10. Las traiciones de Toro
Las traiciones de Toro
El palacio de Tordesillas lo mandó edificar el rey Alfonso XI en un estilo mudéjar.
Destacaban en su fachada dos llaves del paraíso de cerámica verde: simbolizaban el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo.
Al lado, en una lápida, se describía la batalla del Salado, la más importante victoria del padre de don Pedro.
—Tienes mala cara. Deberías intentar dormir, amor mío.
—No puedo, María, no puedo. Mi reino me ha dado la espalda, me estoy quedando solo.
—Valladolid y Salamanca siguen fieles a su soberano y han derrotado los intentos de la liga de tomarlas.
—Sin embargo, Medina del Campo caerá. Estoy pensando en que nos traslademos a Toro.
—Aún queda la ayuda de Aragón. Su rey no tiene en estima a tu tía y ni a tus primos... —evocó María a Pedro IV el Ceremonioso, hijo del primer matrimonio de Alfonso IV e hijastro, por tanto, de Leonor de Castilla.
—Ya me ha respondido y dice que no puede ayudarme. Mil excusas, mucha diplomacia... Ese taimado ha dejado morir con buenas palabras el momento de actuar.
—¡No me lo habías contado!
—Llegó la misiva hace un par de días. No quise preocuparte, querida.
Don Pedro se levantó del escabel y besó a su amada en la frente. Ella se abrazó a su cuello y lo besó en los labios.
—Antes de marcharte, tomemos juntos un baño, mi señor. Os hará bien.
Se levantó y tiró cariñosa de don Pedro, conduciéndolo a los baños árabes del palacio.
La estancia era abovedada, sostenida por arcos de herradura y dividida en tres partes: una primera, templada, otra cálida y, para finalizar, otra fría.
María fue directa a la cálida, se desnudó y se metió en el agua.
—Amadme, mi rey.
Don Pedro se zambulló y subió su cabeza por entre los muslos de ella.
María se recostó en el borde de la piscina y dejó que la boca de él llenase su sexo.
Los vapores del agua ascendían zigzagueantes sobre su cabeza hasta perderse por los tragaluces con forma de estrellas de ocho puntas que decoraban el techo.
Tras disfrutar de aquellos momentos de placer, don Pedro fue a reunirse con sus consejeros.
Le habían llegado noticias sobre la enfermedad de uno de sus enemigos y había que aprovecharlo.
No dejaba de recordar, preso de la rabia, aquella osada carta de los rebeldes en la que le conminaban a que viviese con su esposa la reina Blanca, a que mandase a María a un convento en Francia o Aragón, a apartar a los Padilla de su privanza y, por último, a que los honrase a ellos como se merecían, con cargos y oficios de palacio.
Incluso se atrevieron a enviar hasta Tordesillas a su tía doña Leonor, cuando fracasaron en las tomas de Salamanca y Valladolid.
La recibió por respeto a la sangre y para ganar tiempo, pero las peticiones que le planteó la noble dama eran las mismas; en realidad, le estaba dando un ultimátum.
«Debí haber estrangulado a esa mala arpía tan pronto puso un pie en palacio. Siempre está conspirando para que mi primo Fernando ocupe mi lugar. ¡Otra Leonor hartera y ladina! Debe de ir con el nombre.»
—Alteza, como nos temíamos, ha caído Medina del Campo.
Así lo recibió nada más llegar Henestrosa.
Los informes de Diego Padilla sobre otras poblaciones, estas de la Orden de Calatrava, tampoco eran halagüeños: el autonominado maestre rebelde, sobrino de aquel Núñez de Castro que ejecutó don Diego en marzo del año previo, había conseguido tomar Osuna, Martos, Víboras 1 y Porcuna.
—Esos bastardos enarbolan la bandera de una dama en apuros, de una reina apartada... ¡Falsos! Lo que quieren es recuperar el máximo poder en la corte y hacer lo que mejor saben: menoscabar la autoridad real.
—Mi rey, eso lo sabemos, y ellos lo saben —dijo con parsimonia y prudencia Henestrosa—, pero el pueblo acoge esa idea, muchos olvidan las medidas que los favorecieron en las Cortes de Valladolid y sólo ven a una joven reina. «Su reina», no tienen otra.
—Así es la chusma, la vil canalla, sin seso ni juicio —se encendió Diego de Padilla.
—Estamos faltos de hombres y dinero. Fadrique robó en Toledo la parte del tesoro que Samuel ha-Leví guardaba allí. El judío no pudo protegerlo ante tanta gente armada.
Don Pedro escuchaba a sus dos hombres de confianza. Todo aquello lo sabía, pero su mente rondaba otro asunto y miraba la puerta como si esperase a alguien.
—Iremos a Toro, donde está mi madre, para buscar apoyos. Hay que salir de aquí, señores. Las poblaciones cercanas están siendo tomadas o se pasan al enemigo. Preparadlo todo.
Los otros se miraron. Doña María de Portugal, la reina madre, estaba claramente del lado de la reina Blanca de Borbón.
Había intentado convencer a su hijo en innumerables ocasiones hasta que, harta ella y harto él, pidió permiso para retirarse a Toro.
Los Padilla sabían que esa mujer odiaba a los bastardos de la Favorita, que eran parte principal en la liga nobiliaria, pero aun así no las tenían todas consigo con que la madre del rey no pudiera acercarse a su primo Alburquerque y a su cuñada Leonor de Castilla.
