5. Ajuste de cuentas #4
—¡Abrid las puertas, abrid las puertas! ¡Traemos al heredero de la Vega! ¡Y pedimos acogimiento para su linaje!
El conde los recibió y acogió al niño.
—De ahora en adelante, Garcilaso de la Vega III, serás mi ahijado.
La condesa doña Juana Manuel, no mucho mayor que el niño, se adelantó y lo cubrió con su propio manto.
—Ven, Garcilaso, en Gijón estarás a salvo. Mi señor esposo no dejará acercarse a los hombres del rey.
El niño musitó un gracias. Fue a hablar más, pero las lágrimas lo asaltaron y sintió vergüenza.
Las ocultó poniendo su brazo ante la cara.
Él era un chico, y allí estaban los caballeros del conde, duros soldados, ¡qué iban a pensar de él!
Enrique mismo se acercó al niño y descansó una mano sobre su cabeza.
—Llora, muchacho, llora. Aún no tienes catorce años. Hazlo por los que no podemos. ¡Hazlo por mí!
Los fieles sirvientes, todos ellos vecinos de Burgos, se despidieron de su señor niño y abandonaron Gijón, a pesar del ofrecimiento del conde de Trastámara de darles acomodo en su servicio.
Al llegar a su ciudad, los tres hombres cayeron en la cuenta de su error: fueron apresados y llevados ante el rey, al igual que la viuda madre del fugitivo.
—¿A ella también, majestad? —preguntó aprensivo el justicia real.
Al lado del rey estaba el canciller. Todos esperaban que don Pedro lo buscase con la mirada para encontrar consejo, pero esta vez el joven soberano no lo hizo.
—No, pero metedla presa hasta que me acuerde de ella.
Alburquerque se sonrió para sus adentros. «Parece que a Pedro le tiembla el pulso cuando se trata de una dama. Ya veremos con el tiempo.»
A los tres sirvientes se ordenó que los mataran. Luego, el canciller hizo una lista de ciudadanos insignes de Burgos que habían apoyado al noble Garcilaso, los persiguió y le pidió al rey que aplicase la pena máxima.
—No podéis flaquear, majestad. El nido de víboras ha de ser expurgado.
—Canciller, soy yo quien decide. ¿No pondrá esto al pueblo en mi contra?
—Mi rey, la decisión es vuestra por derecho de Dios. En mi humilde posición de consejero, me limito a ayudar en las decisiones más difíciles.
Don Pedro miró a su antiguo ayo. No quería que pensase que era débil. Él sabía que no lo era, pero debía demostrarlo.
—Encargaos vos mismo, según creáis que es mejor para el reino —dijo, y salió de la sala.
Las ejecuciones se sucedieron en los días siguientes, y muchos burgaleses huyeron de la ciudad con el miedo en el cuerpo.
Uno de esos huidos llegó aprisa a Paredes de la Nava, donde un caballero y su mujer, hidalgos vizcaínos de confianza de la casa Lara, criaban a un niño huérfano de padre y madre, de tan sólo tres años.
—¡Hay que salir de aquí! ¡Ya vienen! —los apremió—. Se acercan los hombres del rey con escuderos de Alburquerque a la cabeza.
Se repitió la escena vivida con el pequeño de la Vega, pero esta vez las huestes reales estaban encima. Marcharon veloces hacia tierras de Vizcaya.
—Cruzad a mi mujer y al niño Lara. El resto, descabalgad y seguidme —dijo el caballero al llegar a un puente sobre el Duero.
—Mi señor, es imposible que podamos hacerles frente.
—No lo haremos nosotros, lo hará el río. ¡Hay que quebrar ese arco, aprisa!
Lograron retener a los perseguidores un tiempo precioso, suficiente para llegar al puerto de Bermeo, donde embarcaron hacia la costa francesa. Pero, a mitad de camino, se escuchó un grito desgarrado. La dama vizcaína abrazaba al niño y lo zarandeaba entre sollozos, intentando reanimarlo sin éxito.
—¡Déjalo, mujer! Contra los designios del Señor, nada podemos hacer —dijo el caballero mirando hacia las oscuras aguas.
La travesía por el mar Cantábrico había sido demasiado para la criatura, que moría sin rebasar la infancia, como era común en una época inmisericorde con los débiles y los niños. Ya no había heredero varón para Vizcaya.
—Su majestad, están aquí los hombres que llegaron hasta la mismísima orilla del mar tras el niño Lara.
—¿Y?
—Los fugitivos escaparon en un barco. Los de la Hermandad de las Marismas tardaron en ayudarnos... No podemos probar que fuera intencionado, pero ya sabéis, son norteños, como los vizcaínos que perseguíamos, y esa cofradía tiene además sus propias reglas.
Don Pedro se volvió hacia Alburquerque muy contrariado.
—Sea como sea, en las Cortes que se vienen, canciller, lograd el compromiso de que se financie una flota real. No quiero depender de armadores privados.
—Si me permitís, mis señores, los hombres no vuelven con las manos vacías.
Se escucharon unos sollozos en el pasillo.
Los hombres del rey hicieron entrar a dos jóvenes damas de edad similar a don Pedro.
Eran las hermanas del niño huido, hijas del difunto Juan Núñez de Lara.
No quedaba en Vizcaya quien defendiese los derechos de la familia Lara, por lo que las Encartaciones de Vizcaya pronto se sometieron a la obediencia real y las tierras pasaron de ser señoriales a realengo.
Poco a poco iban cayendo los diques que contenían el poder omnímodo del canciller Alburquerque y el rey Pedro.