El Fratricida 8. La manceba y la reina #2
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8. La manceba y la reina #2

La lana. Principal producto castellano, de apreciada fama en Europa.

La obtenida de las ovejas merinas superaba de largo a la de otras razas ovinas, ya fueran de las islas británicas o los valles germanos.

En Flandes habían elaborado un nuevo tipo de paño de más calidad, que llamaban nouvelle draperie , y hacían unos tapices con un nivel de detalle tan excelso que requería de la pureza, finura y uniformidad del ensortijado característicos de la lana castellana.

Y con los despoblados que causó la Gran Peste y sus rebrotes, campos enteros quedaron desiertos, dejando un espacio que ocuparon los rebaños, multiplicándose.

Los grandes señores, propietarios de la mayoría de las tierras, obtenían ingentes rentas del comercio de la lana.

—¿Y quién controla Flandes? —seguía el canciller con su discurso—. El reino de Francia, que desde el inicio de la guerra ha cortado el acceso de los pañeros flamencos a la lana inglesa. A nuestra nobleza le conviene cerrar una alianza y, en ningún caso, desairar al rey francés.

«Y tú, Alburquerque, viejo zorro, eres uno de esos señores de la lana. ¿Te pondrías en mi contra si se deshace la boda? Apuesto a que sí», cavilaba don Pedro.

—Perdonad, mi rey. Ya no sois el niño al que con tanto esmero eduqué. Tenéis razón, no más lecciones, salvo, si me permitís, recordaros que un rey puede tener las amantes que quiera, de modo discreto. Mientras no haya concubinato público, yo brindo por ello.

En esto mentía. Alburquerque veía que la influencia de los Padilla era cada vez mayor.

Hombres auspiciados al principio por él mismo, un error que ya solventaría.

Pero ahora necesitaba darle una salida a aquel joven inexperto y sobreexcitado que no veía más allá del coño de una dama.

Su objetivo era que el rey se casara con la princesa de Borbón y consumara el matrimonio.

Hecho eso, que el rey don Pedro se desfogara cuanto quisiera con cuantas Padillas tuviera menester.

Y él mismo, si hacía falta, se las llevaría hasta su alcoba mientras, por otro lado, se ganaba a la reina francesa y enviaba al olvido a los parientes de la amante.

Junio de 1353 Valladolid, Corona de Castilla

Finalmente se celebraría la boda real. No sin antes una última dificultad: los medio hermanos del rey, Enrique de Trastámara y Tello, que habían sido invitados a la ceremonia, no confiaban en el canciller Alburquerque, así que se presentaron en la villa de Cigales, a un par de leguas de la ciudad, con una gran fuerza de hombres.

Más de medio millar de jinetes y un millar de peones protegían a los bastardos reales de una celada.

El propio don Pedro salió con sus tropas hasta verse allí con ellos, acompañado de su canciller. Un arroyuelo los separaba.

—¡Eso que veo es intolerable! —vociferó el rey.

Don Pedro había visto a uno de los caballeros del otro lado con los distintivos de la Orden de la Banda, la orden de caballería que fundó su padre el rey Alfonso.

«Hay que demostrar quién manda», se dijo.

Llamó a un doncel de los que lo acompañaban y lo envió al otro lado para que le dijese al caballero que se quitase las enseñas, pues sólo los vasallos del rey podían llevarlas.

Hubo un momento de tensa espera. El noble no dijo nada; en silencio comenzó a despojarse de la sobrevesta y las cintas en las que lucía la banda de tafetán negra engolada en dragantes.

—Atentos, majestad. Ese caballero es quien cruza ahora el arroyuelo.

El canciller envió unos escuderos hasta el hombre, que traía un documento firmado por el conde de Trastámara y su hermano don Tello. Los hermanos del rey presentaban sus reservas a acudir a la boda.

—Quieren que se les dé seguro de sus personas y sólo acudirán tras acordarse un intercambio de rehenes. ¡Malditos presuntuosos! —Alburquerque arrugó en un puño el escrito—. Esto es un insulto, majestad.

—Querido canciller, ¿no me habéis dicho hasta la saciedad que cuantos más magnates acudan, mejor? Que la corte vea que no hay fisuras, y que tampoco lo vea Francia.

Alburquerque seguía con el ceño fruncido y la mirada hostil hacia los bastardos.

—A mí tampoco me agrada —insistió el rey—, pero escuché vuestros consejos y aquí estoy para esa boda de conveniencia. Debería aceptar, don Juan Alfonso.

—Eso era antes de todo esto..., este alarde de fuerza, estas palabras. Pero, si es voluntad de vuestra alteza, siempre a vuestro servicio, mi rey.

Tras unos titubeos y discusiones con los hijos de la Guzmán sobre la calidad de los rehenes, llegaron a un acuerdo.

Don Pedro hasta sugirió cerrar el trato con una cena a la que asistieron los dos bastardos reales, el propio rey y su privado.

De este modo, Enrique y Tello se unían al resto de la gran nobleza castellana que desde hacía semanas esperaba en Valladolid la celebración del ansiado enlace.