Iban a exponer sus pegas cuando un encapuchado llegó en compañía de un criado.
—Retiraos, don Henestrosa y don Diego. Haced lo que os he ordenado, salimos mañana.
Una vez a solas con el embozado, el rey sacó un saquito de monedas. Una cantidad importante. Se la dio al hombre que, sin decir una palabra, hizo una reverencia y salió de la sala.
Medina del Campo, Corona de Castilla en poder de la liga nobiliaria
—¡Ha sido él, ha sido ese malnacido tirano!
Alburquerque, la cara descompuesta, bañado en sudor y con ojos amarillentos, tiraba por el brazo de su mayordomo.
—Mi señor, mi señor —sollozaba el fiel caballero.
—¡Ruy Díaz, llama a los bastardos y sus primos! Y que venga también la reina viuda Leonor. Quiero que oigan lo que voy a decir.
El antiguo canciller había enfermado durante el cerco a Medina del Campo. Pareció mejorar, pero de pronto, el día anterior sufrió una recaída inesperada tras ingerir una última pócima con hierbas preparadas por su médico.
—Oídme bien todos. Ésta es mi última voluntad...
Su mujer empezó a llorar, pidiéndole que no hablase así.
—El Altísimo me llama a su seno, querida Isabel —dijo entre toses—. Me siento morir, pero eso ahora no importa.
Los reunidos se miraban circunspectos. Incluso sus antiguos enemigos, Enrique, Fadrique y Tello, sentían piedad y respeto por un hombre que se ahogaba sin remedio. Alburquerque, con la última fuerza que le quedaba, agarró otra vez a su mayordomo del brazo.
—¡Juradme todos que no me enterraréis hasta ver a don Pedro vencido y humillado!
De este modo, don Juan Alfonso Alburquerque, el que fuera el hombre más poderoso de Castilla, adelantando a su tiempo la figura de los validos que tanto se prodigarían luego en la Monarquía Hispánica, fue metido en un ataúd y llevado siempre al frente de sus huestes en cada toma y asedio de las poblaciones de Castilla.
Cuando los nobles de la liga se reunían en consejo, su ataúd estaba presente y hablaba por él su mayordomo don Ruy Díaz Cabeza de Vaca.
Y así fue como el antiguo canciller pasaría a la historia con el sobrenombre de «el del Ataúd».
Tejadillo, a media legua de Toro, Corona de Castilla
Cincuenta jinetes por cada bando, todos armados con espada y recubiertos de acero.
Sólo dos de ellos portaban lanza según lo acordado.
Uno era el rey don Pedro I de Castilla y León.
El otro, su primo carnal don Fernando de Aragón, marqués de Tortosa, el de más ilustre linaje de los nobles, con derecho directo al trono.
Entre las filas de los coaligados destacaba un carro con un ataúd sujeto de pie y recubierto con las armas del señorío de Alburquerque.
Las dos huestes se situaron a cincuenta pasos la una de la otra, con la tensión palpable en el ambiente; cualquier gesto podía desencadenar un encontronazo.
—Allí está ese desertor, majestad.
—Sujetaos, don Diego. Ya ajustaremos cuentas, ahora dejad que hable don Gutierre según lo convenido.
Antes de reunirse a las afueras de aquella humilde aldea, situada a medio camino entre la ciudad de Toro y la villa de Morales, lugar donde habían acampado la mayoría de los nobles, el rey recibió a una embajada de los coaligados para pactar los términos de la vista.
Se produjo una refriega entre los caballeros del rey y los que actuaban de embajadores nobiliarios por una cuestión de honor que el propio don Pedro tuvo que apaciguar.
De resultas, uno de los caballeros del rey, no satisfecho con la solución que dio don Pedro y acusándolo de parcialidad, se pasó al otro bando. Diego de Padilla no dejaba de mirarlo.
—Mi rey, estoy listo. —Don Gutierre se levantó la visera y azuzó su caballo en dirección a los rebeldes.
El toledano había recuperado la estrecha confianza real, pese a que no llegaría a recuperar su puesto como antiguo camarero mayor del reino.
Tras la sublevación de la mayoría de la nobleza de Toledo, Gutierre Fernández de Toledo se mantuvo leal a don Pedro, que lo nombró repostero mayor, a cargo, pues, del control de los accesos a la alcoba, arcones y depósitos del soberano.
Sólo el copero, que era quien vigilaba la copa del rey y probaba antes la bebida, tenía un puesto de igual importancia, ya que en las manos de ambos estaba la vida del monarca.
—Gutierre, ¡no perdáis el tiempo hablando con los muertos! —dijo don Pedro de chanza.
Los que lo rodeaban soltaron unas carcajadas que sonaron metálicas tras los protectores cerrados de sus bacinetes.
Del otro lado, un jinete se acercó a medio camino imitando a don Gutierre.
Era uno de los Ayala, el padre. Sujetando el pendón del infante de Aragón estaba su hijo, Pero, que había sido doncel del rey don Pedro, de casi la misma edad que este y con quien se había formado en las lides de la caballería.
«Los siempre fieles Ayala. Esos nobles guipuzcoanos en el lado de mis enemigos. ¿Cómo es posible?», se dijo don Pedro.