El Fratricida 11. La victoria del rey #2
32%

11. La victoria del rey #2

El Trastámara sabía del apoyo que ese pueblo daba al rey y la protección que este les dispensaba.

Pero en sus actos no sólo había cálculo político: Enrique los odiaba a la par que envidiaba, como tantos cristianos.

Los judíos eran los dueños de los dineros, los que se lucraban en los préstamos, los favorecidos porque la Iglesia condenaba la usura.

«El tiempo es de Dios, por eso el interés es pecado. ¿No nos dicen eso los padres de la Iglesia? Pues hagamos que expíen sus pecados», se dijo el conde sin ningún remordimiento.

—¡Piedad, por favor, piedad! —gritaba una mujer abrazada a un anciano.

—¡Tenemos dinero, os lo daremos! —dijo el hombre, los ojos asustados ante las espadas y lanzas rezumantes de la sangre vertida de sus hermanos de fe.

Los soldados dudaron un momento. Ante ellos, arrinconados contra una casa ya en ruinas, había un grupo de veinte sefardíes: hombres, mujeres y niños.

De pronto llegaron unos caballeros cristianos que cargaron en defensa de los judíos, liberando a unos cuantos y dirigiéndolos hacia el Arrabal Alto, la judería mayor toledana.

—¿Qué hacéis, mentecatos? ¡Que no escapen, que no escapen! —se escuchó al conde de Trastámara.

Sus soldados y la turba se lanzaron hacia los que huían mientras Enrique se acercaba al anciano de ojos asustados, que seguía abrazado a su hija.

—No te preocupes, viejo, que luego cogeremos tu dinero —dijo Enrique y de un tajo le seccionó el cuello.

— ¡Aba, aba! —gritó desgarrada la mujer mientras la arrancaban de los brazos del cadáver—. ¡Yo os maldigo! ¡Os maldigo!

—Divertíos con ella. Luego, degolladla —ordenó el conde.

Llegó entonces don Fadrique con sus huestes santiaguistas, las capas blancas manchadas de rojo sangre.

—Las puertas de la ciudad están aseguradas, hermano. Toledo es nuestra, salvo la gran judería y la alcazaba.

—Acabemos con esto. No descansaremos por la noche si es necesario. Pasaremos a cuchillo a esos perros judíos y a los cristianos partidarios del rey —dijo don Enrique con ojos inyectados en sangre.

—Y recuperaremos a doña Blanca, a nuestra reina.

—Sí, sí, claro. Encárgate tú de eso, en ti confía plenamente. Ardo en deseos de presentarle mis respetos.

Se escucharon unos gemidos en la casa más cercana.

Al principio altos, luego se fueron apagando.

Las risas de varios hombres silenciaron los quejidos mientras se turnaban en violar a la judía.

Se escucharon también palabras en árabe.

Para sacar los más bajos instintos poco importaba a qué dios rezaban.

Finalmente, el alboroto cesó. Se hizo el silencio y se escuchó a la mujer, resignada, decir unas palabras en su lengua.

—HaShem, tú que eres la luz de la vida y maguén contra el mal, tal y como nos enseñaron los nebiim, te imploro escuches este arbit y acojas a esta sierva en tu seno. 2

A continuación, como una letanía hasta que su voz se apagó, sólo repetía el shemá, la última oración invocada que también llegaba desde otros puntos donde se estaba masacrando a los hebreos.

— Shemá Israel, Adonai Eloheniu, Adonai Ejad. 3

—¿Qué dicen?

—Algo sobre Israel y que Dios es uno solo, o algo así.

—¡Dios es trino, y desde luego no es de ellos, sino de los que seguimos la palabra de su hijo Jesucristo!

—¡Acabemos con esto!

La noche fue cruenta, con muchas bajas en defensores y asaltantes.

El Arrabal Alto estaba cercado dentro de la propia ciudad con un muro que llegaba de lado a lado de la muralla exterior, con sendas fortalezas en sus extremos, una, la Vieja, de época musulmana, que se alzaba sobre el Tajo, y otra de obra posterior cristiana.

La resistencia de los hijos de Israel era tenaz y desesperada.

Los toledanos que estaban por el rey y que consiguieron refugiarse en la judería luchaban codo con codo con los sefardíes admirando la voluntad férrea de un pueblo que se negaba a desaparecer.

El rabino mayor recitaba al profeta Isaías:

—«El señor de los ejércitos os invitaba aquel día a llanto y luto, a raparos la cabeza y a ceñir sayal. Pero vosotros, fiesta y alegría, a matar vacas, a degollar corderos, a comer carne y beber vino; a comer y a beber, que mañana moriremos.»

Ante la sorpresa de los toledanos, los judíos sacaron comida y bebida, y sacrificaron unos corderos. El rabino se acercó a los cristianos y fue invitando uno por uno a que se unieran a ellos.

—Compartid con nosotros, hermanos en un mismo Dios.

Lograron aguantar hasta ver amanecer, pero sabían que no resistirían otro asalto.

La traición se escondía también en los vericuetos de su aljama, tal era la división en la urbe toledana.

Fue entonces cuando, desde el oeste, el viento trajo de buena mañana el sonido de los clarines reales.

Y en la lejanía vieron desplegados los pendones que, al ritmo de los tambores, mecían los castillos y leones de la Corona castellana.

