2. Reina viuda, reina madre #2
«Creíste que era el modo de recuperar a tu marido, pero regresó con la barragana, que le daba más hijos... No lo olvides, María.»
No, no lo olvidaba. Cuando unos años después consiguió quedarse otra vez encinta, en otra de las pocas visitas que le hizo el rey Alfonso, obligado de nuevo por la insistencia de sus consejeros y los rumores de levantisca nobleza clamando porque no podía haber un rey sin heredero legítimo, creyó que aún había una posibilidad de salir de aquel triste monasterio, de los crudos y grises inviernos castellanos, y recuperar su sitio, el que le correspondía por su realeza en la cálida y dulce Sevilla, donde la Favorita disfrutaba del halago de su marido y de la corte.
Sin embargo, el rey volvió a dejarla allí, junto a su pequeño, al que el monarca puso de nombre Pedro.
Evitó, es cierto, que Alfonso la repudiase por su vientre yermo.
No había cesado de escuchar bisbiseos sobre la intención del rey, que se planteaba anular el matrimonio por la ausencia de descendencia, aduciendo además la consanguinidad que tenían al ser primos hermanos por dos vías, y legitimar su unión con la Guzmán, que ya le había dado cuatro retoños...
El último parto de aquella coneja había sido doble, sumando dos gemelos bastardos a los dos primeros que parió años antes.
«Fueron momentos difíciles, María. El segundo hijo de la concubina salió mudo y algo retrasado. Eso alentó tus esperanzas. Pero entonces nacieron esos gemelos... y luego sucedió lo de tu hijo Pedro...»
Esa voz no se equivocaba. Pedro nació también con dificultades, con la cabeza deformada, algo hundida en su lado derecho.
Era un niño grande y sano en lo demás, pero de pronto sufrió un ataque que lo dejó como muerto, con parte del cuerpo paralizado.
Los médicos, judíos y musulmanes, los mejores de su época, porque en eso no había reparado en atenciones el rey Alfonso XI, no sabían qué estaba pasando ni cómo curarlo.
Sin embargo, el cuerpo del niño demostró su fortaleza y acabó por reaccionar.
Poco a poco recuperó la movilidad y, salvando una leve cojera, todo volvió a la normalidad.
De hecho, crecía por encima de la media de los chicos de su edad: iba a ser un hombre grande.
«Y aunque el niño sobrevivió, y aunque tu hijo Pedro muestra absoluta normalidad intelectual y gran fuerza física, ese marido infiel se contentó con eso. Y os encerró a ambos entre aquellos muros de la fría y adusta Castilla, condenados al más doloroso de los ostracismos.»
«¡Cállate, cállate! ¿No has visto cómo sufro cada vez que tengo que explicarle a un niño de sólo cuatro años que él no puede corretear por el alcázar de Sevilla, que su padre colma de atenciones a sus medio hermanos mientras a él lo abandona a la compañía de las monjas y al silencio de estos claustros? »
La visión de la Guzmán con su prole paseando los jardines sevillanos, disfrutando del Guadalquivir y de la pleitesía del pueblo y la corte la golpeó de súbito.
A sólo dos mil pasos estaban ahora de ellos, pero encerrados, ocultos al pueblo de Sevilla, postergados.
Una lágrima se escapó por su mejilla justo cuando regresaba su dama de compañía.
La dueña hizo pasar al clérigo y de inmediato se retiró, dejándolos a solas.
Doña María, sin apartar la vista de la ventana, se secó disimuladamente el rostro y se volvió en una pose digna tratando de poner buena cara.
Pero el obispo de Osma conocía bien a la reina.
Su rictus no era debido a una inoportuna ráfaga de viento.
—Mi reina, aquí estoy a vuestro servicio espiritual, como siempre. Y creo que hoy lo necesitáis más que nunca...
—Reverendísimo, nunca os equivocáis conmigo.
—Habrá sido duro ver cómo el rey vuelve a alejarse, alteza. Ruego por vuestra merced y por don Pedro todas las noches.
—¡Pues Dios no escucha, padre!
La reina se llevó las manos a la boca tras proferir la blasfemia. Bernabé se aproximó y la cogió del brazo.
—Acerquémonos al fuego, mi señora. No es bueno estar al lado de las ventanas cuando refresca, incluso si se trata de Sevilla. La humedad puede jugar malas pasadas.
Se retiraron a la esquina donde la lumbre calentaba con más fuerza creando sombras fantasmagóricas contra la pared. La reina María se serenó y, sin dejar de mirar las formas que se dibujaban junto a ellos, maldijo a su marido y a su amante.
—Me casé en el año 28 y soporto la mayor de las humillaciones desde el 30. Apenas dos años tuve de paz y tranquilidad. Luego... ¡ni dar a luz al heredero me libró del encierro!
—Sí, mi reina. Fue cuando el rey hizo pública su relación pecaminosa. Lo sé, y sabéis bien cuánto me duele y cuánto les duele a los hombres de bien del reino.
—¡Si todos fueran como vuestra excelencia! Pero la mayoría calla, por miedo o por cálculo. Y el peor de todos es la mayor autoridad eclesiástica, ese cínico Gil Álvarez de Albornoz.
