El Fratricida 3. Medina Sidonia
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3. Medina Sidonia

Medina Sidonia

Los señores de la comitiva fúnebre se habían marchado al llegar a Medina Sidonia, algunos ni siquiera entraron en la villa, aduciendo que tenían que hacerse cargo de sus tierras y feudos.

El primero en irse fue el arzobispo Gil de Albornoz, directo hacia Aviñón, la nueva sede de los papas, sin detenerse ni mirar atrás.

Nunca condenó, conforme era su deber eclesiástico, la vida concupiscente entre el rey Alfonso XI y su concubina Leonor de Guzmán; ahora temía enfrentarse al rey Pedro, y con razón, pero aún más a la reina madre doña María de Portugal.

Enseguida la antigua Favorita se quedó sola, velando el cadáver de su amado Alfonso, encerrada en el castillo de Sidonia en compañía de sus hijos, la mayoría pequeños, con un puñado de caballeros fieles encabezados por su hijo Fadrique y su hermano Tello, éste de sólo catorce años, y las huestes de la villa asidonense. Pero Leonor no permaneció indolente.

—¡Traedme para escribir! ¡Y papel en abundancia! —dijo en un inusual tono que semejó al rugido de una leona.

—A vuestra voluntad, mi dueña.

—¡Y que pajes y escuderos almohacen sus monturas! Esta misma noche saldrán los primeros.

Los sirvientes dudaron un instante. Fue Tello el que los azuzó con unas voces que restañaron el aire como un látigo.

—¿No habéis escuchado a mi madre? ¡Moveos, gandules! ¡Es la dueña de España quien os manda!

Los hombres salieron corriendo tan apresurados que hasta chocaron entre ellos. No eran los gritos de un adolescente lo que los asustaba, sino la mirada grave y decidida de la señora, como la de un felino a punto de saltar sobre su presa. La fiera Leonor había despertado.

La Favorita se puso a redactar toda la tarde. La noche la sorprendió inclinada sobre el escritorio, le dolía la espalda. Pidió un atril para poder continuar sin descanso y que le trajeran más luz.

«¡Luz! ¡Más luz! Esa que desde que me dejaste ha abandonado mi alma. ¡Alfonso, Alfonso! Nuestros hijos no quedarán sin nada. Lo juro sobre esa cruz que preside mi cama.»

Se incorporó un instante y dio unos pasos hasta la ventana, una pequeña abertura para dejar pasar sólo los rayos de sol, pero no una saeta malhadada. Inspiró una buena bocanada de aire fresco y sintió que las fuerzas volvían a inundarla.

«Es hora de que otra luz ilumine mi alma. ¡Nuestros hijos! Y, de entre todos ellos, el que brilla con más fuerza, el que más se parece a ti, Alfonso. Aquel que nunca soltará la espada.»

Sin dejar de pensar en su primogénito, en lo que pudiera sucederle a Enrique en la corte sevillana, Leonor envió sin descanso misivas a la nobleza vieja y a sus familiares para recuperar cuanto antes los suficientes apoyos que hicieran al nuevo rey y a la loba de su madre pensarse atentar contra ella y su prole.

Incluso volvió a usar los sellos de la Orden de Santiago, que tenía desde hacía tiempo en su poder, y puenteó de nuevo a los obispos designados por el papa para administrar la orden en tanto su hijo Fadrique, el joven maestre, llegase a los veinte años.

Principios de abril de 1350 Camino de Sevilla a Medina Sidonia

Enrique cabalgaba sin ganas, con la cabeza repleta de pensamientos.

Su vida, apacible hasta entonces, centrada en los juegos de nobles, los flirteos con las damas y las que no lo eran y, por supuesto, las campañas militares junto a su padre, se había trastocado hasta tal punto que, se sorprendió, ya no podía pensar en otra cosa que no fuera en su madre y hermanos, y en el aciago futuro que se abría ante ellos.

