El Fratricida 8. La manceba y la reina #4
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8. La manceba y la reina #4

—¡No, María! ¡Para! El canciller no es el único. También el maestre de Calatrava, ¡debías ver con qué soberbia me miraba! Los grandes quieren torcer mi voluntad. —Pedro hizo una pausa, se llevó la mano a la frente y se calmó un poco.

María no dijo nada, sólo esperaba.

—Es en la mediana y pequeña nobleza en quien he de apoyarme, ángel mío.

—Como mis parientes.

—Como ellos. Pero también otros, en todos los que ansíen escalar en prestigio y poder. Y si no es suficiente con el tema del impago de la dote, usaré lo de Fadrique.

—¿Fadrique, tu medio hermano? No entiendo.

—Hombres de mi confianza dicen que estuvo muy cercano a la Borbón cuando la recibió en la frontera aragonesa. Demasiado cercano, ya me entiendes.

—Pero... tú estuviste en el lecho con doña Blanca. ¿Acaso no era virgen?

—¡Ya te he dicho que no pasó nada! Sólo dormí en la misma cama, ni la toqué un pelo. ¿Cómo voy a saberlo? —Mintió en parte; algo le decía que una mujer enamorada, por mucho que aceptase su condición de amante, no necesita saber ciertos detalles.

—Fadrique es un freire santiaguista... ¿No los obligan a profesar el voto de castidad? —dijo ingenuamente María.

—¡Oh, vamos! Esas órdenes, Santiago, Calatrava, Alcántara... ya no son tan rígidas como las de antaño, aquellos templarios y hospitalarios... Ésos sí eran estrictos. ¡Si hasta hay clérigos que tienen barraganas! Todo es un juego de apariencias, María.

La muchacha se quedó pensativa. Sabía que lo que le decía era muy cierto. Pero, aunque lo deseaba con todas sus fuerzas, algo le decía que no podía ser tan fácil que su amado fuera libre.

—Aun así, tu madre y Alburquerque... Toda la corte pedirá pruebas, no se conformarán sin más.

—Las sábanas quedaron limpias, sin una gota de sangre. Que concluyan que no consumé, o que, si lo hice, ella no era una dama intacta. Sea como sea, tengo justa causa para anular ese enlace.

Llamaron a la puerta. Un criado traía un mensaje de un jinete llegado desde Valladolid, donde ya sólo estaba el canciller Alburquerque reunido con las tres reinas: doña María de Portugal, madre del rey; doña Leonor de Castilla, su tía paterna; y su legítima esposa, la reina abandonada doña Blanca de Borbón.

Los magnates, incluidos los primos y hermanos bastardos de don Pedro, se mantenían a la espera, dejando solos al privado y las mujeres regias para solventar la incómoda situación ante la delegación francesa.

—¿Qué sucede? —preguntó María.

—Nos vamos a Toledo. Allí nos reuniremos con el canciller y con el maestre de Calatrava. Se aproximan con una fuerza de mil quinientos hombres.

La cara de don Pedro se tornó agria. Una sombra cruzó sus ojos y María la percibió. Al rato escuchó al rey hablar con su hermano y su tío. Tras eso, Diego de Padilla salió directo para Toledo sin esperar al resto del séquito.

Almorox (Toledo), Corona de Castilla

—¿Qué pensáis, canciller?

—Que, si no consigo hacerle entrar en razón, significará que el rey me ha retirado su privanza, señor de freires.

Alburquerque cabalgaba al lado del maestre de Calatrava Núñez de Prado cuando vieron acercarse una comitiva con los estandartes reales.

En ella iba el propio Samuel ha-Leví, el judío tesorero.

Le pedía en nombre del rey que se apresurara, que necesitaba de sus consejos, pero que tornara los hombres que llevaba, que no entendía el porqué de esa desconfianza.

Cuando se marchó, el canciller se apartó de sus hombres un rato: necesitaba meditar sus siguientes pasos.

Si no acudía al llamado del rey, su cancillería estaba perdida.

Pero si Pedro ya no confiaba en él y acudía, quizá la pérdida implicara su vida.

—Y bien, don Juan Alfonso, ¿qué hacemos?

El portugués miró al maestre sin pestañear, la mirada lejana.

—Un confidente de los que acompañaba al judío Leví me ha dicho que han cerrado todas las puertas de Toledo, salvo una: la de Bisagra.

—Pero en Toledo están los Fernández de Toledo, afines a vuestra casa. Don Gutierre, el camarero mayor, es...

