El Fratricida 5. Ajuste de cuentas #2
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5. Ajuste de cuentas #2

—Sé que esa deferencia no viene de tu rey y mucho menos de la reina. Agradezco el ofrecimiento y lo que arriesgáis por ello, pero no, don Gutierre, no será necesario. Hace tiempo que mi alma está en paz con Dios.

Don Gutierre miró una última vez a Leonor, hizo una pequeña reverencia y abandonó la celda. Se escucharon unos susurros en el pasillo y, al poco, la puerta volvía a abrirse. Doña Leonor estaba de cara a la pared, de espaldas. Respiró hondo, cogiendo fuerzas.

—No creas que no te miraré a la cara, verdugo. Lo haré como si fueras la mismísima reina; esa que no tiene el valor de hacer por su mano lo que su negro corazón tanto anhela.

Se volvió. Vio a un hombre empuñando un puñal y avanzando hacia ella.

La fortaleza que mostraba la que había sido la Favorita del reino lo detuvo en seco, temiendo enfrentar aquellos profundos ojos de mente despierta.

Fue entonces Leonor la que avanzó unos pasos hasta que su pecho rozó la punta del cuchillo, sin dejar un instante de mirar fijamente a su asesino.

—¿A qué esperas, desdichado? Así es como muere una verdadera reina.

Campos de Valladolid, Corona de Castilla

Llegó la noticia a lomos de un mensajero.

No tardaría en conocerse por los reinos.

Doña María estaba con sus damas, sentada sobre un improvisado alto de madera bajo un entoldado, degustando una pieza del cordero que tan bien preparaban por aquellos lares.

Mientras los procuradores y nuncios de las villas se iban reuniendo en Valladolid, el canciller había aconsejado a su hijo don Pedro que siguiese demostrando su autoridad, para lo que Palenzuela, donde estaba el bastardo real Tello, y Burgos, donde los simpatizantes de los Lara y los Garcilaso de la Vega habían creado descontento, eran paradas necesarias.

A lo lejos, en medio de los campos bajo un sol despiadado, veían trabajar la tierra al pueblo bajo con el lomo partido por el esfuerzo.

—Esas gentes trabajan duro. Yo no podría —dijo una de las damas.

—Ya tendrán tiempo de descansar en invierno. Así son las cosas, así las ha dispuesto nuestro Dios Padre. ¿Sabéis qué hacen en el invierno? —dijo otra.

—Tampoco están ociosos, querida, si es a eso a lo que te refieres. Reparan las herramientas, atienden al ganado... —adujo la primera.

—¡Pero eso no es nada! No exageremos, amigas. La vida de los laboratores no es tan mala como quieren hacernos creer.

Varios campesinos, hombres y mujeres, pasaron por delante de las señoras y saludaron humildes.

Las caras se veían sudorosas y agrietadas por las inclemencias del tiempo.

Morenos, de áspera piel y sucias manos, cargaban con sus azadones y sacos.

Hacían un alto en la jornada para rezar el ángelus, porque el pueblo atendía a dos calendarios desde la época carolingia: el agrícola, con sus estaciones y sus tiempos de siembra y cosecha, y el litúrgico, que regía la vida de todos, nobles y plebeyos.

Las fiestas de guardar, los rezos a las horas canónicas y las misas correspondientes ordenaban los días y las semanas, tal como las leyes de Dios establecían.

—Dadles unas monedas a esos desgraciados —dijo de pronto la reina María, haciendo un gesto a uno de sus pajes.

Las damas vieron sonreír a la reina, que se había levantado y dejaba que los rayos de sol acariciasen su rostro. No parecía importarle exponerse a que su piel delicada y blanca, propia de señoras de alta cuna, adquiriese un tono tostado impropio de su alcurnia.

—Mi reina, alteza..., el sol está muy fuerte. Por favor, resguardaos.

—Señoras, es momento de disfrutar. Ha llegado el ansiado postre —les dijo al tiempo que les enseñaba el pergamino con el sello de don Gutierre informando de que se habían cerrado para siempre los ojos orgullosos de aquella furcia que quiso ser reina.

El pueblo acogió la noticia como siempre hacía: aceptando tras un corto periodo de tiempo que aquello eran asuntos de los señores, a lo que añadía el morbo del cotilleo.

Diversas historias sobre cómo había muerto la Favorita circularon por plazas y mercados.

Con un puñal en el corazón, decían muchos, pero otros aseguraban que no se había derramado su sangre, sino que doña Leonor expiró por estrangulamiento sin dejar de mirar retadora a su verdugo.

Y también los hubo que juraban haber estado en Talavera y, con todo lujo de detalles, describían cómo la subieron al patíbulo y su cabeza rodó tras el golpe de hacha.

Sea como fuere, sucedió en Talavera, la Ciudad de la Reina. De la que reinaba y, también, de la que intentó serlo. Allí encontró su trágico final una de las mujeres más fascinantes, poderosas e influyentes en la historia de las Españas. Y su semilla germinaría con fuerza.

Valencia de León (León)

Sus hombres habían cumplido bien con lo ordenado.

