El Fratricida 5. Ajuste de cuentas #3
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5. Ajuste de cuentas #3

—No me gusta, canciller. No me fío, su castillo puede ser una ratonera. Ahí ejecutaron al infante Fadrique de Castilla por orden de su hermano el rey Alfonso X el Sabio. Por mucho que mi antepasado lo transformase en un palacio, ese edificio es más parecido a una cárcel.

—No os preocupéis. Os aposentaréis con vuestra madre en las casas del obispo, las que llaman del Sarmental, y pediremos que Garcilaso lo haga en las otras casas obispales, las de San Llorente. Mientras, yo estaré vigilante con la guardia controlando desde San Esteban.

La reina madre no sabía de las intenciones de su primo Alburquerque y su hijo, pero sospechaba algo.

Una vez muerta la Guzmán, su sed de venganza más inmediata se había colmado y su carácter piadoso y conciliador la impulsó a tomar una decisión que podría enfrentarla con su pariente y con su hijo.

Valoró el riesgo, pero también sopesó que el canciller estaba condicionando cada vez más a Pedro, y ese puesto de influencia debía ser sólo de ella.

Le dijo a una de sus damas que fuera con un mensaje de voz hasta las casas donde se hospedaban el caballero Garcilaso y los suyos.

El intento de avisarle para que no acudiera a ver al rey fue en vano.

El adelantado de Castilla se sentía fuerte en Burgos, arropado por muchos caballeros y por las simpatías del pueblo, y sus cuñados, nobles también poderosos, lo acompañaron junto con varios de sus hombres hasta las casas del obispo donde posaba el monarca.

El alcalde del rey se les había adelantado para contarle a don Pedro que nada se había hecho contra la voluntad real y que, en justicia, no había motivos para recelar de los burgaleses, que sólo querían refrendar su buen vasallaje.

Los escuderos de Alburquerque condujeron al funcionario a una estancia y le indicaron que esperase.

Al poco, vio entrar en la sala a la comitiva real completa, de modo que cuando llegó Garcilaso el Joven ya estaba presente el rey junto a su madre y el canciller Alburquerque.

Con ellos había varios sirvientes y una guardia de ballesteros, los encargados de portar las mazas que simbolizaban la justicia real.

Cuando el rey no estaba, la figura responsable de aplicarla era la de los alcaldes del rey, jueces que el rey Alfonso X el Sabio intentó imponer ochenta años antes en las villas, inmiscuyéndose en la justicia local, por lo que sufrió una revuelta de las ciudades que se unieron a otra que ya estaba en marcha de los nobles.

Aunque su antepasado tuvo que recular, sus descendientes persistieron con mayor o menor acierto y fue ya con su padre Alfonso XI cuando los concejos tenían admitidos a los justicias reales para ciertos casos, siempre en pugna competencial con los alcaldes foreros o locales.

La reina madre se levantó y salió. Al cruzarse, miró con resignación a Garcilaso el Joven, que sólo en ese instante se dio cuenta de su error. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se cerró tras la reina y se escuchó la voz del canciller.

—¡Lleváoslos!

Los acompañantes de Garcilaso fueron rodeados y, a pesar de las protestas, retenidos por los brazos y obligados a abandonar la sala. El adelantado de Castilla se quedó solo y, desesperado, intentó dirigirse al rey.

—Majestad, esto es un error. ¡Sea lo que sea que os haya dicho, vuestro canciller os está mintiendo!

El rey observaba sin decir nada, sin hacer un gesto. Alburquerque era quien llevaba las riendas.

—Alcalde, ¿sabéis lo que tenéis que hacer?

El alcalde real no respondió al privado. Miró a Garcilaso, el poderoso señor castellano. No podía, no podía... Pidió acercarse al rey.

—Vos, alteza, mandad esto, pues yo no puedo.

Don Pedro miró con desprecio a su funcionario y se dirigió a sus hombres:

—Ballesteros, prended a Garcilaso.

Ya trabado por los brazos, el noble castellano se resignó a su suerte.

—Mi rey y señor, os pido que mandéis llamar un clérigo para que me confiese.

Don Pedro levantó la barbilla y un sirviente salió en busca del sacerdote. Alburquerque quería acabar cuanto antes.

—Allí mismo, en el portal. Que ahí se confiese.

Dejaron a don Garcilaso con el sacerdote un momento de privacidad.

A continuación, dos ballesteros se acercaron al caballero por orden expresa del rey.

El primero lo golpeó con su maza y lo dejó conmocionado.

El otro lo acuchilló varias veces de seguido con una broncha.

Cuando parecía que todo estaba hecho, don Pedro susurró unas órdenes a unos escuderos.

Los hombres tomaron el cuerpo de Garcilaso como si de un fardo se tratara, lo tiraron por una ventana y fue a caer en la calle, donde aquel domingo había un encierro de toros que el propio fallecido había organizado para festejar la visita del rey y agasajarlo.

Las reses pisotearon el cadáver, que quedó apenas reconocible.

Todo Burgos presenció con estupor la escena.

Para que no olvidasen, se colocó el cuerpo en una peana hasta el fin del día y luego, ya metido en un ataúd abierto, quedó expuesto sobre la muralla.

—¿Os parece suficiente escarmiento, canciller? Dijisteis que tenía que hacerme respetar y mandar un aviso de lo que les sucederá a los traidores. ¿Creéis que será suficiente?

—Lo es, alteza, lo es. Estoy muy orgulloso de vuesa merced. Además, hemos allanado el camino para las negociaciones en Cortes.

Alburquerque sonreía satisfecho. El rey le hacía caso, su poder era supremo.

Sin el de Lara y el de la Vega, los nobles más peligrosos, nadie podía discutirle al privado su posición de gobierno, porque nadie tenía más proximidad al rey que él.

Precisamente de ese privar, de esa cercanía al monarca, venía la dignidad inmaterial de la privanza, que estaba por encima de títulos materiales como canciller, tesorero o camarero.

A él le gustaba más considerarse como «el gran privado» y ahora se sabía por delante incluso de la madre de don Pedro.

—Majestad, si me permitís...

—Decidme, mi buen don Alfonso.

—Para rematar un buen traje, mi rey, no hay que dejar flecos.

—¡Mi hijo, mi hijo! —No eran gritos de miedo, o no sólo, sino de apremio y auxilio. La viuda sabía que, muerto su esposo, esos criados fieles que venían a por el pequeño heredero de la Vega, un niño de once años llamado Garcilaso, igual que su padre y su abuelo, eran su único amparo.

—Mi señora, ya salimos. No pararemos hasta llegar a las tierras del conde de Trastámara. Vuestro hijo estará a salvo —prometieron mientras arrancaban al pequeño de sus brazos.

Tras una cabalgada frenética, forzando el paso por las montañas asturianas, los fieles sirvientes divisaron por fin Gijón, villa de Enrique de Trastámara.