El Fratricida 4. Entronización
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4. Entronización

Entronización

Este último era hijo del hermano bastardo del rey Alfonso IV de Portugal, primo, por tanto, de la primogénita de éste, doña María.

Fue su mayordomo mayor y ayo y mayordomo de sus hijos.

El señor de Alburquerque se había ganado la estima del rey Alfonso XI hasta el punto de hacerse con el cargo de canciller a pesar de la desconfianza que le profesaba doña Leonor de Guzmán, la poderosa favorita.

—Y bien, ¿qué nuevas traéis, canciller?

El joven rey estaba sentado en el trono del alcázar, junto a su madre, que permanecía en un escabel a poca distancia. Alburquerque miró a doña María con gesto de complicidad.

—Creo que deberíamos limitar las visitas y las condiciones de las que goza la Guzmán.

—De la ramera —escupió la reina las palabras.

—Ella y toda su prole ya pasaron por el besamanos, me rindieron pleitesía y homenaje —dijo Pedro—. Siguiendo vuestro consejo, acepté darle un trato acorde a su linaje. Aunque sea una cortesana, es una de los nuestros, por mucho que nos pese.

—No, hijo mío, no te equivoques. Nosotros tenemos sangre real y ejercemos el gobierno por la gracia de Dios. La nobleza no está a nuestra misma altura y mucho menos si en ella hay sangre ilegítima.

Al decirlo, doña María se percató de que aquello podría molestar al canciller; quiso referirse a la bastardía de uno de los antepasados de la antigua favorita, pero, al hacerlo, le recordaba sin querer a su primo portugués que él era hijo del hijo natural del rey Dionisio I de Portugal, su común abuelo. Alburquerque no se inmutó.

— Primus inter pares . Eso es un rey respecto a los nobles. Sí, Dios concede el trono a uno de esos pares, pero el orden de las cosas establece que la aristocracia es toda un estamento igual, ungido por el Señor para hacerse cargo de la defensa y gobierno de la sociedad...

—... como bellatores , aquellos que luchan —completó el rey don Pedro—, mientras los oratores ruegan por nuestras almas y los laboratores , la plebe, trabajan para el sustento de todos.

Sí, tío —se dirigió de modo cordial a Alburquerque—, estuve atento a las lecciones...

Todo el encierro, toda una vida, he tenido tiempo de sobra para leer hasta la saciedad. ¿Ves, madre? No olvido las clases.

—Yo tampoco, hijo mío, pero las cosas están cambiando.

Desde Alfonso X el Sabio y sus leyes, los monarcas, con mayor o menor acierto, han ido fortaleciendo el poder real, nuestro poder...

Y, por esa causa, las convulsiones y desgracias para estos reinos han sido muchas, con la nobleza levantada en armas y conspirando.

También el rey Sancho IV sometió a las grandes casas, no en vano lo llamaron el Bravo...

Mientras su madre citaba a los antepasados más recientes en el trono, Pedro recordó a su bisabuelo.

Lo de «bravo» no le venía por su bravura en combate, sino por un carácter tempestuoso e irascible que lo llevó a ejecutar a enemigos y traidores con sus propias manos. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—... y sólo las minorías de edad de tu abuelo Fernando IV y de tu padre Alfonso XI fueron propicias a esa «paridad» de la que habla nuestro primo y, durante esos años, los nobles gobernaron, pudieron imponer sus ambiciones y acrecentaron sus tierras, con varios de ellos conspirando para arrebatar el trono a sus legítimos dueños. Pero...

—¡Oh, madre! ¡Por favor! No hace falta que me recuerdes que mi padre consiguió encauzarlos y seguir la senda iniciada por Alfonso el Sabio.

—No era eso lo que os iba a recordar, majestad —dijo doña María cambiando al trato de realeza con su hijo.

No quería provocarle una reacción airada de las que había vivido tantas veces desde que era pequeño—.

Durante esas minorías de edad, la tutela y la regencia, si bien forzada a compartirse con algunos nobles, recayeron en la reina María de Molina, mi abuela.

»Fue tu bisabuela, una mujer, quien sostuvo la Corona, primero en tu abuelo, el infante Fernando, y luego, al morir éste, también dejando un niño de sólo un año, la mantuvo para tu padre.

Fue la que maniobró con astucia y firmeza para asegurar que su nieto llegaría a la mayoría de edad y a regir estos reinos.

«No ha sido muy sutil mi prima al recordarle a este muchacho que hay que contar con las reinas madres y con las mujeres de la corte en general —se dijo Alburquerque—. Pero eso me ayuda en lo que vengo a advertir.»

—Altezas —intervino—, no olvidemos que, si bien nunca a la altura de doña María de Molina, Dios la guarde en su seno, la..., ejem, la ramera también ha demostrado ser una hábil política. Insisto, hemos de endurecer las condiciones de su cautiverio.

La reina madre sonrió satisfecha. Ella quiso ordenarlo desde el inicio, llevada por su deseo de venganza contra la mujer que le arrebató tantos años de vivir como una verdadera reina, pero el canciller aconsejó lo contrario para apaciguar los ánimos de los hijos y de los partidarios que aún le quedaban a aquella víbora.

