9. El alzamiento nobiliario #4
—Señores, no podemos seguir aquí, estamos atascados. Hay que moverse, capturar las plazas que nos sean fáciles y expandir el desconcierto, incitando a más adeptos a sumarse a la causa.
Quien así hablaba era el excanciller Alburquerque reunido con los gemelos Enrique y Fadrique y varios otros nobles en el campamento a las afueras de la ciudad sitiada.
—Vayamos a tierras de mi maestrazgo. Podré convencer a muchos y sumar más apoyos —dijo Fadrique.
—Marcha tú, hermano. Yo me dirigiré hacia Salamanca —dijo Enrique—. Hay que reunirse con las tropas leonesas y gallegas de Fernán de Castro.
—Hemos de tener cuidado si nos separamos. —Se atusó la barba Alburquerque—. Ese malnacido ha atraído a su causa a los infantes de Aragón. ¿Qué sabemos de vuestro hermano Tello?
—Dubitativo, pero se nos unirá. No le ha hecho gracia el casamiento de Juan de Aragón con la otra hija de los Lara. Esa jugada del rey es una amenaza para su señorío de Vizcaya.
Fadrique miró a su gemelo. En los ojos de ambos se dibujó por un momento aquellos años felices de su infancia en los que compartieron los halagos cortesanos y su querida madre estaba siempre atenta a que sus juegos no se sobrepasaran. Como ese día, uno de tantos, con el hermano pequeño.
«—¡Madre, Enrique y Fadrique me han quitado la rueda con la que estaba jugando! —se acercó un lloroso Tello a la Guzmán.
»—¡No es verdad! —dijo Enrique, que venía tras su hermano pequeño para evitar que fuera el primero en contar lo que había pasado—. ¡Esa rueda estaba tirada en medio del patio!»
Leonor abrazó al pequeño y lo consoló mientras miraba a Enrique con aire de fastidio: era el mayor y sabía que tenía que dar ejemplo. Y Fadrique, al lado de su gemelo, defendiéndolo como a otro yo que vive fuera de tu cuerpo:
«Tello siempre quiere que le dejemos jugar, pero luego se aburre y nos abandona al rato, madre. Sólo cuando usamos esa rueda ha vuelto y eso es lo que ha pasado.»
La Guzmán besó a Tello en la frente y lo despachó con una de las ayas. Se volvió a los gemelos con gesto maternal y los abrazó formando un corro.
«Sois mayores que él y, además, vosotros estáis unidos desde mi vientre. Prometedme que tendréis paciencia con vuestro hermanito; él sólo quiere agradaros y que le dejéis entrar en vuestro mundo. ¿Lo haréis?»
Sí, Enrique de Trastámara conocía bien a su hermano Tello, que sólo se movía por interés propio.
Don Pedro había casado a Juan, el menor de los infantes de Aragón, con la cuñada de Tello y, además, lo había nombrado alférez real.
A Fernando, el hermano mayor, con el que Enrique siempre había rivalizado, lo había nombrado adelantado de la frontera en Extremadura.
Ambos hermanos aragoneses encabezaban la lucha contra los rebeldes alzados.
No pasó mucho tiempo sin que les llegase la noticia, como había pronosticado Enrique, de que finalmente su hermano Tello también sublevaba sus feudos.
La cabalgada por tierras de la Orden de Santiago de don Fadrique no tuvo el premio esperado.
Sí logró hacerse con varias villas y apoyos, pero al llegar a Montiel no pudo rendirla.
El cisma que ya se vivía en la Orden de Calatrava —con Diego de Padilla como maestre y en su mayor parte leal al rey Pedro— se repitió en la Orden de Santiago.
—Nos refugiaremos en Segura de la Sierra y en el castillo de Hornos. Tú marcha hacia la sierra de Cazorla y asegura los pasos, hermano.
—A vuestra orden, maestre. ¿Qué hacemos si nos topamos con partidarios del... emm... del maestre que ha nombrado el rey?
—Tratadlos como enemigos. Son ellos los que han mancillado nuestra orden apoyando el nombramiento de un hombre casado y fuera de la unanimidad del cabildo.
—Ruego a Dios que me encuentre cara a cara con esa rata de Villagera —dijo el segundo de don Fadrique mientras espoleaba su caballo seguido por una docena de mantos en los que se vieron tremolar las cruces rojas de Santiago.
«Sólo la Orden de Alcántara se mantiene al margen de este conflicto —recapacitaba don Fadrique—.
Y las otras dos están divididas por culpa de don Pedro.
Los hermanos de la Padilla, Diego y Villagera, elevados al más alto rango de maestres de Calatrava y Santiago...
¡Y se quejaban de que se nos favoreciera a nosotros, a los hijos de Leonor de Guzmán! ¡Hipócritas y falsarios!»
Toledo, Corona de Castilla
La lucha con los rebeldes se centró en Tierra de Campos, en donde don Alburquerque tenía más propiedades aparte de las extremeñas.
El portugués, junto al conde de Trastámara, había cruzado el río Tormes sin que los hombres del rey, dirigidos por los infantes de Aragón, hubieran opuesto gran resistencia, a pesar de que contaban con más tropas.
Don Pedro respondió tomando algunas fortalezas de la mujer de Alburquerque.
Al ver que la lucha se centraba en esa zona, decidió sacar de Arévalo a la reina doña Blanca y resguardarla en Toledo a cargo de su canciller Henestrosa, mientras él seguía hacia el sur a someter a don Fadrique en Segura de la Sierra.
—Os ruego, señor, que me dejéis ir a la iglesia de Santa María a rezar por mi alma. Al menos una vez, os lo suplico.
—Tenéis cuantos capellanes requerís para atenderos aquí en privado. Y tampoco os privo de la compañía de damas, señora, no abuséis de mi bondad —contestó Henestrosa a la reina repudiada.