—¡Vamos, señor conde! Las cosas no han ido mal ante la reina y el rey don Pedro —le dijo el canciller Alburquerque, que cabalgaba a su lado.

Al conde de Trastámara le pareció que había un tono de condescendencia en aquellas palabras, y no le gustó. El noble portugués no era el mismo desde la muerte del rey Alfonso, ya no cuidaba las formas tanto como antes hacía con ellos, especialmente con su madre Leonor.

—Señor canciller, han ido según lo previsto. ¿O es que esperabais algo distinto que vos, como primo de la reina y ayo del rey, mi hermano, conocéis?

«A este muchachito va a haber que vigilarlo mucho más de lo que me esperaba», pensó Alburquerque.

—¡Para nada, conde Enrique! ¡Para nada! Sólo quería distraeros un poco, que no habéis hablado desde que salimos del alcázar sevillano.

—¿Queréis distraerme, don Alburquerque? Esta tarde, mientras los hombres preparan campamento, demos una batida. Por aquí conozco unos parajes buenos para la caza del venado que mi padre el rey me enseñó.

Aquello pilló de improviso al noble portugués. No le apetecía seguir cabalgando cuando tan cerca estaba de descansar las posaderas, pero veía que aquel muchacho estaba retándolo a demostrarle si aún podía competir con su vigor juvenil.

—¡Por supuesto, señor Trastámara! Veamos quién de los dos se gana la cena.

—¡Perderéis la apuesta, señor de Alburquerque!

—No subestiméis el valor de la experiencia, señor de Trastámara —dijo el portugués cerrando el puño.

Al anochecer, sentados alrededor del fuego, la hueste comentaba la habilidad con el venablo mostrada por Enrique.

Desde su montura, guiada con una presteza inmejorable, se había adelantado a Alburquerque y su cuadrilla y, en una arriesgada maniobra, atravesó el corazón de un enorme ciervo.

Mientras miraba cómo la cornamenta del animal era separada como trofeo y los sirvientes despellejaban la pieza, el canciller sólo pensaba una cosa: «De toda la camada de la leona, es a este cachorro al que hay que atar en corto.

Mi prima María ha de entender que lo mejor será tenerlo bien cerca».

Medina Sidonia

El regreso del mayor de sus vástagos, con la promesa regia de que se les respetarían vidas y bienes y se les haría un sitio en la corte, no satisfizo a la Favorita.

Leonor no estaba convencida de las intenciones del rey don Pedro, pero sabía que su farsa de enfermedad no iba a sostenerse mucho tiempo.

Además, sus cartas en busca de aliados, incluso al mismísimo rey de Aragón, no recibían respuesta o, de hacerlo, no era la esperada.

El canciller Alburquerque venía con Enrique y le confirmó el atolladero en el que se encontraban: de no acudir a Sevilla, el rey los declararía en rebeldía y marcharía con su hueste sobre Medina Sidonia.

Así se lo hizo saber la reina madre en persona.

La Guzmán sabía que estaban solos, no podían armar un ejército ni provocar una revuelta con garantías.

Confió en su suerte y en sus artes; siempre fue una maestra en la diplomacia y en navegar las procelosas aguas del mar palaciego, en atraerse a los más inusitados nobles, aunque hubieran sido los acérrimos enemigos de Alfonso.

«Si logré ganarme a don Juan Manuel, el señor de Villena, el magnate más poderoso de Castilla, con sangre real y que disputó el trono a mi amado rey desde sus grandes tierras del sureste peninsular, todo se puede», se animó.

Así había sido: desde esos feudos, sitos a caballo de Castilla y Aragón —pues no en vano Juan Manuel era vasallo de ambas coronas, respetado ampliamente por la doctrina moral que su Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio legó a Castilla, y tan rico que podía armar una mesnada superior a la de ambos monarcas—, el gran ricohombre retó varias veces a Alfonso, hasta que ella logró una mediación inesperada.

