El Fratricida Epílogo histórico #2
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Epílogo histórico #2

Men Rodríguez de Sanabria, señor de Sanabria y Oimbra: fue apresado en Montiel.

El rey Enrique II, recordando que cuando era conde de Trastámara el caballero lo había servido bien —fue uno de los que lo acompañaron con las caras embozadas en la huida de Sevilla en 1350—, trató de ganárselo de nuevo: lo liberó y le concedió el lugar de Oimbra y otros sitios gallegos, pero el caballero siguió apoyando la causa petrista con la ayuda del rey de Portugal.

Derrotado en 1372, consiguió huir disfrazado y se unió al conde de Lemos, don Fernán de Castro, en la lucha petrista en Galicia.

Fernán Ruiz de Castro, conde de Lemos y alférez mayor de don Pedro I: apresado en Montiel, consiguió ganarse la confianza del rey Enrique II, que lo llevó en una prisión bastante relajada hasta la frontera con Portugal y Galicia —donde Coruña, Santiago, Tuy y Lugo, además de otros muchos lugares, eran legitimistas— para que convenciera a sus vasallos de capitular en su resistencia, lo que aprovechó el conde Fernán de Castro para huir y organizar la defensa.

En marzo de 1371, ya caída la plaza petrista de Zamora, en la batalla de Puerto de Bueyes, cerca de Lugo, los adelantados de Castilla y Galicia enriqueños derrotaron a don Fernán de Castro, que huyó de milagro al galope como ya hizo en Araviana.

En Portugal reagrupó a caballeros petristas, recibió ayuda militar del rey portugués y siguió la lucha por la frontera gallega.

En 1372 se le unió don Men Rodríguez Sanabria, que había sido derrotado en Oimbra, logrando huir del castillo disfrazado. Siguieron alentando la causa petrista y provocando alzamientos.

En marzo de 1373 se firmó la Paz de Santarém entre Portugal y Castilla, por la que el rey portugués se obligó a exiliar a todos los caballeros petristas refugiados en su reino.

Don Fernán de Castro se negó y se atrincheró en el castillo portugués de Ourem, pero finalmente reconoció que todo estaba perdido.

Es el fin de la guerra civil castellana.

Llevados en barco hasta Gibraltar, fueron acogidos por el sultán de Granada. Finalmente, el conde don Fernán de Castro, don Men de Sanabria y varios caballeros viajaron a Bayona, que seguía en manos inglesas. Allí permanecieron hasta el fin de sus días.

Fernando Ruiz de Castro y Ponce de León, hijo de don Pedro Fernández de Castro el de la Guerra, conde de Lemos, Trastámara, Castrojeriz y Sarria, señor de Cabrera y Rivera, alférez mayor del rey, pertiguero mayor de Compostela, adelantado mayor de Galicia, León y Asturias, buen caballero y guerrero destacado por su lealtad, fallecía en la Bayona inglesa en 1377. En su tumba rezaba el epitafio:

Aqui iace Don Fernán Ruiz de Castro, toda la lealtad de Espanya

El bando de los enriqueños

En cuanto al bando vencedor, el rey don Enrique promocionó a los que le ayudaron, especialmente a sus parientes:

—Bertrand du Guesclin, mariscal de las Compañías Blancas: siguió en la corte de Enrique II de Castilla ayudando a luchar contra los focos petristas.

Recibió más señoríos y posesiones por sus servicios —Soria, Atienza, Almazán y otros—.

En julio de 1370 fue requerido por el rey francés para luchar otra vez contra los ingleses.

Vendió las posesiones en Castilla a don Enrique por 120.

000 doblas de oro, regresó a Francia y fue nombrado condestable de Francia.

—Don Tello de Castilla, conde de Vizcaya y Castañeda y señor de Aguilar: distanciado de su hermano, no participó en la segunda campaña de Enrique para hacerse con el trono ni, por tanto, en Montiel, pero sí acudió a las Cortes que el rey convocó en Toro en septiembre de ese mismo año 1369.

Tello, que no tenía hijos, hizo segundo testamento en 1370 en favor de su hermano el rey, a quien pasaría el condado de Vizcaya a su fallecimiento.

Don Tello fue nombrado alférez mayor y, como jefe de los ejércitos, luchó en la frontera portuguesa contra Portugal, cuyo rey apoyaba a los petristas y reclamaba el trono castellano.

Mientras estaba en esa campaña, murió supuestamente enfermo en la villa de Medellín en octubre de 1370, con treinta y tres años.

Hubo rumores sobre la implicación del rey Enrique II en esa muerte prematura.

Un estudio antropológico de sus restos en 2012 indica que la muerte no fue natural, sino violenta.

El condado de Vizcaya retornó al realengo y el rey lo otorgó a su hijo heredero, el infante don Juan, como señorío hereditario en vez de simple condado.

—Don Sancho de Castilla, conde de Alburquerque y señor de Haro y Ledesma: El otro hermano del rey fue de nuevo promocionado por su lealtad y apoyo, ganando más señoríos.

Además, a la muerte de Tello en 1370 ocupó el puesto de alférez mayor.

Tras la paz de Santarém de 1373 entre Portugal y Castilla, se casó con la infanta Beatriz de Portugal, hija y hermana de reyes portugueses, para reforzar el acuerdo firmado entre Fernando I de Portugal y Enrique II de Castilla.

