11. La victoria del rey
La victoria del rey
Enrique no podía creerlo, sólo habían pasado cinco meses y su sino había cambiado por completo.
Tras la fuga del rey, la liga se dispersó.
La cancillería, los sellos y numerosos caballeros tornaron al rey en Segovia.
La felonía de «los aragoneses», como los llamaban despectivamente entre los hermanos, se desveló: se fueron de Toro y tomaron posesión de las nuevas tierras con las que el rey los había sobornado.
Menos Vizcaya. Allí era a donde su hermano Tello, siempre pensando en lo suyo, se retiró.
El noble Fernández de Castro, maldiciendo a su medio hermano Alvar, que había obtenido Salvatierra del Miño por su traición a la liga, se refugió en su Galicia, si bien manteniendo alzados sus feudos.
Pero él no iba a darse por vencido, y su gemelo tampoco.
—Menos mal que has llegado, hermano. —Fadrique lo recibió con un fuerte abrazo.
—No ha sido fácil, pero estamos juntos de nuevo, como en el seno de nuestra madre —respondió Enrique—. Vengaremos su nombre.
Los dos hermanos estaban abrazados a los pies de la alcazaba donde su madre fue asesinada, en Talavera de la Reina, por la reina doña María, la perpetradora de aquel crimen.
Por lances del destino, aquella mujer era ahora su aliada y se había quedado en Toro con varios nobles rebeldes sosteniendo la villa y a cargo de uno de los hermanos bastardos, el joven Juan Alfonso, que contaba sólo catorce años.
La condesa de Trastámara, doña Juana Manuel, también se refugiaba tras los muros toresanos.
—Debió ser duro decirle adiós a Juana y dejarla atrás, aunque nuestros aliados la guarden.
Enrique sonrió afectuoso a su gemelo, que siempre había sido el más sensible de ambos y tenía un carácter afable, y lo agarró de los antebrazos.
—Lo fue, Fadrique. Pero ni mucho menos tan duro como por lo que tú pasaste. No quiero ni imaginarme cómo sería aquel último abrazo que tuviste con madre.
—No quiero hablar de eso, hermano. —Su voz tembló con la emoción contenida—. Duele sólo pensarlo. —Hizo una pausa y cogió aire—. Sólo sé que, pese al cautiverio y el hambre, hasta el final fue la mujer fuerte y la madre protectora que siempre vimos, quedémonos con eso.
El conde de Trastámara fijó la mirada en los ojos de su hermano y suspiró.
—Te envidio, Fadrique. No me hubiera importado verla en esas condiciones con tal de haberle dado ese abrazo y llorado... ¡Sí!, ¡llorado!
—Tus huestes han menguado, Enrique —cambió de tema Fadrique, que miró a la mesnada de su gemelo y la vio desfilar cansada.
—Esquivé al rey por las tierras de Toro, que ya venía con mucha compaña, entre ellos nuestros primos aragoneses, que otra vez lamen bien sus reales posaderas.
—Hizo una mueca de desprecio—. Conseguí pasar por Ávila, pero en los desfiladeros de Puerto del Pico nos emboscaron las milicias y vecinos de Colmenar, 1 que nos persiguieron hasta el llano.
—Descansa ahora, Enrique. Tenemos que ir a Toledo.
—Sí, lo haremos, pero antes déjame parte de tu gente y caballos descansados. Hay que dar un escarmiento.
La mirada del conde era dura, tanto que recordó a la de don Pedro. Fadrique dio unas cuantas instrucciones y al rato salían de Talavera tropas de refresco.
Los vecinos de Colmenar, confiados, celebraban su victoria y se las prometían muy felices por haber cumplido con su rey, que de seguro los recompensaría por ser unos fieles vasallos que lo ayudaban contra la nobleza bastarda.
El vino corría de boca en boca y se cocinaba un gran puerco asándolo al calor de unas hogueras que ya estaban encendidas antes de la caída del sol.
—¿Dónde está nuestro compadre, el más fiero del pueblo?
—Molinero, deja ya eso. ¡Te vas a perder lo mejor del cerdo!
—¡Ya voy, ya voy! ¡Guardadme parte de la paletilla!
El hombre echó un último vistazo desde lo alto del molino. Todo se veía tranquilo. Era uno de los oficiales de la milicia, acostumbrado a perseguir bandidos y, si se terciaba, a acudir a la hermandad de concejos de la sierra de Gredos.
—Bailemos, colmenareños. ¡Cuántas veces esos malditos señores nos rapiñan o mandan sicarios para esconder sus actos! ¡Hoy nos los hemos cargado! —dijo una mujer que se sentaba de regazo en regazo, algo ebria.
—¡Escuchad! ¿No habéis oído eso? —dijo el molinero.
—¿El qué?
—Me ha parecido el bufido de un caballo.
—¡Oh, vamos! ¡Relájate, hombre! —le dijo la mujer, que se sentó sobre él.
El molinero se incorporó dejándola caer al suelo. Y ordenó de un vozarrón:
—¡Parad la música!
Se hizo el silencio. Sólo se oía el crepitar de los fuegos. Los villanos miraron con sorna a su compañero. Entonces, se escuchó un relincho y al pronto el tronar de decenas de cascos contra el suelo.
