El Fratricida
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1. La Favorita
La Favorita
«Tú me has dejado, amado mío. Y lo que ahora más temo es que Dios nos abandone. Pero a fe mía que no permitiré que nada le ocurra a nuestros hijos y tu legado.»
Leonor arrugó la misiva y contuvo el llanto, ocultando como mejor pudo a su dama de compañía las lágrimas que corrían por sus mejillas.
Sólo miraba hacia abajo, arrodillada frente al altar del que no se había separado desde que llegaron las primeras noticias sobre la enfermedad de su amado.
El proceso fue rápido, demasiado rápido.
Al cerco de Gibraltar también le alcanzó la peste, la Gran Peste que asolaba Europa entera y no hacía distingos entre sangre noble o plebeya.
Un jinete apocalíptico que reclamaba todas las almas por igual y que su compañera la Muerte luego seleccionaba sin piedad.
—Mi señora, por favor. Os ruego que os acostéis. De nada valdría que vos enfermaseis también.
—De nada han servido mis rezos, niña. Alfonso era aún vigoroso..., si ni siquiera había cumplido cuarenta... —dijo en un sollozo ahogado.
—Dios Padre tiene designios para todos. Ahorrad fuerzas y descansad. Luego rezaremos por vuestros hijos y por vos, doña. Estáis en peligro. Todos los que os seguimos lo estamos.
Leonor se incorporó. La cara seria, mirada decidida.
—Tienes razón, amiga mía. No en lo de descansar, sino en lo del peligro. Llevo días pensando en ello. Llama a uno de nuestros hombres de confianza.
La dama fue a rechistar, pero, al mirar a su señora, vio de nuevo enfrente a la mujer que hacía honor a su nombre. A una leona que no iba a dejar de pelear, mucho menos si sus cachorros estaban en riesgo.
—Enseguida, mi señora.
Una vez a solas, Leonor de Guzmán se asomó con disimulo por una ventana resguardada por una celosía mocárabe.
El alcázar de Algeciras era una fortaleza de origen musulmán que el rey había ocupado tras su victoria en la batalla del Salado.
No fue fácil, pero, tras dos años de asedio y ayudados por las flotas aragonesa y genovesa, los castellanos tomaron por fin en 1344 la villa y su castillo.
Suspiró recordando que, al igual que en muchas otras ocasiones, ella, y no otra, era quien acompañó al monarca en su campaña militar para derrotar a la alianza sarracena de los benimerines norteafricanos y los nazaríes del reino de Granada.
Abajo, aún ignorantes de la muerte de su rey, los algecireños se afanaban en los quehaceres diarios.
No tardaría en filtrarse la noticia. Y, lo que era seguro, las nuevas viajaban ya a Sevilla.
Y allí, allí estaba la otra. Con su segundo y único cachorro vivo.
El primero no le duró ni un año. Era lo habitual para las mujeres que no eran tan excepcionales como sí lo era ella.
Hija de las poderosas familias de los Guzmán y los Ponce de León, con sangre real leonesa corriendo por sus venas, había dado a luz a diez hijos, todos sanos, y además nueve eran varones.
El sueño de cualquier monarca. Y todos habían obtenido títulos y bienes gracias a la influencia materna y la generosidad del rey.
De los cuatro mayores, que desde el primero en 1331 se seguían en menos de un año de edad hasta los gemelos, recordó con tristeza cómo su primogénito Pedro, llamado de Aguilar por la concesión de aquel señorío, murió infante con sólo siete años; y el segundo, su pobre hijo Sancho Alfonso, aquejado de una deficiencia que lo impidió hablar, murió cumplidos los diez.
«Al menos, las heredades que tú, mi amado rey, les diste, ya no volvieron a sus antiguos dueños ni a engrosar los señoríos de “la otra”.»
Y de eso se trataba ahora. Sus dos siguientes hijos sí que habían alcanzado la mayoría de edad, ¡y de qué modo!
Los gemelos Enrique y Fadrique fueron favorecidos por su egregio padre y, entre otros muchos cargos y títulos concedidos desde su más tierna infancia, el primero era conde de Trastámara y el segundo maestre de la orden de Santiago.
Acompañaron desde temprano al rey en campañas, como en aquella misma, la llamada batalla del Estrecho, y se fueron haciendo a la vida militar y cortesana.
Ahora contaban con unos espléndidos diecisiete años.
Se sonrió complacida y, sin esperar a su dama, empezó a empacar sus pertenencias.
La comitiva avanzaba despacio, con la tristeza palpándose a cada paso, y con otra sensación, más inquietante, flotando en el ambiente. Leonor percibía los nervios de muchos de los nobles y ricoshombres que los acompañaban. Se olía el miedo.
«Muchos nos abandonarán. Recelan. Da igual lo que Alfonso hizo por ellos, los cargos a los que los aupó o las tierras que recibieron.
¿Cuántos quedarán al final del camino? Muchos son mis parientes, de los Guzmán y los Ponce, cuya preeminencia y riqueza me deben.
