El Fratricida 6. Las Cortes de Valladolid #3
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6. Las Cortes de Valladolid #3

—Y en este asunto, sin que sirva de precedente, los de Toledo estamos con Burgos —dijo el procurador toledano, villa donde había dos importantes aljamas—. La usura ha de ser abolida, ¡los judíos se aprovechan de la situación de carestía y altos precios por la que atraviesa el reino!

El resto de villas se unieron al clamor popular y muchos nobles asentían y expresaban su malestar contra la minoría hebrea.

«La Iglesia nos prohíbe a los cristianos hacer préstamos con interés...

, aunque luego el mismo clero encuentra sus formas de saltárselo mientras limita al resto —se decía don Pedro—.

Y luego está la envidia del vulgo hacia los judíos.

No, no puedo relajar las normas que los discriminan, pero tampoco prohibiré ni rebajaré la usura. »

—Señores procuradores, altos señores de la nobleza y egregios representantes del clero, ésta es mi voluntad.

—Hizo una parada y miró a su tesorero real, el privado judío Samuel ha-Leví, que a su lado guardaba un prudente silencio.

Las Cortes contuvieron el aliento—. Los judíos son gente franca y se merecen nuestra protección y defensa.

—El rey ha hablado —zanjó el canciller Alburquerque.

El joven rey no sabía que esas palabras y su subsiguiente política protectora de los judíos, por las que recibiría entre las gentes de Israel el sobrenombre de «patrón y amparo», traerían a ese pueblo una de las mayores desgracias justo durante su reinado y, además, sería un arma que la nobleza usaría en su contra con maledicencia.

Pero en aquellas Cortes de Valladolid ningún noble, prelado o procurador dijo nada por miedo a significarse ante un soberano que mostraba una determinación sin igual en aquel asunto.

Sabían, por otro lado, que la gran mayoría del pueblo se volvería como siempre contra los hijos de Abraham y que sólo había que esperar el momento que más conviniese para prender la mecha.

En cualquier caso, a esas alturas de las Cortes, la reina María ya no escuchaba.

Esperaba paciente su turno. Y llegó al fin.

Era el más dulce plato, la guinda de su venganza.

Ante los mismos nobles que callaron o incluso se favorecieron de la cercanía con la Favorita, ante los prelados que silenciaron la relación adúltera de su marido a los ojos de la mismísima Iglesia y la ley de Dios, y ante los concejos que tantas veces vitorearon como si de una reina se tratase a la barragana, doña María lanzó un alegato contra Leonor de Guzmán.

—¿Y bien? Decidme, señores, todos los reunidos en este rico salón. ¿Quién echa de menos a la cortesana?

No había usado «prostituta», ni siquiera «barragana», pero el tono y el gesto exudaban más desprecio que cualquier palabra.

—¡Alguno habrá que lo haga! Una bella figura, una cara agraciada, y ahí tenemos a un gran hombre como mi querido Alfonso cayendo preso de la súcubo. ¿Acaso no os hechizó a muchos ese mismo demonio?

La reina madre buscó con los ojos a antiguos amigos y aliados de la cortesana; ninguno tuvo la gallardía de decir nada ni de sostenerle la mirada.

—Una Corona dividida por culpa de la arribista sevillana.

Una tierra agostada por la guerra y la peste, el granizo y la carestía.

La Guzmán —escupió su nombre— fue un espíritu maligno que no trajo más que desgracia.

Ya muerto el rey, ya secadas sus entrañas, aún siguió alentando la discordia y fomentando la insidia.

Hizo una pausa. Quería disfrutar de ese momento que tanto le recordaba al más feliz de su vida: cuando fue coronada en el monasterio de las Huelgas junto a Alfonso XI sabiéndose ya la portadora de un heredero en su seno.

Cuando todavía, joven e ingenua, albergaba esperanzas de reconducir su matrimonio y sepultar la relación adúltera antes de que fuese vox populi .

Miró a los artesonados de madera que decoraban el techo del gran salón para esconder las lágrimas.

Lágrimas amargas al principio, pero que se transformaron en otras de gozo y deleite.

No era la ocasión para mostrarlas. Centró su atención en la tenue luz que se filtraba por las saeteras recordando a la frágil claridad de las mañanas cuando el día se nos presenta como mera esperanza.

«Dios mío, ¡has escuchado mis plegarias! ¡Al fin llega mi merecida recompensa tras años de infinita paciencia!», suspiró.

Fijó de nuevo la vista en la audiencia, aunque esta vez no se detuvo en ninguno de ellos.

—Corona de Castilla y León, nobles, clérigos y nuncios, yo, María de Portugal, legítima reina, digo que los males han cesado. ¡El tiempo de mi hijo, el rey don Pedro, ha llegado y nos hará brillar con la fuerza y sabiduría que el Altísimo le ha otorgado!

Las Cortes prorrumpieron en vítores y una sonora aclamación que hizo reverberar las paredes de la estancia.

La reina madre cruzó su mirada con la de su hijo. No hacía falta más. Ambos sabían que ya no dejarían que nadie, ni siquiera la memoria de una muerta, volviera a ocupar el lugar que por la gracia de Dios y el derecho del reino les pertenecía.