7. La primera rebelión #5
A una señal de Alburquerque, sus soldados abrieron filas y apareció un hombre con la cara macilenta por el sufrimiento, al que empujaron hasta las puertas.
Vestía las armas del señorío de Aguilar, manchadas de sangre y con jirones que mostraban una feroz resistencia.
Era el escudero Juan Fernández Cañedo, que había sido apresado tiempo antes defendiendo uno de los fuertes del señorío de Aguilar.
Coronel miró con pena a su fiel servidor, que iba encadenado a pesar de que le habían cortado las manos.
Tenía los dos muñones ensangrentados y vendados sin cuidado.
Era todo un milagro que no se hubieran infectado y arrastrado a aquel desdichado a una lenta y agónica muerte por septicemia.
—Mi señor Coronel, perdonadme vuesa merced por haberos fallado. Pero no os abandonaré ahora.
—Juan, compadre, ¿qué te han hecho estos cobardes? —Miró hacia el canciller con ojos enrabietados—. ¡Es un hombre de armas, no un plebeyo! Alcaide de Burguillos, para más señas. ¡Sabéis que se merecía una muerte digna si es que al rey no le placía la clemencia!
—Abrid la puerta, señor. Este hombre lleva días rogando que lo dejemos entrar para morir junto a vos. Su lealtad y su amor se merecen eso. En vuestra mano está concedérselo antes de que el rey torne de parecer.
Coronel miró una vez más a su escudero. Levantó la mano.
—Mis hijas, canciller. Pido protección para ellas y para mi heredero.
—Os prometo que se respetarán sus vidas.
Con un chirrido estridente, el portón se abrió dejando paso franco hasta las escaleras de caracol; reviradas y estrechas, permitían a los defensores presentar una enconada resistencia y morir matando a muchos.
Pero los aguilarenses que custodiaban el acceso se echaron a un lado bajando las armas.
Una vez arriba, con el viento de la campiña cordobesa tremolando el estandarte del águila, la misma que durante un año había sobrevolado las almenas firme y orgullosa, los dos ricoshombres se vieron por fin las caras.
Se permitió que el escudero fuese junto al noble Coronel y el hombre se unió a las filas de los últimos caballeros andaluces que quedaban en pie rodeando al señor de Aguilar.
Uno a uno, fueron desarmados por los ballesteros del rey que, una vez retiradas las armas, esperaban impacientes la última orden de don Juan Alfonso de Alburquerque, el hombre más poderoso y temido del reino.
El canciller miró al rebelde Coronel, que no bajaba la mirada y elevaba el gesto con la altivez propia de quien se sabe elegido por apellido y sangre.
— ¡Nunca entenderé qué os ha llevado a esto, señor Coronel, con la estima que se os ha tenido en este reino! Copero de su majestad, señor de esta poderosa villa de Aguilar y sus tierras... ¿Por qué? —dijo Alburquerque.
Coronel ni se inmutó y pronunció unas palabras que quedarían en el recuerdo.
—Don Juan Alfonso, ésta es Castilla, noble tierra que hace a los hombres... y los gasta.
Entonces, los alguaciles reales se aproximaron al noble andaluz, lo sujetaron por la espalda entre dos mientras un tercero lo degollaba.
Se llevaron el cuerpo y lo quemaron a los pies de la torre.
Así moría Alonso Fernández Coronel, paradójicamente del mismo modo que él, en servicio del anterior rey, había mandado ejecutar al maestre de Alcántara de entonces, justo trece años antes, mismo día y misma hora.
Dejaba tres hijas ya casadas y un niño que no sobreviviría lo suficiente para tener descendencia.
Su linaje femenino sufriría diversos avatares por causa de don Pedro, algo que en aquel momento nadie podía imaginar.
Luego de haber presenciado la muerte del señor de Aguilar, el leal escudero, su sobrino y los caballeros supervivientes fueron también ajusticiados.
Cuando todo parecía acabado, llegaron noticias de la tienda del rey.
Alburquerque se limpió los ojos, sin dar crédito a lo que leía.
Tenía que confirmarlo, no podía ser. Pidió su caballo y se llegó hasta el real, donde, tras esperar a que don Pedro se vistiese, fue recibido con cara seria por el monarca.
—¿Se han cumplido mis órdenes, Alburquerque? ¿Tuvisteis ya vuestra justa satisfacción por la ingratitud de ese traidor?
—Así es, alteza. Disculpad que os haya molestado, pero...
Un cendal se descorrió por un instante en un aparte de la tienda y salió de allí una criada. Tras ella se vislumbró la figura de María de Padilla, a quien estaba peinando otra de sus damas. El canciller carraspeó.
—Mi rey, las ejecuciones ya están hechas. Pero esta última orden...
—Empezad hoy mismo los trabajos. Hasta la última piedra.
—Con vuestro permiso, majestad. No es buena idea. Esta villa es fronteriza. Sin sus muros, no podrán frenar las aceifas moras.
—Que estos rebeldes sufran las consecuencias de su altivez. Y que otros en mis reinos lo sepan.
Las murallas de Aguilar de la Frontera fueron derruidas, su estandarte del águila sustituido por otro con la figura del rey con una espada desenvainada sentado sobre un monte, y ordenó don Pedro, para borrar su nombre de la historia, que se le cambiase por el de Monte Real.
El último foco de la primera rebelión de su reinado había sido sometido.
No pasó a sangre y fuego la población, como hubiera podido hacer según las tradicionales leyes de la guerra, sino que sólo ejecutó a los que dirigieron una tenaz resistencia que había desgastado sus fuerzas y sus arcas.
Había perdonado a sus medio hermanos y varios otros caballeros rebeldes.
Nadie podía decir, sin mentir, que el rey no se hubiera comportado como quien aplicaba con justicia las leyes para la salvaguarda del reino.