El Fratricida 7. La primera rebelión
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7. La primera rebelión

La primera rebelión

—Mataré a ese fillo de puta. Juro que le clavaré una daga en la garganta.

Doña Juana Manuel no sabía cómo tranquilizar a su esposo.

Ella se había quedado sin lágrimas, seca de tanta pena, pero su marido el conde no había soltado una sola, intentando aparentar fortaleza.

El llamado que le había dirigido el rey para que acudiese a las Cortes de Valladolid, como si no hubiera sucedido nada en Talavera, como si el asesinato de su madre fuera ya un recuerdo del pasado, era una broma macabra que provocó en él un estallido de ira, toda la que había contenido desde que conoció la tragedia.

El primogénito de los bastardos reales llevaba horas maldiciendo no sólo al rey don Pedro, a su madre la reina viuda y al canciller, sino también a sus hermanos Fadrique y Tello, que se habían plegado tan fácilmente al vasallaje real.

—Mi señora Juana, ¿puedo hacer algo? —dijo un muchacho que apareció por la puerta de la estancia.

—No, Garcilaso, cariño. Es mejor dejar al conde sólo en estos momentos —le acarició el rostro Juana y llamó a un aya para que se hiciera cargo del niño.

—Cuando crezca, mi señora, ayudaré a don Enrique en todo lo que le plazca. Lo juro. La casa de la Vega está en deuda con la Trastámara.

La condesa lo miró con afecto y le sonrió diciéndole que no pensase en eso, que ahora tenía que centrarse en su formación como caballero y atender a las lecciones de los preceptores que don Enrique le costeaba como si fuera un hijo.

—También es mi venganza, mi señora. También odio al rey con todas mis fuerzas —dijo Garcilaso, cuyos ojos eran iguales a los de su padre, cerrados para siempre en las casas de Burgos.

Juana Manuel miró por la ventana. Desde la península de Santa Catalina se veía el arenal de Somió.

1 El día era gris, pues ya estaban en el otoño asturiano.

Cabalgando por la arena se acercaba una pequeña hueste de caballeros.

No habían dejado de llegar, sobre todo tras las Cortes de Valladolid.

Las medidas impulsadas por el rey en favor del estamento de menestrales, campesinos y concejos habían creado escozor en el sector de la nobleza y los muchos descontentos acudían a unirse al señor de Trastámara.

Por la tarde, el conde le comunicó sus planes.

—A Portugal, Juana, vamos a Portugal.

—Pero, Enrique, ahí reina el padre de doña María. El que inició una guerra contra tu padre precisamente por los desaires que recibía su hija de su marido y tu madre Leonor.

—Sí, pero al abuelo de ese fillo de puta de Pedro no le interesa estar a mal con nosotros y nuestros partidarios gallegos. Galicia es su frontera norte. Le aseguraré la concordia entre regiones hermanas y que, llegado el caso de conflicto con Castilla, Portugal tendría nuestro auxilio.

Juana Manuel besó a su marido, que ya mostraba sus dotes diplomáticas para atraerse apoyos.

En este caso jugaba con la vieja añoranza de ver hermanadas una vez más, como antaño, el reino de Galicia y el reino de Portugal, que antiguamente habían sido el condado de Portucale, una marca adelantada al sur del reino asturleonés para la lucha contra los musulmanes y que, por azares y disputas dinásticas, se había separado dando lugar a un nuevo reino cristiano peninsular en el año 1139.

—Ni los lazos de sangre son suficientemente fuertes para mantener unida una familia, mucho menos para atar un reino.

—¿Por qué dices eso, Enrique?

—Mis hermanos, Juana. Mi propia sangre ha deshonrado la común de nuestra madre. ¡Y maldita sea, tendré que contar con ellos si algún día quiero mi propio reino!

Primavera de 1352 Ciudad Rodrigo, Corona de Castilla. Cerca de la frontera con Portugal

El canciller estaba satisfecho. Miraba complacido a su rey don Pedro abrazarse y dedicarse buenas palabras con su abuelo Alfonso IV, rey de Portugal.

Él había organizado el encuentro con el objetivo de cerrar una alianza entre los dos reinos y conjurar cualquier acercamiento con la levantisca nobleza gallega, que andaba revuelta por la ejecución de doña Leonor de Guzmán y la horrible muerte de Garcilaso de la Vega en Burgos.

—Habéis hecho lo correcto, majestad —lo aplaudió Alburquerque—. Mostráis generosidad, a la par que firmeza.

—Con Garcilaso no me aconsejasteis la misma piedad, canciller.

—Vuestro medio hermano el conde de Trastámara no ha conspirado igual, sólo se casó sin un permiso que, en realidad, no teníais derecho a exigir.

—¿Y su participación en el intento de hacerse con Algeciras? Si don Gutierre no hubiera acudido con aquellas galeras, tal vez estaríamos hablando ahora de una guerra en toda regla que hubiera empezado al tiempo que mi enfermedad.

—Tenéis razón. Pero, gracias a Dios, todo eso quedó en nada. Mientras que Garcilaso alentó las revueltas de Burgos, permitió la muerte del recaudador y, cuando llegamos, salió al encuentro con una fuerza armada. ¡Tuvimos que frenar a nuestros caballeros ante las provocaciones de los burgaleses!

