4. Entronización #3
Alburquerque había mandado cerrar también el acceso a la costa por Cádiz por si quisieran embarcar, porque las últimas noticias decían que los fugitivos habían pasado por Marchena, villa del señor Pedro Ponce de León el Viejo, primo de Leonor de Guzmán.
Este señor, junto a su hermano el maestre de Alcántara, mantenía tratos con la Corona para garantizar el respeto a sus títulos y tierras.
El rey y su canciller no sabían que eran parte de un complot para hacerse con la ciudad de Algeciras, de la que el mayor de ellos era, además, su alcaide.
—Les cerraremos el paso hacia el mar, majestad. Sólo les quedará la ruta de la frontera y, si entran en Portugal, esperemos que mi tío el rey Alfonso IV, vuestro abuelo, los aprese.
—No lo dudéis, canciller —dijo doña María—. Mi padre odia a la barragana y a toda su prole. Ya inició una guerra por las afrentas que Alfonso XI cometió contra mí.
—¡Y la perdió, madre, y la perdió! —Pedro descargó un puñetazo sobre la mesa. Una copa con vino se desparramó por el suelo—. ¡Encuéntralos a todos, Alburquerque! ¡Pero sobre todo a Enrique!
—Al menos ha llegado una buena noticia, mi rey. El bastardo Fernando Alfonso ha muerto sin llegar a casarse con la hija de Ponce de León. Uno menos del que preocuparse.
Don Pedro y su madre se miraron complacidos.
De los diez hijos que había parido la Favorita, ya sólo vivían siete.
Los gemelos Enrique y Fadrique, de diecisiete años, Tello, de trece, y los cuatro pequeños: Juan Alfonso, de diez años; la única fémina, Juana Alfonso, de nueve; Sancho Alfonso, de ocho; y Pedro Alfonso, de tan sólo cinco.
Eran los cuatro mayores los que les preocupaban y ahora había uno menos.
—¿Y qué vas a hacer con la ramera, hijo?
—Que la trasladen fuera de mi vista y encerradla sin comodidades. Nada de visitas y doblad la guardia.
—Carmona.
—¿Qué decís, canciller?
—Hasta que hayamos limpiado de ratas Sevilla, mejor sacarla de la ciudad. Sugiero el alcázar de Carmona, majestad. Mis informantes me dicen que lo de la boda y huida de su hijo es sólo parte del plan que ha urdido. Eso desanimará a los nobles con los que complota.
—Y allí que pruebe una de las celdas... —se regocijó la reina María—. Que sea en el nuevo alcázar de la Puerta de Córdoba. El antiguo de la Puerta de Sevilla es demasiado cómodo para lo que se merece esa perra.
—Así sea —dijo el rey Pedro—. Preparadlo cuanto antes.
Don Pedro recordaba que en Carmona también existía una tercera fortaleza de origen musulmán, situada en el punto más alto de la ciudad y que se encontraba en malas condiciones.
Ya había ordenado restaurarla y que se hiciese de tal modo que se conservase, incluso aumentase, el estilo árabe del alcázar de Sevilla que tanto le agradaba.
En el futuro se conocería como el alcázar de Arriba o de Don Pedro.
Aquella noche la pasó en vela el rey don Pedro, lleno de ira y coraje.
Era de dormir poco, acostumbrado a levantarse antes del amanecer y tener una actividad intensa, pero, tras pasar otros dos días sin apenas descanso a la espera de noticias del conde de Trastámara, su cuerpo dijo basta.
Cayó redondo, inconsciente, lleno de sudores.
No eran capaces de despertarlo; quedó en un estado catatónico que recordaba a su dolencia de la infancia, aunque en este caso también había fiebres malignas que hacían temer que se tratase de la misma pestilencia que había matado a su padre el rey Alfonso.
Los días pasaban y, a pesar de las sangrías y otros remedios, don Pedro no despertaba.
Corrió la voz de que se moría, y empezó a sonar con fuerza el nombre del primo del rey, Fernando, el infante de Aragón y marqués de Tortosa, como sucesor.
No en vano era el favorito del canciller Alburquerque y su facción.
No era la única: entre los otros que también aspiraban a hacerse con el poder se contaba el bando del poderoso Juan Núñez de Lara —señor de Vizcaya y tío materno de la niña Juana Manuel— y su aliado Garcilaso el Joven, señor de la Vega en Cantabria, un caballero que combatió con valor en la batalla del Salado y fue recompensado por ello con el cargo de adelantado de Castilla.
Así fueron surgiendo y alentándose nuevas conspiraciones entre la nobleza, que se preparaba para asumir el cetro, a la vez que algunos de ellos aprovechaban para ampliar sus tierras a costa del realengo.
Y mientras el reino afrontaba tempestades y el rey Pedro languidecía en el sueño, una nave llegaba a Algeciras, cumpliendo órdenes reales.
Algeciras, reino de Sevilla, Corona de Castilla
—¡Algeciras a la vista, mi señor don Gutierre!
El camarero del rey Pedro, el fiel don Gutierre Fernández de Toledo, se asomó por la borda de la nave capitana. A lo lejos se recortaba la silueta del peñón de Gibraltar y, un poco más allá, la ciudad algecireña.
—Preparad todo para el desembarco. Y bloquead la salida del puerto, capitán.
—Dios quiera que nuestro rey sobreviva para ver esto, mi señor —dijo el marino guipuzcoano.
En Vascongadas era donde se había armado la flotilla, que navegó con premura hasta el sur bordeando las costas del reino de Portugal sin parar a avituallarse.