—¡No, mi señor, os lo suplico! Mi hijo no ha tenido nada que ver.
En medio del caos, con gente escondiéndose en las casas, otros huyendo a la espesura y, los menos, enfrentándose en total desventaja a los expertos caballeros, las escenas de dolor se repetían.
—¡Puercos pecheros! Acuchilladlos. ¡A todos! —gritó el Trastámara—. Recordad a nuestros caídos en el paso del puerto.
Su segundo al mando degolló personalmente al chico mientras violaban a la madre varios soldados. Al final, a ella también la mataron a la vista del cadáver de su hijo.
Una vez dado un buen escarmiento, don Enrique, satisfecho, ordenó retirarse y no arriesgarse en seguir a los colmenareños huidos.
Pero antes había que hacer algo para que el bajo pueblo no olvidase lo que ocurría si atacaban a los señores, a sus dueños por la gracia divina.
Se acercó a una hoguera y recogió una tea, que arrojó sobre un pajar.
—¡Quemad este maldito pueblo!
Su lugarteniente, aún con su cuchillo chorreando sangre, dio unas cuantas órdenes y varios de sus hombres imitaron al conde y prendieron fuego a la villa, que quedó reducida a cenizas.
Mayo de 1355 Toledo, Corona de Castilla alzada contra el rey
Desde el muro occidental que daba al río Tajo, un caballero toledano se regocijaba al ver aproximarse a las huestes de los gemelos de la Guzmán.
Sobre todo porque las cosas habían cambiado desde que se supo que el rey logró huir de su encierro en Toro.
Recordaba con añoranza el 19 de enero del corriente año de Nuestro Señor de 1355 en el que el legado papal llegó a la ciudad y pronunció la excomunión del rey don Pedro por romper de hecho el matrimonio con la reina doña Blanca y vivir en concubinato con doña María de Padilla.
En su Sententia excommunicationis Regis et interdicti in regno , el papa Inocencio VI declaraba además en interdicto al reino, exceptuando las ciudades de Toledo, Talavera, Cuenca y al resto de villas que levantaron la bandera por doña Blanca.
—Son el maestre y su hermano el conde, ¿no es así?
La reina misma se asomaba al adarve con la cara iluminada por la esperanza.
—Sí, alteza. Pero deberíais resguardaros en la alcazaba. La situación anda revuelta. Los partidarios del rey han salido de sus madrigueras.
La excomunión de un soberano suponía la liberación de las obligaciones de vasallaje.
Los vasallos podían rebelarse y dejar de pagar tributos; en definitiva, se perdía el respeto del pueblo.
El interdicto o entredicho del reino suponía la prohibición de oficios divinos, de los sacramentos y la sepultura eclesiástica, con lo que la vida de los fieles se veía gravemente afectada por las faltas de su monarca.
Para los que se alzaron por la causa de la reina, aquello supuso un espaldarazo.
Pero, tras la huida del rey, con excomunión o no, las tornas estaban mutando.
Las huestes de los bastardos avanzaron por el sur del Tajo hasta llegar al Puente de San Martín, el que daba a la judería de El Alcana, la menor de las dos que tenía Toledo. Ante su sorpresa, no fueron acogidos como libertadores, sino que los toledanos no les abrían las puertas.
—Nobles señores, aquí tenéis víveres y bastimentos.
Los miembros del concejo os agradecen vuestra venida.
Pero el rey anda ya acampado en Torrijos y nuestros nuncios negocian la vuelta a la merced real —les comunicó un procurador de los que habían asistido a las Cortes de Valladolid en nombre de Toledo.
—Quedaos con Dios, compadre. Gracias por los alimentos —respondió uno de los caballeros toledanos de la hueste de los bastardos.
Volvió grupas hasta sus señores y les transmitió la situación.
—Mi señor conde, mi señor maestre, conozco a los de mi ciudad. Aconsejo tomar lo que nos ofrecen y movernos hasta la Puerta de Alcántara.
—Tenemos al rey encima, caballero, a sólo cinco leguas. Hay que entrar como sea o retirarse —dijo el conde Enrique—. ¿Por qué creéis que allí tendremos más suerte?
—Quien la guarda es un oficial del rey, sí, pero sé que es fácil de convencer si suena el dinero.
Al día siguiente, domingo 17 de mayo, las tropas de los gemelos penetraron en la ciudad.
El caos se desató y, con él, el rencor y odio acumulados.
Los partidarios de pactar el perdón con el rey lograron hacerse con el alcázar y, junto a los judíos, se resistieron.
La judería menor sufrió el castigo más brutal.
Los musulmanes toledanos y muchos cristianos, estos alentados por lo dicho desde los púlpitos, se sumaron a las huestes de Enrique y Fadrique en el degüello.
En el caso de los cristianos, la tensión social de años de pestes y la inseguridad por el bandidaje, los abusos señoriales y sus guerras, no estalló en forma de revueltas campesinas, como ya había sucedido en Aragón o en Francia, sino que se canalizó a través del misticismo de frailes que predicaban abiertamente contra todo lo semita.
—¡Los deicidas, asesinos de Cristo! ¡Exterminadlos! Cumplid como buenos cristianos —gritó Enrique.