El Fratricida 6. Las Cortes de Valladolid
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6. Las Cortes de Valladolid

Las Cortes de Valladolid

—Juro respetar y cumplir con los fueros y costumbres de mis reinos y concejos en todo aquello que no contravengan el Ordenamiento de Alcalá de mi difunto padre, Alfonso XI, que tiene primacía sobre ellos.

—Vuestro hijo aprende rápido, alteza.

—Lo sé, querido primo. —María no quería que el canciller recelara de ella.

Su intento de avisar al noble Garcilaso en la celada de Burgos había pasado desapercibido, así que era mejor seguir con un trato cercano mientras maniobraba para retener en su órbita a su hijo y disminuir la ascendencia creciente del canciller.

—Nada más empezar —apuntaba el privado—, don Pedro les está recordando que no va a dejar de aplicar las leyes que con tanto esfuerzo se han ganado para el bien común del reino. Como le indicamos.

—Este maldito sistema de Cortes... No sé si fue una buena idea la de Alfonso X de León el instaurarlo —dijo doña María con gesto molesto.

—Bueno, mi reina. Desde que allá por 1188 se celebraron las primeras en León, las cosas se han asentado y ya es una tradición difícil de tornar. Además, permite al rey arrimarse más al pueblo y contrapesar a clero y nobleza.

—Creo que los ingleses también tienen algo parecido. Nos copiaron la idea.

Alburquerque sonrió la ocurrencia. Eran más bien —pensó— los barones ingleses quienes se lo impusieron a uno de sus reyes en un documento llamado Carta Magna que otorgaron veintisiete años más tarde que la tradición leonesa.

Y, a diferencia de ésta, no admitían la participación de representantes de las villas y los burgos, lo que a primera vista parecía algo beneficioso para el poder del monarca.

Sin embargo, tener contentos a los concejos al darles voz directa ante el monarca significaba más capacidad recaudatoria, más contrapeso político frente a los grandes nobles, además del aporte militar que, si bien de menor calidad que el de los caballeros, suponían las milicias concejiles.

Doña María le hizo un gesto señalando la sala y lo sacó de sus pensamientos. El rey había terminado de recibir el pleito homenaje: ya habían pasado los nobles, los representantes eclesiásticos y la mayoría de los procuradores de los concejos.

—Os toca, primo.

—Excusadme, mi reina.

El canciller se situó de pie al lado de don Pedro y comunicó a los presentes que se redactarían dos cuadernos separados: uno para las cuestiones generales y otro para las peticiones particulares. Hecha la aclaración, abrió oficialmente la sesión:

—Estando aquí reunidos los ricoshombres, obispos, maestres de las órdenes, caballeros, hijosdalgo, prelados y hombres buenos de las ciudades, villas y lugares del arzobispado de Toledo, obispado de Cuenca, arzobispado de Sevilla, Córdoba y Cádiz, obispados de León, Oviedo y Astorga...

Mientras escuchaba la apertura protocolaria, el rey don Pedro, con su madre la reina doña María sentada a su vera, miró con interés los rostros de los asistentes.

Aún no conocía a todos los nobles y fijosdalgo, ni siquiera a los prelados, que se ubicaban respectivamente a su izquierda y derecha.

Los que más atraían su atención eran los personeros y procuradores de los burgos, situados justo en el centro de la estancia.

Había dos por villa, como era la costumbre, aunque alguna ciudad envió de más.

—Sé que he de reafirmar el poder real frente a ellos, para que no se arroguen las prerrogativas que tuvieron durante las minorías de edad de mi abuelo y de mi padre. Pero, a la vez, atraerlos a mi bando. No será fácil tanta diplomacia, madre.

—Tú recuerda lo que hablamos. Y sostenles la mirada, como siempre haces cuando quieres salirte con la tuya, hijo mío. Eres difícil de contradecir, lo digo por experiencia.

Pedro se relajó un poco. Su madre no le solía reconocer esas cosas, siempre lo alababa por otras. Evocó la conversación que tuvo con su consejo privado horas antes.

—Puño de hierro en guante de seda, majestad —le había dicho Alburquerque—.

No obraron de mala fe la mayoría. Las hermandades concejiles de aquella época fueron necesarias para frenar abusos de la nobleza.

Cuando vuestro padre Alfonso llegó en 1325 a la mayoría de edad, las suprimió en tanto algunas se habían constituido con un carácter político, como la Hermandad General de Andalucía.

Pero otras eran de carácter policial, para hacer frente a malhechores, o de tipo mercantil, como la Hermandad de las Marismas del Cantábrico.

—¿Me queréis decir, canciller, que he de restaurar algunas de ellas? Fueron útiles para mantener el equilibrio con la ávida nobleza, pero si mi padre las suprimió sería por algo.

—Cualquiera que tenga un carácter político se ha de cortar de raíz, sí.

En cuanto a las mercantiles..., decid que lo pensaréis, pueden ser necesarias, sobre todo la del Cantábrico para que colaboren, como siempre han hecho, en mejorar nuestra flota.

