El Fratricida 4. Entronización #4
8%

4. Entronización #4

—Lo hará, capitán, lo hará. Su majestad don Pedro es un hombre fuerte y Dios no lo abandonará ahora que ya está en su justo sitio, el trono castellano.

Gutierre dijo estas palabras en alto para que la tripulación y los soldados embarcados las escuchasen. Se volvió hacia los hombres, puño en alto, y gritó:

—¡Soldada de un año para el que capture al conde de Trastámara!

El conde Enrique estaba junto a sus parientes, el señor de Marchena y alcaide de Algeciras, Pedro Ponce de León el Viejo, y el hermano de este, que era maestre de Alcántara.

Lograron sublevar la plaza tras perseguir y expulsar a los partidarios del rey.

Desde las murallas del alcázar vieron aproximarse la flotilla real, compuesta por un número elevado de galeras que no podían contener en el mar.

Una bandada de gaviotas los sobrevoló con sus típicos graznidos y parecían reírse de los desafortunados conspiradores que, atónitos, contemplaban la escena.

—No me esperaba una reacción tan rápida con el rey postrado en su lecho —dijo el Viejo—. Ese canciller ha estado muy despierto.

—No, hermano, no se trata de Alburquerque. Está demasiado ocupado sujetando al resto de la corte mientras él mismo conspira para coronar al infante de Aragón don Fernando —apuntó el maestre de Alcántara.

—Es ese toledano de nobleza secundaria, don Gutierre —coincidió Enrique—. Su familia siempre se ha mostrado distante con mi madre y apegada a mi medio hermano.

Dijo esas palabras apesadumbrado. No entendía que los Fernández de Toledo no hubieran preferido los lujos y favores de la corte con los que su madre la Favorita prodigó siempre a sus partidarios.

—Querido primo —le dijo Ponce el Viejo—, si nos asedian, tienen suficientes efectivos para cerrar cualquier vía de escape.

—Ya hui de Sevilla, pero ahora todo ha cambiado. Pedro se muere. Si los Guzmán y Ponce no sostenemos esta plaza, ¿cómo pugnaremos con los otros bandos que ya se han formado?

—¡Mirad, hermano, mis freires alcantareños se acercan a la carrera desde el puerto!

El mayor de los Ponce se volvió hacia donde le indicaba su hermano.

A lo lejos, un grupo de caballeros de la orden de Alcántara entraba en la parte de la ciudad más cercana al alcázar y bloqueaba las calles con ayuda de la milicia algecireña.

El pueblo los seguía de cerca en una protesta que, por el momento, no pasaba de gritos en favor del rey don Pedro.

—Mis señores —dijo un escudero que apareció por el portón del adarve y que se enjugaba con su manga el salitre de la cara—, los agentes del rey han logrado atraerse a la población. El acceso al puerto lo controlan los insurrectos.

—¿Cómo es posible, acaso no nos deshicimos de todos ellos?

—Parece que anoche algunos lograron descolgarse por los muros sin ser vistos...

Los tres nobles se miraron. Enrique hizo una mueca de disgusto rindiéndose a la evidencia.

—¡Por el Portón de Morón! —ordenó Ponce el Viejo—. ¡Vamos! Ya llegará nuestro momento.

Don Gutierre entró satisfecho en Algeciras. Los espías del rey no habían errado y la toma fue sencilla, aunque no logró dar caza a los nobles insurrectos.

—Mi señor camarero, se han dividido. Los Ponce parece que se dirigen a Marchena. El conde de Trastámara, hacia Morón.

—Los primeros se encastillarán en sus posesiones. El conde, está claro, busca el amparo de los freires santiaguistas de su hermano Fadrique.

—¿Qué hacemos, mi señor?

—Asegurar esta villa. Eso es lo importante ahora. Y enviad noticias de nuestro triunfo al canciller Alburquerque.

Las noticias sobre Algeciras fueron un alivio pasajero.

El canciller redobló la vigilancia en el camino hacia el norte.

La aparición de Enrique de Trastámara en Algeciras lo había sorprendido, no lo tuvo en cuenta, pensó que se limitaría a huir.

Ahora era seguro que se refugiaría en Asturias, no permanecería mucho en Morón.

Los Ponce no eran rivales por el momento, los dejaría en Marchena e intentaría un acuerdo con ellos para que volvieran al bando real a cambio del perdón y de respetar sus títulos y sus tierras.

Decidió centrarse en el bando que se había formado alrededor del noble Juan Núñez de Lara, porque sabía que la guerra civil estaba a punto de desatarse y, de ganar el de Lara, sin duda él perdería su privanza y hasta la vida misma, pues eran enemigos jurados hacía tiempo.

Entonces, igual de inesperado que se había sumido en una inconsciencia agónica, Pedro I de Castilla despertó.

—¡El rey vive! ¡Loado sea Dios! ¡Don Pedro vive! —fue el grito que recorrió toda Castilla y León.

Don Juan Núñez de Lara se apresuró con sus parciales a salir de Sevilla en busca de la protección de sus feudos.

Moriría de causa natural al poco tiempo, dejando un heredero que apenas daba sus primeros pasos.

Un verdadero golpe de fortuna para el privado Alburquerque, que el portugués no podía dejar pasar.

El rey estaría largo tiempo convaleciente.

Tiempo de sobra para ir madurando en su cabeza lo que no admitía demora.