«Sí, ya lo he logrado antes. Volveré a convencer a los magnates en cuanto la tormenta amaine. Viajaremos a la corte sevillana, capearemos el temporal y aguardaremos el momento.»

Despachó al canciller, al que proporcionó uno de los mejores aposentos, y le dijo a su hijo que se reuniera con ella más tarde, una vez aseado y repuesto del viaje.

—En mi alcoba, a solas, no te demores.

—¿Aviso a mis hermanos, madre?

Leonor dudó un instante. Pensó en Fadrique, luego en Tello. Quizá el gemelo de Enrique sería oportuno, pero no Tello.

—No, sólo tú.

—¿Ni siquiera Fadrique? —insistió Enrique, que parecía leerle la mente.

—Hijo mío, sé cuán unido estás a tu hermano gemelo, pero, aunque iguales por fuera, no lo sois por dentro.

Tú lo sabes tan bien como yo. Necesitarás de él, y también de Tello.

Y del resto, ¡de todos cuando sean mayores, incluida tu hermana!

Pero, en esta hora y para lo que te tenemos que hablar, sólo tú eres el indicado.

En la alcoba de la Favorita, el aire se sentía pesado, como si adelantara lo que estaba por venir, la más que segura guerra.

Pero antes de eso, antes de la hostilidad abierta, cualquier buen estratega sabía que el juego del engaño, del artificio y el ardid había de jugarse.

Y ella era una buena estratega, de las mejores de su época.

En la estancia, decorada con la finura correspondiente a una dama de su alcurnia, no había mapas ni armaduras, pero a Leonor no le hacían falta para ver el tablero que se desplegaba ante ellos.

Soltó la pluma con la que escribía una nueva carta, apartó de sus rodillas el atril de madera y dio unos pasos serenos hasta la entrada, donde la esperaba su hijo.

Enrique la vio aproximarse con su aire regio, con la fuerza de espíritu que siempre la caracterizó, y supo al instante que su madre era de nuevo ella; que aquel mismo día empezaba una guerra, aunque sus enemigos no tuvieran ni idea.

—No olvides, hijo mío, quiénes somos ni de dónde venimos —le dijo Leonor mirándole fijamente a los ojos.

—Nunca lo haré, madre —respondió Enrique, cogiéndola de la mano.

—Vosotros, mis hijos, sois hijos de rey, vuestra sangre es la más noble, digan lo que digan.

—Pero... ya sabes cómo son los grandes nobles, no aceptan la bastardía, aunque ellos mismos tengan hijos naturales.

—Eso no siempre es así. Si se es fuerte y se tienen los apoyos suficientes, la sangre real siempre cuenta. Y recuerda que yo también la llevo. No sólo somos descendientes de los Guzmán y los Ponce. No sólo mi tío abuelo fue Guzmán el Bueno, el defensor de Tarifa ante los moros, sino que...

—Querida madre, ya sé que tu linaje se remonta al último rey de León, Alfonso IX, pero aun así...

—¡La sangre cuenta! —cortó la Favorita a su hijo Enrique.

No quería escuchar que su tatarabuelo había tenido una hija bastarda y que de ahí les provenía la sangre real leonesa.

—Sí, madre. Tienes razón. Pero no sólo cuenta la que se lleva, sino la que se vierte. Yo sólo espero que no sea la nuestra.

A la mañana siguiente, con el lucero del alba brillando aún en el cielo, la Favorita y su cortejo, con el cadáver de Alfonso XI presente, tomaban el camino de Sevilla.

Los sidoneses retrasaron sus quehaceres diarios en los campos para ver a su dueña, la gran señora del reino, desfilar silente al frente de su casa.

La leona iba rodeada de sus cachorros, todos vestidos con sus mejores galas y seguidos por damas, clérigos, escuderos y sirvientes.

Ya lo habían presenciado antes, pero esta vez el paso de los nobles iba envuelto en un velo de incertidumbre, sospecha y miedo que sobrecogía el ambiente. ¿Cabalgarían hacia una trampa?