El Fratricida 7. La primera rebelión #3
17%

7. La primera rebelión #3

Don Pedro mordió el canutillo y la pasta cremosa se deslizó hasta su garganta.

Cogió otro dulce y lo llevó a la boca de María, sin dejar de mirarla.

La muchacha mordió y la crema se le escapó por la comisura.

Ruborizada fue a limpiarse, pero antes de que pudiera hacerlo, don Pedro le pasó suavemente un dedo por los labios.

—Efectivamente, lo mejor estaba por dentro, como dijisteis. —Se chupó el dedo con el que había recogido la crema de los labios de María—. Me pregunto si eso también vale para vos, señora. ¿Me dejáis descubrirlo?

María se sonrojó, bajó los ojos, pero no apartó la mano del monarca de su cara.

—Me... me halagáis en exceso, mi señor. Sólo soy una dama de una casa menor, los Padilla y Henestrosa. Yo...

—¿Cómo decíais que se llamaba ese monasterio? ¿San Pedro de qué? —le dijo don Pedro acariciándole ya toda la cara.

—De Dueñas, mi señor.

—Eso es lo que sois para mí esta noche. Mi dueña.

Finales de otoño de 1352 Gijón (Asturias), reino de León, Corona de Castilla

—¡Maldita sea, maldita sea! ¡No estamos preparados!

—Tranquilízate, Enrique. Lo importante es que no te atrapen, mi amor —dijo Juana, dando un trato cercano a su marido aun cuando no estaban solos.

—¿Cómo es posible que ese fillo de puta haya cubierto la distancia de Aguilar a Pajares tan rápido? ¿Es que Coronel ha rendido su plaza?

Un hombre de confianza del conde, el que se encargaba de mantener una red de contactos e informantes, trataba en vano de explicarse. La condesa doña Juana Manuel no paraba en eso, sino que llamó a su dama de compañía y le pidió que corriese hasta su alcoba a buscarle algo.

—Rodearon León, nadie los vio, mi señor conde. Han cruzado el puerto a marchas forzadas. Todavía no han llegado las nieves y tampoco ha llovido estos días para embarrar el paso de Pajares...

—¡Os habéis confiado, gañanes! ¡Fuera de mi vista!

Enrique de Trastámara se encontraba ante un grave dilema.

Quedarse en Gijón, que estaba bien fortificada, hasta que las otras posiciones en el valle del río Caudal fueran superadas, o escapar a las montañas asturianas.

Pero eso significaba dejar atrás a su mujer.

Sólo con una reducida mesnada de fieles podría marchar rápido y sigiloso esquivando la persecución de los hombres del rey.

—Aquí están, mi señor esposo. Las últimas joyas que me dio como regalo de boda vuestra madre, en paz descanse.

Doña Juana traía un pequeño cofre en las manos.

Se lo alcanzó a su marido en cuanto se quedaron a solas.

Las aspilleras de la torre circular en la que se encontraban eran tan estrechas y alargadas que apenas dejaban divisar el puerto.

Los potentes muros romanos, de hasta tres varas de sillería de grosor, daban una excelente protección desde antiguo, pero, a cambio, la penumbra invadía las estancias.

Enrique acercó una vela y vio refulgir una gema que recordó que su madre lucía en la frente el mismo día en que dio a luz a su única hermana.

Una punzada le encogió el corazón. Su mujer le cerró las manos sobre el joyero y le habló con dulzura no exenta de resolución.

—Tienes que conseguir más soldados, Enrique. Yo aguantaré la villa en tu nombre. Don Ruiz de Carrillo me ayudará.

Enrique miró a doña Juana. Ya era toda una mujer a sus sólo trece años; a pesar de su juventud, mostraba la entereza y el saber estar para el que había sido educada. La cogió por las manos y se las besó.

—Nada de sacrificios inútiles, Juana. Si no vuelvo a tiempo, rinde la ciudad —dijo, mirándola con ternura, y luego miró serio al caballero Carrillo, que acababa de presentarse.

Sabía que no podría levantar una tropa en cantidad suficiente y en tan poco tiempo como para enfrentar al rey don Pedro.

Aunque no se iba por eso, sino por miedo a su medio hermano, lo que lo hacía sentirse avergonzado.

Esa misma mañana, antes de la hora nona, el conde de Trastámara y un puñado de caballeros fieles huían por las puertas de la villa de Gijón camino a las intrincadas sierras asturianas.

Se consoló pensando que también don Pelayo, el primer rey astur, hubo de refugiarse un tiempo en una peña hasta poder asestar su golpe en la batalla de Covadonga.

—A lo lejos hay un jinete, señor conde. Parece que conoce los caminos y nos busca.

Enrique se asomó desde el pico enriscado que se precipitaba sobre un bosque alfombrado de robles, los árboles que por aquellas tierras llamaban carbayos . Aun a riesgo de ser descubiertos, ordenó que apresaran al desconocido con vida, por si era un emisario de su esposa. Y no se equivocó.

—La condesa doña Juana Manuel nos envía buenas noticias —dijo Enrique a sus hombres—. He recibido una carta de mi hermano Tello, pidiéndome perdón por sus flaquezas ante el rey don Pedro.

—¿Y en qué cambia eso las cosas, mi señor?