—Creo que en esto ha pesado mucho más la animadversión que os teníais vos y los Lara y los de la Vega que una auténtica revuelta contra mi persona.

—Majestad, no niego mis desavenencias con esos nobles por sucesos durante el reinado de vuestro padre.

Pero el peligro de que se alzaran contra vos era cierto.

No dudaron en prepararse mientras estabais postrado en la cama.

Sin embargo, don Enrique no os ha enfrentado con ninguna fuerza, ni siquiera cuando ejecutamos a su madre.

Ese bastardo sólo sabe huir: primero a Asturias, luego a Portugal...

—Bueno, lo hecho hecho está. Vigiladlo de cerca. No me fío. No quiero que se mueva una brizna de hierba en Asturias sin que lo sepamos.

—Descuidad, mi rey. De Trastámara a Gijón no quedará una villa sin que mis agentes estén presentes.

Y así fue como el rey don Pedro perdonó a su medio hermano el conde Enrique por primera vez. La intercesión del rey de Portugal permitió al Trastámara regresar a sus feudos de Asturias sin temor a las represalias reales.

Verano de 1352 Aguilar de la Frontera (Córdoba), Corona de Castilla

Ya había sucedido. A pesar de tanta diplomacia desplegada, de tanto castigo ejemplar dosificado con actos de magnanimidad para conjurar a los que se conjuraban. Todo se reveló un inútil esfuerzo. El rey Pedro mascullaba en su montura si los consejos de su canciller habían sido correctos.

Ya no se trataba de un conato como en Algeciras, ni de unas revueltas populares alentadas por la nobleza en Burgos, sino de una rebelión abierta, con un señor castellano que hasta ofrecía su alianza a los moros de Granada para desligarse de la Corona.

¿Y de quién se trataba? Del otrora mayordomo de doña Leonor de Guzmán, de su castellano de Medina Sidonia, el mismo que había apoyado la candidatura del Lara por si muriera el rey de sus fiebres.

También, un aliado del ejecutado Garcilaso.

Y, en todo caso, uno que, por sus múltiples hazañas en el reinado de su padre, era conocido como el Gran Caballero.

—A pesar de todo, a pesar de que no acudió a Cortes sin que yo lo licenciase y sin una excusa aceptable, no me esperaba esto, Alburquerque. ¡A ese hombre lo recompensamos por dejar a la Guzmán y prestarnos lo que creímos sincero homenaje!

—Yo tampoco lo esperaba, mi rey. Es verdad que don Alonso Fernández Coronel era cercano a mis enemigos, pero cuando dejó de ser alcaide de Medina Sidonia y vos le otorgasteis el oficio de copero creí ver sincera gratitud en sus ojos. ¡Ha osado desnaturalizarse de vos!

—Traicionó a la barragana enseguida. Debimos tenerlo en cuenta. ¡Qué tontos fuimos! Incluso firmé vuestra solicitud en persona, canciller, para que le diéramos lo que no consiguió en vida de mi padre: la confirmación del señorío de Aguilar y el reconocimiento de pendón y caldera.

Esa concesión no era algo meramente honorífico, sino que llevaba aparejado el derecho a sostener y alzar hombres, lo que lo convertía en un ricohombre, lo más alto de la nobleza.

Don Pedro lanzó un grito al cielo. Sus guardias ni se inmutaron, ya acostumbrados a los desahogos de su rey.

Alburquerque tenía la mirada perdida, como si todavía buscase alguna explicación.

—Tomaremos estas tierras, mi rey. Os lo prometo. Y, antes de ejecutar a ese traidor, averiguaré la causa.

El rebelde había incumplido, además, un acuerdo personal con el canciller: no le cedió el castillo de Burguillos en pago por la mediación realizada para que el rey le otorgase Aguilar y la ricohombría.

Desde luego que don Alburquerque tenía ganas de escarmentar al noble andaluz.

Y este tenía sobrados motivos para temer la ira del valido.

Unos días después de esa conversación, llegó un emisario al campamento real.

Tenía prisa por ver al rey y al canciller, traía un mensaje de voz.

A lo lejos estaban los recios muros de Aguilar.

El primer asalto había sido un fracaso y el monarca decidió acometer la ardua tarea de un asedio.

Mantenerlo era muy costoso, y más después de las noticias que acababa de conocer.

—Aquí tenéis la respuesta, canciller. En el fondo, Coronel nunca dejó su querencia por los guzmanes y bastardos. De estas nuevas me encargaré personalmente.

El rey azuzó su caballo con furia y empezó a dar órdenes al grueso de su ejército para que levantase el campo y preparase la marcha.

—Alteza, no podemos dividir al ejército, es arriesgado. ¡Mi señor, primero acabemos esto!

El canciller se llevó la mano a la frente.

En aquel instante supo que el joven rey empezaba a tomar decisiones por su cuenta.

Tenía que buscar la forma de tenerlo más cerca, más distraído y confiado, como al principio.

Hablaría con su prima la reina madre y algo se les ocurriría.

Pero ahora debía seguir al rey, no quedaba otra.

—Llama a mis mesnadas. Que la hueste esté lista en cuanto el rey lo requiera. Y prepara a los hombres: será una larga y dura marcha —le dijo al almocadén de su casa.