El Fratricida 7. La primera rebelión #2
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7. La primera rebelión #2

—¿A dónde vamos, mi señor, si puedo preguntarlo?

—Al embrión de todos estos reinos. Donde la cristiandad se alzó contra la invasión musulmana.

El oficial no necesitó más. Corrió hasta donde estaban los peones dando voces.

—¡En pie, soldados, en pie! Nos vamos a Asturias. Allí no podréis quejaros del calor como unas mujercitas malcriadas.

Esa misma tarde, tras la misa del ángelus, gran parte de las huestes del rey abandonaban el sitio de Aguilar rumbo al norte.

A cargo de mantener el cerco, como frontero del reino, se quedó el maestre de Calatrava Juan Núñez de Prado, con las fuerzas de su orden y algunos refuerzos.

En las almenas, el señor de la villa y sus partidarios celebraban aquella marcha.

Sin duda, pensaba Coronel, el conde de Trastámara había hecho algún movimiento en sus señoríos norteños.

Ahora sólo había que esperar a que más nobles se unieran a la rebelión y pusieran sus feudos en armas.

Mientras tanto, él aprovecharía la debilidad de los sitiadores para forzar una salida.

Sus emisarios irían hasta el Atlas en África: necesitaba suministros y apoyos y no dudaba en pactar con los benimerines, los mismos a los que él, con su reconocida fiereza y arrojo alabados incluso por los mahometanos, ayudó a derrotar en la batalla del Salado. Así era la guerra.

En su viaje hacia el norte, la ira del rey iba en aumento.

No se conformaba con hacer sangrar los pies de sus hombres y agotar las cabalgaduras.

Sus propios caballeros, que viajaban mucho más cómodos que los infantes, se quejaban de las condiciones impuestas para el viaje.

Y cuando se topaban de paso con alguna villa vasalla del señor de Aguilar, ordenaba tomarla.

Así cayeron de nuevo en obediencia real Montalbán, Burguillos, Capilla y Torija.

Pisaban ya tierras leonesas de Sahagún cuando el canciller trató de razonar con el rey don Pedro.

—De nada servirá, mi señor, que hombres y bestias lleguen desfondados. Hemos hecho mucho camino en pocas jornadas, sería bueno concederles un par de días de asueto.

—Alburquerque, ese bastardo no ha dejado pasar ni una estación desde que lo perdoné para traicionarme de nuevo. Hay que aplastarlo.

—Y lo haremos, majestad. Pero hay tiempo. No se esperará que acudamos tan rápido. El conde de Trastámara confía en que estemos ocupados con Coronel en Córdoba.

—Pues por eso, canciller. La ventaja está en la rapidez y la sorpresa. ¿No habéis leído las campañas de Escipión el Africano?

Alburquerque respondió que no. Sí sabía quién era, pero, estaba claro, tanto tiempo apartado de la corte había otorgado al rey Pedro la ocasión de culturizarse más allá que otros nobles y señores.

Sea como fuere, tenía que convencer al rey de hacer un alto.

No sólo por las tropas —donde, según le informaba su almocadén, las quejas entre los peones iban en aumento—, sino porque en la villa de Sahagún, propiedad de los Téllez de Meneses, la influyente familia leonesa de su esposa, había preparado un encuentro para su joven rey.

Uno con el que, como le había dicho doña María, su hijo llenaría su pasión juvenil y olvidaría las cosas del gobierno, dejándoselo a ellos.

—Alteza, mis agentes repiten lo que ya sabemos. No hay cabalgadas ni razias de los hombres del conde. Sólo se fortifican y bastecen. Tenemos tiempo.

—Si ese bastardo consigue más dinero, lo tendremos presto para atacarnos por este frente y...

—Mi rey, no podemos arriesgar que las huestes desfallezcan justo al cruzar Pajares —se atrevió a interrumpir el canciller—. Una vez en tierras asturianas, será la ocasión de caer desde las montañas como un alud hasta Gijón sin darles tiempo a reaccionar.

Don Pedro se lo quedó mirando. Aborrecía que osaran interrumpirlo, pero mucho más tener que darle la razón a su privado y antiguo preceptor.

—Sea. Pararemos dos días, pero ni una hora de más. Espero que vuestra mujer nos hospede sin reparar en gastos. ¡Hoy no aplicaré la limitación del yantar con vos! —Esbozó una pícara sonrisa.

En las Cortes de Valladolid, una de las medidas adoptadas más populares fue la de limitar el derecho de yantar del que gozaban reyes y nobles.

Suponía un deber de acoger, alimentar y dar acomodo al noble de turno con todo su séquito cuando pasara por tierras de su vasallaje y, tradicionalmente, sin límite de consumo.

El rey Pedro acordó unas cantidades máximas en atención a las riquezas de los vasallos obligados a prestar tal beneficio.

Alburquerque no iba a reparar en gastos.

Sabía que el dinero era un medio, que no había que ser tacaño cuando servía a los propósitos que uno se marca, así que hizo una reverencia y le dijo al rey:

—Os aseguro, mi señor don Pedro I de Castilla, que en casa de mi esposa Isabel hallaréis el más delicioso de los manjares.

En verdad la anfitriona no dejó ningún detalle sin cuidar.

