9. El alzamiento nobiliario
El alzamiento nobiliario
No se había visto nada igual en mucho tiempo, los más viejos no recordaban algo parecido.
El río Guadalquivir venía muy lleno por las incesantes lluvias que arreciaron durante días por todo el reino y finalmente, tras el enésimo aguacero, se desbordó el cauce.
Hubo cientos de muertos y desaparecidos, arrastrados de improviso.
El agua llegaba hasta la barriga de las bestias, las casas y calles se inundaron hasta el primer piso, se vinieron abajo muchas de ellas.
Gatos, perros y gallinas componían un paisaje inusual subidos a los techos.
—Majestad, la plebe anda asustada y revuelta. Se han llenado las iglesias. Todos piden la comunión y ruegan perdón por sus pecados.
Henestrosa, que ya ejercía la privanza del reino, había llegado en barca hasta la alcazaba. Tal era la situación de las calles de Sevilla que parecían las de Venecia.
—Eso está bien. Un pueblo piadoso y temeroso de Dios es bueno para el reino. Yo también me he confesado hoy mismo. —Asomado a la balconada, don Pedro miraba con aire despreocupado.
—Sí, alteza. Pero comienzan los rumores, unos maledicentes, otros de pura ignorancia. Ya los hay que achacan este desastre a la situación en la que tenéis a la reina. Un castigo del Altísimo por los pecados de nuestro rey, dicen.
Había sacado a la reina doña Blanca de Tordesillas, adonde llegó con doña María, y ordenado su encierro en la fortaleza de Arévalo, con tal guardia que ni la reina madre podía verla. No permitiría que los nobles levantiscos llegaran a ella y la utilizaran como bandera. Don Pedro frunció el ceño.
—¿Cómo se atreven? Arrestad a esos. ¡Sacad esas ovejas negras del rebaño de mis vasallos!
—Mi señor, si me permitís, sería mejor abordarlo de otro modo.
Ya en tiempos de vuestro padre, cuando hubo alguna desgracia natural, el pueblo bajo y alguna oportunista nobleza hablaron de castigo divino por la concupiscencia del rey.
—Henestrosa medía sus palabras; su rey estaba haciendo lo mismo con su sobrina, eso no podía negarse, por lo que el vulgo no carecía de razón—.
Os sugiero —continuó el privado— que os prodiguéis en limosnas, que ordenéis a todos, vuestra propia guardia incluida, que colaboren con los achiques de agua y la reparación de los destrozos.
Un pastor que cuida de su rebaño, eso es lo que deben ver.
—María ya está con sus damas ayudando a los niños. Y ha vaciado mis despensas repartiendo entre los ancianos.
—Sí, mi sobrina siempre ha sido un pozo de bondad, alteza. Pero el pueblo ha de ver a su rey a la cabeza, no sólo cuando va a la guerra, sino en esta batalla contra la calamidad.
Don Pedro se quedó pensativo. Henestrosa le daba un consejo que no le hubiera dado Alburquerque. Quizá fuera porque no provenía de una gran familia, de esas tan despegadas de la vida mundana, pero también era, se dijo, el carácter de su nuevo privado, más amable que el del anterior.
—Tenéis razón, don Henestrosa. Disponedlo así. Y haremos algo más: yo mismo encabezaré el reparto de alimentos, dirigiré la reconstrucción de los diques y terminaremos oficiando una gran misa en San Clemente. Avisad al arzobispo.
—Excelente idea, mi rey.
Otra barca se aproximaba por lo que el día de antes era la calle de acceso al palacio.
—Ya ha llegado el camarero mayor —dijo don Pedro al verla—. Os espero a ambos en mi cámara. Reordenemos los oficios hoy sin falta.
No se trataba del fiel Gutierre. Ya antes de viajar a Sevilla el rey lo había destituido y en su lugar nombró al hermano de su amante, a Diego de Padilla.
Don Gutierre Fernández de Toledo fue postergado sin un motivo de peso.
Era cierto que fue de los aupados por Alburquerque y que también fue muy amigo del noble rebelde de Aguilar, el ejecutado Alonso Coronel, pero lo que realmente pesó fue la ambición del Padilla.
«Yo jamás os traicionaré, mi rey —le había dicho don Diego—, y de este modo le enviáis un mensaje definitivo a Alburquerque, por si no entendió lo de aquellos caballeros que por poco se nos escurrieron entre los dedos.»
Así fue. Gracias al aviso de María de Padilla, los dos Alvar escaparon con las huestes del rey pisándoles los talones.
Uno llegó a Salamanca, mientras el otro, De Castro, fue directo a las tierras de Alburquerque en Portugal, pasando de largo las posesiones que el magnate tenía en la Extremadura castellana.
Allí se reunió con el noble portugués y pidieron refugio en la corte lusitana.
En esa corte estaba la hermana de aquel caballero gallego, la bellísima doña Inés de Castro, una dama que se había amancebado con el heredero al trono portugués en contra de la voluntad del rey luso.
