7. La primera rebelión #4
El canciller hacía referencia a otro bastardo real, don Tello, que, para apoyar a su hermano Enrique, se atrevió a hacer unas correrías desde sus tierras de Monteagudo.
No contó con que Gijón caería sin apenas resistencia.
El rey don Pedro recordó que, de vuelta al sur, paró en Sahagún a ver a su amante María y hubo de terciar con aquello.
—Majestad, no os esperaba tan pronto. ¡Qué alegría! —le había dicho María de Padilla nada más verle.
El rey rompió todo protocolo y no sólo la hizo levantarse de su reverencia, sino que la cogió como una pluma y la elevó al cielo.
—No querría estar en ningún otro sitio, mi dueña.
A pesar de sus palabras, un gesto serio se le dibujó en la cara sin quererlo.
—¿Estáis bien, mi señor?
—No podré parar mucho. Otro traidor, otro bastardo... mi medio hermano Tello. He de conjurar ese peligro... No me llevará mucho, espero.
—Yo siempre estaré aquí para vos, majestad.
—Lo sé, lo sé... —La llevó directamente a la alcoba y cerró la puerta.
Por la mañana salió con una nutrida hueste en busca de don Tello, pero el bastardo real imitó a su hermano y en cuanto se supo en la mira del rey, huyó hasta cruzar la frontera con Aragón, donde obtuvo refugio, como otros descontentos castellanos ya habían hecho.
—Alburquerque, ese rey aragonés nos está fastidiando. No me fío de él...
—Pensáis con sabiduría, majestad. Hacéis bien en no hacerlo.
—No creo que sea bueno seguir hasta Aguilar sin dejar esto resuelto. La palabra del conde de Trastámara... Veremos. Tello y muchos otros a un paso de la frontera...
—Así es, mi rey. Por eso se me ha ocurrido algo. Iba a proponéroslo anoche, pero... estabais ocupado. No quise molestar.
Pedro no pudo evitar ruborizarse. Su valido lo tenía bien calado y seguro que pensaba que estaba quedándose prendado de doña Padilla.
—¿Cuál es el plan? Tengo ganas de volver a Aguilar y acabar con Coronel cuanto antes.
—Me reuniré en Tarazona con Bernat de Cabrera, magnate importante de la Corona de Aragón. Es, digamos, mi igual en ese reino.
—Vais a ir a una villa aragonesa... ¿No sería más rápido y seguro fijar un punto en la frontera?
—Me halaga que os preocupéis de mi seguridad, alteza.
El canciller le tendió un documento al que sólo faltaba la firma del rey. Don Pedro lo leyó y reconoció enseguida la mano de su antiguo ayo. Solucionaría la amenaza a la par que quedaba bien con el infante Fernando de Aragón, el elegido por él para sucederlo cuando estuvo con las fiebres.
«Bueno, mi antiguo ayo siempre saca algo para sí, pero, como se hace en mi nombre, mi primo Fernando, su hermano y mi tía quedarán en deuda conmigo.»
—Adelante con esto, canciller. Y regresad aprisa, hay que marchar al sur, echo de menos la calidez de esas tierras.
—Yo también, majestad. Aunque mi mujer lo es de éstas y eso me hace quererlas. Las mujeres de esta región —dijo haciendo una referencia velada a la Padilla— tienen en privado un calor que todo lo compensa.
Don Pedro se quedó pensando en ello. En unos días recibió aviso de que su embajador Alburquerque había cerrado el acuerdo: firmó en su real nombre el perdón a los caballeros castellanos que se habían refugiado en la Corona aragonesa y que eran una amenaza si se unían al reino rival.
A cambio, el rey Pedro IV el Ceremonioso perdonó y restituyó en sus tierras aragonesas a doña Leonor de Castilla, que era reina viuda de Aragón y madrastra del aragonés, y a sus hijos, los llamados infantes de Aragón, tía y primos del rey castellano.
De ese modo fue como don Tello obtuvo el perdón de su medio hermano el rey por primera vez.
—¿Qué ordenáis para cuando entremos en la villa, majestad?
De vuelta a su presente en Aguilar, don Pedro miró a su canciller como ausente, como si el momento largamente esperado los últimos cuatro meses no estuviese a punto de suceder.
—Ejecutad sin dilación a ese maldito Coronel y a sus principales caballeros.
—Mi señor, ¿no queréis mirar a la cara a ese traidor?