Enrique sabía que no en mucho, pero su corazón se sintió aliviado por tener de vuelta en su bando a su hermano pequeño. Sus hombres necesitaban esperanzarse con algo, así que leyó el final de la misiva en alto.

He asaltado los realengos que están al alcance de mis feudos, querido hermano. Los parciales del rey huyen al paso de mi hueste. Avanzaré tanto como pueda para obligar a don Pedro a atender otro frente y de ese modo podrás contenerlo en Xixón.

Saludos afectuosos para la señora doña Juana Manuel, mi cuñada.

La mesnada del conde coreó el nombre de Tello y se felicitaron por las buenas noticias. Con un poco de suerte, comentaban, en breve estarían de vuelta al calor de los fuegos de Santa Catalina. Pero el Trastámara no lo veía así y se cuidó de ocultar sus pensamientos.

«Tello, Tello. ¡Siempre indeciso, siempre tarde!»

Febrero de 1353 Aguilar de la Frontera (Córdoba), Corona de Castilla

La resistencia de don Alonso Fernández Coronel, señor de Aguilar, había sido encomiable.

Obligó a las huestes del rey a sufrir un duro invierno sitiando su fortaleza.

Pero, a pesar del valor de los andaluces, la suerte estaba echada.

Don Pedro había regresado de su expedición hasta Asturias donde, tras asediar unos días Gijón, la villa se rindió a cambio de un acuerdo.

Doña Juana había aparecido por el portón acompañada de uno de sus caballeros, uno que fuera cuñado del ejecutado Garcilaso de la Vega y que huyó a Asturias a refugiarse tras ese suceso.

Fue él quien se adelantó, solo, hasta donde estaban los caballeros que cubrían al canciller Alburquerque, tras dejar a la condesa a resguardo con los escuderos.

—Según lo negociado con la condesa, aquí está el documento firmado por su marido, el conde de Trastámara —dijo sin siquiera saludar, mirando con odio al causante de la muerte de su cuñado.

—Los modales nunca hay que perderlos, señor. Pero si así lo queréis, no seré yo quien los mantenga. ¿Dónde está ese traidor del conde Enrique?

—Aquí está su firma, como requeristeis. Con eso, ya os dijimos, debe bastar. Si no, volveré con doña Juana y cerraremos las puertas.

—No aguantaríais los asaltos. Acabaríais cayendo sin remedio. Lo sabéis, ¿no, mi señora de Manuel? —dijo en voz muy alta el canciller.

La voz de Juana, aún de muchacha, llegó desde tras el muro de escuderos que la protegían. Por un momento, su cabeza fue visible entre ellos.

—Los términos del acuerdo son muy sumisos, humillantes, y también vos lo sabéis.

Habéis ganado. Mi marido el conde, mi señor don Enrique de Trastámara, ruega perdón al rey don Pedro, a quien, por cierto, tampoco veo aquí.

¿Acaso queréis perder esta sumisión fácil y enquistaros en Gijón como lo estáis en Aguilar, señor de Alburquerque?

El canciller se sorprendió del denuedo de la muchacha. No en vano, se dijo, era hija de quien era. Y no, no querían perder el tiempo en el norte.

—Dadme el documento, señor. —Lo inspeccionó y comprobó que llevaba la firma de Enrique y que de su puño y letra había palabras de súplica de vuelta a la gracia real y de arrepentimiento, con expreso juramento de «no hacer la guerra desde ninguno de sus señoríos»—. De acuerdo, aquí tenéis el nuestro.

El caballero de doña Juana cogió el manuscrito con el perdón real y se lo llevó a la condesa. Ésta respiró aliviada al ver la firma del rey don Pedro, que los admitía de nuevo en la merced real y les reconocía otra vez todos sus señoríos.

—Con Dios, canciller —gritó la condesa y las puertas de Gijón se cerraron tras ella.

De ese modo, el conde de Trastámara, medio hermano de don Pedro, se reintegraba en la corte. Era la segunda vez que Pedro lo perdonaba.

—Alteza, las minas llevan ardiendo toda la noche. Sus contraminas han sido anuladas. Esa muralla caerá por ese lado. Al amanecer a no más tardar, mi rey.

Don Pedro volvió al presente y se centró en el despliegue que estaba siendo necesario para rendir Aguilar: las máquinas de guerra, los peones, los mineros y las tropas que aportaban sus caballeros.

El gasto era considerable e iba en aumento día a día, como no paraba de recordárselo su almojarife, Samuel ha-Leví.

—No volverá a pasarnos esto. Al menos, en esta ciudad no volverá a pasar —dijo el rey sin dejar de mirar las operaciones de guerra.

El canciller Alburquerque, a su lado, no sabía a qué podía referirse.

Prefirió no preguntar. Desde que don Pedro pasaba noches entre las sábanas de su pupila María de Padilla estaba más cercano.

Volvía a dejarse aconsejar y el gobierno se llevaba por su cancillería con alguna intervención menor de la reina madre.

Sin embargo, las acciones militares atraían irresistiblemente a don Pedro, que en eso mostraba incluso más arrojo que su padre.

—Sí, mi rey. La rebelión está a punto de ser sofocada. El bastardo Enrique sometido y encerrado en sus señoríos. Su hermano Tello, escondido en Aragón. Hoy caerán Coronel y su yerno, el De la Cerda.