El Fratricida 10. Las traiciones de Toro #3
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10. Las traiciones de Toro #3

—No sé si será mucho o poco, señor —le respondió sin usar el trato de alteza—, pero a don Fernán Ruiz de Castro le sobra grandeza. Como a mi maestre. Mientras aquí, falta.

Aquel santiaguista era el mismo que le había cerrado el paso en Segura de la Sierra, sosteniendo la plaza por don Fadrique. Una cara y un nombre más que don Pedro se apuntó en su cabeza.

Pasada la boda, las campanas sonaron muy distinto, tañendo a muerto.

Una comitiva, con la mujer de Alburquerque a la cabeza seguida de todos los grandes, partía en dirección al monasterio de la Santa Espina, enclavado en los montes Torozos, de la Merindad del Infantazgo de Valladolid.

En él se guardaba una espina de la corona que llevó Jesús en su calvario.

Junto a ella fueron depositados los restos del noble portugués, antiguo canciller del reino.

Alburquerque descansaba por fin en paz, como había sido su deseo, tras ser derrotado y humillado el rey don Pedro.

Diciembre de 1354 Casas del obispo de Zamora Toro, Corona de Castilla en poder de la liga nobiliaria

Transcurrían los días y el rey sentía acercarse el invierno.

No le dejaban recibir visitas de quien él quería, sólo veía a los grandes nobles y apenas podía moverse por las estancias.

Le traían cartas a firmar. Un día protestó y dijo que no lo haría más si no le permitían salir a practicar su pasión, la caza.

—Ese perro tuvo a mi madre encerrada un año hasta que la suya la ordenó matar. ¡Que pase por lo mismo!

—Querido primo Trastámara —dijo Fernando de Aragón—, os entiendo, pero nuestra gobernanza se basa en hacer parecer que el rey confía en nosotros, no en que lo tenemos prisionero.

Enrique estaba, como siempre, a punto de estallar contra el infante de Aragón. Los dos tenían un fuerte temperamento, que su juventud —veintiún años el primero, veinticinco el segundo— no hacía sino exaltar. Y ambos anhelaban el trono.

—Nuestro primo tiene razón, hermano —intervino el maestre Fadrique—. A mí tampoco me agrada don Pedro, pero no hemos luchado por poner de nuestro lado a pueblo y nobleza para que por detalles insignificantes los perdamos.

Enrique miró iracundo a su gemelo. ¡Cómo podían ser tan distintos ambos!

Fadrique siempre mostraba debilidad. Ser casi un monje lo ablandaba.

Y el roce con el cautivo, alojándose en la misma casa, desde luego que no ayudaba.

Iba a contestarle cuando su hermano se adelantó poniendo el dedo en la llaga.

—Hemos luchado por la causa de la reina doña Blanca. El pueblo nos ha visto con simpatía y, ya sé que más por propio interés que por otra cosa, así nos ve también la mayor parte de la gran nobleza. Pero ¿dónde está la reina?

—En su sitio, donde ha de estar. No es más que una consorte extranjera, nada tiene que decir de asuntos de gobierno del reino.

—No, hermano. En esto te equivocas. ¿Dónde está la bandera que hemos enarbolado? Eso se pregunta el pueblo bajo, y los prelados andan inquietos. Recuerda que se deben al papa, que es francófilo.

El conde de Trastámara miró serio a su gemelo. Negaba con la cabeza.

—Enrique, recapacita. Dejemos al menos que los reinos vean al rey haciendo una vida normal, como cuando era más joven y sólo cazaba y se solazaba dejando los asuntos en manos de su privado. Ahora, a Dios gracias, nosotros somos Alburquerque y gobernamos.

La liga de nobles estaba de acuerdo en una cosa: no tenía ninguna prisa por restituir a su posición a doña Blanca.

En cuanto lograron cada uno su cargo y su cuota de poder, el statu quo los aquietó y se dedicaron a vigilarse unos a otros, recelando por si alguno daba algún paso para ganar preeminencia.

«Tanto interés por la francesa... Al final, he de enterarme, las habladurías sobre mi hermano con ella pueden ser ciertas», pensó Enrique.

—Si ninguno de los otros grandes se opone —dijo el infante Fernando—, somos más los que estamos de acuerdo en permitir que el rey salga de caza y aparente vida normal. Que la gente no tenga motivos para reclamar a la Borbón.

Nadie dijo nada de contrario. El infante, tras mirarlos uno a uno y sostener especialmente la mirada con don Enrique, ejerció de canciller.

—¡Sea! —dijo—. Yo mismo proporcionaré una fuerza doble armada para que lo vigilen, pero se hará de modo que el pueblo lo vea salir, con toda la pompa y circunstancia, a hacer lo propio de un gran señor en tiempos de paz, ejercitarse.