—Tengo asuntos más placenteros en mi tienda, canciller. —Esbozó una sonrisa complaciente—. Además, creo que esto es algo más personal para vos, ¿me equivoco?
Se metió en su tienda de campaña y dejó el asunto en manos de Alburquerque.
Todo iba según lo previsto, se regocijó.
Con las espaldas cubiertas por los acuerdos alcanzados con el Trastámara y con el rey aragonés que aseguraban el flanco norte y la frontera oriental, se había centrado en el asedio al rebelde don Alonso Coronel.
Pero no se vino sólo, sabía que aquello duraría meses.
La dulce María lo acompañó sin reparos y sufría las mismas incomodidades que él y su séquito acampados en pleno invierno a las afueras de la villa cordobesa de Aguilar.
—¡María! —la llamó—. ¿Está visible mi dueña?
—Para mi rey, ¡siempre! —se escuchó una voz seductora tras el cendal.
Mientras el rey daba rienda suelta a sus pasiones y poseía con frenesí redoblado a su amante, en el interior de la villa todo eran lamentos y carreras.
El muro cedió por fin por el lienzo más castigado por las minas.
Las huestes de don Pedro entraban y los defensores sabían que ya no había salvación.
—¡Nunca debimos fiarnos del apoyo de esos perros moros!
—¡Deja eso ahora! Corre a avisar al señor Coronel.
Por increíble que pareciese, el señor de la villa no estaba en las murallas al pie de la defensa, sino en misa.
Revestido con su panoplia más elegante, reservada para las grandes ocasiones, atendía al oficio de la mañana.
Famoso por su carácter impasible y sereno, con el que había liderado con acierto la resistencia todos aquellos meses, no levantó la vista del altar.
—¡Mi señor, hay que salir de aquí!
—¡Silencio! Estamos en la casa de Dios. Dejad que termine de recibir su gracia.
Sus hombres dudaron. Uno de ellos era su sobrino, que se atrevió a hablar.
—¡Por Dios, mi señor tío, que algo aún podremos hacer!
—¡Nunca abandonaremos al Gran Caballero! —lo secundó otro de ellos.
Coronel se volvió con calma. Los miró con orgullo y levantó la mano pidiendo silencio otra vez. Lo único que se escuchaba era el bullicio de los combates que se extendían como una mala plaga por las calles de la villa.
—El único remedio que me queda, señores, es la muerte. Y recibirla de la forma más apuesta que pueda.
Los cinco caballeros que allí estaban, los más cercanos al señor de Aguilar, se miraron unos a otros. Coronel los tuteó como quien habla con sus hijos.
—Deza, Biezma, Quesada y Alfonso, estaréis a lo que diga mi sobrino. Y tú, hijo de mi hermano, que llevas el nombre de nuestro rey y mi mismo apellido Coronel, me obedecerás a mí: lleva a estos leales a la torre del homenaje y encerraos allí, ya os alcanzaré.
El señor de Aguilar les dio la espalda y volvió a arrodillarse ante el altar. Sus caballeros abandonaron la capilla pensando en que no lo volverían a ver más.
Con la villa rendida y el castillo tomado salvo en su torre del homenaje, Alburquerque se dirigió a sus puertas.
En lo alto, asomado a una almena, estaba don Alonso Fernández Coronel, oteando el horizonte con la vana esperanza de que aún llegase su yerno con un ejército nazarí o benimerín a librarlo de una muerte que daba por cierta.
Hacía meses se supo solo en su alzamiento cuando sus parientes, los guzmanes andaluces, no levantaron en armas sus feudos.
—Bienvenido a mi casa, señor canciller. ¿Os manda el joven rey?
—Casa que es vuestra gracias a mi señor el rey de Castilla y a mi intercesión en vuestro favor, don Alonso, ¿o tan mala memoria tenéis de cómo porfiasteis en obtener este título y estas tierras y quién fue artífice de vuestra final dicha?
—Nada que no me perteneciera, señor de Alburquerque, una vez muertos todos los que tenían más derecho. ¡Y estuvisteis a punto de concedérsela a ese presuntuoso aragonés de Bernat de Cabrera! ¡Estas son tierras de Castilla para hombres como nos, castellanos!
—Rendíos de una vez, señor.
—No me rendiré sino ante el rey, canciller. Llevadme vivo ante él y sea ejecutada mi suerte.
—Su majestad no quiere veros. No alarguéis el sufrimiento de los vuestros.