8. La manceba y la reina #3
Así pasaron la primera noche los reyes de la Corona castellana.
La joven reina, al principio asustada por lo que iba a pasar, luego aliviada por no haber tenido que consumar un acto que le habían dicho que era molesto y doloroso la primera vez, después asaltada por la preocupación de estar haciendo algo mal y no cumplir con lo que se esperaba de una noble dama, que no era otra cosa que llevar el casamiento a su fin y dar lo antes posible un heredero a su nueva familia, a la de su marido.
Por su parte, el rey fingió dormir y, en cuanto comprobó que doña Blanca lo hacía de veras, se alivió él mismo.
Varias veces en la velada. No le hacía falta siquiera pensar en su dulce María, sino que sólo con ver allí a su lado aquel hermoso cuerpo sin desflorar, a su entera disposición, a una orden suya, a un gesto, lo tenía sumamente excitado.
A la mañana siguiente continuaron los festejos en Valladolid.
En las afueras, en un recodo del río Pisuerga, se levantó un palenque con palos y cuerdas para celebrar una justa.
El sol, que ya estaba bien alto para que ningún combatiente pudiera tener ventaja, calentaba con fuerza.
Los caballeros, recubiertos de hierro, protegían sus armaduras de los rayos con las sobrevestas, telas ligeras en las que iban bordados los colores de su casa.
—Eran más frescas las lorigas de nuestros antepasados, aquellas cotas de malla anilladas —le comentaba don Gutierre al rey.
Estaba sentado detrás de él, pues como camarero mayor debía estar atento a cualquier necesidad del soberano y ordenar con eficacia los sirvientes de su casa.
—Sí, mi buen Gutierre. Ahora vamos más protegidos, con corazas y placas que nos blindan mejor ante las acometidas del contrario, pero en verano se puede freír un huevo sobre ellas.
Los que estaban cerca rieron la gracia. Uno de los caballeros franceses se lo tradujo al oído a la reina, que se apresuró a sonreír a su esposo.
Blanca llevaba toda la mañana mostrando la mayor de las atenciones para el rey, amable y sumisa hasta el extremo, como le habían enseñado que gustaba a los hombres, y más si eran poderosos. La reina madre no perdía ojo.
—No creo que anoche pasara nada entre los regios esposos —susurró al canciller a su lado.
—¿Por qué lo decís, mi señora prima? Al rey se lo ve muy relajado, como cuando un hombre ha sacado toda su esencia dentro de una buena hembra... y disculpad la expresión —añadió al advertir que había podido ofenderla.
—Os recuerdo que yo también tuve esas experiencias, primo.
No me escandaliza nada de lo que pudierais insinuar.
Pero soy mujer y me acuerdo de mi vez primera.
Por más que intentes esconderlo, de un modo u otro se nota en la cara.
Incluso en la forma de caminar, ya me entendéis. —Doña María se levantó de pronto.
—¿A dónde vais, prima? A la justa le queda aún un buen rato.
—Observad: la reina doña Blanca se ausenta a los excusados. Voy a confirmar mis sospechas.
Sonaron las trompetas. Un caballero castellano enfrentaba a uno francés.
Se enfilaron buscando hacer perder los estribos al otro; esto era, desmontarlo sin hacerse un daño real, aunque esas lides acabasen en ocasiones con algún hueso roto.
Las lanzas estaban romas y no se permitía apuntar a ninguna parte sensible, como eran las juntas de las placas de la armadura del adversario, o dañar a su corcel.
—¡Sacrebleu, eso ha sido falta! —exclamó el vizconde de Narbona al ver caer a su caballero.
—Yo así no lo creo, vizconde. Esperemos a ver qué dicen los jueces —respondió don Pedro, que no había reparado en que su reina no estaba.
Tras un momento, desde la tribuna a pie de pista levantaron un banderín negro. Uno de los jueces explicó a los asistentes que el jinete castellano había golpeado en la montura del francés.
—Os lo decía, alteza. Ése es mi mejor caballero, nunca es derribado.
—Veremos qué tal se le da en el alarde de esta tarde. Ahí ya es un torneo, combatirán por grupos, monsieur, y mis castellanos se manejan muy bien, son la mejor caballería cristiana; del mundo, por tanto.
—No dudo de que sean buenos, pero la mejor caballería, majestad, es la francesa. Europa entera lo sabe. Aquí perseguís sombras africanas en sus rápidas monturas, apenas enfrentáis caballería pesada, salvo la de esos nazaríes de Granada.
—¿Tan buena como en Crécy, señor vizconde? —El rey sonrió con malicia—. ¿Queréis apostar?
El noble francés se mordió la lengua. Don Pedro había nombrado una batalla que era una humillación muy sentida en la nobleza de Francia.
En ella, el rey Eduardo III de Inglaterra y su hijo, el que llamaban el Príncipe Negro, habían diezmado a la orgullosa caballería francesa: varios nobles de alto linaje quedaron muertos sobre el campo de batalla y otros tantos fueron capturados.
Se decía que casi dos mil caballeros y hombres de armas franceses murieron ese día.
Uno de los supervivientes fue el duque de Borbón, el padre de doña Blanca.
—Acepto, alteza.