—¿Ahora me pedís eso, Alburquerque? —Se rascó la barbilla el rey, pensativo—.

He conseguido que se arrodillen ante mí esos bastardos.

Los tenemos vigilados aquí en Sevilla, sin dejar que acudan a sus feudos, justo como vos me sugeristeis.

Ya los engañamos al encerrar a la concubina a pesar de la palabra dada.

¡Mi palabra! ¿Dónde queda el comportarse como un caballero?

Alburquerque no movió un músculo. Esperó, tenso.

—¿Tenéis alguna novedad de vuestros agentes?

—No, majestad. Pero mi instinto...

—¡Entonces esperaremos a que averigüéis algo! No volveré a faltar a mi palabra sin una justificación. Esa mujer ya no tiene señoríos, ya no es una de las más ricas de Europa, sino la más pobre.

El rey Pedro se regocijaba. Todas las inmensas propiedades de Leonor de Guzmán —ganadas en su mayoría por obra del fallecido Alfonso XI, que la premió ostentosamente cada vez que le daba un nuevo vástago, y habían sido hasta diez— fueron confiscadas y devueltas a la Corona.

—No olvidemos otros asuntos importantes... El tema de convocar las Cortes para tu entronización ante ellas, Pedro —terció la reina, que pasaba del trato regio a otro más cercano con la facilidad de quien guarda el cetro en el gesto.

—¡Bien! Centrad vuestros esfuerzos en lo que dice mi madre, canciller. Si algo aprendí de mi padre fue que hay que contar con los concejos y favorecerlos. Con su respaldo podremos domeñar a esas alimañas que se llaman pares del reino.

El rey Pedro había ascendido al trono directamente, por derecho de sucesión, pues no hacía falta ceremonia oficial con ungimiento y boato eclesiástico para ser y actuar como rey.

Incluso ya estaba acuñando moneda: unas doblas de oro con su efigie de perfil resaltando su nariz aguileña, tocado por una corona real que ceñía una melena cuyos bucles caían por encima y detrás de la oreja sobre el manto real.

Pero había un acto formal que no debía soslayar: acudir a Cortes para recibir el pertinente homenaje de sus vasallos y, por su parte, jurar los fueros de sus reinos.

Alcázar de Sevilla, estancias apartadas y vigiladas

—¡Madre! Todo está hecho.

Enrique se inclinó y besó las manos de doña Leonor de Guzmán. Hablaban en susurros, se sabían vigilados.

—¿Están a salvo tus hermanos?

—Sí, nuestros amigos y familiares ya han sacado a los más pequeños de la ciudad y los dejarán a cargo de personas de confianza. Fernando Alfonso está en Marchena, para su boda con la hija de vuestro primo Fernando Ponce de León. Y Tello ya va de camino a sus tierras en Aguilar de Campoo.

—¿Y tu gemelo? ¿Y mi Fadrique?

—Ha salido con una excusa de su hermandad. Va a tierras extremeñas de la Orden de Santiago.

—Entonces, sólo quedas tú, hijo mío.

—No me iré dejándote aquí en manos del rey y su madre la portuguesa. Mientras esté en Sevilla, cumpliendo su voluntad, no te harán nada. Es a mí como tu primogénito a quien más temen. Y saben que el pueblo nos estima.

—Los sevillanos nos aprecian, sí. Aquí nací yo, aquí nacisteis tú y Fadrique, y también vuestros hermanos Sancho y Pedro.

Mi familia de los Ponce de León lleva generaciones ligada a esta ciudad, señores de Marchena.

Y mi padre, don Pedro Núñez de Guzmán, adquirió esas propiedades que conoces en el Aljarafe, las casas mayores en la colación de Santa María, y...

Leonor hizo una pausa. Suspiró mirando al exterior por la ventana enrejada que daba a uno de los patios más lóbregos del alcázar, utilizado para la carga y descarga de vituallas y enseres.

«Al menos, no estoy en una celda sin luz», se dijo.

Su mente se trasladó a su feliz niñez en la ciudad del Guadalquivir.

Cuando volvió a Sevilla, después de la orden real de Pedro I, fue a residir a una de aquellas casas que fueron propiedad de su padre.

Resultó extraño volver a visitarla tras tantos años en los que su vida transcurrió en el palacio del alcázar junto al rey Alfonso.

Antes de que pudiera acomodarse llegaron los hombres del rey y la apresaron.

Paradójicamente, volvía a residir en el alcázar sevillano, pero en unas estancias apartadas y vigiladas de las que no podía salir.

Se imaginó al rey don Pedro durmiendo en la misma cama de la alcoba real donde no hacía mucho que ella y su amado Alfonso disfrutaron noches de pasión. Eso la sacó de sus pensamientos.

—No, Enrique. Te marcharás. Con mis hijos a salvo y cada uno en sus señoríos, la nobleza volverá a tenernos en cuenta. Yo me he quedado sin tierras, pero vosotros sois ricos y poderosos gracias a vuestro padre.

—Sí, madre, pero...

—He contactado a varios nobles de Andalucía —cortó a su hijo—. Estarán de nuestro lado. Algunos ya han hablado contigo.

Enrique asintió. Se había planeado incluso hacerse con el control de Algeciras, donde el alcaide era un pariente de los Ponce.