9. El alzamiento nobiliario #5
De todos los carceleros que había tenido, el canciller se reveló como el más magnánimo.
Quizá era que, si bien diferentes en aspecto, la reina doña Blanca, de similar edad a su sobrina, le recordaba a María.
Lo único que la Borbón había hecho era, con sus escasos recursos, enviar dinero a los rebeldes desde Arévalo.
Nada que no fuera sino un acto desesperado de alguien que, desde que llegó a Castilla, sólo había conocido el desprecio y el encierro.
Finalmente, el canciller dispuso una fuerte escolta y dejó a la reina acudir a misa a la iglesia de Santa María, catedral primada de España.
—¡Pero si es casi una niña! ¡Pobrecita!
—Una dama de alcurnia, que no ha hecho sino cumplir con su deber.
Comentarios como estos empezaron a escucharse entre la multitud. Las damas toledanas que tuvieron tratos con doña Blanca enviaron a sus sirvientes para que fueran contando al pueblo las penas de la reina presa.
—Es nuestra reina, ¿cómo se la puede tratar así?
—En Toledo nunca tratamos así a las buenas mujeres. ¡No debe estar encerrada!
—¡Mirad! ¡Por allí viene!
Los menestrales y los burgueses se vieron movidos a la conmiseración en cuanto apareció la joven, desvalida y rodeada de soldados como si de una malhechora se tratara.
—Mi señor canciller, no es buena idea seguir aquí —le dijo el capitán de la guardia.
Henestrosa miró a su alrededor. Su oficial tenía razón, pero ya era tarde.
Intentó sacar a la reina del brazo fuera de la iglesia.
Doña Blanca empezó a llorar y gritar diciendo que se acogía a sagrado, que tenía miedo de ser muerta, y con esto la multitud se echó encima de los hombres del rey y los apartaron de la reina.
—¡No quiero muertos! ¡Refrenaos! —ordenó Henestrosa al verse completamente rodeado de una masa enfervorecida.
—Por aquí, mi señor. Antes de que no podamos llegar al alcázar.
Una multitud corría hacia la puerta de la iglesia y se sumaba a la que ya estaba dentro. Campesinos, artesanos e hidalgos por igual, armados con lo que pillaron a mano, gritaban y apedreaban a las huestes reales que se cubrían con los escudos y se retiraban hacia una de las puertas de la ciudad.
—¡Toledo con la reina! —gritaban como si nunca hubiesen oído hablar de la nulidad del matrimonio o de esa Juana de Castro que se decía reina.
—¡Toledo con doña Blanca!
—¡No os llevaréis a nuestra señora!
El capitán de Henestrosa tomó una rauda decisión que salvaría al privado de ser apresado o algo peor.
—¡Soldados, a la Puerta de Alcántara!
Los hombres del rey pasaron de largo la fortaleza toledana y se dirigieron hacia el noreste de la ciudad.
Por todas las calles llegaban hombres y mujeres tan alborotados que la guardia del palacio apenas podía contenerlos.
En poco tiempo, habían sido superados. La nobleza toledana, estaba claro, había elegido bando.
El revés para don Pedro fue doble: no pudo tomar Segura ni rendir la posición de los santiaguistas de Fadrique y hasta allí se llegó Henestrosa con la mala nueva de que la reina estaba libre y apoyada por los toledanos.
Y no era todo, las cosas empeoraron todavía más: sus primos, los infantes de Aragón, junto a su madre, Leonor de Castilla, desertaron de su bando llevándose a los mejores caballeros castellanos y reuniéndose con don Tello en Cuenca de Tamariz.
No tardarían en juntarse con los sublevados.
El rey no se arredró y marchó hasta Tordesillas, pasando por todas las villas para mostrar en público a su dama doña María de Padilla.
Mientras tanto, la ciudad de Toledo pedía ayuda a don Fadrique.
—Majestad, tenéis en mí al más humilde servidor, que os defenderá de los ultrajes a los que os veis sometida —decía el gemelo de don Enrique—. No pararé hasta veros resarcida y repuesta en el lugar que por vuestra alta dignidad merecéis.
Ante doña Blanca de Castilla, en el patio del alcázar, el maestre de la Orden de Santiago don Fadrique —al que el papa había confirmado el cargo anulando el que don Pedro hizo en favor de Villagera— se arrodillaba y juraba homenaje a la legítima reina.
Lo hacía con el respaldo de una mesnada de setecientos jinetes.
Su tropa había desfilado por el puente de Alcántara y calles arriba hasta llegar a la fortaleza donde se alinearon marcialmente formando una guardia de honor vestida de blanco y cruces de gules.
—Y yo, Blanca de Borbón, reina de Castilla y León por la gracia de Dios, acepto vuestro homenaje y en reciprocidad me comprometo a compensaros y protegeros como señora vuestra. Levantaos, maestre don Fadrique.
Junto a doña Blanca destacaban otros dos caballeros: uno era el hijo de su aya; el otro, uno que estuvo en la comitiva que fue a recogerla a la frontera aragonesa. Tras un año de cautiverio, la dama francesa por fin gozaba de libertad.
—¡Viva la reina doña Blanca! ¡Viva Castilla! —atronaban las calles toledanas.
Al poco, gracias a diversas cartas firmadas por los principales nobles alzados —la reina viuda doña Leonor, don Alburquerque y don Enrique—, esas mismas proclamas resonaban en las plazas de Talavera, Cuenca, Úbeda, Baeza, Jaén y Córdoba.
La liga nobiliaria había logrado llevar la revuelta desde Extremadura, León y Asturias hasta Castilla y, tras esas misivas, conseguía que también prendiese en Andalucía.
Don Pedro no enfrentaba esta vez meras rebeldías de unos señoríos, sino que se trataba de un alzamiento en toda regla en la Corona castellana.