El rey don Pedro iba egregio al frente, revestido de una armadura de placas con un yelmo abierto en cuya cimera refulgía la corona de sus ancestros, decidido a volver la ciudad a su regimiento y a impartir la justicia del reino.

Los vítores de los sitiados resonaron sobre el adarve y los judíos sólo decían:

—Regocíjate, Israel, porque ahí llega nuestro rey don Pedro, el Patrón y Amparo, ¡Adonai sea loado!

—Enrique, está claro que han aconsejado bien a nuestro hermano. Ha evitado la zona de las vegas y ha plantado su real ante el Puente de San Martín.

—Que da hacia el barrio de los judíos, lo sé. Pero la fortaleza que guarece el puente la ocupan nuestros hombres. Tranquilo, Fadrique.

—También me preocupan ciertos reparos en nuestra hueste. He tenido que reprender a unos que comentaban lo ocurrido en Medina por Semana Santa.

—Sí, el lugar donde falleció Alburquerque. La plaza no ha resistido ni un mal asalto. Fue el primer sitio al que se dirigió nuestro medio hermano. Con nuestros primos, los aragoneses, lamiéndole las botas.

—Ya sabemos lo que hizo allí, Enrique. Mucha gente presa, pero además...

—Sí. ¡Dilo! ¡Claro que nuestros hombres lo saben!

—No se conformó con mandar cortar la cabeza al adelantado mayor de Castilla y al merino de Burgos, sino que también los siguió al patíbulo un mero escudero.

—¿Justicia? Eso dice el pueblo. ¡No! Eso es venganza.

—La cólera del rey ya no permite espacio para solucionar las cosas con parlamentos.

—Más razón, Fadrique, para que ese fillo de puta no entre.

Sin embargo, para desgracia de los gemelos, don Pedro obró con arrojo y acierto.

Ese mismo lunes 18 de mayo, sin dejar tiempo para meditar un asedio, sus hombres se lanzaron al ataque de la torre que guarecía el puente.

La distancia por recorrer era mayor que en el otro viaducto, el de Alcántara, de época anterior y situado en la cara oriental de la ciudad.

La razón de que el de San Martín, construido después e imitando al otro, tuviera más ojos, se debía a la mayor anchura del Tajo por aquel meandro.

—¡Quemad esas puertas! ¡Por el rey, por don Pedro! —se lanzaron a la carga los realistas.

La resistencia de los trastamaristas era feroz.

Consiguieron contener la primera embestida y controlar los fuegos.

Entonces el rey ordenó a un grupo de trescientos hombres que cruzaran el río por las azudas.

Estas eran las presas y acequias que repartían el agua del río hacia los sembrados.

Con las pesadas armaduras era una maniobra muy arriesgada, caer a las aguas significaba un ahogamiento seguro.

Los judíos se dieron cuenta y corrieron a arrojar cuerdas desde su muralla.

Con esta ayuda, las tropas de don Pedro llegaron hasta la puerta que llamaban de los Judíos 4 o de Santa Leocadia, y consiguieron reunirse con los defensores en el castillo viejo.

—¡A derechas, a vuestra diestra!

El jefe de ballesteros reaccionó rápido.

Multitud de hombres de don Enrique llegaban a reforzar a los de la torre que cerraba el paso del puente.

El conde sabía que allí se estaba jugando la ciudad y liberó hombres de los que resistían en otras puertas para defender el asalto principal de los leales al rey.

Varias salvas de saetas realistas barrieron las alturas de la torre defensiva, que no tenía suficiente parapeto. Los refuerzos de don Enrique junto con los que ya defendían el puente acabaron por retirarse. Y el grueso de la mesnada real cruzó en tromba el río.

Enterado el conde de Trastámara, miró a su gemelo, quien supo al instante lo que iba a decir.

—Fadrique, mejor morir en el campo que cual ratas por estas calles toledanas.

El maestre de Santiago reagrupó a sus freires y, con la disciplina que los caracterizaba, lideraron una salida ordenada por la Puerta Árabe, que daba al Puente de Alcántara en la zona oriental de Toledo justo por donde dos días antes habían logrado entrar.

El resto de la hueste trastamarista los imitó, cruzaron el Tajo y, avanzando por la orilla del río, fueron en busca de las fuerzas del monarca en una embestida desesperada.

Los de Pedro los doblaban en número; el conde y el maestre sólo contaban con un total de ochocientos jinetes como tropa de élite.

«Si puedo llegar al rey, esto se acabará hoy mismo», pensaba el conde Enrique mientras enristraba su lanza, cabalgando al lado de su hermano el maestre, que dirigía la vanguardia a la cabeza de sus santiaguistas.

Para sorpresa de los nobles rebeldes, al llegar al Puente de San Martín sólo encontraron la guardia real de la retaguardia, con las acémilas cargadas de provisiones que aún no habían logrado entrar en la ciudad.

El destino les permitía una vía inesperada de escape y el Trastámara, como siempre hacía, la supo aprovechar.

Desbarataron las filas enemigas, apresaron los bastimentos y tomaron camino de Talavera.

Las voces de don Pedro resonaron por encima de las últimas refriegas que se producían por las empinadas calles toledanas.

—¿Cómo es posible? ¿Quién ha descuidado la impedimenta?