El Fratricida 2. Reina viuda, reina madre
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2. Reina viuda, reina madre

Reina viuda, reina madre

Cada día deshereda el rey Alfonso al dicho infante don Pedro, que es nuestro señor natural e hereda de lo que debe seyer del dicho infante heredero a los dichos fijos que él ha de la dicha doña Leonor...

Carta de don Juan Manuel, príncipe de Villena, a Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso

Hacía dos noches que las atalayas lo habían adelantado. Se prendieron las hogueras y, como una ola, la noticia fue viajando desde el campamento de Gibraltar, luego Algeciras, y así por todos los cerros hasta Sevilla. Pero aún quedaba por llegar la confirmación escrita.

—Sus majestades —dijo un escudero, que entró en la sala y se arrodilló a la vez que mostraba un pergamino lacrado con el sello del canciller Alburquerque.

El hombre se presentó sucio del camino, lleno de barro y apestando a sudor. Su respiración agitada, a punto del desmayo. Había hecho la última posta a uña de caballo. La reina doña María apreció el uso del «majestad» dirigido también hacia su hijo. No había ninguna sorpresa.

—No hace falta que lo abramos —dijo—. Habla y así podrás irte a tomar tu merecido descanso.

El escudero alzó la mirada y carraspeó a la vez que se levantaba con un saludo marcial.

—El rey don Alfonso ha muerto. ¡Viva el rey don Pedro!

Doña María miró a su hijo. Las caras de ambos eran una mezcla de alivio e incredulidad. Tanto tiempo esperando a salir de su encierro, que parecía que ese momento nunca llegaría.

—Nuestra hora ha llegado, hijo mío. Tu hora, majestad.

—Lo sé.

Eso fue todo lo que dijo. Se levantó y se encaminó hacia la salida. María de Portugal se asomó a la ventana y vio por vez primera con ojos agradecidos la ciudad sevillana. Ni una lágrima.

Ninguno lo lloró.

Cada uno se sumió en sus recuerdos.

1338 Monasterio de San Clemente, Sevilla

El monasterio cisterciense de Las Huelgas, en Burgos, fue su primera residencia.

Pedro había nacido el 30 de agosto de 1334 en su gran torre y permaneció allí junto a su madre hasta que el rey ordenó su traslado a otro monasterio, el de San Clemente, en Sevilla.

Eso sucedió cuando cumplió la edad de dos años.

La primera vez que tuvo conciencia de su padre ya fue en la primera capital de la al-Ándalus de los omeyas, antes de que los moros la trasladaran a Córdoba y formaran su califato hispánico.

Sevilla, tras ser una ciudad prominente con los nuevos invasores africanos, tanto almorávides como almohades, fue luego sede de un reino de taifas que resistió el avance cristiano hasta que Fernando III, rey de Castilla y León, logró someterla en 1248.

—Pedro, deja eso. Viene el rey —le dijo su madre.

El niño estaba jugando con un caballo y una figurita de un caballero tallados en madera, y no entendió sus palabras.

—¿Quién es, mamá?

Las palabras del chiquillo sonaron sibilantes, en un ceceo.

Los que lo conocían estaban acostumbrados, pues, desde que aprendió a hablar, le costaba articular de modo correcto ciertos sonidos.

Pudiera ser que lo afectasen unos problemas de salud que tuvo en sus primeros años, o bien que la causa estuviera en el prognatismo que presentaba su rostro.

—Ya te lo dije ayer —insistió la reina—. ¿No recuerdas? El rey de Castilla y León, Alfonso XI, tu padre. ¡Eres hijo de un rey!

Sin soltar los juguetes, Pedro se acercó despacio hasta su madre.

Su ayo, don Alfonso de Alburquerque, entró acompañado por don Vasco, aquel hombre que le había regalado el caballero tallado y que, con un palo, jugaba con él en un duelo imaginario de espadas.

Ambos caballeros realizaron una leve reverencia ante la reina y se hicieron a un lado.

Pedro vio entrar a un paje que se situó bajo el dintel de la puerta y, tras cuadrarse, dijo de viva voz:

—Su majestad el rey don Alfonso XI, soberano de Castilla, de León, de Toledo, de Sevilla, de Córdoba, de...

A un gesto de la egregia figura que ya entraba en la sala, el paje guardó silencio.

El niño Pedro se arrebujó detrás de las faldas de su madre, que se había levantado y hacía una ligera genuflexión.

El hombre rubio, envuelto en un manto ribeteado de piel de armiño por sus bordes y con las armas de la Corona de Castilla bordadas, se aproximó a la reina y, galante, la incorporó sin dejar que ella le besase la mano.

—Señora, por favor, alzaos. Sois la reina —miró hacia el niño—, y tú, Pedro, eres mi heredero.

Pedro sólo recordaba que su padre le hizo una caricia tan brusca en la cabeza que le descolocó el gorrito con el que siempre la cubría.

Y que le dijo algo sobre el caballero de madera que tenía entre las manos, algo sobre que le faltaba una banda y que él también la llevaría en su día.

Se sintió amedrentado ante un desconocido que, aunque correcto, se comportaba distante.

