El Fratricida 10. Las traiciones de Toro #2
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10. Las traiciones de Toro #2

«Quizá estés equivocado —le dijo su voz interior—. Quizá esos hombres creen de verdad en las normas de la caballería sobre defender a las mujeres, niños y necesitados.»

«Son unos idealistas, y por eso yerran en sus actos. ¡Aquí no se trata de una desvalida dama, sino de las ambiciones de la gran nobleza, a la que ellos no pertenecen y no se dan cuenta de que los están utilizando!»

Inmerso en sus pensamientos, don Pedro escuchó poco del alegato de don Gutierre, que ya conocía, y del otro caballero, que no dijo nada nuevo.

Los nobles se mantenían en sus exigencias, pero parecían dudar de iniciar un asalto a Toro.

Podía ser prudencia, para no causar más muertes, o bien la desconfianza que se tenían entre ellos mismos.

El rey quiso aprovecharlo para ganar tiempo y llamó a Gutierre.

Le indicó que estaba dispuesto a aceptar el nombramiento de cuatro caballeros por cada bando para que se reuniesen a cerrar los términos de un tratado.

Con esa promesa, las vistas de Tejadillo se disolvieron.

Desde las murallas de Toro, asomados a las almenas, el rey don Pedro y su madre doña María presenciaron el alarde de la liga nobiliaria.

Cinco mil jinetes y cinco mil peones hacían tremolar los pendones de las más importantes casas nobiliarias de Castilla y León en un desfile desafiante con el ataúd de Alburquerque a la cabeza.

Tomaron rumbo a Zamora siguiendo la ribera del Duero.

Como el rey no nombrara sus cuatro caballeros para la negociación y sabiendo que había enviado a sus agentes para intentar atraer a varios a su causa, los coaligados levantaron campamento y se dispusieron a dejar a don Pedro aislado sin ciudades amigas, cerrando el cerco como ya hicieron cuando tomaron las villas cercanas a Tordesillas.

—Pedro, hijo mío, por el amor que te tengo, por el amor de una madre, te pido que recapacites. —El aire soplaba con fuerza en las almenas y la reina madre tuvo que alzar la voz para que no la llevara el viento—. Apenas tienes ochocientos jinetes, es una locura. Y no podrás estar siempre encerrado.

—Y no lo estaré. Déjame en paz, madre.

—¿Vas a reunirte con tu barragana? ¡No ves que atentas contra las leyes de Dios! ¡Y contra nuestra memoria y el encierro que pasamos!

—Quizá si hubieras satisfecho mejor a padre, yo no habría estado apartado. Quizá si hubieras ganado su corazón y su lecho, habrías reinado.

Doña María se llevó la mano al pecho, una angustia la perforó por dentro. Las palabras de su hijo horadaron su corazón de tal modo que ya nunca volvería a ser el mismo.

Don Pedro salió esa noche para Ureña, donde lo aguardaba el remedio para la ciega pasión que sentía. Allí estaba su amor, su amante, la madre de sus hijas, la dulce y bondadosa doña Padilla, María, la única que aportaba luz a su vida.

—Escribid, don Telo de Meneses, escribid.

La reina madre llamó esa misma noche a sus estancias privadas a su mayordomo, un noble portugués del que se rumoreaba que era además su amante. Pero no se encontraban solos. Un escudero de la casa de doña María estaba a su lado, esperando el mensaje y listo para partir sin tardanza.

—Majestad, incluso a vos, esto puede acarrearos una muerte cierta por traición.

—Eso sólo Dios lo sabe. Escribid, que este hombre ha de marcharse.

El escudero alcanzó a la liga nobiliaria a mitad de camino de Zamora.

Cuando los coaligados vieron el sello de la reina madre, no podían creérselo.

Sólo doña Leonor de Castilla entendía a su cuñada: el corazón de una mujer sabía reconocer cuándo el de otra se quebraba de tal modo que ya sólo la amargura lo guiaba.

—Señores, no es momento de vacilaciones —encaró Leonor al resto de alzados—. No se trata de ninguna trampa. La reina madre nos abre las puertas.

De este modo se consumó la primera traición de Toro. No sería la última.

Noviembre de 1354 Tordesillas, Corona de Castilla

—Es una locura, mi rey. Es una locura —repetía don Diego.

—Mi sobrino habla con prudencia, majestad, pero no queda otra salida que confiar en vuestra madre —decía Henestrosa.

—No suelo estar de acuerdo con don Diego, alteza, pero en esta ocasión... —intervino don Gutierre—. Se trata de una celada. No hay que ir, debemos resistir.

—Si tuviéramos medios, os daría la razón, repostero mayor —dijo Samuel ha-Leví—. Sé que sólo miráis por cuidar de nuestro rey. Como tesorero real, sin embargo, me duele reconocer que las arcas están vacías para levantar más hombres de armas.

El rey permanecía callado. Aún resonaba en sus oídos la dulce voz de la Padilla, que aquella noche lo acurrucó entre sus brazos y, llorosa, le suplicó que se quedara con ella y no acudiera a Toro.

Ya había recibido una primera carta de la reina María cuando estaban en Ureña, pidiéndole ir a la ciudad del Duero para aquietarse con la nobleza.

Pedro maldijo a su madre por abrir Toro a los sediciosos y marchó a Tordesillas.

—¿Qué hay del dinero de mis judíos? —dijo de pronto.

