El Fratricida 5. Ajuste de cuentas
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5. Ajuste de cuentas

Ajuste de cuentas

El rey se recuperó del todo de su enfermedad y, ya para el inicio de la primavera, pudo al fin desplazarse. Se había convocado a Cortes en Valladolid, pero ese no fue el destino inmediato. Había asuntos importantes que atender.

Los campos extremeños estaban en su apogeo, con los árboles en flor en su máximo verdor.

Encinas y olivos se sucedían con espacios ocupados por la jara, el tomillo y el romero.

La zona era hábitat de una fauna variada, buena tanto para la ganadería como para la caza, y en el camino ya se les habían cruzado algunos ciervos, que enseguida buscaron cobijo en la espesura.

Los soldados divisaron también una piara de jabalíes y consiguieron abatir uno de ellos, que le presentaron a su rey.

Don Pedro recompensó a los cazadores, pero su mirada estaba en los cielos, observando fascinado cómo los milanos, abundantes por aquellos pagos, daban cuenta de perdices y conejos.

—Majestad, al doblar aquel recodo, la fortaleza de los santiaguistas será visible.

—Quiero los estandartes bien desplegados. Y que se toquen las trompetas. Sé que saben que llegamos, pero que esos freires sientan que es su rey quien se acerca.

En la puerta principal del castillo, inmóviles, formaban varios caballeros santiaguistas, unos a caballo y otros a pie.

El pendón de la orden —una cruz gules a modo de espada, con forma de flor de lis en la empuñadura y los brazos, sobre fondo blanco— ondeaba lánguido al lado del maestre, don Fadrique, uno de los gemelos de Leonor de Guzmán y, por tanto, medio hermano del rey don Pedro.

—Mi señor rey, bienvenido a Llerena. La Orden de Santiago os saluda y presenta sus respetos —dijo Fadrique, a lomos de su yegua rubia y de crin castaña.

—No perdamos el tiempo con saludos, «hermano» —dijo don Pedro desde su caballo, sin acercarse y marcando la palabra con un deje incrédulo—. Quiero que me digáis a la cara si tuvisteis algo que ver con la traición de vuestro gemelo, el conde Enrique de Trastámara.

—Creedme, mi señor, que no he tenido nada que ver. Salí de Sevilla antes que mi hermano y me dirigí a estas tierras a cumplir con la vigilancia de la frontera portuguesa, tal como corresponde a la Orden de Santiago.

—¿Y tampoco habéis tenido nada que ver con la conspiración del señor de Lara y el adelantado de Castilla Garcilaso de la Vega mientras yo casi rendía cuentas ante el Altísimo?

—Aquí en Llerena estamos apartados, atendiendo asuntos de la orden, mi rey. Juro que no sabía nada de ese complot. Ordené misas por vuestra alma mientras vuestra alteza estaba enfermo.

Don Pedro lo miró con la dureza que nunca abandonaba sus ojos y permaneció callado unos momentos. Tras un tiempo que pareció interminable, ofreció el dorso de su mano en un gesto regio. Don Fadrique descabalgó raudo y acudió hasta el rey para besarle el anillo y prestarle expreso homenaje.

—Mi... madre... —dijo tras incorporarse.

—Hablad con la mía, con la reina. Es ella quien decide quién y cuánto puede verla. Luego venid a verme. Hay mucho que tratar. Seguiréis como maestre, don Fadrique, pero algunas cosas van a cambiar. Llamad a capítulo a Los Trece.

El cortejo fue entrando en la fortaleza. Tras el rey y sus hombres marchaba un carromato en el que viajaba la reina doña María, que ordenó detenerse y descorrió un cendal. Fadrique saludó con una reverencia.

—Vuestra madre, maestre, viaja atrás, con los criados. Cuando el servicio se asiente y esté todo acomodado, podréis verla, pero siempre acompañado.

—Gracias, alteza. —Fadrique se mordió la lengua.

Esperó hasta verla. Sobre una acémila, Leonor de Guzmán intentaba mantener una pose digna.

Se la veía bastante desmejorada, aún le roía la carne la reciente muerte de su hijo Fernando, pero aun así su belleza era incuestionable.

Ella lo miró un instante al pasar y sonrió dulce y maternalmente, tratando de trasladar sosiego como una madre haría con su niño.

Luego, según lo prometido por doña María, madre e hijo se verían.

Leonor besó a su vástago y se fundieron en un abrazo durante una hora entera, ambos llorando, sin decir una palabra el uno al otro. Sería la última vez que se vieran.

El rey pasó un tiempo por tierras extremeñas, aprovechando para reunirse con los dirigentes de la Orden de Santiago y establecer nuevas reglas que afianzasen su control sobre su medio hermano.

Encabezaban la orden el maestre y los comendadores de las encomiendas, que formaban el grupo de Los Trece Caballeros.

Con sede en Uclés, la hermandad había crecido en poder por todo el reino.

Sus miembros llevaban una vida conventual, con estrictas reglas referentes a misa diaria, comidas en silencio, ayunos, votos de pobreza y de obediencia y, usualmente, voto de castidad, que sólo en ciertas ocasiones se levantaba.

