El Fratricida 9. El alzamiento nobiliario #2
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9. El alzamiento nobiliario #2

El maestre de Calatrava Juan Núñez de Prado se encontraba en la villa de Almagro, sede administrativa de su orden, no muy lejos de la villa que el rey Alfonso X el Sabio había fundado para limitar el poder de las órdenes militares en la zona, Villa Real, la que con el tiempo llegaría a la categoría de ciudad y se denominaría Ciudad Real.

Estuvo presente en el cerco a Aguilar de hacía dos años, donde quedó fielmente a cargo del sitio mientras el rey don Pedro corría a Asturias a someter a Enrique de Trastámara.

Luego asistió a la boda del rey en Valladolid en junio del año previo, y ésa fue la última vez que pisó la corte.

Desde que se negó con Alburquerque a llegar a Toledo, se había retirado a las tierras de su poderosa orden.

—Mi señor maestre, deberíais enfrentar esa hueste que se acerca. Ya sabéis que contáis con el apoyo del capítulo.

—Sé que cuento con vosotros, hermano. Pero si he de recibir castigo por mis palabras, no quiero involucraros. El rey ha mandado seguro sobre esta visita. No lo provoquemos.

—¿No recordáis lo que le pasó al maestre de Alcántara durante el reinado de Alfonso XI? Degollado y quemado por orden del monarca. Y ése que viene es su hijo.

Por un momento, el calatravo dudó. Era consciente de que al rey le habían llegado sus duras y públicas críticas sobre su amancebamiento con la Padilla.

Aquel guerrero fraile se había atrevido a afear la conducta del soberano, algo que nadie osó hacer en el caso de Alfonso XI y su barragana la Guzmán.

Fue a la capilla a rezar. Quizá Dios lo guiase sobre si debía ofrecer o no resistencia.

Dios lo orientó mal.

Había ordenado a sus freires no resistirse y recibir al monarca con los debidos respetos.

Todo pasó muy deprisa: la reunión apresurada del capítulo, la infructuosa presión del rey don Pedro para que lo destituyesen, el nombramiento de Diego de Padilla como maestre en su lugar sin que el soberano respetase ninguna regla y, finalmente, su encierro.

Ahora se sabía en manos de aquel ambicioso arribista; el rey se había marchado hacía días.

Sólo era cuestión de tiempo. Ya lo mandara el propio rey, ya el nuevo maestre, sus días estaban contados.

Escuchó que se abría la trampilla que había en el techo del aljibe del alcázar de Maqueda, donde lo tenían encerrado.

La luz lo cegó tras días sin verla, aunque advirtió las siluetas de unos sicarios que se descolgaron con la misma cuerda con la que le bajaban el alimento.

En lo alto, una sombra observaba en silencio.

—Sé que estáis ahí, don Diego —dijo el antiguo maestre.

Los verdugos se acercaron y lo sujetaron. Uno de ellos sacó un cuchillo como el que se usaba en la matanza por San Martín. El calatravo no se resistió.

—¡Diego, Diego de Padilla! ¿No te atreves a hacerlo tú mismo, fillo de puta? ¿O te reservas para quemar mi cuerpo, como Coronel hizo con el maestre de Alcántara?

Desde arriba, la sombra dio una orden tajante.

—Degolladlo de una vez.

El preso aún tuvo tiempo de lanzar un último insulto.

—¡Ese malnacido rey don Pedro vive en pecado! ¡Con la furcia de tu hermana! Yo te maldigo, Diego. Acabarás como yo.

Un corte rápido, unos gorjeos y la muerte le llegó al calatravo ahogado en su propia sangre. Así expiró don Juan Núñez de Prado, el verdadero maestre de Calatrava, sabiendo que un cisma dividía su querida orden y que en lo venidero freires calatravos lucharían entre sí en dos bandos.

Alcázar de Sevilla, Corona de Castilla

Como él mismo le había enseñado, había cosas que debían hacerse sin que temblara el pulso.

«No podréis negar, ayo, que esta lección la aprendí bien. Y, además, con un toque de mi cosecha para hacérosla más amarga.»

Don Pedro se regocijaba sabiendo que la suerte de su anterior canciller y antiguo tutor estaba echada, y que el brazo ejecutor serían sus enemigos más enconados, sus medios hermanos Enrique y Fadrique.

El rey había tomado la villa de Medellín y marchó luego sobre la de Alburquerque, donde encontró más resistencia.

Por orden suya, el conde de Trastámara y el maestre de Santiago se quedaron de fronteros dirigiendo el ataque.

Si su anterior canciller cometía el error de resistir en el lado castellano de la frontera, igual hasta tendría su cabeza antes del verano.

Antes de irse a Sevilla, don Pedro había orquestado en Segovia la boda de Tello con la mayor de las Lara —huérfanas ella y su hermana del antiguo mayordomo real Juan Núñez de Lara—, por lo que su medio hermano quedó favorecido con el señorío de Vizcaya que ella aportaba.

Con estas medidas creía tener sujetos a los bastardos que, por ahora, le eran útiles para tener dividida a la gran nobleza y acabar con ricoshombres como Alburquerque.

—Pedro, ¿qué te ocurre? Últimamente me siento apartada.