Las viandas eran exquisitas, el vino variado, con caldos traídos de la ribera del Duero y otros de las vides de Toro, y la música amenizó la velada.

El salón principal de la casa tenía una decoración austera a la castellana: los muros sólidos y altos, recubiertos de yeserías sencillas, se alzaban hasta el techo sin apenas vanos.

Justo antes de juntarse con el aljarfe, cuya madera estaba ennegrecida por el hollín acumulado en el techo, se abrían dos ajimeces que permitían mayor entrada de luz en la segunda planta.

Abajo, donde se celebraba la reunión, las losas del suelo estaban recubiertas de paja para aislar del frío de la piedra.

El rey se había sentado en la mesa principal junto al canciller y su señora esposa.

A su otro lado estaba su madre junto con su dama de compañía más íntima charlando entretenidas con unas doncellas de la casa de Téllez Meneses.

El rey atendía distraídamente a la conversación con su canciller Alburquerque mientras su atención se desviaba sin quererlo a la zona de las damas.

—La tropa está contenta con esta parada. Mi esposa se ha asegurado de que se les alimente bien: escudillas para todos con sopa de cebolla acompañada de abundante cecina.

—Y no falta vino para mojar los gaznates —añadió la señora de la casa—, aunque, por supuesto, aguado, vuestra majestad.

—¿Quiénes son esas bellas damas que hablan con mi madre y sus acompañantes? —dijo de improviso el rey.

—Damas de compañía de mi casa, alteza. Jóvenes de la baja nobleza a mi cargo.

—Quiero conocerlas. —Don Pedro se levantó sin más y se acercó hasta su madre.

—¿Puedo hablar un momento con vuesa merced, majestad? —le dijo la reina al verlo llegar, y llevó a su hijo a un aparte. Por su mirada estaba claro que sabía sus intenciones—. Esas damas no son meras criadas con las que jugar, hijo mío.

—Lo sé, madre. Sólo quiero un poco de distracción.

—Y te entiendo. Sólo recuerda que...

—No soy un niño, madre. Y tampoco soy mi padre, pierde cuidado.

Aquel comentario laceró el alma de doña María.

Pero, se dijo, si se quería tener al rey apartado del gobierno, una distracción como una bella y culta mujer era lo más adecuado.

Alburquerque y su esposa le habían dicho que la más guapa de sus damas era una muchacha que les estaba muy agradecida y haría cualquier cosa con tal de devolverles su mecenazgo.

La familia de la chica aspiraba a escalar puestos en la jerarquía nobiliaria y estaban de acuerdo en usar a su pariente como trampolín hacia la corte y el estatus de magnate.

Todos sabían muy bien lo que una cortesana seductora podía conseguir de un rey, sobre todo si este era joven e inexperto, como sucedió con el difunto Alfonso XI, que cayó en las redes de la Guzmán a los diecisiete años.

—Sé que no lo eres, Pedro. Para eso te he educado. Pero como madre siempre vigilaré que no cometas errores. ¡Hasta yo de joven creí cosas que no eran reales! Al final, lo primero es la Corona y mantenerla.

—Sí, sí... Ya sé que en las Cortes de Valladolid entre todos me buscasteis esposa y que mi deber es asegurar esa alianza con Francia y dar herederos. Pero, mientras tanto, haré lo que me plazca, ¡para eso soy el rey!

Lo habían prometido con una princesa francesa, Blanca de Borbón, sobrina del rey de Francia.

Cuestiones del pago de la dote y otros asuntos del reino vecino estaban retrasando el viaje de la prometida a Castilla, aunque el rey Pedro, más interesado en la caza y en la guerra, no tenía prisa por un matrimonio de conveniencia al que sabía que estaba abocado por su estatus.

—¿Cómo se llama esa, la más menuda, pero que se mueve con tanta gracia? —preguntó sin dejar que su madre volviera a la carga.

Doña María sonrió para sus adentros. Era justo la chica que habían elegido para él. La esposa de su primo Alburquerque no se equivocó al asegurar que sólo con dejar que el rey la viera moverse y reír se fijaría en ella sobre el resto.

—Se llama como yo, María. No tienes mal ojo, hijo mío. No sólo es una chica bella, sino que me ha parecido de mente muy despierta y modales de una verdadera dama.

El rey se apartó de su madre y fue a sentarse en el sitio que ella había ocupado durante la cena.

Se rodeó de las damas, sin dejar de mirar a la hermosa María.

Era la más pequeña de cuerpo, pero muy bien proporcionada.

Guapa, de suave rostro y una mirada tierna y bondadosa a la que acompañaba una voz dulce y una mente despierta, con una conversación afable.

Al rato, ya sólo hablaba con ella y pareciera que no había nadie más en la sala.

—¿Habéis probado estos dulces, alteza? Los hacen las monjas del monasterio de San Pedro de Dueñas, una población a menos de una hora de aquí —dijo María, al tiempo que acercaba uno a la boca del rey.

—No, no los conocía, señora. Pero apuesto a que estarán tan dulces como la mirada de quien me los ofrece.

María se rio halagada.

—Lo mejor está por dentro, mi señor rey. Las monjas los rellenan con una crema deliciosa.