Las cacerías del rey trajeron algo de paz a su alma.

Respirar el aire fresco, perseguir y alancear con saña venados y jabalíes, en los que imaginaba a sus captores, y soltar los gerifaltes tras las perdices, verlos alzarse libres en su vuelo hasta abatir con mortal precisión a sus presas, se convirtieron en su desahogo mientras esperaba su hora, que no estaba lejos.

—¡Muere, maldito felón apestoso!

—Buena lanzada, majestad.

Un jabalí macho, de colmillos largos y retorcidos, chillaba agonizante con una estocada en el costado y una decena de canes despedazándolo. Los monteros retuvieron los perros no sin esfuerzo y le presentaron la pieza al rey.

—Mirad, Samuel. Este cochino se parece al nuevo canciller. ¡Si hasta huele ya a butifarra aragonesa!

El almojarife se rio con ganas.

—Ya sabéis, majestad, que mi pueblo rechaza esa carne, pero sí, un aire al infante Fernando en él aprecio.

Cada jornada de caza iba aumentando la guardia que lo vigilaba.

Don Fernando de Aragón se tomaba muy en serio la custodia del egregio cautivo, en ello había empeñado su palabra.

Aquel día se levantó nublado, la bruma descendía como un manto por los campos más cercanos al agua.

El Duero presentaba un aspecto fantasmagórico a principios de diciembre, con su curso serpenteante enroscándose sobre el que llamaban Puente Viejo, uno de tipo románico construido sobre otro anterior de época romana.

Desde lo más alto de la alcazaba, don Fadrique apenas vislumbraba un par de ojos de los veintidós que sostenían la construcción para salvar la fuerte corriente. Pensaba en las reparaciones que por esa causa se tenían que hacer cada poco cuando lo asaltó un mal pálpito.

—¿Dónde está el rey? —preguntó a uno de los centinelas de guardia en las almenas.

—Salió a cazar, mi señor.

—¿Con esta niebla? ¡Imposible!

El maestre no dejó responder al guardia y bajó de dos en dos los escalones hasta el patio, directo a las cuadras.

—¿Y las mulas? ¡Aquí había un centenar de acémilas!

—Mi señor, yo... —balbuceó el mozo de cuadras.

—Corre a llamar a mis santiaguistas, ¡a todos! Diles que monten sus caballos más veloces y que se reúnan conmigo en el Puente Viejo.

La persecución fue vana. Los campos castellanos, cubiertos por un manto gris mortecino, se tragaron al rey, al que ese día acompañaban Samuel ha-Leví y casi doscientos hombres asignados a su guardia.

Sólo había una explicación, la misma de siempre, la que muestra de qué está hecho el corazón humano: la codicia alimentada por el soborno.

Pero una pregunta quedaba en el aire: ¿cómo había conseguido convencer a tantos el rey don Pedro?

Los grandes castellano-aragoneses, la reina viuda Leonor, el infante don Fernando y su hermano don Juan participaron de la conmoción que se produjo con la noticia de la huida de don Pedro.

Hubo voces y duros reproches de unos a otros, sobre todo contra don Fadrique, que vivía en las mismas casas que el rey, y contra don Fernando, que había reforzado su guardia y al que sus hombres, estaba claro, le habían desertado.

—¿Lo tienes bien guardado, madre? —le preguntó a doña Leonor su hijo menor ya de vuelta a sus posadas.

—Sí, hijo, y no sólo éste. Hice a mi sobrino firmar unas copias, por si acaso.

La dama se sacó de entre sus ropajes un pergamino lacrado con el símbolo del rey, algo no extraño, pues su otro hijo era el canciller y tenía en su poder los sellos. El texto estaba redactado de puño y letra por don Pedro, con su firma abajo.

Yo, don Pedro, rey por la gracia de Dios, de Castilla, de León, de...

Teniendo en mi merced a los siguientes buenos señores y fieles vasallos, les otorgo por el poder legítimo que mi Corona ostenta los siguientes títulos, prebendas, propiedades y mercedes:

A la reina doña Leonor de Castilla y Aragón, la villa de Roa.

Al infante don Fernando de Aragón, la villa de Madrigal, el Real de Manzanares y los siguientes lugares en Andalucía...

Al infante don Juan de Aragón, Vizcaya y Lara, Valdecorneja, Oropesa y el Adelantamiento Mayor de la frontera.

A don Juan de la Cerda, el realengo de Gibraleón y su fortaleza.

A don Alvar Pérez de Castro, el castillo de Salvatierra. A don...

Todos los que habían favorecido la huida del rey recibían sus pagos. En algunos casos, se pasaba por encima del clan de los bastardos, como sucedió con don Tello, que perdía Vizcaya y Lara, en favor de su concuñado el infante Juan.

Y de este modo se completó la tercera traición de Toro.