El Fratricida 2. Reina viuda, reina madre #3
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2. Reina viuda, reina madre #3

La reina doña María estaba plantada a su vera, brazos en jarras. No la había oído llegar.

—Pero, madre, es parte de mi formación militar. Es lo que un noble hace en tiempos de paz para mantener el arrojo y la destreza guerrera.

—¿No recuerdas lo que le pasó al primer bastardo? Incluso la caza con aves es peligrosa.

La reina se refería a la muerte en un accidente con halcones en el que falleció el primero de los hijos de la Favorita con Alfonso XI.

—Sí, ése al que mi padre llamó Pedro, como a mí. Ya sólo queda un Pedro de Castilla, ¡y ése soy yo!

—Y así queremos que siga siendo, hijo mío.

—¡Ese niño tenía sólo ocho años entonces y yo ya tengo diez! ¡Además, soy grande y fuerte! Parece que tuviera ya doce, madre, vos misma lo decís.

—En tamaño sí, hijo mío. Pero la mente tarda en desarrollarse y no suele ir a la par que nuestros cuerpos.

—Por eso mismo no he podido acompañar a mis huestes al asedio de Algeciras. ¡No es justo! ¡Permitidme que al menos cace!

Con las rentas de los señoríos adjudicados a Pedro en su cualidad de infante y con los de la dote de su madre, la reina María, se mantenía una fuerza de hombres adscrita a su casa y que el rey Alfonso, necesitado de todo brazo disponible para su empresa, la que se conocería como la guerra del Estrecho, había requerido.

En esos momentos se acercó una monja anunciando que estaba allí el obispo de Palencia, Juan Saavedra, encargado de completar la formación académica del infante Pedro.

La formación militar corrió en un principio a cargo de don Vasco Rodríguez de Cornago, maestre de la Orden de Santiago, el mismo que le regaló aquellas figurillas de madera.

Cuando murió, lo sustituyó en esos menesteres Juan Alfonso de Alburquerque, canciller del reino y tutor de infantes.

—¡Prefiero al padre Bernabé! Si me vais a obligar a estudiar ahora, que sea con él, madre.

—Bernabé te ha cogido tanto cariño que se ha ablandado. Algún día agradecerás los servicios del padre Saavedra, hijo mío.

Pedro frunció el ceño y una vena se marcó en la sien derecha. Estaba a punto de una rabieta. La reina María suspiró hondo. No podía tenerlo guardado siempre entre paños; también debía hacerse fuerte y diestro para enfrentar enemigos en el futuro. Que se fuera de caza, pues, y que Dios dispusiera.

—Sea, hijo mío. Ve a disfrutar de tus aves. ¡Pero luego tendrás que asistir a las clases, me da igual lo cansado que regreses!

Pedro sonrió, le dio un beso a su madre y salió corriendo hacia el patio del monasterio. Casi tropezó con un emisario que se cruzó con él, pero lo esquivó de un salto. El hombre llegó hasta donde estaba la reina y le entregó un mensaje. La reina se sonrió al leerlo.

—¿Buenas noticias, mi señora? —preguntó la monja.

—Las mejores, querida hermana, las mejores para este reino. Algeciras ya es nuestra.

Tras un penoso asedio de más de año y medio, muy costoso en hombres y dinero, en aquellos precisos momentos su marido Alfonso XI debía estar desfilando por las calles de aquella villa acompañado de su fulana.

No importaba. Doña María lo sintió como un triunfo propio.

Y, por supuesto, como una ganancia más para su hijo, que sería el rey de unas tierras que no hacían sino acrecentarse.

Recordó cómo ella había intercedido en varias ocasiones ante su propio padre, el rey de Portugal, para que ayudara a su marido en su guerra santa contra los musulmanes.

Era hija del monarca luso, Alfonso IV, y de su esposa, doña Beatriz de Castilla, tía del rey Alfonso XI, su marido.

Por las venas de María de Portugal corrían a la par sangre real portuguesa y castellana.

Quizá algún día su hijo Pedro reunificaría ambos reinos bajo una misma corona.

A pesar de la humillación por su abandono, doña María había acudido en ayuda de su marido siempre que se lo pedía.

Como cuando fue a Portugal a ver a su padre antes de la campaña del Salado y le rogó que aparcase las rencillas con Castilla, que dejase a un lado la situación a la que ella estaba sometida y el deshonor para su casa porque su hija, la legítima reina, fuera ninguneada por el rey en favor de una concubina.

En su presencia trató de mantener la compostura y actuó como quien era, una noble señora por cuyas venas corría sangre real, preparada desde niña para ello.