Una vez reunido el capítulo, don Pedro exigió que le prestaran expreso homenaje todos sus castillos, así como dictó orden de que Fadrique no pudiera ser acogido en las fortalezas santiaguistas sin autorización real previa, aun siendo el maestre, lo que suponía una humillación sin precedentes.

Durante este tiempo, por consejo de Alburquerque, doña Leonor de Guzmán dejó de viajar en el séquito y se la envió a Talavera, propiedad de la reina doña María, que ordenó unas condiciones aún más duras de encierro para la que ya no era favorita de nadie.

Talavera de la Reina, Toledo, Corona de Castilla

Con motivo de su matrimonio en 1328, el rey Alfonso XI le entregó en arras a María de Portugal los castillos, alcázares y villas de Guadalajara, Talavera y Olmedo, con todas sus rentas, derechos y pertenencias.

La portuguesa había disfrutado muy poco de sus posesiones, dado el encierro al que había sido sometida.

Aun así, Talavera había contado con su presencia en algunas ocasiones y en su honor se la denominó «de la Reina».

Le gustaba transitar por las riberas del Tajo, el río que bordeaba la ciudad y se enroscaba en una población dominada desde las alturas por la fortaleza que defendía el paso.

Las palomas torcaces, las fochas y las garzas eran abundantes entre álamos, sauces blancos y el paloduz, la planta del regaliz que los talaveranos recogían y vendían como golosina en los puestos callejeros.

También la usaban en las boticas por su propiedades antiinflamatorias y calmantes de la acidez estomacal y de la tos.

Tenía mucho éxito, pues, amén de lo previo, era uno de los remedios para el mal aliento.

—Mi señor don Gutierre, ha llegado un emisario que dice ser el escribano de su alteza doña María. Me ha dado esto para vos.

Don Gutierre miró la misiva, que iba enrollada y lacrada.

Observó el sello de la reina madre; lo que había temido se iba a hacer cierto.

Leyó el contenido y guardó el escrito en su faltriquera.

No había dudas, además de la firma de doña María en el documento, aquel hombre traía un pasaporte con el sello real para que nadie le impidiese el paso.

La humedad del río se dejaba sentir en las paredes de la celda.

Un camastro miserable, apenas con algo de paja, era todo el mobiliario que acompañaba a doña Leonor en su encierro.

Olía mal, el moho y la suciedad impregnaban el ambiente.

Llevaba semanas sin que la dejasen asearse y había perdido mucho peso.

Una sola comida al día y escasa. Así habían sido las instrucciones expresas de la reina para el encierro de su rival, de la ramera que le había robado a su hombre y su legítimo puesto.

Ya no quedaba nada de la belleza de la sevillana, salvo sus ojos, orgullosos y de tal brillo que ni siquiera aquellas condiciones de vida podían apagar.

Y a eso «hay que ponerle remedio», expuso doña María a su hijo el rey.

Don Pedro no movió un músculo cuando su madre le vino con su última petición.

El canciller Alburquerque tampoco dijo nada de contrario.

Tras más de un año prisionera, nadie había intentado liberar a la antigua favorita, que, salvo para sus hijos, no era ya más que un mal recuerdo.

La puerta de la celda chirrió y, al levantar la mirada, vio Leonor al alcaide, sacudiéndose la mano en su manto para limpiarse el óxido y la herrumbre al empujar la reja.

—Señora doña Leonor de Guzmán, ha llegado un enviado de la reina doña María. Lo siento de veras. Me temo que traigo malas noticias.

—Don Gutierre Fernández de Toledo, el camarero del nuevo rey y un caballero, a pesar de todo; a pesar de que vuestra familia no obtuvo mi favor ni el de mi amado rey Alfonso.

—Lo miró fijamente, casi compadeciéndolo—.

Pero no os lamentéis, señor toledano, mirad en qué situación me encuentro. ¡Mejor acabar con esto!

Leonor se había incorporado e, instintivamente, se atusó los harapos al hacerlo, recomponiendo con un gesto muy femenino su aspecto.

Gutierre reconoció en ella a la hermosa y decidida mujer que pudo haber sido legítima reina, pero que hubo de conformarse con sólo parecerlo.

A pesar de los rumores, Alfonso XI nunca se atrevió a dar el paso de desposarla.

En las canciones populares se hablaba del amor sin igual del rey Alfonso hacia su amante, de que lo hubiera dado todo, lo que fuera, por ella.

Pero, se dijo el alcaide, eso no era cierto: a la hora de la verdad, a Alfonso le importó más su reino, pues sabía que repudiar a doña María y casarse con Leonor habría significado una guerra civil en la que Portugal, Aragón, Francia y el papado habrían participado del lado de los grandes señores castellanos.

Demasiado riesgo para jugar esa mano. Hasta su amor tuvo un límite.

—Afuera espera un religioso. He mandado llamarlo, por si requerís de sus servicios espirituales, mi señora.