El Fratricida 4. Entronización #2
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4. Entronización #2

—En esta misma ciudad podríamos organizar una revuelta mientras desde vuestros señoríos incitaréis a la rebelión llegado el momento. Sólo necesitamos una cosa más para que la mayoría de la nobleza nos apoye.

—¿Cuál?

—Casarte con tu prometida, con la hermana del príncipe de Villena. Tiene sangre real, pura y directa desde Fernando III el Santo gracias a su fallecido padre, el poderoso don Juan Manuel. Vuestros hijos estarían legitimados a la Corona.

—Pero el rey don Pedro... bueno, el canciller Alburquerque ya ha decretado que la promesa de matrimonio que le sacaste al príncipe don Juan Manuel ha de anularse. Tienen otros planes para ella..., incluso puede que casarla con mi hermano el rey.

—Medio hermano —apostilló Leonor con desprecio—. Te casarás con doña Juana Manuel.

—¿Cómo? Además, aún no tiene los doce años.

—Me consta que ya tiene el menstruo, con eso basta. Tú déjame a mí. Regresa a verme por San Pantaleón.

Leonor despidió a su hijo con un beso y la mirada de quien tiene los hilos en su mano.

27 de julio de 1350, día de San Pantaleón Alcázar de Sevilla, estancias vigiladas

—Pasa, querida niña, pasa.

La pequeña Juana Manuel venía acompañada de la dama principal de Leonor de Guzmán.

Llevaba años en su séquito, prometida desde 1345 con el hijo mayor de la Favorita, y era una de las jóvenes que se formaban en la corte junto a la noble sevillana.

Por eso, los guardias no vieron nada extraño y la dejaron entrar en los aposentos vigilados donde la amante del difunto rey pasaba recluida las horas.

Se iba a celebrar una misa privada de las muchas que acostumbraba a recibir la otrora poderosa dueña.

—Doña Leonor, mi señora. ¿Estáis bien? —dijo la niña, que vio al capellán privado de la Guzmán sentado junto a ella con cara circunspecta.

—Tranquila, mi niña. Es un evento alegre el que nos ocupa. —Se dirigió a la dama de compañía—: Ve a buscar al conde.

—Enseguida, mi señora.

Tras unos momentos, el conde de Trastámara entró en la habitación acunando un pequeño crucifijo entre las manos.

A la niña Juana se le iluminó la mirada.

Enrique no era muy alto, pero tenía buenas hechuras y había heredado de sus padres una cara agraciada, tez blanca y cabello rubio.

A sus diecisiete años, recubierto con su impedimenta militar y una delicada sobrevesta, era la viva imagen del doncel noble y apuesto.

Lo único que no llevaba eran armas, ni daga ni espada, que tenía que dejar en el cuerpo de guardia del recinto amurallado del alcázar.

El joven adolescente y la niña se tomaron de las manos y se saludaron con afecto.

Se conocían desde que ella tenía cinco años y él doce.

Para Juana había sido, desde que tenía uso de razón y si el destino no lo impedía, el hombre con el que acabaría desposándose.

Y ahora el azar estaba en su contra: se oían rumores de que la reservaban para casarla con el rey don Pedro, a quien acababa de conocer y le daba miedo por la dureza de su gesto, o con uno de los primos reales, el infante de Aragón, don Fernando, de quien se decía que, si el rey Pedro no lograba descendencia, era el primero con derecho al trono.

Parecía abocada a ser la futura reina de Castilla y León de un modo u otro.

Pero ella prefería a Enrique, un bastardo real ahora caído en desgracia, pero que fue el elegido por su padre, don Juan Manuel de Villena, como su futuro esposo.

Su padre había muerto hacía dos años y el cabeza de familia era ahora su hermano Fernando de Villena, que no había acordado nada nuevo sobre su futuro matrimonio.

—Ya tendréis tiempo para esas manitas luego —interrumpió con brusquedad doña Leonor—. Padre, proceded.

El capellán se apresuró. Todo debía hacerse raudo. Él mismo ya tenía preparada una salida discreta de Sevilla. La Guzmán debería buscarse otro capellán privado.

Los dos jóvenes se arrodillaron ante el clérigo y escucharon las palabras del sacramento matrimonial.

Tras otorgarles la bendición, el párroco salió aprisa de los aposentos acompañado por la dama de compañía.

Una vez a solas, Leonor tomó de la mano a Juana y la llevó a la parte reservada de la estancia donde estaba su alcoba, tras una celosía engalanada con unos preciosos mocárabes.

—Mi señora, yo... El rey...

—Confía en mí, Juana. Siéntate y respira.

Al apoyarse en la cama, Juana notó que el corazón se le aceleraba. Todo sucedía muy rápido. Sabía que no se podía casar sin autorización del rey, que lo que acababan de hacer, aunque lo deseaba, iba a desatar la ira del monarca.

—Don Pedro y su madre la reina no permitirán esto. Anularán el matrimonio, nos castigarán... Tengo miedo.

—Hay un modo para que no lo puedan anular ni comprando a todos los papas del mundo, querida niña. Te han preparado para esto, como hacen con todas nosotras. Es lo que toca, somos altas damas de la nobleza. ¡Recuérdalo!