—Son muchas cosas las que un rey tiene en la cabeza. Vuelve adentro, no conviene que te expongas —dijo don Pedro mirando la barriga de María.

La Padilla estaba embarazada de nuevo. Como la Guzmán antes que ella, la amante del rey ya esperaba un nuevo hijo sin haber transcurrido siquiera un año del primer parto. Si Dios quería, serían padres para mediados del verano.

—Majestad, vuestros consejeros han llegado.

Pedro se volvió hacia el criado que acababa de presentarse y puso cara de fastidio.

—Os dejo, alteza. Tenéis asuntos más importantes entre manos y que os son de más agrado —dijo María, usando la forma protocolaria, visiblemente molesta.

—Acompañad a doña María a sus aposentos —dijo el rey al criado sin mirarla.

En el consejo privado que sostuvo en las horas siguientes con Henestrosa, Padilla y Leví, el rey expuso sus deseos, adornándolos con razones de Estado.

Dijo que había que evitar que la nobleza ayudase al antiguo canciller, el cual argüía que su caída en desgracia lo era por defender a la reina doña Blanca, una mujer injustamente vilipendiada y encarcelada.

La solución no era otra que elegir a una señora de la gran nobleza con la que casarse, tener un hijo legítimo y declarar nulo el matrimonio con doña Blanca, que él, insistía, no había consumado.

Y tenía en mente una candidata. No hacía mucho había enviudado una bella dama a la que don Pedro había echado el ojo: Juana de Castro, hermana del magnate Fernán Ruiz de Castro, cabeza de la poderosa familia gallega.

—Esa dama lleva sangre real y es de los belicosos Castro. No se hable más, la quiero a ella.

Los otros callaron. Si bien era verdad que se trataba de una mujer de noble linaje y que interesaba tener contento al magnate del noroeste peninsular, la sangre real les venía por una línea bastarda y, además, el carácter de aquella mujer no era fácil de doblegar.

El rey, en uno de sus flirteos, ya había tentado a la dama, que se le resistió aduciendo que sólo la poseería si antes pasaban por el sacramento matrimonial.

Don Pedro llevaba un tiempo en que buscaba placer y diversión en las camas de otras cortesanas, aunque en su corazón era María Padilla la única que contaba.

María, aun sabiendo que ese tipo de comportamiento era cosa de reyes y señores, sentía celos, insegura de que las promesas de amor de don Pedro fueran lo bastante fuertes como para que algún día no quedase prendado de otra y no regresase.

Principios de abril de 1354 Cuéllar (Segovia), Corona de Castilla

No escuchaba al sacerdote. Llevaba un rato imaginándose metido entre las piernas de aquella voluptuosa mujer.

Un caballero gallego de su confianza, Men Rodríguez Sanabria, había concertado la boda con doña Juana, que se celebraría en la villa de Cuéllar.

Le costó, pero finalmente había encontrado a dos obispos —los de las diócesis de Salamanca y de Ávila— que, antes de iniciarse el acto, declararon nulo el matrimonio de don Pedro con Blanca de Borbón.

Aquellos clérigos se arriesgaban a un severo castigo por parte del papa y serían llamados a Aviñón a rendir cuentas, mas la presión que sabía ejercer el rey con sólo una visita y una mirada era algo que pocos hombres soportaban.

—... y por el poder conferido por la Santa Iglesia, os declaro unidos por la sagrada institución del matrimonio —escuchó al fin don Pedro.

—Señora de Dueñas y Castrojeriz y del alcázar de Jaén, no está mal, hermana. Pero... —le decía Fernán Ruiz de Castro a doña Juana en el banquete.

—No te preocupes, hermano. Sé bien cómo hacer que el rey declare oficialmente lo que esta noche se consumará: que soy la legítima reina de Castilla y León.

Fernán se sonrió. Miró a su hermana: una mujer bellísima, tanto como su otra hermana, Inés de Castro, la que hizo perder la cabeza al príncipe heredero de Portugal y había sido su amante incluso en vida de su mujer legítima, de la que Inés fuera dama de compañía.

Sus hermanas, se dijo De Castro, sabían volver loco a un hombre, pues los encantos de ambas radicaban en su intelecto tanto como en su extraordinaria belleza.

Don Pedro se encerró aquella misma noche con su nueva esposa y se dedicó a aplacar su lujuria, a la vez que buscaba tener un heredero que fuera legítimo, ya que, a diferencia de la niña que tuvo con María y del nuevo hijo que estaba por venir, su unión con Juana de Castro la refrendaba la Iglesia, dijesen lo que dijesen el papa o la nobleza.

No habían pasado ni dos días de los esponsales cuando un mensajero llegó con noticias aciagas.

—Mi señor, el hermano de doña María os manda esto.

—¿Don Diego? —dijo el rey al tiempo que se ponía un sayo de seda y salía de la alcoba donde yacía doña Juana, exhausta tras dos noches de sexo sin descanso.

—No, alteza, el otro. El comendador Villagera.

Don Pedro le arrebató la carta al emisario. Algo no debía ir bien. La leyó de corrido.

Mi señor rey, don Pedro de Castilla y León, por la gracia de Dios... bla, bla, bla...