Desde Valencia de León, 1 donde el rey don Pedro paraba en su magnífica fortaleza, un caballero de su estricta confianza había marchado con una pequeña hueste a sondear la villa de Palenzuela.

Era esta una plaza bien fortificada en la que se encontraba don Tello, otro de los medio hermanos del rey, que ya sabría de la muerte de su madre.

Tomar la villa por asedio no era deseo de don Pedro, que recordaba que medio siglo antes aguantó un sitio de seis meses hasta que la regente por aquel entonces, su bisabuela la reina María de Molina, consiguió someterla de nuevo a la autoridad real y reprimir la sublevación impulsada por, precisamente, el cabeza de la familia de los Lara, el abuelo de Núñez de Lara, el mismo que había intentado usurpar el trono durante su enfermedad.

«No llegan noticias de ningún cambio de actitud de Fadrique, a pesar de que ya conoce la ejecución de su madre. Parece que le he cortado bien las alas a ese pajarraco. Veremos ahora qué hace el siguiente polluelo.»

No tardaría en saberlo. En lontananza vio una polvareda.

Era la hueste de Tello que avanzaba por la reseca tierra castellana.

Se pararon a buena distancia de los muros de Valencia de León, y enseguida una comitiva de un puñado de jinetes, con Tello a la cabeza, se acercó a sus puertas, quedando a merced de las tropas reales.

Su medio hermano se le sometía, estaba claro.

Pero tenía que asegurarse, como con Fadrique, mirarle a los ojos.

Tras recibir el saludo protocolario de don Tello, don Pedro, sin siquiera molestarse en devolverlo, le espetó allí mismo, ante todos los caballeros y notables:

—Don Tello, ¿sabéis que vuestra madre doña Leonor ha muerto?

Misma mirada áspera que le dedicó a Fadrique, mismos ojos penetrantes, fríos como las mañanas invernales castellanas. Y un mismo gesto, adelantando displicente el dorso de su mano.

La cara de Tello era la vívida imagen del miedo. Rezó para que el emisario del rey no hubiera mentido sobre las intenciones de este y siguió sus consejos. Se hincó ante el monarca y besó su mano.

—Mi rey, yo no tengo otro padre ni otra madre salvo a vuestra merced.

El monarca sonrió satisfecho. Los hombres de su séquito relajaron las caras y Tello respiró aliviado, sujetando como podía el temblor de sus manos.

Con aquel gesto salvó su vida. Con aquellas palabras traicionó la memoria de su madre y la confianza de su hermano mayor Enrique, que seguía rebelde en tierras asturianas, roto de dolor y jurando venganza.

Junio de 1351 Burgos

La comitiva real no marchó directamente a Valladolid por la ruta natural que atravesaba hacia el sur la Tierra de Campos y los montes Torozos en Medina del Campo, sino que el canciller don Juan Alonso de Alburquerque insistió en no dejar para más tarde lo que había de hacerse en Burgos.

El rey, aconsejado por su privado, ordenó dar un amplio rodeo, tomar el camino del este, con paradas en el antiguo monasterio real de San Benito, fundado en el siglo  X en Sahagún por el rey asturiano Alfonso III el Magno.

Tras visitarlo, el camino los llevó a Carrión, 2 donde se alzaba el Hospital de la Herrada, un establecimiento fundado por la nobleza palentina a principios del siglo  XIII para dar asistencia a los peregrinos jacobeos que iban a Santiago de Compostela.

—Alteza, mis señores —dijo un explorador que regresaba de una batida por tierras de Burgos—, varios caballeros y una nutrida hueste han salido de la villa y se dirigen hacia aquí.

El canciller miró condescendiente a don Pedro, como haría quien sabe lo que va a encontrarse. El rey no escondió en su rostro que esperaba su consejo.

—Tenemos que ser inteligentes, majestad. El adelantado de Castilla, Garcilaso de la Vega, tiene numerosos aliados en la villa. Su influencia no se limita a sus tierras cántabras de Asturias de Santillana.

—Pues decid qué se os ocurre, Alburquerque. Me hablan de muchos caballeros en torno a ese hombre, contando con sus cuñados y también con simpatizantes de los Lara entre ellos. Pueden plantarnos cara ahí mismo.

—No creo que sea su intención. Es otra muestra de fuerza, como la que hicieron expulsando funcionarios reales. El alcalde del rey, vuestro justicia, es el único que permanece porque creen tenerlo controlado.

—No me extraña. Cuando en las revueltas mataron al recaudador de la mi alcabala, esos señores burgaleses miraron para otro lado. Entonces, ¿qué hacemos?

—Solicitar..., ejem..., aceptar la hospitalidad que, como buenos vasallos, tienen la obligación de ofrecer.

—Eso nos puede conducir a una trampa. Garcilaso el Joven era la mano derecha del Lara. Otro traidor, según vos mismo me habéis repetido desde que desperté de mis fiebres.

—Las noticias de vuestra magnanimidad para con Fadrique y Tello de seguro han llegado ya a oídos de los burgaleses.

Esperan lo mismo. Muerto Lara, saben que su conjura ha fracasado.

Decidle que os alojaréis en la ilustre villa de Burgos, cabeza de Castilla, a la espera de que esos hombres os renueven su homenaje.