Si había tenido algún momento de cariño por parte de una figura masculina sólo lo fue del padre Bernabé, el paciente maestro que le enseñaba a leer.

En cuanto llamaron al aya para que se lo llevase a jugar a su habitación, respiró aliviado.

Los brazos recios y lozanos de la cálida Teresa, su ama de cría, lo tranquilizaron.

Y luego, la soledad, bien conocida, acogedora.

Aún no sabía cuánto la aborrecería los siguientes años.

La vida en San Clemente transcurría ordenada, sin sobresaltos y, por ello, tediosa.

A pesar de estar provistos de todo cuanto podían necesitar, los muros, en vez de sentirse protectores frente a los peligros foráneos, se percibían opresivos, abrumadores, como si en cualquier instante fueran a desplomarse y sepultarla, aún más, en vida.

Las visitas, fueran de quienes fuesen, eran siempre más que bienvenidas.

—Mi reina, su excelencia el obispo Bernabé está aquí. ¿Queréis que lo lleve ya con el infante o preferís tener antes vuestra confesión diaria?

—Hacedlo pasar aquí primero.

De nuevo a solas, la reina doña María recordaba qué la había llevado hasta allí.

Su boda con el rey Alfonso XI fue el sello de una alianza con Portugal auspiciada por el monarca castellano para garantizarse la estabilidad en la frontera occidental de sus reinos.

Su marido era un gran estratega y, a la vez que su propia boda, concertó los esponsales de su hermana, la infanta Leonor de Castilla, con el rey de Aragón para estabilizar el flanco oriental.

De ese modo, el rey castellano pudo concentrarse en su gran sueño: conquistar el reino de Granada y librar a la península ibérica de moros.

Con un heredero hijo de una reina portuguesa y los sobrinos aragoneses que alumbrase su hermana Leonor, Alfonso albergaba el sueño de que algún día se unieran todos los reinos cristianos bajo la Corona castellana y así Hispania sería una sola, como en la época de los reyes godos.

Su mente voló a aquel septiembre de 1328 en que se desposó en la localidad portuguesa de Alfayates, cerca de la frontera.

Ella era una joven de quince años, preparada desde niña para ser moneda de cambio en beneficio de su familia, su linaje y su reino.

Además, era bella, muy bella. Los juglares portugueses la llamaban la «fermosíssima Maria».

Cualquier rey se hubiera sentido muy afortunado.

Y, cuando vio a su prometido, pensó que ella también lo era: su primo carnal Alfonso no era sólo un rey joven que le sacaba apenas dos años, ahuyentando sus temores de que la casasen con un viejo, como tantas veces sucedía para satisfacer intereses de Estado, sino que, además, era un hombre apuesto.

«¡Qué tonta e ingenua fui! Hasta me sentí enamorada.»

Apretó con fuerza los puños. Desde que Alfonso hizo público su concubinato con Leonor de Guzmán, en su fuero interno supo que no había nada que hacer.

Ni siquiera cuando él acudió a dejarla preñada de su primer hijo, forzado por sus consejeros, su voz interior dejó de advertirla.

Tampoco cuando pasó aquellas noches enteras de sexo, compartiendo cama y tiempo con el rey, su marido, dejó de sentir que él estaba ausente, que no disfrutaba como ella o, mejor dicho, que no la sentía como ella lo sentía a él.

Las primeras veces, justo tras la boda, creyó que el problema era ella, que no estaba siendo lo bastante complaciente, y que su virginidad, frente a la experiencia de él, suponía un obstáculo, que todo era su culpa.

Y los acontecimientos parecían ratificarlo, pues, finalmente, el niño no llegó y él la abandonó por primera vez, dejándola en el monasterio de Las Huelgas, un lugar tan frío como el corazón de Alfonso para con ella.

Al recordarlo, sintió otra vez el despecho y cómo le calaba hasta los huesos el inmisericorde frío burgalés de aquellas estancias.

Aunque la casona palaciega, construida exprofeso para ella y su hijo el heredero junto a los muros conventuales, estaba más resguardada y era más cómoda que el propio monasterio donde dio a luz, el ambiente era desapacible, salvo en pleno verano, cuando se agradecía el fresco.

Para empeorar las cosas, llegaron a Burgos los rumores de que el monarca andaba en el sur de su reino tras una bellísima noble sevillana. Y le asaltaron los celos.

Entonces, cuando ya perdía la esperanza, se presentó su segunda oportunidad: el rey volvió a visitarla, pasaron días juntos y, por fin, cumpliendo según se esperaba, tuvo a su primer bebé.

Le pusieron Fernando en honor del ilustre antepasado, el rey castellano al que apodaban el Santo, el que, tras reunificar los reinos de Castilla y León, arrebató a los moros la casi totalidad de Andalucía.

Se sintió aliviada, había culminado su obligación como reina madre, pero su dicha no duró mucho: para su desgracia, el niño falleció con apenas un año.

«Y lo lloré, lo lloré... ¡Como cualquier madre a la que le arrancan sus entrañas!»

«No sólo fue por eso. Y lo sabes...», le dijo la voz interior, que nunca la abandonaba.

«¡Déjame en paz! Ya has ganado, ¡déjame en paz!»