Habrá que presionarla y que aumente su contraprestación por permitir su existencia.

—Tampoco olvidemos a las que llegan a donde el poder real no puede, señores —había intervenido la reina madre—.

Hay que permitir las hermandades que den seguridad a los concejos y campesinos frente a los bandidos que, recordemos, en muchas ocasiones son sicarios de la propia nobleza.

Eso te otorgará muchos apoyos... Una tierra sin ley es como una tierra sin rey, hijo mío.

Lo tendría en mente, sí. Sabía lo que se jugaba.

—... se declara abierto en primer lugar el periodo de las peticiones —finalizó Alburquerque.

El rey quería abordar desde el principio las cuestiones más importantes, pero se topó con una vieja disputa nada más empezar: las villas de Toledo y Burgos pugnaban por ser las primeras en hablar.

—¡Somos la ciudad más antigua, con raíces romanas y capitalidad en la época de los visigodos, además de sede del arzobispado de Toledo, primado de la Iglesia hispana! —aducían los de la capital del Tajo.

—¡En nuestras tierras se meció la cuna de la nobleza castellana desde los inicios del condado del muy noble y leal Fernán González, marca oriental del reino de León y freno al poder del califato omeya de Córdoba! —clamaron los de Burgos.

«Ambas ciudades tienen sus razones —pensó Pedro—. Tras la reunificación de León y Castilla, la nobleza castellana ya ha sido siempre la preeminente. Sin embargo, Toledo tiene el abolengo más antiguo... ¡Maldita sea, perder el tiempo en estas cuitas!»

—Mi rey, os sugiero... —fue a hablar Alburquerque.

Don Pedro levantó la mano. Su gesto adusto provocó un efecto inmediato, a pesar de su juventud. No sólo el canciller permaneció callado, sino que la sala entera, en la que había gritos y hasta insultos entre los procuradores toledanos y burgaleses, quedó en silencio.

—Los de Toledo harán todo lo que yo les mande, y yo hablo por ellos. Por lo tanto, que hable ahora Burgos —dijo con su característica habla ceceante.

El rey había repetido las palabras que su padre, tres años antes en las Cortes de Alcalá, pronunció para zanjar la disputa.

Una disputa que implicó también a parte de la nobleza, con el señor Núñez de Lara y Vizcaya apoyando la preeminencia de Burgos, frente al príncipe de Villena don Juan Manuel, que abogaba por Toledo.

Fue una solución salomónica, porque, aunque daba la palabra a Burgos primero, declaraba que por Toledo hablaba él, el propio rey, que era quien, en definitiva, tenía la primera palabra en Cortes.

Los representantes de las villas, no sólo de las implicadas en la pugna, miraron al rey unos instantes sin decir nada.

Aquel joven se parecía a su padre el rey Alfonso por su cabello rubio, si bien algo más oscuro, y por la blancura de su piel.

Pero Pedro era más alto, con unos pómulos prominentes y, sobre todo, con aquella forma extraña de pronunciar siseando ciertas sílabas, con un habla que se tornaba en ocasiones balbuciente.

Tras mirarse los unos a los otros, los procuradores leoneses empezaron a aplaudir, arrastrando al resto de ciudades de los otros reinos, con lo que finalmente los de Toledo y Burgos tuvieron que unirse al consenso general.

—¿Era esto lo que me ibais a sugerir, canciller?

Alburquerque sonrió, orgulloso como un padre de su hijo, y pensó complacido en que todos aquellos años en los que se esmeró en la educación política del que ahora era rey estaban dando sus frutos.

La labor del rey Pedro I en aquellas Cortes, bien aconsejado por su cancillería, y en especial por su titular don Juan Alfonso de Alburquerque, pasaría a la historia como uno de los mayores logros de su reinado.

Las peticiones y disputas que plantearon los concejos se fueron resolviendo a pesar de que la situación de los reinos era muy precaria, azotados durante años por pedrisco, inundaciones y sequías, con las consiguientes malas cosechas y hambrunas que se habían llevado por delante la vida de muchos.

Y para colmo de males, en 1349 la peste negra, que un año antes había entrado por el comercio mediterráneo por el puerto de Mallorca, alcanzó el territorio peninsular; la plaga se cebó en una población debilitada, que estaba mal alimentada y afectada por otras enfermedades.

La mortandad se disparó, como también sucedía por el resto de Europa, desde donde llegaban noticias dramáticas de lugares en los que falleció la mitad de la población.

—Menos población, menos bocas que alimentar —había dicho la reina María.

Alburquerque negó con la cabeza.

—¡Pero eso, siendo una desgracia, tiene su parte buena: más comida para los que quedan! —insistió.

—Mi querida prima, al haber menos manos para trabajar los campos, los salarios se han disparado. Y ya hemos visto que los señores, al ver disminuir por ello sus rentas, abusan de sus vasallos y aumentan los impuestos.

—Incluso usan bandidos para rapiñarlos escondiendo sus actos, como bien dijisteis, madre —añadió el rey Pedro—. Lo que lleva de nuevo al hambre.