El Fratricida 9. El alzamiento nobiliario #3
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9. El alzamiento nobiliario #3

Lamento informaros de que don Enrique y don Fadrique eludieron mi vigilancia y, de algún modo, contactaron con don Alburquerque.

No sé qué les ofrecería el portugués, pero a su regreso don Fadrique me hizo preso.

Conseguí escapar dos días después de milagro y de camino a vuestra corte me he enterado de que los bastardos tienen ahora varias fortalezas de Alburquerque en su poder, mucho dinero que este les ha dado y que se dedican a estragar tierras extremeñas.

Las últimas noticias son que se dirigen a Ciudad Rodrigo...

... y en lo que atañe no sólo a lo militar, también hay nuevas sobre las insidias que está vertiendo don Alburquerque en la corte portuguesa para implicar a su rey en una guerra contra Castilla y deponeros, a vos, su propio nieto...

y en esa conspiración están implicados parientes de la poderosa familia de...

Arrugó la misiva con furia y la echó al fuego. Despachó al heraldo y entró en la alcoba a vestirse.

—Pedro, mi señor, volved a la cama. Estoy dispuesta para otra cabalgada —le dijo Juana, a la vez que se destapaba.

Ni siquiera la visión de aquel cuerpo perfecto, con los senos sonrosados y graciosamente tapados por los tirabuzones de la melena de la dama gallega, hizo que el rey cambiase de opinión.

—Tengo que atender asuntos de la Corona. Vete al señorío que te ha dado en Dueñas —dijo don Pedro sin mostrar la más mínima emoción.

Salió con grandes zancadas mientras llamaba a voces a sus consejeros, los Padilla, para valorar la gravedad de la situación.

Lo que tenía claro era que no quería volver a ver a aquella mujer: no había salido el sol tres veces desde la boda y el rey ya había hecho lo mismo que con doña Blanca, abandonar a su esposa. Una decisión que le costaría caro.

Unos días después Río Miño, frontera entre los reinos de Portugal y León

Una lluvia fina caía constante desde hacía horas.

Los hombres llevaban empapadas sus capas, pero bajo ellas estaban secos.

Generaciones de habitar aquellas tierras norteñas los habían preparado para soportar el clima húmedo y frío que incluso podía aparecer en pleno verano.

Sus capotes, hechos de varios pliegues superpuestos de lana tupida y entretejida con minuciosidad, iban además recubiertos de cera de abeja, por lo que hacían resbalar el agua.

—Ahí arriba. Lo quiero listo para maitines.

—A vuestra voluntad, mi señor conde.

En la zona portuguesa del Miño, don Fernán de Castro plantó su real y, al amanecer, se vistió con sus mejores galas.

Su capellán extendió una mesa que cubrió con un paño blanco y llenó con los elementos propios de la liturgia.

Un par de monaguillos sujetaban en alto un palio para resguardar al clérigo y el altar improvisado.

El conde permanecía impasible bajo la lluvia, arrodillado.

Junto a él había varios caballeros de su casa, también rodilla en tierra.

—Por si aparecen los portugueses de Monção, despliega varios hombres a la redonda de esa fortaleza.

—Con su permiso, mi señor, eso está hecho desde anoche.

Don Fernán miró orgulloso a su alférez, su gallego de más estricta confianza que se había criado en su casa desde niño y con el que había compartido práctica con armas, cacerías y varias refriegas locales.

—Comulguemos, pues, señor alférez.

—El cuerpo de Cristo. —El capellán extendió una hostia ante el noble gallego.

Tras asistir a la misa, el conde de Lemos subió a su caballo y, seguido de una nutrida hueste, cruzó el vado hasta la ribera gallega, que pertenecía a la Corona castellana.

Miró las aguas turbulentas y pensó en que eran imagen de lo que le esperaba si daba el paso que tenía pensado.

Lo asaltó un torbellino de emociones. La lealtad debida por la palabra dada a la Corona luchando con la cólera por el honor familiar mancillado.

La imagen de una bella y delicada muchacha acudió a su mente. Siempre la había deseado.

«No soy yo quien primero incumple la palabra dada. Las ofensas, Dios y su hijo me perdonen, han de tener respuesta, aunque siempre en la medida adecuada.»

Azuzó su montura, que se sacudió de un brinco el fango de las patas y alcanzó la orilla alegre por dejar atrás la corriente de agua. Llegada la comitiva a Salvatierra del Miño, los esperaba un notario en la plaza de la villa.

—Recoged esto que os digo, escribano. ¡Y que el pueblo entero lo sepa!

El conde hizo caracolear su caballo a la vez que alzaba su pendón azul y plata.

—Yo, el conde Fernán de Lemos, de la ilustre casa de los Castro, hago pública mi ruptura del lazo de homenaje que me ata, y ya no más, al rey don Pedro I de Castilla y León.

—¿Y cuáles son las justas causas, señor conde? —replicó el notario.

—¡Por cuanto el rey ha hecho, deshonrando a mi hermana la señora doña Juana de Castro!

Dijo que se casaba con ella, hízole tomar el título de reina para después abandonarla y escarnecerla.

¡Es un señor sin palabra! Y un señor así no puede ser señor de ningún Castro, quienes sí que honramos la promesa otorgada.