Aquella historia del país vecino también salpicaría a la Corona castellana.
—Bien, señores, todo está dispuesto, pues. Que los escribas tomen nota.
—Canciller, don Juan Fernández de Henestrosa; camarero mayor, don Diego García de Padilla; comendador de Castilla de la Orden de Santiago, don Juan García de Villagera; alguacil de Sevilla, don Juan de la Cerda; copero mayor, don Alvar García de Albornoz; guarda mayor, don Fernán Pérez Portocarrero...
Y así continuaba la lista con nombres de aquellos que se significaron como enemigos de Alburquerque o que eran familia de Padilla y Henestrosa, como el caso de Villagera, hermano por línea bastarda de María y Diego de Padilla, al que se le encargaba la encomienda santiaguista de Castilla.
« Encomienda , eufemismo con tal de no decir propiedad , que no sería apropiado para esas órdenes que dicen profesar voto de pobreza», se sonreía Samuel ha-Leví en la puerta.
Cuando vio a los Padilla abandonar la sala se acercó al rey con una reverencia.
—¿Qué os trae por aquí, Samuel? Ya firmé todas esas cartas recaudatorias que tanto urgían.
—Mi rey, ha venido un miembro de mi comunidad que vivía en Flandes, prestamista en el comercio de la lana. Me ha contado cosas muy interesantes sobre cómo allí apenas afectó la Gran Peste y, a diferencia de otros sitios, no sufren rebrotes.
—Decidme que vuestro par sabe cómo lo han hecho esos flamencos.
—Sí, alteza. Trae medidas muy razonables, sobre todo en lo que a prevención se refiere. Pero tendréis que ordenar a vuestro pueblo que evite ciertos remedios que, con todo respeto, no están funcionando.
—Ya vi que muchos que huían de las ciudades, donde ha muerto más gente, resultaban infectados igualmente, aunque se aislasen en el campo.
—Y los rezos a Yahvé, procesiones a Cristo y ruegos a María no... no siempre han ayudado —dijo casi en un susurro el judío.
—Como tampoco esas patrañas sobre mendigos y pobres a los que se acusaba de haber esparcido pociones pulverizadas en aguas y alimentos, aunque por tortura confesasen que alguien se lo había ordenado. Incluso si fuere cierto, ¿de qué servía ya a toro pasado?
El rey hablaba sobre casos que se dieron por la paranoia de la gente, que necesitaba buscar alguna explicación, un chivo expiatorio, que en ese caso no fueron los judíos, sino los pobres y los más menesterosos. Leví negó con la cabeza y dijo que eso era una injusticia que además se revelaba inútil.
—¿Entonces? —inquirió el rey.
—Hay que evitar las aglomeraciones, alteza. Precisamente las misas y procesiones favorecen la pestilencia.
—Ni mis cristianos ni vuestros compadres judíos y tampoco los mahometanos que viven en mis reinos verán eso con agrado. No puedo privar al pueblo de su Dios.
—Bueno, solamente se debería aplicar cuando veamos casos y sólo por un tiempo limitado, una cuarentena. Y sugiero que empecemos ahora. Tras una riada siempre llegan enfermedades. Y la peste negra la tenemos muy cerca.
—Sois un hombre sabio, no sólo con los números, Samuel ha-Leví.
—Os agradezco el cumplido, majestad.
Cuando ya salía, el judío dijo algo más.
—Y las ratas.
—¿Decíais, Samuel?
—Las ratas hay que exterminarlas y alejarse de ellas. Algo parecido a lo que debéis hacer vos con las que pululan en vuestra corte.
Don Pedro rio la ocurrencia.
—Las ratas van a los graneros. Así se contagian también los que huyen al campo cuando las pestilencias. Las ratas también están ahí, alteza.
—Bien. Encargaos de pagar los hombres que hagan falta para acabar con esos animales y para que pregonen a la población que ayude en su exterminio.
El rey don Pedro no dejaba de mostrar interés por mejorar las condiciones del pueblo, lo que lo hacía querido entre ese estamento.
Ya en las Cortes de Valladolid fue el primer soberano que puso límites a las jornadas que podían hacer menestrales y campesinos, fijó salarios y horarios; los contratos con los señores empezaron a hacerse por escrito y a no fiarse de la memoria oral, la tradicional forma que se reveló ineficaz cuando una parte inmensa de población se perdió por la gran mortandad.
No sólo en Castilla, sino en toda Europa, el impacto social y demográfico que culminó con la plaga cambió los usos y empezaron a dejar constancia por escrito los reglamentos de gremios, las reglas de las órdenes militares y monásticas y todo tipo de acuerdos.
La excepción antaño, que fue el fijarlos en pergamino o papel, se convirtió a partir de la segunda mitad del siglo XIV en la regla. Y ya no se abandonaría.
Marzo de 1354 Almagro (Ciudad Real), Corona de Castilla