—Doña Juana de Castilla y Guzmán, señora de Paredes de Nava, Medina de Rioseco y Tordehumos: La única hija de la Favorita y hermana del rey Enrique fue favorecida con los referidos señoríos y otros lugares.

Su marido, el noble aragonés Felipe Castro de Aragón, murió asesinado en 1370 en Paredes de Nava durante una revuelta de sus campesinos contra sus abusos señoriales.

La señora doña Juana tuvo una hija de ese matrimonio, a la que trasladó a su muerte todas esas heredades.

—Don Pero López de Ayala, alférez de la Orden de la Banda y señor de Arciniega: Tras ser apresado en la segunda batalla de Nájera, fue liberado al pagar su familia un fuerte rescate al príncipe de Gales y seis meses más tarde estuvo con don Enrique en su segunda entrada en Burgos (1367).

Fue ganándose la confianza del Trastámara y ascendiendo en su corte.

En 1371 recibió el señorío de Arciniega, luego recibiría otros en Llodio y Orozco.

Fue alcalde mayor y merino de Vitoria y, en 1374, alcalde mayor de Toledo.

En 1375 entró en el Consejo Real, fue designado delegado de Enrique II en las embajadas enviadas a Aragón y Francia en los siguientes años.

Siguió sirviendo a los siguientes reyes: a Juan I, hijo de Enrique II, y a Enrique III, su nieto, consiguiendo más mercedes —villa de Salvatierra— y más cargos: camarero, copero y, por último, canciller del reino.

Escribió, entre otras obras, las Crónicas , que en diferentes libros abordan los reinados de Pedro I, Enrique II, Juan I e, incompleto por morir antes de acabarla, de Enrique III, además de una obra satírica y poética, El rimado de palacio, y otra sobre caza, El libro de las aves .

Las otras mercedes enriqueñas

El rey Enrique II otorgó prebendas a señores y capitanes extranjeros —franceses, ingleses, aragoneses y navarros— por su ayuda en la guerra civil contra don Pedro.

Salvo excepciones, los favorecidos vendieron los señoríos y regresaron a sus países, lo que minimizó la pérdida de poder real que iba aparejada a las mercedes.

Por otro lado, además de las mercedes ya relatadas a su familia, concedió títulos a los llamados «epígonos trastámaras».

Estos eran los varios hijos y descendientes ilegítimos de sus hermanos y del propio Enrique II, entre los que destacan dos ya conocidos: su hijo bastardo Alfonso Enríquez (conde de Noreña y Gijón, señor de Cabrera y Ribera de León y de las dos Babias, entre otros lugares); y su sobrino bastardo y ahijado Pedro Enríquez (conde de Trastámara, Lemos y Sarria y pertiguero mayor de Santiago).

Además, encontramos otros hijos bastardos del rey Enrique con varias amantes: Fadrique de Castilla (duque de Benavente), Leonor de Castilla, la de los Leones (señora de Dueñas), Enrique Enríquez (I duque de Medina Sidonia), etcétera.

Mención especial merece una muy sentida por el rey: al escudero Ruy Fernádez de Gaona, que le cedió el caballo que salvó su vida y le valió un reino; tras Montiel, lo aupó a la hidalguía con el título de Capitán de la Frontera riojana.

No sólo era un honor que convertía a él y a su descendencia en nobleza, sino también un cargo lucrativo que les permitía gestionar la defensa y los pasos entre Castilla, Navarra y Álava, cobrando derechos por dicha vigilancia.

Su linaje se asentó en el Señorío de Sabando y entroncó mediante matrimonios con grandes familias como los Ayala.

Por su parte, la aristocracia también recibió mercedes: Enrique mantuvo o repuso a los ricoshombres en sus heredades, concedió nuevos privilegios a familias de la segunda nobleza que acercó a su persona y, por último, fomentó, como ya hizo Pedro I, el ascenso de la nobleza baja —con rentas y tierras que eran insuficientes para medrar sin permanecer en la cercanía del rey, a quien obedecían sin dudar—.

El resultado fue una monarquía débil, comparada con el autoritarismo y el fortalecimiento real sucedidos en los reinados de su padre Alfonso y de su medio hermano Pedro.

Sus recursos de realengo eran menores y sólo pasado el tiempo logró fortalecerlo, sobre todo gracias a la retención que hizo de muchos de los señoríos dados en merced, puesto que no fueron otorgados en mayorazgo.

De ese modo, cuando fallecía el beneficiario, iban retornando poco a poco al patrimonio real.

Sabiéndose rodeado de una aristocracia voraz que le exigía cada vez más prebendas, optó por reorganizar y reforzar las instituciones reales —la Cancillería, la Justicia Real—, dio más protagonismo a los concejos municipales —que en su reinado llegaron a acceder al Consejo Real— y convocó Cortes con frecuencia.

El rey don Enrique II, antes de morir, le dijo a su heredero, el futuro Juan I de Castilla:

En estos reinos hay tres clases de gentes: los que me apoyaron, a ésos conservadles las mercedes, pero no os fieis de ellos; a los neutrales, mantenedlos en justicia. Pero de los que defendieron al rey don Pedro os podéis fiar enteramente.