Juana la miró con los ojos muy abiertos, como queriendo decir algo. Pero era de noble linaje, sabía lo que se esperaba de una mujer casada cuando llegaba a los doce años. El problema era que no los había cumplido todavía, faltaban unos meses.

—Túmbate, querida. Reza a la Virgen María, nuestra Señora siempre ayuda en este trance —le dijo la Guzmán mientras la recostaba y le iba subiendo el vestido.

Sabía la edad exacta de Juana, eso no era relevante.

Había que consumar el matrimonio de inmediato para evitar cualquier posible anulación.

Enrique y Juana no eran parientes cercanos, ésa nunca podría ser una justa causa.

Así que lo importante ahora era que se realizase el acto carnal.

Le tocó la vulva y pasó sus manos por el sexo, empujando ligeramente con los dedos.

La niña dio un respingo y soltó un quejido apagado.

Nada raro, lo esperado. La sangre lo confirmaría luego.

Juana temblaba como un pájaro con un ala rota. Se aferró al rosario que siempre llevaba consigo y cerró los ojos. Una mezcla de temor y excitación adelantando lo que iba a pasar le recorrió el cuerpo. Escuchó cómo doña Leonor salía de la alcoba y unos susurros detrás de la celosía.

—Es tu turno, hijo mío. Ve y consuma el matrimonio con tu mujer ante los ojos de Dios.

—¿No deberíamos esperar unos meses? Puedo sacarla de Sevilla y, una vez en mis tierras de Asturias...

—¡No! Esto ha de quedar hecho. Desflórala y ya nadie podrá anular esta unión.

Enrique asintió. Se dirigió tras la celosía. Antes de traspasarla escuchó a su madre una última vez.

—Con cuidado, hijo mío, con esmero. No es una de esas furcias que siguen a los ejércitos ni una de las cortesanas con las que juegas... Esa mujer es tu esposa y será, si Dios nos ayuda, reina de Castilla y madre de un linaje.

Allí aguardaba Juana, recostada tal y como la había dejado doña Leonor, sin mover un músculo. Enrique se fijó en sus curvas ya marcadas y en los pechos que, de pronto, le habían crecido a la niña con la que había jugado en la infancia. Y sintió un deseo como no había sentido nunca.

—Juana, mi niña. Mi mujer...

—Enrique, mi señor, mi amado.

—Cierra los ojos, Juana. Iré con cuidado. Y al final, será placentero. ¿Me crees?

—¡Yo siempre creeré en vos! —dijo totalmente entregada.

El conde de Trastámara sintió la pasión de la chica al pronunciar aquellas palabras y se dio cuenta de que aquella muchacha sería un puerto seguro al que regresar siempre, un refugio ante las tempestades que, sabía, tendría que arrostrar si quería un día ser rey de Castilla.

Se colocó encima despacio, puso una de sus manos sobre la almohada al lado de su cabeza y bajó la otra a la entrepierna de Juana.

Acarició con suavidad sus muslos, ascendiendo poco a poco con su mano por ellos a la vez que la besaba en la boca.

Primero con delicadeza, luego, cuando ella aceptó su lengua con ganas, con ardor.

El corazón de Juana palpitaba con fuerza, su respiración se tornó entrecortada.

Instintivamente aflojó las piernas y él aprovechó para penetrarla.

—¡Ahhhhhhh!

Enrique se contuvo, la miró avergonzado de haberle hecho daño, pero si no lo hubiera hecho así, el cerrojo de la virginidad no se habría quebrado.

—Perdona, Juana. Ahora todo será más fácil —le dijo, inmóvil, conteniendo las ganas y besándola en la frente con ternura.

Ella le cogió la cabeza y acercó su boca a su oído.

—No pares, ¡no pares!

La sangre se deslizó por los muslos de los amantes. Sintieron su tibieza y el viscoso elemento fundiéndolos aún más en su abrazo. La cama de Leonor quedó marcada por la consumación de un matrimonio prohibido, toda una provocación que traería consecuencias.

Alcázar de Sevilla, salón del trono

—¿Cómo es posible que haya pasado? ¡Aquí, ante nuestros propios ojos!

El rey don Pedro gritaba como poseído por el diablo. Una vena se le marcaba con fuerza en la sien derecha. La reina María, también muy contrariada, trataba en vano de calmarlo, temiendo que a su hijo le diera un ataque como ya había pasado cuando era niño.

—Ya avisé que deberíamos haber impuesto medidas más duras antes, majestad —contestó el canciller.

Alburquerque aún no temía al joven Pedro. Es más, era su forma de demostrarle que, cuando no se seguían los consejos de los más experimentados, la juventud llevaba a cometer errores.

—¡No me lo recordéis, don Juan Alfonso! ¡No es momento de vuestras lecciones! ¡Solucionadlo!

El noble portugués sabía que aún cabía una posibilidad si los hombres del rey se daban prisa y no había traiciones entre los que estaban apostados en la ruta que seguía Enrique en su huida.

Dos noches atrás, el conde de Trastámara había escapado enmascarado de Sevilla con su niña esposa, ayudado por parientes sevillanos.

Una pequeña y rápida comitiva de jinetes que, envueltos en discretas capas, buscaría alcanzar sus posesiones en Galicia y Asturias.

La ruta más probable era por la frontera con el reino de Portugal, la antigua Vía de la Plata romana.