El Fratricida 8. La manceba y la reina #5
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8. La manceba y la reina #5

La otra reina presente, la reina viuda de Aragón, se unió al consuelo. Se abrazó con ellas y habló lento.

—Malditos hombres, sí. A mí me dejó plantada en la iglesia sin motivo un príncipe aragonés. Fue la primera vez que me quisieron casar con esa Corona para hacer una alianza —recordó esos tiempos en que apenas era una muchacha.

—Mi marido Alfonso XI, vuestro hermano, sólo era un niño —asintió María—. Y cuando llegó al trono, os sacó del monasterio en el que pasasteis años apartada a la espera de poder casaros a pesar de la vergüenza.

—En realidad, fue el rey aragonés el que más vergüenza pasó.

Su hijo prefería a los hombres y se hizo monje —explicó Leonor—.

El rey de Aragón me pidió disculpas y, llegado el momento, su sucesor enviudó y acordó con mi hermano Alfonso mi matrimonio.

Así, diez años más tarde, llegué finalmente a ser reina de Aragón.

Doña Blanca, entretenida con la conversación de las otras, dejó de hipar y se secó la cara. Si se mantenía firme, pensó, al final podría ser como aquellas dos mujeres que la acompañaban y que, tras sus desengaños, habían conseguido reinar.

—El rey don Pedro consumó su matrimonio conmigo —dijo de pronto, muy seria.

Doña María la miró con piedad. Aquella mujer iba a pelear, como ella hizo, contra el demonio de la carne, contra la ingratitud del destino.

Se vio reflejada en ella, en aquellos ojos azules que la miraban buscando apoyo y consuelo.

Y se juramentó para no abandonar a su suerte a su nuera, aunque eso la enemistase con su hijo.

—Nos marchamos de aquí, doña Blanca. Vendréis conmigo a Tordesillas. Me temo que se va a desatar una guerra.

Leonor de Castilla miró a su cuñada portuguesa y a su nuera francesa.

Empatizaba con ellas. Eran mujeres usadas como peones en el juego de los hombres.

Pero los señores olvidaban que, desde fuera del tablero, bien se podía dirigir la partida.

Ella tenía dos hijos, los que llamaban «los infantes de Aragón».

El mayor de ellos, Fernando, marqués de Tortosa, tenía derechos sucesorios a ambas coronas, Castilla y Aragón.

En tanto el rey don Pedro I de Castilla no engendrase un hijo legítimo, él estaba el primero en la línea al trono.

Leonor se disculpó y salió de la sala. Era el momento de mover hilos ante la disputa que se avecinaba.

Olmedo, Corona de Castilla

En Olmedo las cosas se precipitaban. Llegaban noticias del disgusto de los franceses, y el vizconde de Narbona y su séquito se marcharon de Valladolid sin despedirse.

Los nobles se iban posicionando ante lo que era un escándalo mayúsculo.

Algunos veían una oportunidad para hacer caer al rey, otros, los menos, se juntaban a él.

Pero entre los que conspiraban también había facciones, cada una con sus intereses.

Tras los muros de Olmedo, el rey don Pedro se preparaba para contestar cualquier intento. La elección de aquella plaza era toda una declaración de intenciones. Situada en el corazón de Castilla, el dicho decía que «quien rey de Castilla quiera ser, Arévalo, Medina y Olmedo ha de tener».

—Don Henestrosa, ¿está todo preparado para recibir a esos caballeros de Alburquerque?

—Lo está, alteza. Mi sobrino Diego se encargará en persona, como le pedisteis.

—No quiero fallos.

—Todo se ha llevado con el máximo secreto, majestad.

—Bien. Me voy adentro. Mandad buscar a vuestra sobrina, no quiero que esté fuera de la muralla.

Extramuros, disfrutando del día veraniego, María de Padilla se solazaba con su hija y sus damas, hasta que llegaron los hombres de su tío Henestrosa para recogerlas. María se acercó a su preferida, una dama que era de su misma edad.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —le susurró.

—Mi señora, si se entera el rey...

—Nuestro rey es bueno. No quiere hacer esto. Es la presión por tantas insidias la que nubla su razón. ¡Ve!

Dos valerosos caballeros, enviados por Alburquerque para pactar con el rey su regreso a Castilla, venían por el camino del oeste.

Alvar se llamaban ambos. Uno era un bastardo del linaje de los gallegos Castro.

Sólo quedaban ellos dos, pues otros que los acompañaron con la misma misión, al pasar por Tordesillas y hablar con las reinas, sintieron miedo y dieron la vuelta.

Cerca de un granero, una mujer bien vestida y con el pelo recogido al uso de una respetable dama se acercó a ellos.

Desde luego que no era una campesina, a pesar de donde estaba.

—¿Quién sois, señora? ¿Qué hacéis sola y tan lejos de las murallas de Olmedo?

—Eso no importa ahora, señores.

—¿Necesitáis ayuda? —intervino De Castro.

—No soy yo quien la necesita, sino vuesas mercedes. Me envía doña María de Padilla.

—¿La manceba?

—Manceba o no, bien haríais en hacer caso de su mensaje. Y deberíais mostrar más respeto y agradecimiento.

—Perdonad, está claro que sois su amiga. Entregádnoslo, pues.

—No está escrito. Demasiado peligroso, incluso para ella.

—¿Y qué dice? —inquirió Alvar de Castro.

—Que si entráis en la villa, sois muertos.