El Fratricida 8. La manceba y la reina
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8. La manceba y la reina

La manceba y la reina

El rey estaba feliz. Por primera vez sentía que su vida le pertenecía, había encontrado una persona con la que compartir sin reparos sus pensamientos y en la que buscar refugio cuando algún recuerdo atormentaba su mente: María, la dulce María de Padilla.

Aquella mujer que siempre tenía palabras amables para él, que asumía sin dudar sus decisiones y que, a pesar de los rigores de la guerra, estando embarazada, lo acompañaba sin separarse de él, tal como él requería.

Tras la victoria en Aguilar, habían marchado a Córdoba, donde la fértil María le había dado el primero de sus hijos. Apenas diez meses después de conocerse, su amante alumbró una niña a la que pusieron de nombre Beatriz.

—Siento, mi señor, que no haya sido un niño —le dijo ella con la cara todavía desencajada por el esfuerzo.

—Ya llegarán. Ya llegarán. Ahora recuperaos, que ardo en deseos de volver a vuestro lecho, mi dueña.

—Pedro, mi rey, yo también lo deseo. Pero no olvido que tenéis promesa de boda con una francesa y que serán sus hijos los que cuenten.

—Así debe ser, me dicen. Pero ya veremos... Yo soy el rey, por la gracia de Dios. ¡Eso ha de contar algo! Por el momento, a esta niña que tienes en tus brazos la dotaré con las villas confiscadas a Coronel.

—No sabéis cuánto me alegra escuchar eso, mi señor.

—Beatriz será la señora de Montalbán, Capilla, Burguillos y Mondéjar. Y su madre es desde ahora mismo la titular del señorío de Huelva.

Junto a ellos, el camarero mayor, don Gutierre, tomaba buena nota de todas las disposiciones reales mientras pensaba que la historia se repetía: una amante lograba poder y riqueza como en tiempos de Alfonso XI.

Él nunca fue del bando de la Favorita, sino que se mantuvo del lado de don Pedro.

Ahora haría lo mismo, aunque eso significase alinearse con la nueva familia pujante, la de los Padilla y Henestrosa, parientes de María.

—Don Gutierre, que eso lo acaben los secretarios. Id vos a buscar a don Diego de Padilla y a don Juan de Henestrosa. Quiero veros a los tres.

—¿Aviso también al canciller, alteza?

—No es necesario, dejad que parta a Valladolid. Los asuntos que trataremos serán de mi más estricta privanza..., ¿entendéis?

Don Gutierre asintió y se fue a buscar al hermano y al tío de María.

Ambos hidalgos eran ya muy cercanos al rey, que también tenía en su merced a otros de esa familia, incluso a uno que era hermano bastardo de María y Diego, al que encomendaba que espiase a distintos nobles de los que tenía sospechas.

Torrijos (Toledo), Corona de Castilla

En Torrijos, población a medio camino de Talavera y que no distaba mucho de la magnífica Toledo, el rey organizó torneos y festejos por el nacimiento de su hija, que había llegado justo con la pacificación del reino.

Si bien el pueblo se regocijaba con su monarca, que, además, anunció que iba a construir allí un alcázar palacio, no podían por menos que mirar con recelo sus amoríos.

—Mírala, parece que no hubiera dado a luz hace sólo una semana.

—Es la juventud, compadre, ¡que sólo tiene dieciséis años!

—Y no muchos más tiene el rey. Aunque... ¿será una pasión pasajera? Don Pedro no deja de ser un hombre y ya sabemos que la novedad manda.

—Además, dicen que la francesa cruzó hace semanas los Pirineos. Tendremos boda real. Esta cortesana, por bonita que sea, tendrá que hacerse a un lado.

—¿Seguro? ¿Olvidáis a doña Leonor de Guzmán? Encandiló de tal modo al joven Alfonso XI que este ya nunca se separó de ella.

—No sé, amigo mío. Don Pedro vivió en propias carnes la afrenta a su madre por la vida en pecado del padre con la Favorita. No creo que se repita.

—¿Y qué crees que pasará? ¿Se conformará con hacerla una amante más, como tantos señores tienen, a varias si pueden?

—Señores, curas y... todo aquel que puede permitírselo, si no pudo elegir con quién juntarse para el sacramento.

Los dos hombres rieron. Detrás de ellos hilaba una anciana y, sin levantar la vista de sus ovillos, empezó a carcajear con una risa cascada.

—¿Qué pasa, vieja? ¿Qué te hace tanta gracia?

—Sí, eso. Cuéntanos qué sabe una pasa arrugada a la que quitan del racimo ante las delicias de la uva madurada.

—Los hombres creéis que las mujeres somos ingenuas y frágiles. No tenéis ni idea. Ésa que yace con el rey usará sus armas y algún día será reina. Don Pedro tiene algo más que un calentón, está enamorado de veras. Como lo estuvo su padre.

—De eso nada —dijo el primero de los hombres—. Un rey puede yacer con muchas, sólo por su estatus. Y ese joven reinante seguro que querrá probar más bocados.