—Le han quitado el mando de esa entrada. —Su rostro se ensombreció—. Son los Padilla y su gente los que ahora la controlan.

El calatravo enmudeció. Alburquerque pateó una piedra y gritó al cielo.

—¡La puta de la Padilla está jugando ahora mismo con mi cabeza ante el rey!

—¿Ella o sus parientes?

—¿Es que hay alguna diferencia?

Pese a aquellas inquietantes noticias, canciller y maestre acordaron hacer un último intento.

Avanzaron hacia Toledo, aunque sin rebasar la villa de Fuensalida, a seis leguas de la ciudad del Tajo.

Alburquerque se sentó para redactar una misiva al rey y, estando en esas, llegó un mensajero real apremiando que fueran sin falta a ver a don Pedro.

—¿Pensáis lo mismo que yo, don Alburquerque? —frunció el ceño el maestre.

—Ese muchacho coronado olvida que la experiencia que da la edad es un grado. —Escupió al suelo.

—Ordenaré preparar la retirada.

—Será mejor que nos separemos. Id a vuestro maestrazgo, yo lo haré a mis tierras en la frontera portuguesa. ¡Buena suerte, calatravo!

—¡Con Dios, canciller!

Valladolid, Corona de Castilla

Inesperadamente, los mismos Padilla aconsejaron al rey que hiciera caso a los ruegos de su madre y la nobleza y volviera a Valladolid.

Ausente Alburquerque, era el momento de aparecer como los nuevos hombres fuertes; además, el rey podría atraerse más a sus medio hermanos, no perder el apoyo de la reina madre y calmar a los franceses.

María de Padilla vio con tristeza cómo su tío y su hermano se conformaban con que ella fuera una manceba y la utilizaban para sus propios fines mientras su amado rey la dejaba de nuevo.

Así se habían despedido, y ahora el rey de Castilla debía hacer frente a las recriminaciones de su madre.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho, Pedro? Me has roto por dentro. ¡Repites lo que tu padre me hizo a mí!

Él la miraba sin inmutarse. Por dentro le corroía el remordimiento por dañarla, pero la pasión por su amante era más fuerte.

—Hijo mío, doña Blanca es una buena mujer. No merece pasar por lo que pasé yo, por lo que tú y yo pasamos.

El rey no apartaba la mirada, pero callaba: ni admitía el daño ni se defendía, ni se disculpaba, como cuando de niño recibía alguna reprimenda. Se limitaba a dejarla hablar.

—Todavía estás a tiempo de arreglarlo —insistía ella—. La nobleza anda revuelta. Lo sabes. Es mucho lo que arriesgas.

Don Pedro se volvió en silencio. Antes de salir, aún escuchó a su madre gritar:

—¡Esa corona la llevas por mi sacrificio! ¡Aguanté las humillaciones de ver a tu padre con una fulana durante décadas sólo para que tú, mi hijo, fueras rey!

Don Pedro cerró la puerta.

Los reyes, Pedro y Blanca, pasaron otros dos días en la intimidad.

La corte y el pueblo daban el asunto por finiquitado y respiraban aliviados, como si todo hubiera sido un mal sueño.

El mal menor, cotilleaban, sería que el rey siguiera viendo con discreción a la manceba hasta que se cansase de ella o tomase una nueva.

Nada extraño en los matrimonios reales. Lo importante era que su reina se comportase y se viese como tal, y que diese herederos.

La situación que provocó Alfonso XI fue anómala.

Su legítima mujer, María de Portugal, le dio herederos, pero él nunca le dejó ser reina.

Nadie supo qué pasó aquellos días. Luego don Pedro aduciría que había obtenido confesiones de una actitud inmoral de la reina y siguió negando que hubiera consumado el acto con ella porque, además, ésta habría admitido que el rey francés no podía pagar el montante de la dote.

No parecía que doña Blanca pudiera saber sobre ese asunto de dineros, pero los hombres del rey darían por justificado que, ante el impago, no culminara lo pactado en los esponsales.

Así, de improviso, se produjo la segunda espantada de don Pedro.

Salió con sus fieles y sus tropas y se dirigió a Olmedo, donde al poco se reunió con María de Padilla. Nunca más volvería a ver a la reina.

—Llora, mi niña, llora. Te entendemos. ¡Malditos sean los hombres!

La reina madre abrazaba a la reina doña Blanca. La muchacha era un mar de lágrimas y no podía articular palabra sin tartamudear.

—¡Es mentira! ¡Es mentira! —balbuceaba—. ¡Si el rey quiere repudiarme, que no manche mi honor ni mi nombre!