en Toro y en lucha consigo mismo por haber sido tan ingenuo de haberse dejado atrapar.
Pese a no lograr ningún perdón de su hijo, la reina madre liberó también a los cuatro rehenes como gesto de buena voluntad.
Aun así, nada podía conmover ya al rey, traicionado por su misma madre.
—¿No va a venir el rey a verme? ¿No se dignará siquiera a ser él quien me comunique mi castigo por intentar lo que cualquiera hubiera hecho: ganar su libertad? —dijo doña Blanca, los azules ojos suplicantes.
Henestrosa no pudo más. ¡Aquella muchacha le recordaba tanto a su sobrina Padilla! No parecía una intrigante, sino alguien bondadoso atrapado por las circunstancias.
—Lo siento, mi señora. No quiere veros. Salimos en tres días para Sigüenza, donde se ha decretado vuestro encierro.
Tal era la turbación que aquella dama le provocaba, que don Pedro no se alojó en el alcázar hasta su marcha.
La reina doña Blanca partió con dos hombres de confianza a su nuevo encierro, en el castillo de Sigüenza, situado en una loma sobre el caserío seguntino.
La población se esparcía ladera abajo hasta el cauce del río, a cuya vera se alzaba una de las catedrales castellanas más espléndidas de aquellos reinos y que, sabía, no le dejarían visitar.
—¿Podré al menos ver al obispo de la villa?
Los acompañantes, que iban en el mismo carruaje, se miraron y no dijeron nada.
—Ni siquiera me acompaña mi dama de confianza... Nunca creí que don Henestrosa se comportase así.
La reina miró por la ventana. Escoltando el carruaje iba una guardia fuertemente armada.
—El camino es largo hasta las tierras obispales, señores. No estaría de más un poco de plática —volvió a hablar doña Blanca.
Los otros se miraron de nuevo. Uno de ellos puso el dedo sobre la boca como ordenándole silencio, y se limitó a decir:
—Ésas son ahora tierras del privado don Henestrosa, que es su tenente. El obispo era partidario de vuestra liga, no os hagáis la tonta. Por sus palabras fue preso y mandado a encierro en la fortaleza palentina de Aguilar de Campoo.
—Señora, éstas son instrucciones directas del rey —añadió el otro—. Silencio.
Blanca se revolvió en el asiento y adoptó la pose más digna que pudo.
Era cierto. Sabía que la corte episcopal de Aviñón, ante el arresto del obispo seguntino, incrementó la condena no sólo con palabras y cartas del papa, sino con el interdicto de excomunión ya conocido que había escandalizado a las cortes de Europa.
El eclesiástico, natural de Toledo, siguiendo la política marcada por la censura papal, se había significado en varias amonestaciones públicas contra don Pedro por separarse de doña Blanca y tenerla presa.
—¿Os ha dicho nuestro rey que apeéis el tratamiento que se le debe a una reina?
Los hombres la miraron confundidos.
—No me callaré hasta que vea que sabéis con quién tratáis.
El que había hablado primero hizo un gesto de reverencia con la cabeza.
—Perdonad, alteza. No volverá a pasar. Y ahora, guardad silencio, majestad. Cumplimos órdenes.
—Por favor, nuestra reina, no nos hagáis más difícil este trago —se sumó el otro.
Doña Blanca se dio por satisfecha y rezó para que las noticias que había oído de un nuevo legado papal enviado para negociar un acuerdo con el rey fueran ciertas. Estaba claro que su marido, monarca de Castilla y León, no se arredraba ante excomuniones ni interdictos.
Deseando partir cuanto antes hacia Toro para saldar cuentas, el rey don Pedro se apresuró a hacer sus justicias en la ciudad del Tajo. Se levantaron unos patíbulos y empezaron a rodar cabezas, en el caso de nobles y caballeros, o a colgar cuerpos, en el de los plebeyos.
—El comendador de Calatrava, muerto. Varios caballeros y escuderos que quedaron atrás de los rebeldes, muertos. Cuatro caballeros buenos de Toledo, muertos. Dos más, enviados a prisión a Aguilar de Campoo junto al obispo de Sigüenza. Con estos, ya se ha cumplido justicia como dispusisteis, alteza.
El alguacil leía en tono neutro el pliego que le había pasado uno de los notarios, un eclesiástico, como lo eran la inmensa mayoría de los escribas.
—En cuanto a las gentes del común, majestad, tenemos identificados a veintidós hombres que se significaron en las revueltas, algunos con participación en el pogromo de la judería.
—Que comiencen los ahorcamientos. Y tomad buena nota —dijo mirando al notario—, quiero que juntéis todo esto en las cartas que se enviarán para que se sepa que el rey ha recuperado su Toledo. ¡Que lleguen hasta Aviñón!
La intención de don Pedro, exultante por su victoria, era la de causar desánimo en los focos que aún estaban alzados. Uno de ellos era Cuenca, por donde tenía pensado pasar de camino a Toro.
—Mi rey —dijo el repostero mayor, don Gutierre—, ya que parece que el alguacil no se atreve, os pido permiso para hablar.
—Habla, mi buen Gutierre.
—Entre esos hombres que irán a la horca, hay uno que es platero de oficio, bien conocido, anciano de ochenta años.
—¿Y? Me habéis asegurado que todos son culpables. Su edad no le exime de la justicia y la pena.
—No, majestad. Pero sabed que su hijo, de sólo dieciocho años, ruega por su padre, y es tal el amor filial que se ha ofrecido a ocupar su lugar.
Todos los caballeros presentes alabaron al chico y se conmovieron por el hecho. Don Pedro mantuvo su mirada seria, llena de dureza.
—¡Qué desperdicio! Toda una vida por delante y quiere cambiarla por la de un viejo al que ya poco le quedará. ¿Qué dice el platero? ¿Le parece bien el sacrificio de su Isaac?
—No, alteza. El anciano ruega que no dejemos a su hijo hacer tal cosa, que él no participó en nada por lo que merezca muerte.
El rey se quedó pensativo. Se llevó la mano a la cabeza, al lado derecho, el que tenía algo hundido y que le daba punzadas, sobre todo cuando debía tomar una decisión difícil.
—Ese joven es mayor de edad según las leyes castellanas. Y lo es desde hace tiempo. Que tome el lugar de su padre y peche con su decisión.
Un murmullo de incomodidad se escuchó entre los caballeros que estaban con el rey. Era claro que esperaban una excepción magnánima para el platero y su hijo. Don Pedro los encaró.
—Señores, no sean ahora unas plañideras. Debería ejecutar a ambos: al anciano por sus actos, y al joven, por necio.
Principios de junio de 1355 Cuenca, Corona de Castilla, plaza en rebeldía
—No podemos movernos, mi rey. La maquinaria no avanza. El fango nos llega hasta las rodillas.
Tras quince días de infructuoso asedio, don Pedro aceptó que era hora de hacer caso a sus consejeros.
Era más importante llegar a Toro, que estaba más cerca de Galicia, donde el noble de Castro luchaba contra los partidarios del rey y podría llegar a unirse a la ciudad zamorana creando un frente a lo largo del río Duero.
La resistencia que presentaban en Cuenca los nobles Albornoz, hermanos del cardenal que huyó a Aviñón en cuanto murió el rey Alfonso XI, era tenaz y acertada.
Habían inundado los arrabales en una astuta maniobra que anegó a las tropas realistas.
—Decid a los Albornoz que quiero pactar unas treguas.