Ya de camino a Valladolid, el rey cabalgaba junto a su privado apartado del resto.

—¿Sabéis, majestad, que la excusa de que no se fiaban de mí no era sino eso, una excusa? Vuestros hermanos no se fían de vuesa merced.

—Puede, don Alburquerque, puede. Más bien, no se fían de ninguno de los dos. Pero eso lo cambiaré. ¿No me dijisteis hace tiempo que hay que usar todo recurso a nuestro alcance?

—Así es, mi rey, pero con cuidado. La verdad es que yo los hubiera apresado por la insolencia de presentarse con gente armada, pero no habéis querido hacerme caso, cosa que, por supuesto, respeto y os apoyaré en lo que sea menester.

—Don Alfonso, me obligo a casarme como queréis vos y el resto de los magnates. Por la unión y paz del reino. Pues bien, que esto sea muestra de que los perdones que les concedí a estos vástagos de la Guzmán no fueron en vano y que mi deseo es ver un reino unido y en paz.

Don Pedro había hecho bueno el dicho de «si no puedes con tu enemigo, únete a él».

Sabía que cuanto más cerca los tuviese, mejor los podría vigilar y controlar.

Y tenía la esperanza de que su clemencia y el reconocimiento que les daba al integrarlos en la corte para un acto tan egregio como una boda principesca fuera correspondido con, al menos, una disminución de su suspicacia; que se confiasen era lo que buscaba.

«Este polluelo ya vuela solo», mascullaba Alburquerque mirando de reojo a su antiguo pupilo.

La boda se celebró el 3 de junio en la iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid.

El despliegue de medios, festejos y suntuosa ceremonia llenó de maravilla al pueblo, que veía con esperanza la unión de los que habían sido enemigos.

Hizo de padrino el canciller, don Juan Alfonso de Alburquerque, y de madrina la tía del rey, doña Leonor de Castilla, reina viuda de Aragón.

Una vez terminado el acto, desfilaron por las calles con el rey don Pedro I de Castilla y la reina doña Blanca de Borbón a la cabeza, vestidos en paños de seda blancos entretejidos de oro y bordes de armiño, a lomos de sendos palafrenes bayos.

Los dos iban coronados: destacaba por su magnificencia la corona de la reina, que era parte del fastuoso equipaje que trajo consigo y estaba valorada en tres mil doscientos escudos de oro.

A pie, delante de ella, sujetando las riendas de su montura, marchaban el conde don Enrique y el señor don Tello, mientras que el mayor de los infantes de Aragón, Fernando, hacía lo propio con el caballo de su madre Leonor.

Su hermano Juan guiaba la mula de la reina madre doña María de Portugal, que también vestía de seda y pieles.

La comitiva que los seguía iba integrada por los próceres del reino, entre los que se significaba el otro medio hermano del rey, Fadrique, maestre de Santiago; también estaba el maestre de Calatrava, Juan Núñez de Prado, seguido de cerca por el que fue su enemigo en el asedio de Aguilar, don Juan de la Cerda, yerno del ejecutado Coronel que fue a buscar tropas moras en socorro de su suegro y al que el rey había retornado a su merced.

Por último, entre la gran nobleza presente destacaba don Fernán Ruiz de Castro, un magnate gallego con tanto poder en sus tierras que en su familia actuaban casi como reyezuelos.

Se celebraron los festejos conforme mandaban las costumbres, aunque por parte de Pedro bien pudo tratarse de la boda de un tercero, pues en ese tiempo era la Padilla quien ocupaba sus pensamientos, hasta el punto de que sólo en la intimidad de la alcoba real del palacio de Valladolid se fijó por primera vez en quien era ya su esposa.

Era doña Blanca una muchacha bella, de piel blanca, pelo claro y ojos azules, con la frescura propia de sus dieciséis años.

Originaria de la zona de la Île-de-France, su tío materno fue el rey Felipe VI de Francia, primero de la dinastía reinante Valois, y era hija del duque de Borbón, nieta por ese lado de reyes de la anterior dinastía Capeto. Sangre real por todos lados.

«¡Pardiez! Qué carne tan lozana y apetitosa gasta la dama. Pero no debo, si quiero anular este matrimonio algún día, no puedo, ¡no!»

Cualquier hombre, y más uno en pleno vigor juvenil, se hubiera encamado sin pensar con aquella muchacha, un regalo de los dioses, un manjar selecto.

Pero don Pedro estaba prendado de su María, de aquella mujer que lo traía loco de pasión.

Y no era que no tuviese pensado desfogarse con otras mujeres, aunque estuviese con ella, a la que guardaría un lugar en su corazón y quería para siempre junto a él.

Pero, si consumaba el matrimonio con aquella guapa francesa, ante la Iglesia estarían plenamente casados.

—Mi señor esposo, mi rey... ¿Acaso he hecho algo mal? ¿No... no os gusto?

La dama chapurreó aquellas palabras con un acento francés muy sensual a oídos castellanos.

—No es eso, mi señora esposa. Hay tiempo. Durmamos, se me ha subido el vino.