Pero no soy ninguna estúpida; es condición humana.
Sólo ruego a Dios por que se queden los suficientes por ahora para garantizar mi seguridad y la de mis hijos. Luego... ya veremos.»
La Favorita tenía claro que era el momento de sobrevivir al cambio en el trono. Los derechos que sus hijos pudieran tener al mismo, pese a ser bastardos, ya se dilucidarían con el tiempo. Ahora había que mostrar un perfil bajo y sumiso con el nuevo rey, con el hijo legítimo de su difunto amante.
El cadáver de Alfonso XI iba amortajado en un carro tirado por varias mulas y adornado con el emblema de Castilla y León.
Mientras veía cómo a cada sacudida del camino se balanceaban los rampantes leones de color púrpura y los castillos dorados, la noble Leonor trataba de mantener fresco en su memoria el recuerdo de su amado.
No al que había visto antes de cubrirlo de vendas y paños.
No al de aquella piel ennegrecida por la peste, salpicada de bubas azuladas y purulentas por todos lados.
No. Ella recordaba al hombre que amó y por quien tanto y tan bien fue amada.
Alfonso, rey de Castilla y León, el once con ese nombre de su linaje, fue un hombre apuesto, de mediana estatura pero cuerpo proporcionado y de buen talle, piel blanca, cabello rubio y unos exóticos ojos verdes que tan pronto refulgían de excitación como adoptaban mirada grave.
Y no sólo era eso; su carácter culto, bien hablado a la par que gracioso, despertaba la atracción a su paso.
Un rey imponente, que escribió un capítulo heroico para la historia.
Como hizo su remoto antepasado el rey don Pelayo en Covadonga frente a los omeyas y como su pentabuelo Alfonso VIII en Las Navas frente a los almohades, él había parado al islam.
La gloriosa batalla de El Salado significó el freno definitivo a las invasiones africanas de musulmanes, la derrota de los sultanes benimerines y la pérdida de toda esperanza para sus aliados, los moros del reino nazarí de Granada.
Ese reino moro, ese tumor en Hispania, se mantenía enquistado por el azar.
La enfermedad que asolaba el continente se llevó la vida de Alfonso y provocó que se levantase el cerco de Gibraltar.
Los planes del rey castellano de hacer caer esa localidad, como primer hito para la conquista del último reino musulmán en la península, se abandonarían por un tiempo y la cristiandad tendría que esperar para ver una Europa libre de la presencia de infieles, mezquitas, velos y coranes.
—Mi señora —interrumpió una dama sus pensamientos—, no creo que ir a Sevilla sea buena idea. La reina, su hijo el rey... tras todos esos años a la sombra. Tengo miedo por lo que le puedan hacer a vuesa merced e hijos.
—Cuando un rey te convoca, hay que acudir, niña —respondió Leonor sin siquiera mirarla—. Es el deber de todo buen vasallo. Si no lo hacemos, les daremos el motivo que, a buen seguro, están buscando.
—Si me permitís, mi señora —intervino don Fernando de Villena—, lo más prudente es no poner todos los huevos en una misma cesta.
Muchos de los que nos acompañan piensan igual.
Mientras algunos estemos en nuestros señoríos, a los que vayan a la ciudad del Guadalquivir los respetarán. No querrán arriesgar una rebelión.
Leonor miró en derredor. En el séquito fúnebre marchaban, entre otros, el alférez y mayordomo real don Juan Núñez de Lara; el canciller del reino don Juan Alfonso de Alburquerque; el que ahora le hablaba, Fernando de Villena, heredero del principado de Villena de su fallecido padre el poderoso don Juan Manuel; los llamados infantes de Aragón, Juan y Fernando, primos del rey, y los dos hijos mayores de Leonor, los gemelos bastardos Enrique y Fadrique, primos a su vez de los infantes.
Y no faltaba tampoco el clérigo que le dio la extremaunción al rey, el arzobispo de Toledo Gil de Albornoz.
Leonor de Guzmán sólo se fiaba de sus hijos.
Ya había visto cómo se las gastaban los notables durante el reinado de su amado Alfonso, que no en vano tuvo que someter con mano de hierro a la nobleza gracias a un carácter imperturbable y al fortalecimiento de las leyes, incluida la defensa del pueblo llano contra los abusos de los señores.
El difunto rey había conseguido, como su bisabuelo Alfonso X el Sabio, legislar con acierto.
Si su antepasado dictó Las Siete Partidas , él obtuvo de las Cortes reunidas en 1348 al lado del río Henares la aprobación de El ordenamiento de Alcalá y, entre otras cosas, impulsó los fueros de los concejos y deslindó con claridad las tierras que eran de realengo, más propicias para los campesinos, separándolas de los señoríos laicos y eclesiásticos.
Por eso había pasado al imaginario popular como Alfonso el Justiciero.
De todos los presentes, a quien no quitaba ojo la Favorita era a Alburquerque.