«Querido padre, no vengo a vos como hija, sino como reina de Castilla y León. Legítima reina de un reino cristiano que afronta la defensa de nuestra fe ante el demonio musulmán. Y, como reina cristiana, os pido que ayudéis a Castilla, porque, además, estaréis beneficiando a vuestro nieto Pedro.»

No hizo falta más. Su padre acudió en persona con sus huestes a dar la batalla del Salado y derrotar junto a Alfonso XI a los benimerines africanos y los nazaríes granadinos en una lucha desigual de tres a uno en la que sólo un milagro decantó del lado cristiano.

Ella pudo entonces haberse quedado en Portugal y huir de su vida solitaria y humillante, pero no lo hizo.

Tenía claro que debía regresar a Sevilla, estar con su hijo Pedro y esperar, esperar, esperar.

No fue la única vez que intercedió entre su padre y su esposo.

Lo hizo y lo haría cuantas veces fuera necesario.

Por el legado de su hijo, por el futuro rey don Pedro.

28 de marzo de 1350, Domingo de Resurrección Calles de Sevilla

—¡Madre! ¿A qué esperas? —Su hijo había vuelto sobre sus pasos y la llamaba con voz potente y decidida—. Todo está dispuesto, como convenimos —dijo el rey Pedro, tomándola por el brazo.

Doña María lo miró con una sonrisa.

—Tenéis razón, alteza. No lo demoremos.

Fuera del monasterio de San Clemente formaba la misma guardia que los había vigilado todos aquellos años, pero la dirigía Gutierre Fernández de Toledo, un noble de una de las casas leales a Pedro, que no simpatizaban con el bando de la Favorita y para quien también había llegado la hora.

—Don Gutierre, ejerced ya como guarda y camarero mayor de mi casa. Vos abriréis el cortejo.

—Siempre a vuestro servicio, mi señor rey.

La comitiva se dirigió hacia el alcázar de Sevilla, situado al sur de la ciudad.

No fueron por la ribera del río —un trayecto algo más largo, pero sin duda más rápido—, sino por el interior, atravesando las callejuelas atestadas de gente.

Doña María así lo había dispuesto: quería que los sevillanos vieran bien de cerca a su nuevo soberano, al desconocido tanto tiempo oculto.

—¡El rey! ¡Abrid paso al rey Pedro I de Castilla y León! —gritaban cada poco los heraldos.

La multitud se mostró al principio estupefacta, digiriendo todavía las noticias de la muerte del rey Alfonso.

Miraban con curiosidad y reverencia a aquel joven muchacho, serio y de cara rasurada, que marchaba a lomos de un corcel negro.

La montura iba enjaezada con las armas del infante, pero a su lado un paje ya portaba el estandarte real de los leones y castillos de la Corona castellana.

Tras él, en una mula lustrosamente cepillada y sujeta del bocado por un criado, desfilaba una mujer hermosa de mediada la treintena, cuyo rostro mostraba las huellas del sufrimiento.

Era la reina madre, doña María de Portugal, la legítima, la viuda del rey Alfonso. Sonreía con aire triunfal.

—La verdadera reina es una mujer guapa —comentaba una costurera a otra—. Esa portuguesa debió ser muy hermosa de muchacha.

—Nunca tanto como la Favorita Guzmán. Nunca tanto como nuestra sevillana —dijo con orgullo su comadre.

—¿Y qué me dices del rey? Es alto ese muchacho. Y grande.

—Sí. Más que su difunto padre. Pero no tiene su mirada, que era grave. Ésta es más, más...

—Más dura. Más fría —intervino una anciana en la conversación—. Nubes negras se ciernen sobre estos reinos.

Tras la sorpresa inicial, el pueblo reaccionó como siempre, según lo que se esperaba de ellos. La plebe necesitaba sentirse arropada, dirigida por la nobleza. Era su condición. La de ambos estamentos. Y así lo había establecido la ley de Dios.

—¡Viva el rey! ¡Viva don Pedro I de Castilla!

La muchedumbre aclamó al nuevo monarca. Los vítores lo acompañaron los dos mil pasos que separaban el monasterio del alcázar. Y Pedro los dio muy despacio, saboreando cada uno de ellos.

Pero la reina madre ya sólo pensaba en una cosa. En la barragana que debía acudir a su real llamada y que sospechaba, con razón, que no haría.

«No, no basta con que vengan sus bastardos. Es esa puta la que tiene que postrarse ante mi hijo... y ante mí.»