—Cerremos la apuesta con un brindis entonces. Los caldos de esta parte de España son los mejores del mundo.
El vizconde tenía otra opinión, pero no quiso entrar en más polémicas. Saboreó el vino castellano, que venía de la ribera del Duero. Tuvo que reconocer que era excelente, a la altura de los de Burdeos. Pidió que la siguiente copa no se la aguaran. Don Pedro lo imitó con ganas.
La segunda noche con su esposa fue más difícil que la primera.
Don Pedro se sentía algo alterado por el vino y muy desinhibido, y al llegar a su lecho se encontró con su mujer recostada en él, totalmente desnuda, el pelo suelto, sólo tocado con una diadema de oro que el almojarife Samuel ha-Leví estimó en más de dos mil quinientas libras al verla.
Le entraron unas ganas locas de poseerla, pero se refrenó.
Le dio la espalda mientras se desvestía.
Entonces sintió unas manos suaves que lo abrazaban por detrás, acariciándole el pecho.
Antes de darse cuenta se había dado la vuelta y tenía cogida a la muchacha por la melena.
La sujetó con fuerza, la chica gimió por el tirón de pelo, pero se dejó guiar hasta que su cara estaba enfrente de su miembro.
Se lo introdujo en la boca, moviéndolo adelante y atrás al ritmo que marcaban las manos del rey en su nuca, pensando sólo en darle placer para que quisiese volver a ella.
Pero, a la vez, era consciente de que lo importante era ser penetrada por donde sus damas le habían explicado poco antes de tener el menstruo que se hacían los niños.
La boca de ella se manejaba inexperta, y eso, lejos de ser un impedimento, excitó aún más a don Pedro.
Tenía una virgen a su disposición, alguien que no podía medirlo con nada anterior, una hembra sumisa y desvalida ante su poder varonil.
Se sintió poderoso, sin límites, y notó que iba a correrse.
Entonces dudó. Estaba dejándose llevar por sus deseos y se había propuesto no consumar el matrimonio. Se retiró, alejando su miembro de ella.
—Mi rey... —dijo Blanca echándose hacia atrás.
La francesa lo miró resuelta, como le habían aconsejado, y se abrió de piernas, dispuesta a acogerlo con todo su cuerpo. Él se quedó mirándola, con el miembro palpitante, sin aproximarse. Entonces ella se dio la vuelta, poniendo su culo en pompa y agarrándose a la cama.
—Sé lo de vuestra amante, mi señor. Puedo quedarme así y que finjáis que soy ella si os place. No me importa, vos sois mi rey y yo soy vuestra.
Pedro no pudo aguantarse más, pero no podía penetrarla, no si quería que María, su ángel, fuera algún día su esposa, su reina. Así que usó la mano y se vino sobre las nalgas de ella. Ante la sorpresa de Blanca, que aún no entendía lo que pasaba, el rey se vistió de nuevo.
—Limpiaos y vestíos. Parecéis una ramera.
—Pero, pero... ¿qué he hecho? Vuestra madre me dijo, me...
—¡Mi madre! ¡Siempre me tuvo bajo sus faldas y ahora se mete también en las vuestras!
Con un grito y un portazo, el rey salió de la estancia.
Se dirigió a las cuadras y despertó a sus más fieles sirvientes, entre ellos a don Diego de Padilla.
No podía quedarse. Otra noche más y sería incapaz de contenerse.
Por ello deseaba y aborrecía a la vez a la doncella francesa. No quería volver a verla.
Puebla de Montalbán (Toledo), Corona de Castilla
No muy lejos de Torrijos, al sur, también a mitad de camino entre Talavera de la Reina y Toledo, don Pedro se refugió en Puebla de Montalbán con su amada María de Padilla. Llena de dicha al verlo de vuelta, esta vez ella no intentó convencerlo de que era un error y de que ponía todo en riesgo.
—Ese matrimonio no es válido. Pueden decir lo que quieran, repudiaré a doña Blanca.
—Mientras el papa no lo diga, estás casado, Pedro. Y eso me convierte en tu manceba.
—Si mi padre pudo reinar así, yo también podré hacerlo. Tengo una amante, más hermosa que la que él tuvo. Y no dejaré que nadie nos separe.
—¿Qué vas a hacer ante la presión de la nobleza? Insistirán en que consumes el matrimonio. Hay mucho en juego.
—El rey francés no ha cumplido. Todos lo saben.
De los trescientos mil florines de oro de la dote sólo ha adelantado un pequeño pago.
—Pedro caminaba y gesticulaba al mismo tiempo—.
Creo que no tiene el dinero. Mientras que yo sí he entregado las arras pactadas a su prima.
—Se resistía a llamarla «la reina»—. Blanca de Borbón ya es señora de Arévalo, Sepúlveda, Coca y Mayorga. ¡Ja!
—Ruego a Dios que eso baste al menos para que la mayoría se ponga de tu parte, mi amor.
—Esos ricoshombres son torticeros y ambiciosos. No creo en ellos, ¡no me fiaré ni siquiera de los que no protesten! Y ese maldito Alburquerque, siempre una sombra que vela sólo por sus propios intereses. ¡Todavía me ve como a un niño y se cree que puede manejarme!
—Pedro, mi amor, mi padrino y su mujer son...