Todos miraron al tesorero, que bajó la cabeza.

—La principal judería es la de Toledo, que como su alcalde don Gutierre sabe —miró al toledano, que también bajó la mirada— está por los rebeldes y la reina doña Blanca.

La francesa ha recaudado con denuedo, usando su imagen de dama frágil y apurada.

El único dinero que sale de la ciudad es ese y el que robó el maestre don Fadrique.

Leví añadió que los judíos de Toledo no sólo veían bloqueado el envío de cualquier ayuda al rey, sino que estaban siendo perseguidos y confinados en sus juderías. El pueblo de Moisés, como siempre, sufría a manos de los cristianos.

—Don Pedro, ¿puedo hablar con vuestra alteza en privado? —pidió Henestrosa.

El tío de su amante, un hombre al que de seguro los rebeldes querían mal, fue el que convenció al rey de acudir a la cita. En su fuero interno, don Pedro sabía que no había solución.

—Mi sobrino Diego teme, con razón, que tomen represalias contra él por haber matado al maestre de Calatrava y ocupado su cargo. Y el fiel don Gutierre fue alcaide de Talavera cuando allí se ejecutó a la Guzmán.

—Lo sé, Henestrosa. No ordené tales muertes, pero tampoco las condené. Soy tan responsable como ellos. Y creo que debieron hacerse.

—Mi rey, os honra respaldar a los vuestros, pero no debéis poner en riesgo la Corona por ellos ni por mí. Hay que ir a Toro antes de que esta rebelión se convierta en una guerra civil: tal como están las cosas, esos grandes del reino podrían coronar a vuestro primo Fernando de Aragón.

El rey Pedro IV el Ceremonioso, a quien no interesaba ver a su medio hermano en el trono de Castilla, no se había implicado.

El rey de Francia y el papado, desde su matrimonio con doña Juana de Castro, pasaron de la mera condena pasiva por el abandono de doña Blanca a la más activa de apoyar abiertamente la revuelta nobiliaria.

Y Portugal y Navarra bastante era con que estuviesen a la espera de acontecimientos. Estaba solo.

Toro, Corona de Castilla en poder de la liga nobiliaria

La comitiva real que fue recibida a las afueras de la villa era muy numerosa.

Venía el rey don Pedro acompañado de guardia armada, con su privado don Henestrosa y su tesorero Samuel ha-Leví, además del canciller de los sellos y una reata de cien mulas.

Los nobles salieron a besarle la mano, pero no se fiaban: bajo sus ropas escondían las armas y tenían a sus huestes preparadas.

El rey entró hasta el monasterio de frailes de Santo Domingo, donde se alojaban su madre y su tía, las dos reinas viudas.

—Hijo mío, ¡qué alegría verte!

Don Pedro miró a su madre, pero no dijo nada.

Su tía Leonor, tras saludarlo, comenzó una diatriba contra las acciones del rey, cargando contra su vida en concupiscencia con la Padilla y el abandono del buen gobierno, pero exoneraba al rey de todo ello por su juventud y falta de experiencia, acusando a hombres como Henestrosa y Leví de tal comportamiento.

—¡Mis consejeros no tienen nada que ver, todo lo es por mi voluntad, doña Leonor! Sin mi consentimiento, nada se hace. Yo soy el rey.

La conversación no se alargó más. Entraron en la sala varios caballeros y escuderos que rodearon al rey y sus privados, separándolos de las reinas.

El infante Fernando de Aragón y el bastardo don Tello ordenaron que se apresase a Henestrosa, a Leví y al canciller de los sellos, al que arrebataron estos.

—¡Bastardos traidores, eso es lo que sois! ¡Todos! —gritó el rey mientras lo sacaban hacia las casas del obispo de Zamora, donde sería confinado.

La segunda traición de Toro se completó con el reparto de los oficios y cargos entre los miembros de la liga nobiliaria: el infante Fernando de Aragón sería el canciller; su hermano Juan volvía al puesto de alférez real y portaestandarte; el noble gallego de Castro fue hecho mayordomo mayor; y el maestre don Fadrique quedó a cargo de la custodia del rey como camarero mayor.

Esto último causó mucha sorpresa a don Pedro, porque en tal oficio siempre hubo «caballeros llanos».

—¿Qué son esos festejos, camarero? —le preguntó con sorna—. ¿Ya celebra el pueblo que vuelve a estar en manos de la bandida nobleza?

Fadrique hizo caso omiso a la afrenta de don Pedro.

—Al pueblo le gustan las bodas de los señores, deberíais saberlo bien, pues disfrutaron mucho con la vuestra, cosa que no pudo decir la reina.

—¿Esa a la que con tanto esmero le dedicasteis vuestros cuidados, casto maestre?

—Una señora de pies a cabeza. No como... —El bastardo no se atrevió a acabar la frase.

—En Llerena vi en ti, hermano, a un hombre distinto al resto —cambió de tema y de tono don Pedro—. Y sigo viéndolo.

—Tengo una boda a la que asistir —fue todo lo que dijo Fadrique, que salió y dejó al rey a cargo de un hombre de su más estrecha confianza.

Don Pedro se dirigió a su nuevo guarda, que lo miraba con cara de pocos amigos.

—Se casa De Castro con la bastarda de Guzmán, ¿no es eso? ¡Con muy poco se conforma ese gallego!