6. Las Cortes de Valladolid #2
—En los concejos, por su parte, los artesanos y mercaderes suben también sus precios por la escasez de recursos. Y, al mismo tiempo, las villas se llenan de gente que huye del campo, con lo que...
—Vale, vale, primo. Sí, vuelve a producirse más hambre, lo entiendo.
—Y más peste... Cuanto más junta la gente, más mortandad. Al final los burgos están peor que los campos.
—¿Qué podemos hacer, canciller? —dijo doña María, que sabía que las arcas reales estaban agotadas por la intensa actividad bélica que desplegó su difunto esposo para ganar a los moros el Estrecho.
—En la cancillería tenemos algunas ideas. Su majestad está al tanto de ello. Lo primero es garantizar a los estamentos sus derechos y fueros. Aquietemos a nobles, prelados y dirigentes de los concejos, y luego será más fácil que acepten medidas que mejorarán la vida de los plebeyos.
—Y, si me permitís recordarlo, no olvidemos el asunto de las behetrías, mi señor Alburquerque —apuntó el camarero mayor, que acababa de llegar con unos documentos en la mano.
—No lo olvidaremos, buen Gutierre —intervino el propio rey Pedro—, pero eso lo abordaremos luego.
El camarero mayor del rey, hombre de los favorecidos por el canciller Alburquerque, era un tipo preparado al tiempo que un caballero de abolengo toledano.
No de la gran nobleza, sino de otra de una escala inferior a la que don Pedro tenía muy claro que quería fomentar para debilitar a los grandes señores, igual que su padre hizo antes, especialmente auspiciando a los familiares de su amante.
Él quería hacerlo de un modo general, elevando a cargos importantes a hombres de la media o baja nobleza, fueran de la familia que fueran, de modo que esos señores se harían un nombre, medrarían en riqueza y tierras, pero le serían siempre fieles puesto que todo se lo deberían a su gracia real, que podía tanto dar como quitar.
De pronto, recordó a Leonor de Guzmán, la mujer que a tantos favoreció cuando su padre Alfonso sólo tenía pensamientos para ella.
«La Guzmán, causa de todos nuestros pesares. Sólo mi madre desea más que yo que llegue el momento en que su memoria se vea humillada ante estas Cortes.»
La conversación entre el canciller y el camarero mayor lo trajo de nuevo a la realidad.
Ambos consejeros apuntaban que el asunto era de principal importancia puesto que, al ser un derecho de ciertos campesinos a desligarse de la tierra y escoger al señor que gustasen, molestaba a muchos de los grandes nobles, que quedaban sin manos para sus campos.
Don Pedro no negaba la importancia, pero primero quería cerrar el tema de las hermandades.
Así, ordenó que se permitieran siempre las que perseguían a los malhechores.
Otras deberían estar sujetas a un registro y control que harían el canciller y su oficina.
—Y, ahora sí, canciller. ¿Qué proponéis para el asunto de las behetrías?
Alburquerque ya tenía un plan y había adelantado contactos y negociaciones.
Explicó que haría otro registro oficial, medida ya aceptada por los procuradores, y luego se haría un reparto equitativo entre la nobleza.
Ahí había encontrado resistencia y desconfianza: los señores querían que fueran solariegas de pleno derecho.
—¡Ni hablar! —elevó el rey la voz—. ¡Como monarca también tengo derechos de recaudación en esas tierras, y si pasan a los señores, los pierdo!
La cara de don Pedro se tornó sombría, estaba a punto de cerrar oídos y dejar de escuchar a su consejo.
—Ese registro y pesquisa que propone mi primo —intervino con suavidad doña María— nos dará más tiempo para convencer a todas las partes y no ceder nada del poder real, hijo mío.
—Lo importante en estas Cortes, majestad, es obtener su refrendo y evitar más conflictos entre vasallos y nobles, o entre los mismos nobles que pelean por el derecho a que los campesinos los elijan sólo a ellos.
Don Pedro los miró y respiró hondo.
—Proceded entonces de ese modo, canciller. Dilatemos el asunto.
Alburquerque hizo intervenir a don Gutierre.
—A los hombres de behetría que lo soliciten si no están a gusto, les ofreceremos pasarse a terrenos de realengo.
—Muy listo, primo —concedió don Pedro—. Los campesinos nos preferirán antes que servir en tierras de solariego y abadengo donde sus señores, laicos o eclesiásticos, los someten a las mayores arbitrariedades.
—¿No nos olvidamos de algo? —dijo la reina, y como los otros no contestaran, añadió—: ¿Cómo aceptarán nuestros pares de la nobleza eso?
Alburquerque sonrió satisfecho. Estaba claro que ya lo había pensado.
—Vamos, canciller, soltadlo. Mi madre tiene razón. ¿Qué habéis preparado al respecto?
—Sólo necesito que vuesa majestad me firme unos cuantos perdones. La mayoría de los nobles se aprovechó de vuestra enfermedad, alteza, y usurparon tierras. Con que las devuelvan, se les otorga la gracia real.
—Y a cambio —dijo Pedro, sujetando su enfado— votarán en favor nuestro, supongo.
—Así es, mi rey. Y vuestro realengo tendrá más manos para trabajar las tierras que las de los señores. Un rey más fuerte frente a un clero y una nobleza con menos ingresos. ¿No era eso lo que quiso vuestro padre? Vos, don Pedro, dais un gran paso para ello.
El rey miró a su madre. Luego a su camarero y al canciller.
—Sea. Redactad los documentos.
Amén de éste de las behetrías, y tras varias sesiones escuchando y resolviendo las peticiones generales y particulares de los distintos estamentos, cuando parecía que todo estaba pactado y resuelto, el rey Pedro aún tuvo que solventar un tema espinoso.
—Si me permitís, majestad —se elevó una voz en el alcázar real—, las leyes que limitan al pueblo judío deben ser aún más restrictivas.
Se trataba del nuncio de Burgos, donde se ubicaba una de las juderías más importantes. El Salón Rico del palacio quedó en silencio por un instante y sólo se escuchaba el leve roce de las vestiduras y los susurros apagados de los presentes. Entonces otra voz resonó en los gruesos muros de piedra.