Durante nueve días se repitió la escena: misa de mañana, cruce del río y proclamas ante el funcionario. La voz se corrió por todo el reino: el poderoso señor de Galicia se desnaturalizaba del rey don Pedro.

En ese tiempo llegó un emisario del conde de Trastámara.

Traía un documento con el acuerdo de matrimonio entre su hermana Juana Alfonso, la única hija que había tenido el rey Alfonso con su amante Leonor de Guzmán, y el conde don Fernán, que habría de realizarse pronto.

El linaje de los Castro se unía de este modo a la familia de los bastardos.

El alférez vio sonreír a su señor según este leía la misiva.

— Nuptias habemus. Si vuestra cara no me engaña, señor.

—Nunca lo hace, amigo mío. No podría haber un sello más dulce y bello para cerrar un trato.

—¿Cuál es el siguiente paso, don Fernán?

—Levanta el campamento. Nos vamos a las posesiones de mi hermana.

—¿Hasta Dueñas?

—Entiendo tus ganas de acción, pero eso está demasiado lejos, por ahora. Vamos a su plaza de Ponferrada.

—Por supuesto, mi señor. Esa fortaleza es inmejorable.

—Ahí esperaremos noticias de los rebeldes. No haremos nada hasta unir las huestes.

La coalición nobiliaria contra el rey estrechaba lazos y, al mismo tiempo, por otros lugares, más nobles y caballeros se les iban alistando.

Julio de 1354 Castillo de Castrojeriz (Burgos), Corona de Castilla

El rey no sólo había regresado a los brazos de María de Padilla por el nacimiento de su nueva hija, a la que pondrían de nombre Constanza, sino porque era junto a ella, y sólo con ella, donde hallaba un remanso de paz.

—Me han dicho que has dotado la construcción de un convento de clarisas en Astudillo.

—Así es. Y se lo he comunicado al papa, que con gran alegría ha recibido la noticia de que ahí expiaré mis pecados. Así no tendré que recibir más cartas amenazantes de excomunión.

—Dota cien conventos si quieres, pero olvídate de esa idea de entrar de monja. Tú eres la mujer que amo, la que quiero a mi lado.

—No lo parece, con tantas mujeres en tu lecho, con una nueva esposa... ¡Las coleccionas!

—Ya sabes por qué me desposé con la Castro, ya te lo he explicado.

María lo miró con pena. Le mentía, otra vez.

No fueron sólo «cosas de Estado». El capricho por la gallega había sido grande.

Pero al final, allí lo tenía otra vez, a su lado.

Don Pedro, el rey de Castilla, que volvía con su —le dolía pronunciar la palabra— manceba.

La noche anterior la amó con una pasión inusitada, sin importarle que ella no hubiera recuperado la línea tras el parto.

Y ella, a su pesar, volvía a caer en sus redes, a desearlo como siempre y a quererlo.

—Y ahora, Pedro, has logrado justo lo contrario de lo que buscabas. Al abandonar a la señora de Castro, su hermano se ha desnaturalizado de tu vasallaje y tienes Galicia en tu contra, uniéndose a los rebeldes ¡incluso con matrimonio de por medio! Amor mío, ¿cómo no lo pensaste?

—No tenía otra salida. ¿Cómo iba a seguir casado con una Castro cuando sus hermanos han ofrecido el trono de Castilla al príncipe portugués? ¡Traidores!

María sabía que en lo que decía el rey había mucho de cierto, pero había matices.

Alburquerque, junto con Alvar de Castro, el caballero que escapó de Olmedo con vida gracias a ella, y la hermana de este, la manceba Inés de Castro, fueron los que pergeñaron la jugada.

El rey de Portugal, abuelo de don Pedro, abortó el plan, impidiendo que su hijo, el príncipe portugués Pedro de Portugal, con el que las relaciones paterno filiales eran malas, arrastrase al reino a una guerra con Castilla.

La oposición del rey luso a la relación de concubinato de su hijo con la gallega doña Inés tenía dividida a la corte portuguesa entre los que eran leales al rey y los que se arrimaban al infante en busca de futuras prebendas.

—Sin embargo —dijo María con su tono más dulce—, no hay prueba de que ese magnate gallego participase en las maniobras de sus medio hermanos.

Es un hombre de honor que hasta en la forma de traicionarte ha seguido unos principios que otros no seguirían.

Yo creo que en verdad, como afirma, es tu plante a doña Juana lo que ha motivado su deserción.

—Y las faldas, María... ¡No conoces bien a los hombres! Ese matrimonio que ha concertado con la hermana de los bastardos no ha sido sólo por política: ¡siempre la ha mirado con deseo!

—Pues yo tengo un buen pálpito con ese noble. No veo en él a un malvado, como en los otros. Recuérdalo en el futuro, no suelo equivocarme.

Don Pedro miró a su amante con una mezcla de piedad y afecto. El corazón de María era siempre grande, veía en los otros su lado bueno. Esa ingenuidad, como la de una niña, era muy distinta a lo que él pensaba, y por eso lo atraía tanto. Y era cierto que pocas veces erraba al juzgar a las personas.

Ciudad Rodrigo, Corona de Castilla