Ese portugués era primo, si bien por línea ilegítima, de la mismísima reina viuda, María de Portugal y, lo que era peor, había sido el ayo encargado de cuidar y formar al niño de esta, que ahora se sentaba en el trono como Pedro I de Castilla.
Más o menos de la misma edad que sus gemelos, Pedro no era más que un adolescente que salía del cascarón al que su padre había relegado durante años mientras sus medio hermanos eran criados como los auténticos miembros de la familia real, correteando por los palacios, disfrutando de la caza, los halagos y privilegios, de los bailes y festejos.
Debía guardarles rencor, sin duda. Y, además, estaba su madre, que lo acompañó en su reclusión, igual de limitada de movimientos y privada del trato que como a una verdadera reina le hubiera correspondido.
«Si yo hubiera pasado por lo que ella... o si yo fuera un niño abandonado por mi padre, a la sombra de una resentida madre, que me habría llenado el alma con su dolor y humillación, y ahora tuviese todo el poder... ¿sujetaría mis deseos de revancha?»
Las palabras del príncipe de Villena no le parecían ahora tan descabelladas.
No podían ir todos a Sevilla y, de camino, estaban sus tierras.
Una de las múltiples donaciones que recibió de su amado rey fue el señorío de Medina Sidonia.
Allí se quedaría, refugiada tras sus muros, a la espera del movimiento del nuevo monarca.
La partida de ajedrez había empezado y era la dama blanca la que se enrocaba.
Un jinete se aproximó levantando polvo. Hacía rato que en la lejanía se divisaba la imponente silueta de Medina Sidonia, villa encaramada en un cerro dominante de toda la planicie hasta la costa y la bahía de Cádiz. Doña Leonor supuso que no serían buenas noticias. No se equivocó.
—Mi señora. —El mensajero se bajó de un salto y se arrodilló ante la cabalgadura de la dama.
El hombre le seguía dispensando trato de realeza, habituado tras dos décadas en las que aquella mujer fue la reina de facto, la que acompañaba siempre al fallecido rey en todos los actos, su fiel consejera y la dueña más rica y poderosa de Castilla.
Era portador de malas nuevas y no se atrevía a mirarla.
Y eso que le hubiera gustado hacerlo; era una dama majestuosa y sumamente bella, pese a haber pasado por una decena de partos y estar ya cerca de la cuarentena.
Nadie se cuestionaba por qué Alfonso había caído presa de un amor profundo, casi de un hechizo, dijeron.
Y si era así con cuarenta años, cómo debió haber sido con diecisiete, cuando recién enviudada conoció a un jovencísimo Alfonso, coronado sólo dos años antes al alcanzar los catorce.
El rey ya no se separó de ella, aunque luego, por cuestiones políticas, tuviera que casarse con su prima María de Portugal, princesa de ese reino.
La misma María que ahora esperaba impaciente en Sevilla a que acudieran a rendir pleitesía a su hijo, al recién entronizado don Pedro I.
—El que fuera tu mayordomo en Asturias nos deja..., me abandona —le dijo a su hijo mayor, el primero de los gemelos que sacaron de su vientre, tras leer las malas nuevas que le trajo el mensajero.
—¿Don Alonso Fernández Coronel? ¡No puede ser, siempre fue leal a mi padre! ¡Y a ti!
—Pues así es la vida, Enrique. El Gran Caballero me comunica que deja el puesto de alcaide de Medina Sidonia. Está claro que le puede el miedo. Míralo tú mismo.
En la misiva se veía la firma del noble andaluz bajo unas escuetas palabras:
Sírvase, señora, de alzarme el homenaje que le tengo hecho, y entregue la villa a quien os plazca, pues no tendré cargo alguno por vuestra gracia ni por ninguno de vuestros hijos.
—O puede que sólo sea prudencia, madre. No creo que esté perdido para nuestra causa.
Leonor no dijo nada. Descendió sin ayuda de su montura, pidió pluma y tinta y, apoyada en la espalda del paje que había acudido raudo a su orden, respondió en el mismo escrito a Coronel reprochándole su conducta, pues no veía cómo reemplazarle.
—¡Pero si no tienes castellano, debería quedarme contigo aquí! —exclamó Enrique.
El primogénito de la Favorita tenía la gallardía de la juventud y la confianza de quien había sido el preferido del monarca. Sus ojos brillaron por primera vez desde que supo de la muerte de su padre.
—Si ninguno de los vuestros va según lo que se ha dispuesto, doña Leonor —intervino el canciller Alburquerque—, el rey y mi prima la reina madre actuarán, los conozco bien.
Madre e hijo se miraron. Dudaban, no confiaban en el noble portugués, pero sabían que lo que decía era cierto. Leonor tuvo un vahído y dobló las piernas. Su dama de compañía la asistió de inmediato.
—Iré a ver a mi hermano el rey. Descansa aquí, madre, estás fatigada y quiera Dios que no te haya afectado la pestilencia —dijo el conde de Trastámara a la vez que hacía señas al físico.
Alburquerque se sonrió para sus adentros.