—Alfonso, que se sepa, no probó ninguno más tras la Guzmán —dijo el segundo de los compadres.

—¿Os jugaríais los cuartos? —dijo la vieja.

Los otros se miraron divertidos y asintieron.

—Amante. Sólo una más. Eso será la Padilla —insistió el primero.

—Pues yo creo que tenemos nueva favorita. Manceba, eso será esa dama castellana —dijo el otro.

Los dos miraron a la hilandera esperando su sentencia. La mujer, muy seria, tenía una mirada astuta, perturbadora. Por un instante les pareció que se trataba de una de las Moiras que regían el destino según los paganos.

—Reina. Aunque, compadres, no creo que yo llegue a verlo, y puede que ni ella misma —dijo la anciana, dando la última vuelta de rueca y, de repente, ¡zas!, cortó el hilo de un tajo.

Valladolid, Corona de Castilla

—¡Esto es intolerable, don Alburquerque! Mi hijo el rey está avergonzando al reino.

—No te preocupes, prima. La niña Padilla me hará caso. Ayudará a que don Pedro cumpla con su obligación de venir a desposarse. Mi mujer no se equivocó con ella.

—Pero tendréis que ir en persona a Torrijos, primo. Las cartas dicen una cosa; los hechos, otra muy distinta.

A finales de febrero de 1353 había llegado a Valladolid la princesa doña Blanca de Borbón, acompañada del vizconde de Narbona y otros importantes caballeros franceses.

Por las villas y caminos que siguió su ruta desde la frontera, el pueblo la aclamó como a la nueva reina de Castilla.

A mitad de camino salieron a recibirla varios importantes señores castellanos, entre ellos el medio hermano del rey, Fadrique, maestre de Santiago.

Pero, al llegar a la villa del Pisuerga, el rey no estaba ni parecía dispuesto a abandonar su retiro en la toledana Torrijos.

Y desde entonces, con el nacimiento de la niña, más de dos meses llevaba la francesa esperando que asomara el rey prometido.

—Eso será influencia de los familiares de María. Su hermano y su tío, unos arribistas. No debí dejarlo a solas con ellos. No os preocupéis, doña María, el rey entrará en razón. Sé cómo hacerlo.

El canciller intentó aparentar calma ante la reina madre, pero temía por su privanza.

En Torrijos se jugaba su cargo, mientras que el rey estaba arriesgando la Corona sin saberlo.

La nobleza quería una boda real y, mediando Dios, un heredero.

Así se acordó en Cortes. Si un rey no cumplía con sus obligaciones, los grandes del reino dejarían de cumplir las suyas, romperían el homenaje, y candidatos a ser el primus inter pares no faltaban entre los magnates castellanos.

Alburquerque fue a ver a María de Padilla.

Se encontró a una joven enamorada, pero que aún atendía al respeto debido a él y a su esposa, sus mentores desde la tierna infancia.

Tiró de esa ascendencia, que hábilmente mezcló con el miedo: su amado rey don Pedro, le dijo, perdería la Corona ante una nobleza que aguardaba cualquier excusa para arrebatársela.

De este modo, María predispuso al rey a favor de lo que tuviera que decirle el canciller al día siguiente.

—Mi amor por ti es tan grande que aceptaré el que tú tengas a bien darme. Pero infeliz me harías si yo fuera la causa de tu desgracia. Cumple con tu palabra y despósate con esa princesa —le rogó entre susurros de almohada.

Pedro se incorporó de la cama. Fue a hablar, pero María le puso un dedo en los labios. Sus ojos enamorados desprendían una bondad infinita. Le hizo el amor con una pasión desbordada, como si de una despedida se tratase, y luego lo arrulló entre sus brazos hasta que el rey se durmió agotado.

Así su ánimo llegó predispuesto por la mañana al encuentro de Alburquerque.

—Majestad, no sólo es que los esponsales se celebraron por representantes ya en París, lo que a todo buen hombre obliga, y más a un rey, sino que necesitamos esa dote para llenar las arcas y acallar cualquier descontento entre los grandes del reino.

No hace falta que os recuerde que, sin un heredero, pueden...

—... conspirar otra vez si caigo enfermo. —Se mordió el labio—. Como en aquella malhadada ocasión. Lo sé. ¡Lo sé!

Alburquerque dejó que todas las razones expuestas se fueran asentando en la cabeza del rey.

Había muchas más. El papa, que residía en Aviñón, bendecía la boda para favorecer una alianza de Castilla y Francia.

El papado estaba plenamente influido por los monarcas franceses desde que mudó la sede episcopal de Roma a la ciudad gala.

Y Francia estaba inmersa en una larga guerra, desde hacía ya quince años, con Inglaterra, cuyo rey tenía señoríos inmensos por todo el territorio franco.

—Siempre nos hemos llevado bien con Francia, alteza. No así la Corona de Aragón, pues compiten en el Mediterráneo y por esos condados que los aragoneses poseen allende los Pirineos. Y, además, está el asunto de la lana...

—He dicho que lo sé, Alburquerque. No necesito de vuestras lecciones.