Bernabé asintió, pero no dijo nada. El arzobispo de Toledo era muy poderoso, tanto por su privilegiado trato con el papado de Aviñón como por las inmensas tierras y prebendas de las que disfrutaba, muchas conseguidas gracias a su cercanía con la Favorita y el rey Alfonso.
Nunca se le escuchaba una sola crítica a la relación adúltera del monarca, como hubiera sido su deber de cabeza de la Iglesia castellana.
Antes bien, acudía a las fiestas de la corte y se dirigía en público a doña Leonor como si de una verdadera reina se tratara.
Bernabé miró apenado a la reina María, que le devolvió la mirada.
El obispo la apartó y la fijó en el fuego.
—Sois María de Portugal, una reina, hija de reyes, legítima esposa de otro y madre del futuro rey de la Corona de Castilla. Confiad en Dios, majestad. El Altísimo os ha puesto a prueba, pero nunca abandona a sus hijos. Y para los que pecan, Él reserva las llamas del infierno.
Doña María también miró al fuego. Las brasas de un rojo intenso crepitaban de un modo que le pareció siniestro.
Aguantaría, se dijo. El tiempo que hiciera falta, pero no esperaría a la otra vida.
Se juramentó para que aquellos que la dañaban sufrieran su castigo en ésta.
Ya llegaría su hora, la hora de María de Portugal, reina de Castilla y León.
Y eso, como siempre había sido, y siempre sería, pasaba por una sola cosa.
Su hijo. Una mujer sólo tenía verdadero poder e influencia, ya fuera noble o plebeya, cuando conseguía ser madre.
Y si era de un varón, mucho mejor. Su hijo había rebasado los tres años, el tramo de edad en la que la mortandad infantil era más elevada.
A fe suya que nunca dejaría que le pasase nada, desafiarían las veces que fuera necesario a la Parca.
Al menos, se consolaba, el nuevo encierro en el convento sevillano evitaba muchos de los riesgos donde la muerte, siempre inesperada, acechaba.
Pedro debía llegar a reinar, costase lo que costase. Y era ella quien lo educaba.
—Id ahora con mi hijo, padre Bernabé. Y empezad ya con lecciones sobre la moral cristiana. Sobre el pecado del adulterio, sobre lo que un buen seguidor de Cristo se compromete a respetar y glorificar.
—Aún es pequeño. No creo que entienda todo, pero haré como deseáis, majestad —dijo el obispo al tiempo que se dirigía hacia la puerta.
—Y... Bernabé —lo tuteó—, Pedro demuestra ya curiosidad, sobre todo en ciertos temas. Si te pregunta, lo que sea, no endulces la respuesta. Que vea desde ya la cruda realidad.
Se quedó sola. Volvió a asomarse a la ventana, a contemplar la ciudad que le estaba vedada, a la que sólo iba con una fuerte escolta previa autorización real, siempre sin alharacas, con disimulo, extramuros y más allá de las barriadas.
Un viento fresco azotó su cara, aliviándole el calor que sentía, no por haber estado junto a la lumbre, sino proveniente de su interior, de su espíritu orgulloso, de la herida abierta de una reina.
Una mujer hermosa, como ella, despreciada.
Una mujer noble, como ella, humillada. Una madre cumplidora, como ella, abandonada.
Una reina injustamente postergada. No importaba.
Lo que importaba era que su hijo llegase a ser rey.
Rey de una Castilla cuan más grande y poderosa, mejor.
«¿Es ésta la prueba que me requieres, Padre? Job será un aficionado a mi lado. La virtud de la paciencia será mi guía. Y, llegado el momento, tarde lo que tarde, exigiré mi recompensa.»
28 de marzo de 1344, Domingo de Ramos Monasterio de San Clemente, Sevilla
Sentado en una esquina junto a un arco del claustro iluminado por la luz de la tarde, el infante don Pedro leía con interés dos libros de caza.
Uno era de su padre el rey Alfonso, el Libro de la montería, que estaba inacabado, y el otro del que fue su enemigo jurado hasta no hacía mucho, el príncipe de Villena, don Juan Manuel.
Este último, el Libro de la caza , estaba escrito en una mejor prosa que el primero, pero ambos trataban con acierto la cinegética.
Pasó las hojas con avidez buscando en ambos textos las dedicadas a la cetrería.
La parte que su padre consagraba a la caza mayor, sobre todo a la del oso, no le resultaba tan atractiva, quizá porque en Sevilla ya no había osos y lo que él solía abatir eran las cuantiosas aves que poblaban el valle del Guadalquivir.
En un rato vendría su ayo, el canciller Alburquerque, para salir a dar una batida y probar unos nuevos halcones obtenidos a los moros de Granada.
Anhelaba comprobar si aquellas costosísimas nuevas aves, más caras que cualquier jauría de buenos perros de caza, estarían a la altura de las que guardaban en las halconeras reales, rapaces entrenadas en Francia e igualmente valiosas, porque no sólo se trataba de adquirir el pájaro, sino que también se traía al halconero con su respectiva soldada.
—Sabes que no me gusta, Pedro. No me gusta...